Fuego de los caídos CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

—Nunca te ríes. Ese es tu problema. Tu problema y el de la humanidad en general. La gente no se ríe lo suficiente. Si todos nos riéramos más, el Conquistador no tendría poder. Porque el poder del Conquistador se basa en el miedo. Y el miedo no sobrevive a la risa.

Kaeros lo miró. Malachi le devolvió la mirada con esos ojos de carbón que parecían leer más de lo que deberían.

Y por un instante, solo un instante, algo cruzó entre los dos que era más antiguo que la amistad y más fuerte que la lealtad: el reconocimiento de dos hombres que han sobrevivido a cuatrocientos años de oscuridad y que todavía, a pesar de todo, están de pie.

—Tienes razón —dijo Kaeros.

—¿Qué? —dijo Malachi, llevándose la mano al corazón—. ¿Acaba de decir que tengo razón? ¿El gran Kaeros, el tirano de Draevorn, el elfo de las sombras, ha dicho que yo tengo razón? Necesito que alguien lo escriba. Necesito un testigo. Necesito otra copa.

—Malachi —dijo Kaeros.

—¿Qué?

—Cállate.

—Me callo.

No se calló. Nunca se callaba. Pero al menos dejó de hablar durante los siguientes treinta segundos, que era lo más cerca del silencio que Malachi podía permitirse sin asfixiarse.

—La resistencia —dijo Jen, volviendo al tema con la determinación de alguien que ha decidido que no va a dejar que Malachi desvíe la conversación—. ¿Cómo llegamos a ellos?

—Yo conozco el camino —respondió Malachi—. La panadería. El sótano. Los bollos de canela. El olor a desesperación. Todo eso.

—No puedes ir —dijo Kaeros—. Estás herido.

—Estoy herido, no soy idiota —respondió Malachi—. Bueno, soy idiota, pero eso no tiene nada que ver con las heridas. Puedo caminar. Puedo hablar. Puedo beber aguardiente. Las tres habilidades esenciales para cualquier negociación diplomática.

—No vas a ir —repitió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica.

—Entonces, ¿quién va?

—Yo —dijo Jen.

El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír el crepitar de las antorchas.

—No —dijo Kaeros.

—Sí —respondió Jen.

—La última vez que fuiste, te condenaron a muerte.

—La última vez que fui, no tenía la verdad. Ahora la tengo.

—La verdad no te protege de las espadas.

—La verdad es más fuerte que las espadas —respondió Jen, y la firmeza de su propia voz le sorprendió—. Lo he aprendido de Malachi.

Malachi se llevó la mano al corazón por segunda vez.

—Estoy conmovido —dijo—. Verdaderamente conmovido. Si pudiera llorar, lloraría. Pero las lágrimas me queman la cara, así que en su lugar voy a beber otra copa en tu honor.

—Malachi —dijo Kaeros.

—¿Qué?

—Cállate.

—Me callo.

No se calló.

—Mira —dijo Malachi, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—.

Kaeros tiene razón en que ir sola es peligroso.

Pero Jen tiene razón en que la resistencia necesita oír la verdad.

Y yo tengo razón en que el aguardiente es la mejor preparación para cualquier negociación.

Así que el plan es este: Jen va. Kaeros la acompaña.

No a la panadería, sino cerca. Con las sombras.

Por si acaso. Yo me quedo aquí, bebiendo aguardiente, curándome con las sombras de Kaeros, y esperando a que volváis para contaros un chiste terrible que he inventado sobre un emisario de cristal y un enano borracho.

—¿Qué chiste? —preguntó Jen.

—No puedo contarlo ahora. Arruinaría el efecto. Necesita contexto. Necesita alcohol. Necesita que primero salven el mundo.

Jen casi sonrió. Casi.

—Vale —dijo—. Mañana voy a la panadería. Kaeros me acompaña. Y les decimos la verdad. Toda la verdad. Sobre Edrin. Sobre la marca. Sobre el Conquistador. Sobre todo.

—¿Y qué les pides a cambio? —preguntó Malachi.

—No les pido nada —respondió Jen—. Les ofrezco algo. Algo que no han tenido en cuatrocientos años.

—¿Qué?

—Un reino libre.

El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de los tres corazones, sincopados, como tres tambores que aprendieron a tocar la misma canción.

—Kaeros —dijo Jen, girándose hacia él—. ¿Puedes liberar Draevorn del Conquistador?

Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la penumbra de la habitación, brillando como plata fundida bajo la luz de las antorchas. Las sombras se movían a su alrededor con más lentitud que de costumbre, calmadas, domesticadas, como animales que han aprendido a no temer a su dueño.

—No lo sé —respondió Kaeros, con una honestidad que le supo a sangre—. No sé si puedo. No sé si las sombras me lo permitirán. No sé si la marca del Conquistador es demasiado fuerte. No sé nada. Pero sé que quiero intentarlo. Y sé que no puedo hacerlo solo.

—No estás solo —dijo Jen.

—No estoy solo —repitió Kaeros, y la palabra le supo a algo que no había dicho en mucho tiempo.

Malachi levantó su copa.

—Por Draevorn —dijo—. Por la verdad. Por el aguardiente. Y por el chiste terrible sobre el emisario de cristal que todavía no he inventado del todo.

Kaeros levantó su copa. Jen levantó su copa. Las tres copas se encontraron en el centro de la mesa con un tintineo que resonó en la habitación como una promesa.

—Por Draevorn —repitieron los tres.

Y bebieron.

Cuando Jen salió de la habitación de Kaeros, el sol de la mañana le calentaba la cara y el sabor del aguardiente todavía le ardía en la garganta. Las sombras de la torre se movían a su alrededor con más calma que antes, como animales que han aprendido a reconocerla.

Malachi la alcanzó en el rellano de la escalera. Caminaba despacio, con las manos vendadas apoyadas en la pared para no caerse, pero la sonrisa torcida seguía en su sitio, clavada en su cara como un clavo en una pared.

—Oye, Jen —dijo, deteniéndose frente a ella.

—¿Qué?

—Mañana, cuando vayas a la panadería y les digas que Edrin es un traidor, va a doler. No solo a ellos. A ti. Porque Edrin es tu padre. Y decir que tu padre es un traidor duele más que cualquier espada.

Jen lo miró.

—Lo sé —respondió.

—¿Y estás preparada?

—No —admitió Jen, con una honestidad que le supo a sangre—. Pero la alternativa es quedarme de pie mirando cómo el Conquistador destruye todo lo que quiero. Y eso no es una alternativa. Eso es una sentencia.

Malachi la miró un momento largo. Luego, con una sonrisa que era mitad complicidad y mitad algo más tierno, dijo:

—Eres la persona más valiente que he conocido en cuatrocientos años. Y he conocido a mucha gente. Incluido a un elfo que tira huesos de fruta a los guardias.

Jen casi sonrió. Casi.

—Gracias, Malachi.

—De nada, niña del agua. Ahora vete a dormir.

Mañana vas a necesitar toda la fuerza que tengas.

Y recuerda: si la resistencia no escucha, siempre puedes prenderles fuego.

Yo te presto mis manos. Bueno, cuando sane.

Y cuando deje de temblar. Y cuando deje de necesitar aguardiente para funcionar. Es decir, nunca.

Jen le dedicó una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más cálido, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.

—Buenas noches, Malachi.

—Buenas noches, niña del agua. Y recuerda: mañana salvas el mundo. Sin presión.

Jen bajó las escaleras de la torre con los pies pisando el suelo frío de Drakheim y el corazón latiéndole con un ritmo nuevo.

El sabor del aguardiente le llenaba la boca.

El peso de la verdad sobre Edrin le aplastaba los hombros.

Y el recuerdo de las manos vendadas de Malachi, sosteniendo una copa de aguardiente con la misma determinación con la que había agarrado al emisario de cristal, le calentaba algo más profundo que el alcohol.

*Mañana*, pensó Jen. *Mañana digo la verdad. Toda la verdad. Sobre Edrin. Sobre la marca. Sobre el Conquistador. Sobre todo.*

*Y si la resistencia no escucha, al menos habré dicho la verdad. Y la verdad es lo único que nadie me puede quitar.*

Se llevó la mano al pecho. La marca del Conquistador pulsaba debajo de la piel, fría, silenciosa, paciente. Pero debajo de la marca, la corriente subterránea seguía fluyendo. Y ahora, junto a esa corriente, había algo nuevo: el peso de un nombre que nadie había pronunciado antes en voz alta.

*Edrin.*

*Mi padre.*

*El traidor.*

Y debajo de todo eso, más profunda que la marca, más antigua que el nombre, más suya que cualquier cosa que le hubieran puesto encima, la certeza de que mañana, por primera vez en su vida, iba a decir la verdad delante de todo el mundo.

Y que el mundo tendría que escuchar.