CAPÍTULO 21
"El alcohol, la verdad y la traición"
Jen apareció en la puerta de la habitación de Malachi con una botella de alcohol en cada mano y la expresión de alguien que ha tomado una decisión importante y que ya se arrepiente de haberla tomado.
Las puertas de la torre no tenían aldabas, solo agujeros donde habían estado las aldabas en algún momento del pasado y que ahora servían para que las sombras se colaran entre las juntas de la madera como ratones curiosos.
Jen llamó con los nudillos, tres golpes rápidos que resonaron en el pasillo de piedra como si alguien hubiera golpeado una campana rota.
—Si eres el emisario, ya me han roto un brazo esta semana. Vuelve en un mes.
La voz de Malachi llegó desde el interior con esa claridad que solo tienen los que están convencidos de que el mundo gira alrededor de su sentido del humor.
—Soy Jen.
—Ah. Entra. Pero si has venido a curarme, aviso de que mis heridas ya están sanando. Kaeros y sus sombras milagrosas. Me siento como nuevo. Como un recién nacido con cuatrocientos años y un problema serio con la cerveza.
Jen empujó la puerta.
La habitación de Malachi era exactamente lo que Jen esperaba: un desastre con pretensiones de habitación.
La cama estaba hecha con la precisión de alguien que ha lanzado las sábanas desde el otro lado de la habitación y ha decidido que donde caen es donde se quedan.
La mesa tenía tres copas vacías, un plato con restos de pan duro y una vela que se resistía a morir con la terquedad de un viejo que no quiere dejar este mundo.
En la pared, colgado de un clavo torcido, había un dibujo infantil que Jen no había visto antes: un sol con cara sonriente, pintado con colores que no existían en la naturaleza, y debajo del sol, dos figuras que podrían ser personas o podrían ser palitos con brazos, cogidas de la mano.
*Lo ha dibujado él*, pensó Jen, y la idea le produjo algo que se parecía peligrosamente a la ternura. *Malachi. Cuatrocientos años. Y dibuja soles con cara.*
Malachi estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas cruzadas.
Las manos estaban vendadas con tiras de tela blanca que alguien, probablemente Kaeros, había atado con más cuidado del que Jen le había visto usar para cualquier otra cosa.
Las vendas tenían manchas oscuras en los bordes, pero no de sangre fresca.
Las heridas del emisario de cristal estaban cerrando.
Las sombras de Kaeros habían hecho su trabajo: donde antes había cortes profundos que llegaban hasta el hueso, ahora había cicatrices rosadas que brillaban ligeramente a la luz de la vela, como si las sombras hubieran dejado una marca de paso.
Malachi la vio entrar y la sonrisa torcida se encendió como una vela que alguien ha soplado durante demasiado tiempo y que de repente decide volver a arder.
—Vaya, vaya —dijo, señalando las botellas con una mano vendada—. La niña del agua trae alcohol. Esto o significa que ha pasado algo muy bueno o algo muy malo. Y por tu cara, apuesto a lo segundo.
—Es para ti —respondió Jen, dejando las botellas sobre la mesa junto a las copas vacías—. He pensado que después de lo del emisario, te mereces algo más fuerte que cerveza.
—¿Algo más fuerte que cerveza? —Malachi la miró con una expresión de incredulidad sagrada, como si Jen le hubiera ofrecido la llave del paraíso—.
¿Estás sugiriendo que existe algo más fuerte que la cerveza?
Porque si es así, acabo de descubrir que he estado viviendo una mentira durante cuatrocientos años.
—Es aguardiente —dijo Jen—. De los mercaderes de la puerta sur. Uno de los guardias me dijo que era lo más parecido al fuego líquido que existe en Drakheim.
—Fuego líquido —repitió Malachi, saboreando las palabras—. Me gusta. Me gusta mucho. Casi tanto como me gusta que vengas a visitarme, que es mucho, porque en cuatrocientos años de hospitalizaciones nadie me había visitado excepto Kaeros, y él solo viene porque se siente culpable.
—No vengo solo a traerte alcohol —admitió Jen.
—Lo sé. Pero déjame disfrutar de la fantasía durante un minuto.
Un minuto en el que Jen Delay, la mujer más importante de la historia de Elyrion, ha venido a verme a mi habitación de desastre con botellas de aguardiente.
Es el mejor minuto de mi vida. Y he vivido cuatrocientos años, así que eso es decir mucho.
Jen casi sonrió. Casi.
Se sentó en la única silla de la habitación, una silla de madera que crujía bajo su peso como si estuviera considerando seriamente dejar de ser una silla y empezar a ser leña.
Malachi abrió una de las botellas con los dientes, un gesto que probablemente habría impresionado a Jen si no hubiera visto que le temblaban las manos bajo las vendas.
Vertió dos copas: una para él y otra para Jen.
—¿Beberás? —preguntó, con la expresión de alguien que hace una pregunta cuya respuesta ya conoce.
—Un trago —respondió Jen—. Solo uno.
—Solo uno. Eso es lo que dicen todos. Y luego el aguardiente les dice que uno más no hace daño, y luego otro, y luego otro, y de repente son las cuatro de la mañana y estás cantando canciones de cuna en un idioma que no existe.
Jen tomó la copa. El aguardiente era dorado, espeso, con un olor que le quemó la nariz desde donde estaba.
Bebió un trago. El líquido le bajó por la garganta como lava, dejando tras de sí un ardor que era mitad dolor y mitad algo más cálido, algo que le calentó el estómago y le relajó los hombros y le dijo, sin palabras, que el mundo seguía existiendo, aunque todo lo demás fuera complicado.
—Fuerte —dijo Jen, dejando la copa sobre la mesa.
—Para eso es el alcohol —respondió Malachi, bebiendo un trago largo con la naturalidad de quien bebe agua—. Para que lo fuerte parezca suave y lo suave parezca posible.
Jen lo miró. Malachi estaba pálido, más pálido que de costumbre, con ojeras oscuras que le sombreaban los ojos de carbón como lunares de ceniza.
Las vendas de las manos ocultaban heridas que Jen sabía que dolían más de lo que él admitía.
Pero la sonrisa torcida seguía ahí, clavada en su cara como un clavo en una pared, como si la sonrisa fuera lo único que mantenía a Malachi unido y sin ella se desmoronaría como una casa de naipes.
—Malachi —dijo Jen, con una voz que pretendía ser casual y sonaba a cualquier cosa menos casual.
—¿Mmm?
—¿Cómo estás?
Malachi dejó de beber. La copa se detuvo a medio camino entre la mesa y la boca. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir.
—¿Cómo estoy? —repitió, como si la pregunta fuera un idioma extranjero que necesitaba traducir—. ¿Me estás preguntando cómo estoy?
—Sí.
—En cuatrocientos años —dijo Malachi, dejando la copa sobre la mesa con una suavidad que contrastaba con el caos de su habitación—, nadie me ha preguntado cómo estoy.
Kaeros me pregunta si estoy vivo. Los soldados me preguntan si estoy borracho.
El hombre calvo de la taberna me pregunta si quiero otra cerveza.
Pero nadie, nadie en cuatrocientos años, me ha preguntado cómo estoy. ¿Sabes lo que significa eso?
—¿Qué?
—Que eres la segunda persona más importante de mi vida. Después de Kaeros. Y a veces, dependiendo del día, la primera.
Jen sintió que los ojos se le humedecían.
—No me digas eso —murmuró.
—¿Por qué no?
—Porque si me dices eso, voy a llorar. Y si lloro, tú vas a bromear para que deje de llorar y luego yo voy a reírme a través de las lágrimas y todo se va a volver muy incómodo.
—Ya estamos incómodos —respondió Malachi, con una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más cálido—. La incomodidad es mi estado natural. Junto con la cerveza y el fuego. Son mis tres estados: incómodo, borracho y en llamas. A veces los tres a la vez. Ese es mi favorito.
Jen bebió otro trago de aguardiente. El ardor le bajó por la garganta, calentándole el pecho, relajándole los hombros. Malachi hizo lo mismo, vertiéndose otra copa con la parsimonia de quien ha perdido la cuenta de cuántas ha bebido.
—Malachi —dijo Jen, dejando la copa sobre la mesa.
—¿Mmm?
—¿Sabes algo sobre mi padre?
La pregunta cayó entre los dos como una piedra en un pozo.
Malachi dejó de beber. La copa se detuvo a medio camino.
Algo cambió en su expresión, algo sutil, casi imperceptible, como una grieta en una pared que nadie ha reparado durante años.
La sonrisa torcida se movió ligeramente, como si estuviera evaluando si responder o bromear.
—¿Sobre tu padre? —repitió, con un tono que ya no tenía nada de humorístico.
—Kaeros me ha dicho que me marcó. Que me entregó al Conquistador cuando era un bebé. Pero no me ha dicho cómo se llama. No me ha dicho nada sobre él. Solo que era un elfo y que vivía en una cueva junto a un lago con mi madre.
Malachi se quedó mirándola durante un momento largo. Luego dejó la copa sobre la mesa con un golpe suave y dijo:
—Vale. Te voy a contar lo que sé. Pero primero necesito otro trago. Porque lo que sé duele. Y el alcohol es la mejor manera de convertir el dolor en algo soportable. O al menos en algo que no te impida seguir hablando.
Se sirvió otra copa. Bebió un trago largo. Luego apoyó los codos en las rodillas, se inclinó hacia adelante y empezó a hablar.
—Tu padre se llamaba Edrin.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo. Jen no se movió. No dijo nada. Solo esperó.
—Edrin —repitió Malachi, saboreando el nombre con la expresión de alguien que ha probado algo amargo—.
Un elfo de los bosques del sur. No de Sylvaen, sino de los bosques pequeños, los que no aparecen en los mapas.
Vivía solo. Trabajaba para la resistencia.
No como soldado, sino como espía. Su trabajo era infiltrarse en los círculos del Conquistador, recopilar información, enviarla al norte.
Era bueno. Muy bueno. Tenía un don para leer a las personas, para encontrar sus debilidades, para saber exactamente qué decir y cuándo decirlo.