Fuego de los caídos CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

La reacción fue inmediata. Las sombras se tensaron, retorciéndose, pataleando, como animales que han sido acorralados.

El agua las envolvió, cálida, paciente, con la determinación de alguien que ha decidido que no va a retroceder.

Donde el agua tocaba la sombra, algo cambiaba: la oscuridad se aclaraba, la densidad se reducía, la frenesí se calmaba.

Era como ver cómo una tormenta se disipa, cómo las nubes se apartan para dejar pasar un rayo de sol.

Kaeros gimió. Un sonido ahogado, profundo, que le salió de lo más profundo de los pulmones. No era dolor. Era algo más. Era el sonido de alguien que ha llevado un peso durante cuatrocientos años y que de repente siente que alguien le está ayudando a llevarlo.

—Sigue —susurró Kaeros, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada—. No pares.

Jen siguió. El agua fluyó con más fuerza, más profundidad, más intención.

Se metió por las grietas de su piel, por los surcos de sus cicatrices, por los espacios entre las sombras donde la oscuridad se había acumulado durante siglos como polvo en una habitación que nadie ha limpiado en años.

El agua limpiaba. Arrastraba. Sacaba. Donde había niebla, el agua la disolvía.

Donde había oscuridad, el agua la aclaraba.

Donde había dolor, el agua lo suavizaba.

Pero entonces Jen sintió algo que no esperaba.

Dolor.

No el dolor de Kaeros. El suyo.

Brotó de las manos como un relámpago, blanco, cegador, absoluto.

Un dolor que le atravesó las muñecas, los antebrazos, los hombros, como si alguien hubiera vertido plomo derretido en sus venas.

El agua que salía de sus manos se volvió caliente, demasiado caliente, como si dentro de ella hubiera algo que se estuviera quemando.

La marca.

La marca del Conquistador pulsó en su pecho como un segundo corazón, enviando ondas de frío que se chocaban con el calor del agua que fluía.

Era una guerra dentro de ella: la marca tiraba hacia atrás, el agua tiraba hacia adelante, y Jen estaba atrapada en el medio, con el dolor de ambos bandos golpeándole el cuerpo como olas contra una roca.

—Jen —dijo Kaeros, abriendo los ojos—. Para. Para. Te está haciendo daño.

—No —respondió Jen, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió—. No voy a parar. No hasta que esté limpio. No hasta que estés bien.

—Me vas a matar —dijo Kaeros, y la voz le sonó rota.

—No —repitió Jen, y la palabra sonó como un latigazo—. No voy a matarte. Voy a curarte.

—El agua no puede curar las sombras —dijo Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Las sombras son parte de mí. Quitarlas es quitarme la vida.

—No voy a quitarlas —gritó Jen, y el dolor le atravesó el cuerpo como un cuchillo—. Voy a purificarlas. Voy a sacar lo que sobra. Voy a limpiar lo que está sucio. Voy a...

Las palabras se le atascaron en la garganta. El dolor se intensificó, blanco, cegador, absoluto. Las manos le temblaron sobre el pecho de Kaeros. El agua que brotaba de sus dedos se volvió más caliente, más urgente, más desesperada.

—¡Jen! —gritó Kaeros, incorporándose.

Pero Jen no paró.

Porque en medio del dolor, debajo del frío de la marca y el calor del agua y la presión de las sombras, Jen sintió algo.

Algo que no había sentido nunca. Algo que estaba debajo de todo lo demás, más profundo que la marca, más antiguo que el canto de control, más suyo que cualquier cosa que le hubieran puesto encima.

La corriente subterránea.

El río que fluía debajo de todo.

La fuerza que no era suya pero que tampoco era de nadie.

Jen la sintió. Y la usó.

El agua que brotó de sus manos ya no era agua normal.

Era agua pura, agua de la corriente subterránea, agua que no tenía marca ni canto de control ni voluntad ajena.

Era agua que era solo suya. Y esa agua se encontró con las sombras de Kaeros y las envolvió con una delicadeza que era mitad caricia y mitad promesa.

Las sombras se calmaron.

No desaparecieron. No se fueron. Se calmaron, como un animal que ha estado pataleando durante demasiado tiempo y que finalmente se rinde.

La frenesí se disipó. La oscuridad se aclaró.

Las grietas en la piel de Kaeros se estrecharon, lenta, imperceptiblemente, como heridas que alguien está empezando a coser.

Kaeros jadeó. Las manos se le cerraron sobre los muslos. Los nudillos se pusieron blancos. Las sombras se movieron dentro de él, lentas, perezosas, como un animal que se duerme después de una comida abundante.

Y entonces Jen se detuvo.

No porque quisiera. Porque el dolor se lo impidió.

La marca del Conquistador pulsó en su pecho con una fuerza que le cortó la respiración, enviando ondas de frío que le atravesaron el cuerpo como cuchillos de hielo.

El agua se detuvo. Las manos cayeron. Jen se desplomó hacia adelante, con la cara contra el pecho de Kaeros y los brazos colgando a los lados como ramas secas de un árbol muerto.

—Jen —dijo Kaeros, sosteniéndola con las manos—. Jen, mírame.

Abrió los ojos. El mundo estaba borroso, como si alguien hubiera vertido leche en el aire. La cara de Kaeros era un borrón de gris y plata y sombras que se movían lentamente.

—Estoy bien —susurró Jen.

—No estás bien —respondió Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Estás sangrando.

Jen bajó la vista. Las manos le sangraban. No por dentro, como en los entrenamientos de la cueva. Por fuera. Las uñas se le habían roto hasta la carne, y de los dedos le caían hilos finos de sangre oscura que se mezclaban con el agua que todavía chorreaba por sus muñecas.

—Son los dedos —dijo Jen, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—. Siempre son los dedos.

—Jen...

—No —interrumpió ella, con una firmeza que cortó el aire como un cuchillo—. No me digas que he parado. No me digas que ha sido suficiente. No me digas que...

—Ha sido suficiente —dijo Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Por ahora.

Jen lo miró. Las grietas en sus hombros eran más estrechas. La niebla que solía moverse dentro de ellas era más clara, menos densa. Las sombras se movían con más lentitud, más calma, como animales que han encontrado por fin un lugar donde descansar.

—Te ha funcionado —susurró Jen.

—Me ha funcionado —confirmó Kaeros, y la voz le tembló ligeramente—. Por ahora. Pero la marca...

—La marca puede esperar —dijo Jen—. Tú no.

Kaeros la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, tomó sus manos sangrantes entre las suyas y las llevó a sus labios.

Besó los nudillos rotos, uno por uno, con la delicadeza de quien besa algo que cree sagrado.

La sangre de Jen se mezcló con los labios de Kaeros, roja sobre fría, y Jen sintió que algo dentro de ella se movía, algo cálido y antiguo que se parecía peligrosamente al amor.

—Gracias —susurró Kaeros contra sus dedos.