CAPÍTULO 20
"Lo que la sombra esconde"*
Jen se despertó con el sabor de la niebla en la boca.
No era la niebla del Conquistador. No era esa oscuridad espesa y fría que se arrastraba por los sueños como un animal hambriento. Era otra niebla. Más cercana. Más íntima. Como el humo de una vela que alguien ha soplado y que todavía se resiste a desaparecer.
Abrió los ojos. El techo de la torre estaba ahí, inmóvil, con sus vigas de granito negro y sus sombras que se movían como venas bajo la piel de la piedra.
La cama de Kaeros era más dura que la de "La Cama Dura", lo cual era, pensó Jen con esa capacidad suya para encontrar ironía en los peores momentos, un logro arquitectónico considerable.
Junto a ella, Kaeros dormía.
O eso parecía. Los ojos estaban cerrados, el rostro relajado, la mandíbula sin esa tensión perpetua que le marcaba las líneas como surcos de arado.
Las sábanas grises le cubrían hasta la cintura, dejando al descubierto el torso: cicatrices, músculos tensos, la piel pálida de un elfo que no sale al sol.
Las sombras se movían a su alrededor con más lentitud que de costumbre, perezosas, como animales que han dormido demasiado y que no quieren despertar del todo.
Jen lo observó durante un momento largo, sintiendo ese calor en el pecho que todavía le resultaba extraño, como un huésped que ha llegado sin avisar y que ahora se niega a marcharse.
Tres días llevaban compartiendo cama. Tres días de despertar con su peso en la cintura y su aliento en el cuello y el latido de su corazón contra su espalda.
Tres días que eran, simultáneamente, los más cortos y los más largos de su vida.
*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mirando la línea de su mandíbula, la curva de su nariz, el mapa de cicatrices que le surcaba la piel. *Esto es lo que se siente cuando alguien te elige. No por lo que puedes hacer. No por lo que vales. Sino por lo que eres.*
Se incorporó con cuidado para no despertarlo.
El frío de la mañana le mordió los hombros a través de la camisola que había empezado a usar en lugar de la túnica gris.
Kaeros había insistido en darle ropa de su ropa: camisas de lino demasiado grandes que le quedaban como vestidos, pantalones que tenía que enrollarse hasta las rodillas.
Jen había aceptado sin protestar, no por necesidad sino porque llevar su ropa era, de alguna manera, llevar su presencia cuando él no estaba.
Se estiró. Los músculos le crujieron como cuerdas de un instrumento viejo.
Tres días de no entrenar con el agua. Tres días de no mover ni una gota.
Tres días en los que el poder dentro de ella había estado quieto, como un animal domesticado que se ha rendido a la domesticidad de una cama compartida y un hombre que le corta la carne en silencio.
*Es extraño*, pensó Jen, pasándose los dedos por el pelo enmarañado.
*En la cueva, mi cuerpo pedía agua todo el rato.
El agua era mi cadena. Mi propósito. Mi razón de existir.
Aquí, con él, el agua se calla. No me pide nada.
No me exige nada. Es como si supiera que por fin estoy donde tengo que estar y que ya no necesita gritar. *
Se volvió hacia Kaeros para besarle la frente, como hacía cada mañana desde que compartían cama. Se inclinó sobre él, acercó los labios a su piel y entonces lo sintió.
El frío.
No era el frío normal de Kaeros, ese frío de piedra de montaña que se sentía como una caricia helada y que Jen aprendía a querer un poco más cada día.
Era otro frío. Más profundo. Más oscuro.
Un frío que venía de dentro de su piel, como si alguien hubiera colocado un bloque de hielo entre sus costillas y lo hubiera dejado ahí durante demasiado tiempo.
Jen se detuvo. Los labios a milímetros de su frente. El corazón se le aceleró.
*Kaeros*, pensó, y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar. *¿Qué te pasa?*
Se apartó. Lo miró. Y entonces lo vio.
Las grietas.
Eran finas, casi invisibles, como los hilos de una telaraña que alguien ha tejido sobre la superficie de un lago y que solo se ven cuando la luz es la adecuada.
Le surcaban los hombros, el pecho, la base del cuello.
No eran cicatrices. Jen conocía las cicatrices de Kaeros: eran gruesas, blancas, marcadas por siglos de guerras.
Estas eran diferentes. Más sutiles. Más oscuras.
Como si la piel se estuviera agrietando por dentro, como si algo dentro de él estuviera presionando hacia fuera con una fuerza que el cuerpo ya no podía contener.
Las sombras se movían dentro de las grietas.
Jen las vio. Oscuridad líquida, como tinta vertida en agua, moviéndose por debajo de la superficie de la piel como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña.
Las sombras no eran las de siempre, las que se movían con esa pereza deliberada que era marca de Kaeros.
Eran sombras frenéticas, desesperadas, que se retorcían y se enroscaban y pulsaban con un ritmo que no era el de un corazón sino el de algo que está muriendo.
*Las sombras lo están matando*, pensó Jen.
La idea le golpeó como un puñetazo en el centro del pecho.
No era una sospecha. No era una intuición.
Era una certeza, la misma certeza que tenía cuando miraba el agua y sabía exactamente cómo se movería, la misma que tenía cuando las sombras de Kaeros la tocaban y su cuerpo reconocía el suyo.
El agua dentro de ella sabía. El agua dentro de ella siempre sabía.
*Las sombras lo están devorando. Por dentro. Desde hace siglos. Y él lo sabe. Y no me lo ha dicho.*
El enfado llegó primero. Caliente, urgente, como una ola que se forma en la superficie de un lago tranquilo y que se lleva todo lo que encuentra por delante.
Tres días. Tres días compartiendo cama, compartiendo besos, compartiendo el latido de sus corazones, y él le había escondido esto. Le había escondido que estaba muriendo.
*¿Por qué?*, pensó Jen, y la pregunta le supo a sangre. *¿Por qué no me lo has dicho? ¿Porque crees que no puedo soportarlo? ¿Porque crees que me iré? ¿Porque crees que soy demasiado débil para saber que el hombre que me ha comprado un helado de fresa se está muriendo?*
Luego llegó el miedo. Frío, profundo, como el agua de un lago en invierno.
Un miedo que no era el de siempre, no el miedo de su padre ni el miedo de la resistencia ni el miedo del Conquistador.
Era un miedo nuevo. Un miedo que solo existe cuando descubres que la persona que amas está desapareciendo y que no puedes hacer nada para detenerlo.
*No*, se dijo Jen, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
*No voy a permitirlo. No voy a quedarme de pie mientras se muere.
No después de todo. No después del beso.
No después del helado. No después de las sombras cálidas y la carne cortada y la voz raspada que me dice "siempre que quieras". *
Se llevó la mano al pecho. La marca del Conquistador pulsaba debajo de la piel, fría, silenciosa, paciente.
Pero debajo de la marca, más profunda, más antigua, más suya, la corriente subterránea seguía fluyendo.
El agua que no era suya ni del Conquistador.
El agua que estaba ahí antes de que ella naciera.
*El agua y la sombra*, pensó Jen. *Juntas, anulan la niebla. Eso descubrimos la primera vez que hicimos el amor. Las sombras y el agua se mezclaron y la niebla del Conquistador se debilitó. Si puedo hacer eso con su cuerpo entero... si puedo purificar las sombras con agua...*
Se detuvo.
*Purificar.*
La palabra le supo a algo que no sabía nombrar. Purificar significaba limpiar. Significaba sacar lo que sobra, dejar lo que importa. Significaba meter agua en un cuerpo lleno de sombras y esperar que el agua ganara.
*Pero ¿y si no gana?*, pensó Jen, y el miedo volvió, más frío, más profundo. *¿Y si el agua no purifica sino que destruye? ¿Y si lo que hay dentro de él no son solo sombras sino algo más? ¿Y si al intentar curarlo lo mato?*
La pregunta se quedó flotando en el aire de la habitación, sin respuesta, como el humo de una vela que alguien ha soplado y que todavía se resiste a desaparecer.
Kaeros tosió a las tres de la mañana.
Jen no dormía. Llevaba horas mirando el techo, sintiendo el peso del brazo de Kaeros sobre su cintura y el calor de su cuerpo contra el suyo y la certeza, cada vez más pesada, de que algo estaba mal.
Las sombras de la habitación se movían con más agitación que de costumbre, como animales que detectan una tormenta antes de que caiga.
La tos vino como un trueno en una noche sin tormentas: repentina, violenta, con un sonido húmedo y profundo que le salió de lo más profundo de los pulmones como si algo dentro de él se estuviera rompiendo.
Kaeros se incorporó en la cama con un movimiento brusco, se llevó la mano a la boca y tosió de nuevo.
Y de su boca salió niebla.
No la niebla del Conquistador. No era esa oscuridad espesa y fría que se arrastraba por los sueños como un animal hambriento.
Era otra niebla. Más densa. Más oscura. Como la tinta de un calamar que alguien hubiera vertido en el aire.
La niebla salió de la boca de Kaeros como un susurro que se niega a morir, formando espirales en el aire que se movían con una lentitud hipnótica antes de disiparse contra el techo de piedra.
Kaeros tosió tres veces más. Cada tos producía más niebla. Cada niebla era más oscura. Cada oscuridad dejaba en el aire un olor a algo que Jen no supo identificar hasta que la niebla se disipó del todo y el olor permaneció, pegado a las paredes, a las sábanas, a la piel de Kaeros.
Era el olor de la muerte.