CAPÍTULO 17 #3
Kaeros se incorporó. Los labios le brillaban. Los ojos grises la miraban con una expresión que era mitad satisfacción y mitad algo más profundo, algo que estaba debajo de la satisfacción y que no necesitaba ser nombrado.
—Bien —murmuró.
—Bien —repitió Jen, jadeando—. Más que bien. Mucho más que bien.
Sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Luego se quitó los pantalones.
Jen vio la polla de Kaeros por primera vez. Era larga, gruesa, con la cabeza brillante por el deseo. La vio y sintió que el miedo volvía, pequeño y frío, sentado en algún lugar detrás de sus costillas.
—¿Estás segura? —preguntó Kaeros, con una voz que sonaba rota.
—Sí —respondió Jen, y esta vez la palabra sonó más firme de lo que sentía—. Quiero sentirlo todo. Quiero sentir lo que es ser tuya.
Se colocó entre sus piernas. La cabeza de su polla rozó la entrada de su coño, húmeda, caliente, lista. Jen sintió que el corazón se le aceleraba.
—Si duele, dime —murmuró Kaeros—. Y paro.
—No pares —respondió Jen—. Nunca pares.
Kaeros empujó.
La polla entró en el coño de Jen con una lentitud que era mitad cuidado y mitad tortura. El dolor estaba ahí, punzante, breve, como el pinchazo de una aguja. Jen apretó los dientes. El agua brotó de su piel, mezclándose con las sombras en una niebla cálida que envolvía los dos.
—¿Estás bien? —preguntó Kaeros, deteniéndose.
—Estoy bien —respondió Jen—. Sigue.
Kaeros siguió. La polla se hundió más, llenándola, estirándola, adaptándose a su cuerpo con una lentitud que era casi reverencial.
Cuando estuvo entera dentro, los dos se quedaron inmóviles durante un momento, sintiendo el peso del otro, sintiendo la conexión, sintiendo que algo que había estado roto durante mucho tiempo se estaba reparando.
—Joder... —susurró Jen.
—Joder —repitió Kaeros, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más cálido.
Y entonces empezaron a moverse.
Al principio fue lento. Kaeros sacaba la polla casi por completo y luego volvía a hundirla, con una cadencia que era mitad ritmo y mitad reverencia. Cada entrada era una pregunta, y cada respuesta de Jen era un sí que no necesitaba palabras.
Luego se aceleraron. Los movimientos se volvieron más profundos, más urgentes, más salvajes. La cama crujía bajo ellos. Las sábanas se arrugaban. Las velas parpadeaban. Y las sombras y el agua se mezclaban en una niebla vaporosa que envolvía los dos como un abrazo de oscuridad y luz.
Jen sentía la polla de ese hombre dentro de ella, dura, caliente, pulsante.
Sentía sus manos en sus caderas, sujetándola, guiándola.
Sentía su aliento en su cuello, caliente, entrecortado.
Sentía su corazón latiendo contra el suyo, más lento, más profundo, pero sincronizado, como dos tambores que aprendieron a tocar la misma canción.
—Kaeros... —gimió Jen—. Me corro.
—Córrete —murmuró él contra su cuello—. Córrete conmigo dentro.
Jen se corrió.
El placer la atravesó como un rayo, blanco, cegador, absoluto.
El coño se contrajo alrededor de la polla de Kaeros, apretándola, succionándola, masajeándola.
Jen gritó, un sonido que era mitad placer y mitad alivio, y el agua brotó de su piel en una explosión de rocío que se mezcló con las sombras en una niebla vaporosa que llenó la habitación.
Kaeros aguantó unas pocas embestidas más. Luego, con un gemido que salió de lo más profundo de su pecho, se enterró hasta el fondo y se corrió. El semen caliente llenó el coño de Jen y ella sintió cómo la polla pulsaba dentro de ella, una y otra vez, vaciándose.
Cayeron sobre la cama, jadeando, sudorosos, entrelazados. Las sombras y el agua se retiraron lentamente, como una marea que se retira de la orilla, dejando tras de sí la huella húmeda de su paso.
Kaeros se quedó dentro de ella durante un momento largo, sin moverse, sintiendo el calor de su coño alrededor de su polla. Luego se separó con cuidado y se tumbó a su lado.
Jen cerró los ojos. El cuerpo le dolía, pero era un dolor bueno, un dolor que no pedía nada, un dolor que era la prueba de que algo había cambiado dentro de ella.
—Kaeros —susurró.
—¿Mmm?
—¿Puedes quedarte así? ¿Abrazándome?
Kaeros la rodeó con los brazos. Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad.
—Siempre —respondió él—. Siempre que quieras.
Jen cerró los ojos. El latido de Kaeros contra su espalda era lento, profundo, constante. Como el latido de alguien que ha estado vivo durante cuatrocientos años y que ha aprendido a no tener prisa.
Y por primera vez en su vida, Jen no soñó con un helado de fresa.
Soñó con el latido de su corazón.
Cuando estaba bien dormida, él se levantó. No por maldad, sino porque deseaba que ella estuviera cómoda. Así que fue al baño y regresó con una toalla húmeda con la que la limpió.
Solo entonces pudo tumbarse de nuevo, abrazarla, sostenerla para sí mismo y aspirar ese aroma.
—Mía… Después de siglos… Alguien es mía —dijo feliz.
Cuando despertó, la luz gris del amanecer se colaba por la ventana. Kaeros seguía abrazándola, con la cara enterrada en su pelo y el aliento cálido en su cuello. Las sombras se movían alrededor de los dos, lentas, perezosas, como un animal satisfecho después de una comida abundante.
Jen no se movió. Se quedó mirando el techo de vigas, sintiendo el peso del brazo de Kaeros sobre su cintura y el calor de su cuerpo contra el suyo.
*No he soñado con el helado*, pensó, y la idea le produjo algo que no sabía nombrar. *He soñado con su corazón. Con el latido. Con el ritmo. Con la sensación de estar viva.*
Se llevó la mano al pecho. La marca del Conquistador seguía ahí, pero estaba diferente. Más débil. Más fría. Como si el beso, y el sexo, y las sombras, y el agua, hubieran hecho algo que ninguna poción ni oración logró: debilitar la marca. Romper la conexión. Empezar a liberarla.
*El agua y la sombra*, pensó Jen. *Juntas, anulan la niebla.*
Kaeros se despertó. Los ojos grises la encontraron en la penumbra, brillando como plata fundida bajo la luz del amanecer.
—Buenos días —murmuró, con la voz ronca del sueño.
—Buenos días —respondió Jen.
Se miraron. El silencio entre ellos no era incómodo. Era compartido. Era un espacio donde las verdades podían existir sin ser juzgadas.
—¿Has dormido bien? —preguntó Kaeros.
—He dormido contigo —respondió Jen—. Es lo mejor que me ha pasado en muchos años.
Kaeros sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, como la primera luz del amanecer después de una noche larga. Pero estaba ahí.
—A mí también —dijo—. A mí también.
Jen apoyó la cabeza en su pecho. El latido de su corazón era lento, profundo, constante. Como el latido de alguien que ha encontrado, por fin, una razón para seguir vivo.
Y en algún lugar profundo de su memoria, el cartel del helado en la pared de la cueva brilló un momento antes de apagarse.
No porque Jen lo hubiera olvidado.
Sino porque ya no lo necesitaba.
Tenía algo mejor.
Tenía el latido de su corazón.