Fuego de los caídos CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

El beso fue suave. Más suave de lo que Jen esperaba.

Los labios de Kaeros estaban fríos, como la piedra de las montañas, pero debajo del frío había algo cálido, algo vivo, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Jen cerró los ojos y dejó que el beso la llenara, como el agua llena un vaso, como el aire llena los pulmones, como el helado llena la boca con su dulzor.

No era un beso de hambre. No era un beso de desesperación. Era un beso de reconocimiento. De dos personas que se han visto de verdad, no como armas ni como herramientas ni como monstruos, sino como personas que desean algo que no pueden tener y que, por un instante, lo tienen.

Las sombras se movieron.

Jen las sintió antes de verlas. Una oscuridad suave, cálida, que se extendió a su alrededor como un manto, cubriéndolos, ocultándolos del mundo.

Las sombras de Kaeros se cerraron alrededor de los dos como una burbuja, separándolos de la ciudad, del bullicio, de las miradas de los transeúntes.

Dentro de la burbuja, solo estaban ellos.

Solo estaba el beso. Solo estaba el latido de sus corazones, sincopados, como dos tambores que aprendieron a tocar la misma canción.

Jen sintió que el pecho le ardía. No era dolor.

No era el frío del helado. Era la marca.

La marca del Conquistador, la marca que le habían puesto cuando era un bebé, la marca que brillaba cuando las sombras estaban cerca.

Pero ahora no brillaba con frialdad. Ahora brillaba con algo diferente.

Algo más cálido. Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Las sombras de Kaeros y el agua de Jen se encontraron en algún punto entre los dos, chocando, mezclándose, fundiéndose en algo que no era ni sombra ni agua sino algo nuevo.

Jen sintió que algo dentro de ella se movía, algo cálido y antiguo, algo que había estado dormido durante mucho tiempo y que ahora despertaba.

El beso se alargó. Un segundo. Dos. Diez. Jen perdió la cuenta. Solo sabía que los labios de Kaeros sabían a frío y a esperanza, que las sombras a su alrededor eran cálidas y protectoras, que la marca en su pecho latía con un ritmo nuevo, y que el helado de fresa todavía sabía en su lengua.

Cuando se separaron, jadeando, con las frentes juntas y las respiraciones entremezcladas, Jen abrió los ojos y vio que las sombras seguían ahí, rodeándolos como un capullo, protegiéndolos del mundo.

—Las sombras —susurró Jen.

—Las sombras —confirmó Kaeros, con una voz que sonaba rota y hermosa al mismo tiempo—. He aprendido a usarlas para algo más que para destruir.

Jen lo miró. Los ojos grises de Kaeros la encontraron en la penumbra de las sombras, y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no esperaba: esperanza.

No el dolor de cuatrocientos años. No la frialdad del comandante.

No la resignación del tirano. Esperanza. Pura, desnuda, aterradora esperanza.

—Kaeros —dijo Jen.

—¿Qué?

—¿Las sombras te dijeron algo más? Algo sobre mí. Algo que no me has contado.

Kaeros la miró un momento largo. Luego respondió, con una voz más baja que nunca:

—Dijeron que eras la persona más valiente que habían sentido nunca. Y que el agua dentro de ti es más fuerte que cualquier marca que el Conquistador pueda poner.

Jen sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar.

—Y también —añadió Kaeros, con una voz que temblaba ligeramente— dijeron que el sabor de la fresa te hace feliz. Y que la felicidad es algo que mereces. Cada día. Cada momento. Cada helado.

Jen cerró los ojos. El beso todavía estaba en sus labios. El helado todavía estaba en su lengua. Las sombras todavía las envolvían, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad.

Y por primera vez en su vida, Jen Delay no lloró de dolor.

Lloró de algo diferente.

Algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.

Las sombras se retiraron lentamente, como una marea que se retira de la orilla. La ciudad volvió a aparecer a su alrededor: los edificios, las calles, los vendedores, los niños, la estatua de Aelith en la distancia. El mundo seguía ahí, igual que antes, con sus guerras y sus marcas y sus monstruos.

Pero algo había cambiado.

Algo que olía a fresa.

Y a sombras.

Y a la posibilidad de que el mundo fuera más complicado, más doloroso y más hermoso de lo que jamás había imaginado.

—Volvamos —dijo Kaeros, con una voz que ya tenía algo de su frialdad habitual pero que todavía temblaba ligeramente en los bordes.

—¿A dónde? —preguntó Jen.

—A la torre. A cenar. Con Malachi. De nuevo.

Jen casi sonrió. Casi.

—Trato hecho —respondió.

Y mientras caminaban de vuelta hacia la torre de cristal negro, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el sabor a fresa todavía en la lengua, Jen supo que algo había cambiado dentro de ella.

No sabía qué. No sabía cómo. Solo sabía que el helado de fresa ya no era un deseo imposible.

Era un recuerdo.

Y los recuerdos, pensó Jen mientras Kaeros caminaba a su lado con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto vivo, son más valiosos que los deseos.

Porque los deseos se pueden perder.

Pero los recuerdos se quedan.