17 ELSA
SEIS MESES DESPUÉS
Los sábados por la mañana se han convertido en mi religión.
Me despierto en la cama grande, la que compramos dos semanas después de mudarnos porque la king no bastaba y la solución fue, al parecer, juntar dos queen y encargar sábanas a medida a una mujer en Etsy que no hizo preguntas. El lado de Kolby está frío porque salió a correr a las 05:30; su reloj interno es aparentemente inmune a los fines de semana. El brazo de Wilder descansa sobre mi cintura, pesado y cálido, con la cara hundida en la almohada junto a la mía y la boca ligeramente abierta de una manera que lo horrorizaría si lo supiera. Jude está pegado a mi espalda, con la rodilla metida entre las mías, su respiración lenta y acompasada contra mi nuca.
Me quedo quieta unos minutos, suspendida en esa satisfacción tan particular de estar exactamente donde pertenezco, con calor a ambos lados, sostenida sin sentirme atrapada. La luz de la mañana entra por las cortinas en franjas y atrapa las motas de polvo, y en algún lugar de la cocina la cafetera se enciende porque Kolby la programó antes de irse.
Wilder se remueve cuando intento escabullirme de su brazo. Sus dedos se aprietan en mi cadera. —No —murmura contra la almohada, con la voz ronca de sueño—. Es temprano. Quédate.
—Café —digo, la única palabra con poder para liberarme.
—Tráeme uno. —Su brazo se levanta lo justo para dejarme escapar y luego cae sobre Jude, que emite un quejido suave pero no se despierta.
La cocina está bañada de luz matinal. Camino descalza por las baldosas con una de las camisetas de Jude, esa que me queda enorme y huele a él cuando hundo la nariz en el cuello. La cafetera ha cumplido su cometido, la jarra llena y aromática. Me sirvo una taza, añado mi media cucharadita de azúcar y me apoyo en la encimera.
Por la ventana sobre el fregadero veo el patio trasero. Pequeño, vallado, más porche que césped. Mi portátil está en la mesa de la cocina, abierto en la página web de la consulta privada que llevo montando desde que dejé el Departamento de Defensa hace tres meses. Especialización en trauma. Veteranos y personal de emergencias. El trabajo para el que estaba destinada, separado de la institución que intentó usarlo como arma.
La puerta principal se abre y se cierra. Kolby entra sofocado y jadeante, el sudor oscureciendo su camiseta gris en patrones que dibujan la topografía de su pecho y hombros. Me encuentra apoyada en la encimera y su cara hace lo que siempre hace cuando me ve a primera hora: se le dulcifica la expresión. La cicatriz en la ceja, la mandíbula fuerte, los ojos oscuros, todo dispuesto en torno a una calidez que me costó semanas ganarme y que ahora recibo a diario sin restricciones.
—Buenos días. —Cruza hacia mí. Me quita el café de la mano. Bebe sin pedir permiso, algo que antes me molestaba y ahora me parece pura intimidad.
—¿Qué tal la carrera?
—Bien. Ocho kilómetros. Tu vecina, la del gato, me ha saludado.
—Te saluda porque eres guapo.
Tuerce la boca. —Me saluda porque soy la única persona de esta manzana que está despierta antes de las seis un sábado.
Me devuelve el café y va a ducharse. Oigo correr el agua, oigo la casa absorber su presencia en la rutina del sábado. Wilder aparecerá en veinte minutos exigiendo comida. Jude surgirá en silencio y se pondrá a cocinar, porque alimentar a los demás es su forma de querer, aunque él nunca lo llamaría así. Y yo me sentaré a la mesa con mi café y veré cómo mi hogar cobra vida a mi alrededor, igual que lo he visto cada sábado durante cuatro meses, y sentiré el mismo milagro silencioso cada vez.
Jude me encuentra antes de que los demás resurjan. Aparece por el pasillo en pantalones de pijama y nada más, el pelo revuelto, y viene directo hacia mí en lugar de hacia la cafetera. Sus manos se posan en mis caderas y me empuja suavemente contra la encimera, con la boca cálida en mi cuello, sin besarme exactamente, solo presionando ahí. Respirándome.
—Buenos días —murmura contra mi piel.
—Hola. —Mis dedos se deslizan entre su pelo, rascándole suavemente la cabeza, y él emite un sonido que vibra contra mi clavícula. Sus caderas se aprietan contra mí, sin exigir pero presentes, y lo noto medio excitado contra mi muslo—. Mm. Alguien se ha despertado contento.
Sus manos se deslizan bajo el dobladillo de la camiseta, su camiseta, con las palmas cálidas en mi cintura desnuda. —Alguien se ha despertado a tu lado. Viene a ser lo mismo.
Su boca va de mi cuello a la mandíbula y de ahí a mis labios, y el beso es lento y profundo y sabe a sueño. Sus manos recorren mis costados, los pulgares rozando la curva inferior de mis pechos, y el calor se acumula en lo bajo de mi vientre como siempre que Jude me toca, suave y profundo e inevitable.
—Encimera de la cocina —susurro contra su boca, medio preguntando.
—Encimera de la cocina —confirma, y me sube de un movimiento fluido que me arranca un jadeo y luego una risa.
Está entre mis muslos, con la boca en la mía, las manos subiéndome la camiseta para dejar mis pechos al aire, cuando Wilder aparece en la puerta. Lo veo por encima del hombro de Jude, en bóxers, el pelo hecho un desastre, los ojos oscureciéndosele en cuanto capta la escena.
—Oh, ¿estamos con esto ahora? Excelente. Nadie me ha avisado. —Está a nuestro lado en tres zancadas, con la mano en mi muslo desnudo, la boca en el hombro de Jude—. Seguid. Yo echo una mano.
Jude no se detiene. Su boca ha encontrado mi pezón y su lengua hace cosas que dificultan cualquier pensamiento coherente. La mano de Wilder se desliza entre mis piernas, los dedos ligeros y provocadores, y la combinación de la boca de Jude en mi pecho y los dedos de Wilder acariciándome por encima de la ropa interior me hace agarrarme al borde de la encimera y gemir.
Wilder aparta mi ropa interior y me acaricia con dos dedos, emitiendo un murmullo de aprobación contra mi cuello. —Ya lista. ¿Estabas pensando en esto mientras te hacías el café?
—Estaba pensando en esto todo el rato que he estado despierta y rodeada de hombres dormidos demasiado inconscientes para hacer nada al respecto —logro decir.
Jude se ríe contra mi pecho, el aliento cálido, y entonces su mano se une a la de Wilder entre mis muslos, dos pares de dedos que me trabajan en un ritmo coordinado que me hace echar la cabeza hacia atrás. Wilder rodea mi clítoris mientras Jude desliza dos dedos dentro de mí, y trabajan juntos con esa sincronía sin palabras que ya no me sorprende pero que no deja de devastarme.
Estoy cerca, la tensión creciendo deprisa bajo sus atenciones conjuntas, cuando Kolby aparece en la puerta de la cocina. Recién duchado, con una toalla en las caderas, el pelo húmedo. Asimila la escena con ojos oscuros y satisfechos: yo en la encimera, la boca de Jude en mi pecho, la mano de Wilder entre mis piernas, mi cara sonrojada y desesperada.
No habla. Solo se apoya en el marco de la puerta, cruza los brazos y observa. El peso de su mirada sobre mí, viéndome recibir placer de dos de sus hombres, me hace llegar al límite. Me corro con un grito agudo, contrayéndome alrededor de los dedos de Jude, con la mano aferrada al hombro de Wilder, los ojos clavados en los de Kolby al otro lado de la cocina.
—Preciosa —dice Kolby desde la puerta, con voz grave y ronca. Se aparta del marco y camina hacia nosotros, dejando caer la toalla, y alargo la mano hacia él porque siempre lo hago con todos ellos, porque mi capacidad de deseo creció hasta abarcar todo lo que son y no da muestras de menguar.
La mañana se convierte en una maraña de extremidades y risas y esa alegría que habita en los cuerpos apretados un sábado sin lugar adonde ir ni nada que demostrar. Jude me toma sobre la encimera mientras Wilder y Kolby me flanquean, bocas y manos por todas partes. Después Wilder en el suelo del salón porque tropezó con la alfombra y me arrastró con él entre risas. Después Kolby en la ducha, que apenas cabe para dos, pero nos las arreglamos porque siempre nos las arreglamos.
Para cuando todos nos hemos duchado y vestido y funcionamos como adultos, es casi mediodía. Jude prepara huevos con beicon. Wilder roba beicon del plato y recibe un espátulaso en la mano. Me siento a la mesa con mi tercera taza de café y contemplo cómo transcurre mi vida a mi alrededor, todavía asombrada, seis meses después, de que esto sea real.
Wilder se deja caer en la silla junto a mí, con el plato a rebosar. Lleva una camiseta de tirantes ridícula que dice PROPIEDAD DEL CUERPO DE MARINES DE EE. UU., que compró como broma y que se ha convertido en su uniforme sabatino. Me mira de reojo, con una sonrisa más pequeña y tierna que la que le ofrece al mundo.
—Eh, Doc —dice, rozándome la rodilla por debajo de la mesa—. ¿Aún quieres evaluarnos?
La alusión me golpea en el pecho como siempre que uno de ellos menciona el principio. Cómo empezamos. Lo que tuvimos que sobrevivir para llegar aquí. Dejo el café y ladeo la cabeza, fingiendo que me lo pienso.
—¿Mi evaluación profesional? —digo, igualándole el tono—. Psicológicamente aptos. Altamente funcionales. Pronóstico: excelente.
A Jude se le tuerce la boca desde los fogones.
—¿Eso va al registro oficial?
Me recuesto en la silla, mirándolos a los tres. Kolby junto a la encimera con su café, sólido y atento y mío. Wilder a mi lado, pura calidez y energía apenas contenida, mío. Jude en los fogones, callado y profundo y constante, mío. Mis hombres. Mi hogar. La vida por la que lo quemé todo, y lo único que he tenido entre las manos que jamás me exigió empequeñecerme para conservarlo.
—Ya está archivado —digo.
Kolby me busca con la mirada desde el otro lado de la cocina, y es la misma mirada que me lanzó el primer día. La que decía: no eres lo que suelen enviar. Solo que ahora significa algo distinto. Ahora significa: eres exactamente lo que necesitábamos. Eres perfecta. Eres nuestra.
Le sonrío. A todos ellos. A esta cocina y esta mañana y esta vida improbable, imposible, hermosa que empezó con un expediente clasificado y la orden de destruir a tres hombres y acabó aquí, en una casa demasiado pequeña y una cama demasiado grande y un amor que encaja a la perfección.
Tres marines. Una psicóloga. Una mañana de sábado sin lugar adonde ir y todos los que amo al alcance de la mano. Me enviaron a destruirlos. Pero ellos me hicieron completa.