Frío como la piedra 8 KYA
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8 KYA

Me despierto con pintura en el pelo, los muslos doloridos y la incómoda certeza de que gemí como si estuviera follando mientras me restregaba con un hombre completamente vestido contra una pared recién pintada.

Buen trabajo, Sullivan. Toda una dama.

Gimo y me dejo caer de nuevo en el sofá, tapándome la cara con el antebrazo. Mi mono de trabajo —ahora arrugado y tieso de sudor, pintura y malas decisiones— está hecho una bola en el cesto de la ropa sucia. La sudadera de Lee —la que me echó por encima antes de irnos anoche— todavía huele a él. Hundo la cara en ella e inhalo profundamente, como si fuera una especie de mantita de seguridad pecaminosa. Lo cual es demencial, francamente. Y encima no debería estar tan colgada de un hombre que me hizo correrme tan fuerte que casi me desmayo y luego tuvo la audacia de seguirme a casa en su moto pero negarse a entrar. Aunque me besó en la puerta con dulzura, durante un buen puto rato, y luego me dijo con suavidad que me fuera a dormir.

El cabrón.

Decir que estoy hecha un desastre, emocionalmente bloqueada y que al parecer me van los matones de clubes de moteros con pasados torturados es quedarse muy corta. Por lo visto, estoy coladita por Lee Puñetero Armstrong.

Maldita sea.

Cuando llego al Devil's —café en mano, pelo más o menos domado— Mercy ya está allí, organizando los pedidos de licor como la amenaza eficiente que es.

Ni siquiera levanta la vista cuando dice:

—Llegas tarde.

—Llego diez minutos antes.

—Para ti, eso es tarde —me mira de reojo y se endereza—. Guau. Chica. Desembucha.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Tienes cara de haber follado, de haber cometido un asesinato, o ambas cosas.

—Yo... ¿qué? No. O sea, asesinato seguro que no.

Mercy arquea una ceja perfectamente perfilada.

—Ajá. O sea que has follado.

—No, no he follado.

—Kya, tienes la misma cara de soñadora zombi que pongo yo después de tres orgasmos y una buena pizza de pepperoni.

Abro la boca. La cierro. Le doy un sorbo al café.

—Estás loca.

—Y tú estás radiante —deja la botella de bourbon de golpe y cruza los brazos—. Desembucha, Sullivan.

No merece la pena resistirse. Por lo visto, Mercy huele el sexo como un sabueso —un rasgo que ojalá hubiera conocido antes de contratarla. Me apoyo en la barra e intento parecer casual.

—Puede que me enrollara con alguien anoche.

Hace el sonido de un timbre de error.

—Inténtalo otra vez. Tu piel está radiante, tus pupilas dilatadas, y tienes esa culpa post-orgasmo que grita «este hombre es una mala idea pero quiero subirme a él como a un árbol». Desembucha, hermana.

—Fue Lee.

Silencio sepulcral. Entonces —lentamente— Mercy sonríe.

—Oh, nena.

Me tapo la cara con la mano.

—¡Lo sé!

—Por fin escalaste el Monte Motero.

—¡Mercy!

—Apuesto a que te dejó rodadas en el alma.

—Voy a desenchufar la gramola y decirles a los clientes habituales que es culpa tuya.

Levanta las manos rindiéndose, pero su sonrisa no flaquea.

—¿Y? ¿Fue todo lo que imaginabas?

—Mejor —admito en voz baja—. Pero también... complicado.

—Sigue.

Me desplomo contra la barra.

—En serio, nunca me habían besado así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera la última mujer en la Tierra y él se muriera por saborear el aire de mis pulmones.

Silba y se abanica.

—Joder, chica. ¿Y tú? ¿Cómo lo besaste tú?

Pienso en nuestro beso y me sonrojo.

—Más o menos igual.

Nos quedamos en silencio un momento.

Finalmente, habla.

—Esto es romántico de cojones. Caótico, pero romántico.

—¿Tú crees? Porque ahora mismo solo me parece confuso y un poco abrumador.

Bastante más que un poco, siendo sincera.

—Entonces —dice, colocando bien los posavasos de la barra—. ¿Vas a hablar con él?

—No lo sé.

—Kya.

—No quiero que se vuelva raro.

Mercy me mira fijamente.

—¿Que se vuelva qué raro, exactamente?

—¡No lo sé! Es que... ¡todo! —agito las manos abarcando el bar—. Se supone que solo voy a estar aquí seis meses, y esto es mi prioridad, y me parece que enamorarme de un motero duro es una idea pésima.

—Claro. O podría ser lo mejor que hagas en tu vida —da una palmada en la barra y se aparta—. Tú decides.

Tiene razón. Por supuesto que la tiene. Lo de anoche no fue un simple calentón sin más. O al menos no lo fue para mí.

Miro hacia el pasillo del fondo —el de las paredes con la pintura aún fresca— y suspiro.

—¿Quieres un consejo que no has pedido? —pregunta Mercy, con un tono más suave ahora.

—¿Acaso tengo opción?

—No.

Se apoya en la barra y me observa.

—Estuve casada ocho años con un hombre que, en teoría, era todo lo que quería. Trabajo estable, casa bonita, lucía bien en las cenas con amigos. Parecía seguro.

Levanto la vista, sorprendida. Mercy nunca ha mencionado haber estado casada.

—¿Qué pasó?

—Era asfixiante —dice sin más—. Tenía opiniones sobre todo: lo que me ponía, con quién hablaba, cómo pasaba el tiempo, dónde podía trabajar. Me hacía sentir cada vez más pequeña, hasta que apenas me reconocía. Entonces conocí a Jake. Era un músico ambulante con tatuajes y una moto, y sin la menor idea de negocios.

—¿Dejaste a tu marido por él?

—No. Dejé a mi marido por mí.

Coge un vaso y lo limpia distraídamente.

—Jake me recordó lo que era reír, sentirme libre, ser yo misma sin que nadie me vigilara ni me juzgara constantemente. No me di cuenta de lo controlada que estaba mi vida hasta que conocí a alguien que no pretendía controlar hasta el aire que respiraba.

—¿Qué pasó con Jake?

Su sonrisa es agridulce.

—Nada. No soy de las que engañan. Simplemente fue el detonante que me hizo ver que necesitaba cambiar de vida. Todos merecemos la felicidad.

Se me hace un nudo en la garganta.

—Mercy, lo siento.

—No lo sientas. Yo no.

Deja el vaso y me mira a los ojos.

—El caso es que hay personas que merecen el riesgo. Y por lo que vi la otra noche, por cómo te miraba ese hombre, como si fueras lo más maravilloso del mundo, Lee podría ser una de ellas.

Quiero protestar, enumerar todas las razones por las que esto es complicado, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—Él no se va a ir a ninguna parte, Kya —continúa—. Este es su hogar. La pregunta es si tienes el valor de ver adónde lleva esto, o si vas a salir corriendo hacia la seguridad de Portland.

La acusación duele porque da en el clavo.

—No estoy huyendo.

—¿No? —arquea una ceja—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Unas semanas? En ese tiempo has comprado un bar, firmado un contrato de alquiler, pero sigues diciendo que esto es temporal. A mí me suena a negación.

Antes de que pueda responder, se aparta de la barra.

—Voy a terminar el inventario. Piensa en lo que te he dicho.

Desaparece en la trastienda y me deja sola con mis pensamientos y un nudo creciente en el estómago.

Suena la campanilla de la puerta y levanto la vista para ver entrar a tres mujeres. Una tiene el pelo castaño rojizo, de esos que captan la luz, y un aire que dice a gritos «no te metas conmigo». Otra lleva el pelo largo y oscuro recogido en una trenza descuidada, y unos ojos cálidos a juego con su sonrisa. Detrás de ellas se pavonea una pelirroja despampanante con un top tan escotado que me sorprende que no se le haya escapado nada.

—Tú debes de ser Kya —dice la del aire de «no te metas conmigo», acercándose a la barra con una sonrisa sorprendentemente cálida—. Soy Andi, la mujer de Hawk. Y esta es Poppy, la prometida de Axel.

La pelirroja se desliza en un taburete con gracia felina.

—Y yo soy Ginger. La parienta de Tank, alborotadora oficial y la que se moría por conocer a la chica que tiene a Lee Armstrong hecho un lío.

Reconozco los nombres al instante. Hawk es el Sargento de Armas, Axel es el Capitán de Ruta y Tank es el Vicepresidente. Estas son las mujeres que llegaron antes que yo a este mundo de cuero y lealtad.

—Señoras —digo, irguiéndome—. ¿Qué os pongo?

—Solo Coca-Colas light —dice Poppy, acomodándose en un taburete. Su sonrisa es tan cálida como la de Andi, y las dos me caen bien al instante—. Pero no estamos aquí para beber. Estamos aquí para conocerte.

—Habla por ti —interrumpe Ginger—. Yo quiero un chupito de tequila. En algún sitio del mundo ya son las cinco, y mami necesita su medicina.

Andi pone los ojos en blanco.

—Son las dos de la tarde.

—¿Y? —me guiña un ojo—. Sírvete uno tú también, cariño. Tenemos que hablar de cómo tienes a ese chico tan pillado que prácticamente viene con lazo y todo.

Les sirvo las bebidas, notando perfectamente que me están evaluando.

—¿Ah, sí?

—No te preocupes, de momento todo bien —dice Andi, cogiendo su vaso—. No estamos aquí para someterte a un interrogatorio. Solo queríamos invitarte a una fiesta en la sede del club esta noche. Nada elegante, solo una reunión familiar.

Ginger se bebe el chupito de un trago y se inclina hacia delante, regalándome una panorámica de su escote.

—Traducción: los chicos se emborracharán, nosotras cotillearemos y seguro que alguien acaba desnudo en la piscina. La última vez le tocó a nuestro Prospecto, Steel. El pobre todavía no se ha recuperado.

Me intriga, pero aun así frunzo el ceño, confusa.

—¿Por qué?

Intercambian una mirada.

—¿Por qué no? Las fiestas son divertidas, Lee está buenísimo y queremos conocerte.

—Además —añade Ginger, moviendo las cejas—, tengo una apuesta con Tank sobre si vosotros dos os escabullís a morrearos antes o después de la cena. Yo he apostado cincuenta a que antes.

—¡Ginger! —exclama Poppy, aunque está conteniendo la risa.

Eso me arranca una sonrisa a mi pesar.

Andi se inclina un poco.

—Además, la comida va a ser increíble. Ven por los tíos buenos, quédate por el brisket.

—No sé...

—Ven —ronronea Ginger—. No hay nada como ver a hombres hechos y derechos intentando demostrar quién es más duro después de unas cuantas cervezas. En la última fiesta, Bones intentó hacer press de banca con su moto.

Antes de que pueda responder, la puerta del almacén se abre de golpe y Mercy sale con paso decidido, portapapeles en mano.

—Deberías ir —dice, señalándome con el bolígrafo—. Tanto trabajar y no divertirse nunca convierte a Kya en una mala jefa.

—No puedo, el bar...

—Yo te cubro el turno esta noche.

—Mercy, no.

—Ya me has oído. —Levanta la vista, entornando los ojos ligeramente—. No has parado de trabajar desde que te hiciste cargo de este lugar. Tómate la maldita noche libre. Ve a coquetear con tu hombre, date un atracón, diviértete por una vez.

—Y si tienes mucha suerte, verás a Lee sin camiseta. —Ginger se contonea haciendo que le tiemblen el pelo y los pechos—. Créeme, merece la pena.

Andi sonríe. Poppy levanta su Coca-Cola Light a modo de brindis.

Viendo que estoy en minoría, me rindo.

—Vale, vale. Iré. —Me apoyo en la barra y las miro a todas—. Pero hay un problema.

—¿Y cuál es? —pregunta Poppy.

—¿Qué me voy a poner?

A Ginger se le iluminan los ojos como a una niña en Navidad. —Oh, cariño, eso sí que me gusta oírlo. ¿Qué opinas del cuero?