Ford (Equipo Shadow Ops nº 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Clara frunció el ceño ante el cielo que se oscurecía mientras el aire fresco y con olor a humo le calaba hasta los huesos a través de su delgado abrigo de lana aquella noche.

Cruzó el aparcamiento a toda prisa y subió a su viejo sedán, cerrando la puerta tras de sí.

En el asiento del conductor, se frotó las manos, preguntándose dónde habría dejado los guantes.

Los últimos dos días habían sido un torbellino de actividad y formación con la incorporación de Anna, y estaba deseando llegar a casa con su hija.

Giró la llave en el contacto y se tensó un momento antes de que el vehículo por fin cobrara vida.

Necesitaba cambiar un no sé qué. El mecánico se lo había dicho la semana pasada, y lo tenía apuntado en un papel.

Había pensado llamar a varios talleres para ver quién se lo hacía más barato.

Pero de momento, el coche arrancaba. Eso era lo único que importaba.

Le vibró el móvil y miró la pantalla: un mensaje de su vecina.

Acabo de darle la cena a Eloise. No le importó que la recogiera de la guardería. Nos vemos cuando llegues.

Clara soltó un suspiro y tecleó una respuesta.

¡Gracias, gracias, gracias!

Tendría que encontrar alguna manera de compensar a su vecina por cuidar de su hija otra vez.

Era la segunda noche en una semana que se quedaba hasta tarde.

Aunque no esperaban nada a cambio, la pareja de al lado eran un matrimonio con el nido vacío que hacía poco se habían mudado a un apartamento más pequeño.

Clara sentía que no paraba de irrumpir en su vida tranquila con la suya, algo más caótica.

Normalmente tenía un horario regular, pero últimamente había habido mucho trabajo.

No podía quejarse. Lo mínimo que podía hacer era quedarse hasta tarde las pocas veces que hacía falta.

Además, el pago de las horas extras no venía mal.

Le llevaría tiempo recuperarse del todo, pensó con pesar.

Su ex le había robado diez mil dólares antes de largarse.

Le daban ganas de llorar pensando en todo lo que podría haber hecho con ese dinero ganado con tanto esfuerzo.

Reparaciones del coche. Alquiler. Cosas para su hija.

Diablos, incluso un abrigo más grueso para ella.

Clara estaba reconstruyendo sus ahorros, guardando dinero por si surgía una emergencia.

Si el coche aguantara un poco más, quizá podría dormir más tranquila por las noches.

Un hombre cruzó el aparcamiento y miró hacia ella.

A esa distancia, con la luz del atardecer, no estaba segura de quién era.

Aun así, Clara le hizo un pequeño gesto con la cabeza por si la veía, y luego subió la calefacción.

El edificio y la propiedad estaban rodeados por una gran valla y cámaras.

Lo bueno de trabajar hasta tarde era que siempre se sentía segura allí.

Las únicas personas que había por allí eran las que tenían que estar.

El móvil empezó a sonar y vio el nombre de su vecina Michelle en la pantalla. Clara frunció el ceño con un mal presentimiento. Se habían escrito hacía solo unos minutos.

—Hola, ¿está todo bien? —preguntó Clara—. Muchas gracias por quedarte con Eloise otra vez esta noche.

—Eloise acaba de decir que le duele la tripa. No me importa quedarme con ella, pero quería llamarte para saber cuándo llegarías.

—Estoy en el coche ahora mismo, a punto de salir. ¿Quieres que hable con ella?

—No, está viendo la tele y descansando en el sofá. Solo quería avisarte. Ojalá no sea un virus estomacal. Mis hijos siempre los pillaban cuando eran pequeños.

—Uf, esos son los peores. Gracias por avisarme. Estaré allí en media hora o menos.

—No hay problema. Conduce con cuidado. Aquí está bien con nosotros —le aseguró Michelle.

Clara soltó un suspiro después de despedirse y frunció el ceño al oír el ruido que hacía el coche mientras salía marcha atrás de la plaza de aparcamiento.

Últimamente le estaba dando problemas para arrancar, pero ¿se estaba imaginando ese ligero temblor al dar marcha atrás?

Murmurando para sus adentros, condujo por el aparcamiento hacia las puertas.

No había guardias, pero todo el que trabajaba allí tenía un mando a distancia en el coche para entrar.

Después de pasar la primera puerta, había un teclado donde los empleados tenían que introducir su código.

Cualquier otra persona tenía que llamar al interfono.

Se incorporó a la carretera que serpenteaba por el denso bosque.

El edificio estaba escondido en una gran parcela de terreno boscoso, a una hora al norte de la ciudad de Nueva York.

Este trabajo le daba lo que nunca habría encontrado de haberse quedado en Nueva Jersey.

Estaba en una zona segura. Tranquila, incluso.

Pagaba bien y, además, a Eloise le encantaba vivir allí.

Repasó mentalmente lo que tenía en el botiquín de casa.

Si Eloise se estaba poniendo mala, quizá necesitara comprar algo para las náuseas.

Galletas saladas. Caldo de pollo o una sopa sencilla.

Podría trabajar desde casa mañana si hacía falta, pero no podría atender el teléfono.

El coche se tambaleó de nuevo y Clara agarró el volante con más fuerza.

Esto no era su imaginación, desde luego.

Recordaba vagamente haber pensado que el coche iba raro esa mañana, pero lo que fuera que le pasaba parecía peor ahora.

Siguió conduciendo varios minutos, muy por debajo del límite de velocidad, mientras la ansiedad la invadía.

Ahora sí que iba a necesitar un mecánico.

Antes había dado por hecho que alguien podría arrancarle el coche con unas pinzas si hacía falta, pero esto era urgente.

No podía llevar a Eloise en un coche que temblaba así.

Clara redujo la velocidad en una curva; los faros iluminaban los árboles frente a ella.

Lo que esa mañana, de camino al trabajo, le había parecido tranquilo, ahora simplemente parecía aislado.

Pronto estaría completamente oscuro y no quería quedarse tirada.

Al salir de la curva, el coche se sacudió aún peor que antes, y Clara luchó por controlarlo mientras se desviaba hacia el arcén hasta detenerse en un ángulo pronunciado.

Tenía las palmas sudorosas y el corazón acelerado mientras permanecía allí al ralentí, con el pie aún en el pedal del freno.

Clara maldijo en voz baja al darse cuenta de que estaba aferrando el volante con todas sus fuerzas.

Respiró hondo, intentando calmarse mientras ponía el coche en punto muerto. Tenía el móvil. Podía llamar a alguien para pedir ayuda.

Clara dio un respingo cuando unos faros se reflejaron de pronto en el espejo retrovisor.

Se reprendió a sí misma por ser boba. Seguramente era alguien del trabajo.

¿Quién más iba a conducir hasta el final de aquella carretera aislada?

Se quedó en el coche mientras una camioneta grande se detenía detrás de ella.

Clara agarró el móvil con fuerza, el borde clavándosele en la piel. Más valía prevenir que curar.

Comprobó que las puertas estuvieran bien cerradas y bajó el volumen de la radio. Se cerró una puerta y vio la silueta de un hombre que caminaba hacia ella. El conductor de la camioneta había dejado los faros encendidos para tener visibilidad.

El pulso le latía con fuerza mientras él se acercaba. Estaba a salvo. Era solo alguien del trabajo. Y si no, bueno, el coche seguía encendido. Se largaría de allí y llamaría al 112, diera igual cómo temblara el coche.

Un hombre corpulento se detuvo a escasos centímetros de su puerta y se agachó un poco para mirar por la ventanilla.

—¿Estás bien? —preguntó una voz grave.

Ella bajó la ventanilla apenas un par de centímetros y el aire frío se coló dentro.

—Algo le pasa al coche —dijo, odiando el temblor de su voz.

Se encendió la linterna de un móvil, iluminándole el rostro.

—¿Clara? Soy Ford. Acabo de doblar la curva y he visto tu coche.

Se quedó paralizada un instante por la sorpresa antes de que el alivio la invadiera.

Era casi como si todo su cuerpo se relajara poco a poco, la tensión abandonando sus músculos.

No se había dado cuenta de lo asustada que estaba hasta que Ford dijo que era él.

Clara apagó el coche y abrió la puerta; un pie tocó el suelo duro.

La mano grande de Ford ya se extendía para ayudarla a bajar.

Una descarga la recorrió cuando la mano cálida de él envolvió la suya.

No esperaba que la ayudara en absoluto. Bien sabía Dios que su ex nunca había sido tan caballeroso.

Pero fue el contacto de su piel contra la de ella lo que realmente la desconcertó.

Casi sintió como si la hubiera atravesado una corriente eléctrica.

—Joder. Tienes las manos heladas —murmuró él.

—No encontré los guantes.

Él frunció el ceño, como si la respuesta no le gustara, pero la soltó cuando ella se puso de pie.

El calor irradiaba del cuerpo grande de Ford, incluso allí, en el frío.

Ella ya estaba temblando, mientras él parecía impasible ante el clima.

—¿Tienes problemas con el coche? —preguntó, y su mirada evaluadora recorrió el sedán.

Apenas la había mirado a ella, lo cual no era ninguna sorpresa.

Ford siempre era educado pero distante, dejando aparte lo de la otra mañana.

Se sentía tonta por sentir cualquier tipo de atracción hacia aquel hombre.