CAPÍTULO 91
Era un jueves por la tarde y Silas solo pensaba en el examen de Inglés que tendrían a la mañana siguiente. Había quedado en la biblioteca con Tomás para estudiar, pero le hacía demasiada gracia cómo pronunciaba algunas palabras.
Tomás se reía también.
—Pareces un cerdito cuando te ríes. Se te arruga la nariz y todo —le dijo.
—¡Pues muchas gracias! ¡La tuya no es mejor!
A la segunda vez que les chistaron, Silas recogió sus cosas para marcharse, no sin antes tirarle una bola de papel arrugada a Tomás.
Cuando salieron al pasillo, los dos seguían riéndose.
O lo hicieron hasta que vieron a Arturo, que les observaba fijamente mientras se pasaba las manos por el pelo.
—Estáis liados, ¿verdad?
Silas parpadeó unas cuantas veces, confundido. Aquella pregunta se parecía demasiado a sus pesadillas y quizás por eso le costó darse cuenta de que en aquella ocasión era real.
—¿Perdona? —preguntó Tomás.
—No soy imbécil. Os he observado. Con Tomás tenía mis dudas, pero… Joder, Silas. ¡El curso pasado llevabas un chupetón! ¡Y tuviste los huevos de decir que te lo había hecho mi novia!
Silas sintió que enrojecía.
—Bueno… Entonces aún no salíais… —logró decir.
—¡No me vaciles! ¡Que el chupetón te lo hizo un tío! —insistió Arturo, mordiéndose una uña.
—Fui… yo —dijo Tomás—. El que se lo hizo.
Arturo suspiró.
—Ya, eso ya lo había deducido.
Frunció el ceño y se pegó un poco más a la pared, apoyando el antebrazo en ella.
—¿Y qué quieres hacer? ¿Contárselo al equipo?
Entonces, Arturo esbozó una sonrisa.
—Lo que quiero es seguir siendo capitán. ¡Queda muy poco de liga! ¡Solo quiero mantenerme así, como estoy!
Tomás se llevó una mano a la cabeza.
—Tío, eres ridículo.
—¡Ya he dicho lo que quiero! ¡Así que tienes que dejar de contradecirme en el campo! Y, sobre todo, en el vestuario. Y si puedes, estaría genial que me apoyaras un poco.
Silas tragó saliva, incapaz de decir nada. Cuando intentó hacerlo, Arturo ya se había marchado de ahí, sonriente y dejándolo aturdido.
—Menudo gilipollas… —suspiró Tomás, cerrando los puños.
—Yo… sabía que esto iba a pasar. Desde el curso pasado… —dijo con un hilo de voz.
Tomás empezó a andar por el pasillo, de arriba abajo y vuelta a empezar, como si así pudiera pensar mejor. Silas, en cambio, se dejó caer, con la espalda apoyada en la pared y las piernas dobladas.
—Yo paso de chantajes —dijo Tomás finalmente, sentándose a su lado.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído —le agarró por el hombro y le miró a los ojos—. Escucha, a mí me importa una mierda ser el capitán. De verdad. Lo que no quiero es que este tío nos chantajee.
—¿Entonces…?
Tomás respiró hondo antes de afirmar:
—Que por mí, se lo decimos. Al equipo, al míster, a quien sea.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Pero si no quieres hacerlo, lo entiendo perfectamente. Que tienes a tus amigos y demás, pero al final nunca sabes qué puede pasar. Yo no necesito ser capitán así que podemos callarnos y esperar a que se acabe la liga. O no. Lo que tú quieras. Sin agobios. Te lo prometo.
27 de enero
Desde que Arturo decidió chantajearme formalmente han cambiado muchas cosas y a la vez no ha cambiado nada.
Yo con Tomás estoy bien y sé que él está harto de la situación y que está esperando a ver qué quiero hacer. Eso me pone aún más nervioso.
He hablado de esto con Nabeel, que ha jurado odiar a Arturo tanto como yo. Pero no lo he hablado con mi hermana, porque me da vergüenza.
Tampoco lo he hablado con la psicóloga del centro, con la que me reúno casi cada semana, porque me da miedo que se lo cuente al míster.
Aun así, he hablado de otras cosas con la psicóloga. Como que lo que más me gusta de ser portero es que tengo la sensación de que puedo controlarlo todo, al fin y al cabo, lo puedo ver, y que lo que menos me gusta es precisamente la falta de control real. Porque no, no puedo atravesar el campo.
Y supongo que así me siento un poco en mi vida y con todo el tema de Arturo: como si pudiera verlo todo, pero solo a través de un cristal, en modo espectador.
Qué rabia.