Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 7 — La noche en que llovió dentro
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Capítulo 7 — La noche en que llovió dentro

(narra Bruno)

La noche en que llovió dentro de casa empezó con papá asegurando que no iba a pasar nada.

Eso fue a las nueve y media de la noche. En la tele habían dicho que venía una tormenta fuerte y mamá miró al techo.

—La gotera —dijo.

Papá levantó un dedo, como cuando va a explicar algo importante.

—He puesto un cubo.

Mamá cerró los ojos.

—Álvaro, un cubo no arregla una gotera.

—No, pero evita que el agua llegue al suelo.

—Eso depende de que el agua caiga dentro.

—Por eso lo he puesto debajo.

Yo pensé que papá tenía razón, aunque no lo dije porque a veces apoyar a papá significa acabar sujetando algo pesado.

A las diez empezó a llover de verdad.

No como cuando llueve un poco y los mayores dicen «qué falta hacía». Llovía como si alguien estuviera tirando cubos contra el tejado. La gotera hacía tap, tap, tap encima de mi cuarto, solo que más deprisa que otras noches.

A las diez y cuarto oí correr a la abuela.

Después oí al abuelo decir una palabra que no puedo escribir en mi cuaderno de cosas importantes porque mamá podría encontrarlo.

Subimos todos.

El cubo estaba debajo de la gotera, pero la gotera ya no era una. Había tres.

Una caía dentro del cubo; otra, sobre la alfombra; la tercera, encima de la cama de los abuelos.

—Bueno —dijo papá—. Esto sí que no me lo esperaba.

Mamá lo miró.

—¿Qué parte de «el techo tiene una gotera» te parecía imprevisible?

La abuela estaba salvando ropa. El abuelo movía cajas. Vega grababa un vídeo hasta que mamá le dijo que guardara el móvil o lo usaríamos para recoger agua.

Nico se reía. Para él todo era una fiesta en la que los mayores corrían con palanganas.

Una de las cajas que nadie había abierto desde la mudanza se mojó por abajo. Mamá intentó levantarla, pero pesaba mucho. El abuelo y papá la arrastraron hasta el pasillo y el cartón se rompió.

Salieron fotos.

Muchas.

Fotos de mamá pequeña. Del tío Rodrigo con pelo largo, que es el hermano de mamá y sale en todas las fotos antiguas aunque casi nunca venga a casa. De los abuelos delante de un coche amarillo. De una Navidad en la que todos llevaban jerséis iguales y parecían una secta feliz.

También apareció un avión de juguete de metal.

El abuelo se quedó mirándolo.

—Era de Rodrigo —dijo la abuela.

—No. Era mío.

Lo cogió con cuidado. Tenía un ala doblada.

—Pensaba que lo había perdido.

Durante un momento, nadie habló de la lluvia.

Luego cayó una gota enorme sobre la cabeza de papá y volvimos a correr.

El cuarto de invitados estaba bloqueado por cajas húmedas, así que los abuelos durmieron en mi cuarto. Yo dormí con Vega. Vega dijo que ni de broma, pero mamá la miró de una forma concreta y, de repente, sí de broma.

—No toques nada —me avisó cuando entré.

—No iba a tocar nada.

—Y no mires mi móvil.

—No iba a mirarlo.

—Y no respires fuerte.

—Eso no puedo prometerlo.

Me dejó dormir en el suelo con un colchón fino. A las dos de la mañana seguíamos despiertos porque la tormenta sonaba muy fuerte y porque Vega no podía dormir con alguien respirando en su habitación.

—¿Tú crees que los abuelos se van a ir? —pregunté.

—Cuando encuentren piso.

—No están buscando.

—Ya.

—¿Mamá quiere que se vayan?

Vega tardó en responder.

—Mamá quiere que todo el mundo esté bien y que nadie necesite nada de ella durante cinco minutos.

Eso sí lo entendí.

A la mañana siguiente, la casa parecía una estación.

El abuelo llevaba mi pijama porque el suyo estaba mojado, y le llegaba por la mitad de los brazos y por la mitad de las piernas.

Parecía un niño muy grande. Yo llevaba una camiseta de Vega porque mamá no encontraba ninguna de las mías.

La abuela preparaba café en silencio. Papá llamaba a techadores con el móvil mientras decía que «no parecía una reparación tan grande». Mamá hacía una lista.

Siempre hace una lista cuando tiene miedo.

El primer presupuesto llegó a mediodía.

Mamá lo leyó dos veces.

—No podemos pagar esto ahora —dijo.

Papá respondió que buscaría otra empresa. El abuelo dijo que ellos podían poner dinero. Mamá dijo que no. La abuela dijo que no fuera orgullosa. Mamá dijo que no era orgullo. Todos empezaron a hablar a la vez.

Yo saqué el avión de juguete del bolsillo y lo puse sobre la mesa.

—Se le puede arreglar el ala —dije.

Nadie me escuchó al principio.

El abuelo sí.

Cogió el avión y pasó un dedo por la parte doblada.

—Claro que se puede —respondió.

No sé si hablaba del avión o de la casa.

A veces los mayores hacen eso: dicen una cosa y en realidad están hablando de otra.