Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 23 #3
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CAPITULO 23 #3

Las palabras resonaron en la estancia con la autoridad de un veredicto inapelable. La crónica de Enora y el veneno de Montagu acudieron a su mente, cada dato cobrando una sintaxis terrible.

-Pero esa hipótesis presenta una inconsistencia en la trama -replicó Vera, anclándose a la lógica de los hechos-.

Mis primas, Alice y Victoria, las hijas de Mortimer.

Superan la cincuentena por mucho y son, por definición clínica, inofensivas.

Superficiales, sí, pero carentes de la capacidad para la violencia.

-Es aquí -la cortó Alistair, con un suspiro que certificaba el fin de una era- donde la ecuación adquiere su verdadera dimensión.

Y por pura exhaustividad, porque mi tiempo es finito y no tengo margen para este tipo de dilaciones, te entregaré el último fragmento del plano.

-Hizo una pausa dramática, calculando el peso de cada sílaba, preparándose para la estocada final.

-Hace décadas, cuando tu tío y yo apenas estrenábamos la madurez, tu abuelo George nos condujo a una de aquellas cacerías de fin de semana donde el linaje se estrecha a golpe de pólvora y secretos.

Allí, entre la niebla de los páramos, nos entregó la anatomía del horror de su propia abuela, Victoria Lockhart.

No era una demencia ordinaria; era una fragmentación de la identidad, un desdoblamiento que operaba en la sombra.

Cegada por la humillación de las infidelidades de Edmund, Victoria ejecutó aquellos crímenes de 1888 con una precisión técnica que nadie sospechó en una mujer de su estatus.

Su propio padre halló, ocultos entre sus pertenencias, los trofeos personales de las víctimas y el instrumental delictivo.

Ella misma, en un acceso de lucidez aberrante, le notificó la verdad con una meticulosidad forense.

Él tuvo que movilizar cada resorte de su influencia para tejer una arquitectura de pruebas falsas que desviara la atención hacia una sombra masculina.

Vera permaneció inmóvil, convertida en una estatua de atención plena.

-Victoria padecía lagunas amnésicas desde la infancia; intervalos de vacío tras los cuales siempre emergía un rastro de mutilación orgánica en los animales que habitaban en la finca.

Después, nuestro padre nos detalló la historia de Enora y el protocolo del veneno de Montagu.

Y estas son solo los episodios más recientes de un trayecto de siglos…

-Hizo un gesto vago, restando importancia a los cadáveres-.

Custodio las pruebas en mi caja fuerte: registros que datan de los primeros Lockhart y que validan esta tara sistémica.

Vera permanecía inmóvil; su mente, por el contrario, se expandió para abarcar la magnitud de la catástrofe.

-Mortimer y yo sellamos un pacto aquel día -concluyó Alistair, con una voz plana, despojada de cualquier frecuencia humana-. Una estrategia final para clausurar la transmisión de este horror.

-¿Qué clase de juramento? -articuló Vera, mientras una vibración gélida trepaba por su columna, amenazando la integridad de su postura.

Alistair la miró directamente. Por primera vez, Vera no detectó desdén, sino el peso absoluto de una responsabilidad compartida en la sombra.

-Tus primas, Alice y Victoria… no comparten nuestra herencia biológica.

Mortimer y yo ejecutamos una sustitución en el origen -su voz, siempre imperturbable, registró una deflexión mínima antes de recuperar su estática-.

Ese fue nuestro pacto: sustituir a cualquier descendiente femenina nacida de nuestra sangre…

.por otra niña nacida en el mismo hospital en las mismas fechas.

Todo es posible cuando se dispone de los medios pertinentes.

Consideramos que era la única forma de clausurar siglos de patologías matrilineales en la estirpe Lockhart.

Bastaba con interceptar una generación: la vuestra.

Y, posteriormente, la de tu sobrina. Con esa maniobra, la tara quedaba neutralizada, al menos bajo nuestro mandato.

Siempre quedaría la línea de Alexander Jr, por supuesto -añadió, con una asepsia administrativa que helaba la sangre-, pero nos garantizábamos la inmunidad ante los conflictos inmediatos. Nos librábamos de la anatomía del horror que, con toda probabilidad, nos habríamos visto obligados a gestionar.

La revelación operó como una demolición interna.

El organismo de Vera, que había sostenido su atención plena durante todo el interrogatorio, alcanzó su límite de resistencia.

Se produjo una deflexión final en sus músculos, una sacudida breve y violenta antes de que la oscuridad reclamara la soberanía de sus sentidos.

Sin embargo, en la milésima de segundo previa a la capitulación, sus pupilas registraron una última alteración en el plano.

El umbral de la habitación volvió a segmentarse y Lucian irrumpió en la estancia.

Su rostro ya no era una máscara de cortesía, sino una frecuencia de alerta absoluta al descifrar, con un solo golpe de vista, que la integridad de Vera acababa de sucumbir ante el peso del abismo.