CAPITULO 18
El mensaje de su padre llegó con la previsibilidad de un reloj de péndulo:
"Vera, ¿Has localizado ya el libro del que hablamos? Es importante.
Padre."
Breve, imperativo, sin adornos. Vera tecleó su respuesta con la misma frialdad calculada, cada palabra como un escudo.
"Padre, He revisado minuciosamente todos los volúmenes que retiré de la biblioteca del tío Mortimer.
No hay ninguno que coincida con la descripción que diste: encuadernación sencilla de piel, sin título, de carácter personal.
Lamento no poder satisfacer tu deseo de recuperarlo.
La hipótesis más probable es que el libro desapareciera, o fuera retirado, mucho antes de que Mortimer decidiera remodelar el espacio.
Tal vez en algún traslado anterior o reordenación de los fondos.
Saludos, Vera."
Envió el mensaje, sabiendo que no acallaría la demanda paterna, pero al menos ganaría tiempo.
Días después, de regreso de una breve pero intensa visita a Lucian en Londres, la calma del camino se quebró al llegar al umbral de su loft . La puerta estaba forzada y al abrirla, el aire que la recibió estaba cargado de un abrupto desorden e ira.
El desorden no era caótico; era metódico.
Los cojines del sofá, rajados con precisión quirúrgica para revisar su interior.
Los cajones de su escritorio, vaciados sobre la alfombra, sus papeles y bolígrafos esparcidos como hojas muertas.
Los estantes de la biblioteca, despojados, los libros tumbados de costado o abiertos por la mitad, habían sido examinados con brusquedad.
Su primer pensamiento, automático, fue: "Un robo."
Pero entonces su mirada, entrenada para el detalle, comenzó a analizar la escena.
Allí, sobre la repisa de la chimenea, descansaba su pluma, la Montblanc 149; una pieza de resina negra y oro que habría sido el primer objetivo de cualquier ladrón común.
En el tocador, el estuche de su reloj Cartier permanecía intacto.
Vera abrió el joyero y comprobó su interior, con todos sus pendientes y collares; no faltaba nada.
El desorden, por tanto, no era fruto de la codicia, sino de una búsqueda quirúrgica .
Alguien no había venido por lo valioso. Había venido por lo específico. Alguien que conocía su espacio, o al menos, su naturaleza. Alguien que había revisado cada rincón, cada escondrijo, con la determinación de quien busca un solo objeto entre mil.
Y entonces, como un relámpago en la penumbra de su mente, la verdad la golpeó.
El libro.
Solo podía ser Eximere . Su padre no la había creído. Había decidido tomar el asunto en sus propias manos, o había enviado a alguien con instrucciones muy claras: encontrar el volumen, sin importar el costo, sin importar la violación de lo sagrado.
Vera permaneció inmóvil en medio del caos, con la respiración rítmica y la mirada gélida recorriendo el desastre.
No sentía el miedo común de quien ha sido víctima de un robo, sino la náusea intelectual de quien contempla una estructura violada.
Alguien había irrumpido en su frecuencia privada; su santuario no solo había sido profanado, sino analizado por ojos extraños.
El intruso no buscaba su riqueza, buscaba el libro.
Por suerte, o por un instinto de protección que ni ella misma había reconocido del todo, Vera había dejado Eximere en la casa que tenía con Lucian.
Lo había dejado la semana pasada, descansando en el estante que empezaba a sentir como propio, lejos de su loft.
Ese detalle, casual y crucial, era ahora su única ventaja.
Su vida privada era un templo sellado. Nadie en su círculo -ni editores, ni sus escasos conocidos, ni por supuesto su familia- sabía de la existencia de Lucian, y mucho menos de la casa compartida. Era un territorio invisible, un espacio a salvo de la guerra fría con su padre.
Decidió no denunciar la intrusión. ¿Qué utilidad tendría?
La policía solo encontraría un escenario aséptico, sin rastro biológico ni pérdidas materiales; un callejón sin salida burocrático.
Pero Vera reconoció la caligrafía de aquel desorden con una certeza gélida: Alistair Lockhart II.
Su padre seguramente habría firmado la orden sin manchar sus manos, la arquitectura de aquella búsqueda era suya.
Era una sombra proyectada sobre su intimidad, una forma de recordarle que, para él, ningún santuario era infranqueable.
Esa misma tarde se dirigió hacia la casa. Al traspasar el umbral, la sensación fue distinta. Ya no era solo un espacio de posibilidad conjunto; era un búnker, el único lugar donde un secreto podía estar a salvo.
Fue directamente al estante, tomó Eximere con manos firmes y se sentó en el sofá, envuelta en el silencio protector de esas paredes. No iba a leer por compasión, ni por curiosidad literaria. Iba a leer como una criptógrafa ante un mensaje enemigo, con una pregunta ardiendo en la mente:
-¿Qué hay en estas páginas, en este dolor ajeno de hace más de un siglo, que es tan peligroso para mi padre hoy?-se dijo así misma entre susurros.
Abrió el libro por donde lo había dejado, en el clímax del odio de la narradora.
Pero ahora, cada palabra, cada confesión de locura y despecho, la examinaba bajo una nueva mirada.
Buscaba no solo la verdad, sino la clave que convirtiera ese manuscrito en una amenaza tan grande que su padre estuviera dispuesto a violar la única frontera que Vera siempre había defendido con uñas y dientes: su propio hogar.
Vera pasaba las páginas con una atención fría, escrutando cada línea no por el dolor que transmitía, sino por la grieta, el detalle que justificara la obsesión de su padre.
Era el mismo torbellino de improperios, la misma narrativa de despecho y vigilancia obsesiva.
Hasta que, de pronto, la prosa dio un giro concreto, peligroso.
“Edmund,mi esposo, anunció su partida a Londres con esa ligereza suya que siempre me había parecido una ofensa. Mentí con la misma precisión con la que ejecuto mis puntadas: le aseguré que buscaría refugio con mis parientes en el campo. Pero en lugar de eso, me convertí en su sombra.
El trayecto en tren fue una agonía de vapor y hierro.
En King's Cross, la niebla londinense me recibió como a una aliada, permitiéndome ser un fantasma entre la multitud mientras lo observaba avanzar.
Lo seguí hasta un club de caballeros en Mayfair; allí esperé, oculta bajo un chal modesto que anulaba mi linaje, sintiendo la humedad calar mis huesos como una premonición.
Cuando por fin salió, el mapa de su traición cambió de rumbo.
No buscó el refugio de un hotel respetable.
Empezó a caminar hacia el este, alejándose de la luz de los distritos elegantes.
Se dirigía al East End, hundiéndose en las fauces de una ciudad que yo, hasta entonces, solo conocía por los susurros de los criados. ”
Vera sintió un escalofrío que no era por la temperatura de la habitación. Whitechapel. 1888. Los nombres resonaban con un eco siniestro en la historia.
“ Lo seguí.
No sé por qué lo hice, pero lo seguí.
Edmund avanzaba por calles cada vez más estrechas, como si Londres se cerrase sobre nosotros.
El aire era espeso, irrespirable. Olía a brea, a ginebra mala, a heces humanas.
Todo se mezclaba y se me pegaba a la garganta.
Había niños en los rincones, sucios, con los ojos demasiado grandes, y faroles que temblaban como si también tuviesen miedo.
Oía voces, palabras en lenguas que no entendía, susurros que no quería escuchar.
Se detuvo frente a una puerta torcida, en una calle que no parecía tener nombre. Un cartel borroso prometía camas y cobijo, aunque nadie en su sano juicio podría creerlo. Miró a un lado y a otro. Entró.
Yo entré detrás.
El vestíbulo era bajo, húmedo, y olía a col hervida y a moho. Sentí náuseas. Y entonces los vi.
Edmund estaba allí, en la penumbra, cogido de la mano de una mujer.
No era una dama. No era nada que pudiera parecerse a una mujer como las que yo conocía.
Era… desgarbada, como un espantapájaros mal armado.
El vestido le colgaba sucio, pegajoso. Sonreía y en su boca faltaban más dientes de los que tenía.
Me llegó su olor antes que su rostro. Olía a enfermedad.
A miseria. A algo amargo y podrido que me revolvió el estómago.
Y Edmund… Edmund la miraba como si nada de aquello importase.
Ahí comprendí que ya no sabía quién era el hombre al que había amado.”
Vera permanecía anclada a las páginas, incapaz de romper el contacto con aquella caligrafía febril. Su mente lidiaba con una dualidad agotadora: la náusea ante un dolor obscenamente vivo y la frialdad de quien, por fin, ve encajar las piezas de una anatomía del odio.
“Edmund le susurró algo, y ella, con esa sonrisa espantosa, asintió. Juntos, subieron una estrecha escalera que crujía, desapareciendo en la oscuridad del piso superior .
Algo se quebró dentro de mí. No hubo gritos ni lágrimas. Solo un vacío súbito, seguido de una náusea feroz. Salí tambaleándome al callejón y me desplomé contra el ladrillo húmedo. Vomité hasta quedarme sin aire, expulsando no solo el contenido de mi cuerpo, sino todo lo que había creído de él.
El hedor de la calle -orina, miseria, podredumbre- se mezclo con el mío. Oí sus pasos alejándose escaleras arriba y supe, sin necesidad de verlo, que se iba con ella. En ese instante comprendí que no había seguido a mi marido, sino a un extraño, y que algo en mí había muerto allí para siempre.”
Vera dejó el libro sobre sus rodillas. La habitación en Edimburgo, tan limpia y ordenada, pareció retroceder.
No eran solo improperios ya. Esto era un testimonio.
Un relato de primera mano de la hipocresía más extrema de la época victoriana: un caballero de alta cuna, en el año 1888, visitando a una mujer desesperada en Whitechapel.
El riesgo, el potencial escándalo, la peligrosa proximidad a un abismo social... y a algo más.
Porque el nombre Whitechapel en 1888 no era inocente. Colgaba en el aire, no escrito en la página pero gritando entre líneas, la sombra de un terror aún sin nombre pero que pronto lo tendría: Jack el Destripador.
¿Era Edmund solo un cliente? ¿O había algo más?
Y, lo más crucial para Vera: ¿era Edmund un Lockhart, o estaba vinculado a ellos?
La obsesión de su padre por el libro cobraba ahora un sentido terrible, ominoso.
Esto no era solo un secreto de deshonra.
Esto podía ser la crónica de una complicidad, o de una presencia, en uno de los períodos más notorios y oscuros de la historia de Londres.