Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 16
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CAPITULO 16

El viernes por la mañana, la casa estaba en silencio, impregnada del olor de los nuevos muebles y de la limpieza reciente.

Lucian llegaría por la noche, trayendo consigo la energía de la semana y la expectativa de estrenar ese refugio a dúo.

Antes de que su presencia llenara las estancias, Vera sintió la necesidad de sumergirse en el otro misterio que ocupaba su mente: Eximere .

Había llevado el libro consigo desde el loft, envuelto en su fiel papel de seda. Ahora, sentada en el amplio alféizar de una ventana del salón que daba al jardín aún dormido, lo desenvolvió con la ceremonia habitual. La luz grisácea de la mañana escocesa caía sobre la cubierta desgastada.

La determinación fría de su padre por poseer este volumen resonaba en su cabeza.

No era avaricia por un objeto valioso; Alistair despreciaba el desorden sentimental.

Su interés solo podía surgir del miedo: miedo a lo que el libro contenía, miedo a que cayera en manos equivocadas, miedo a un secreto familiar que, al exponerse, pudiera manchar el linaje Lockhart.

Vera acarició la piel de la cubierta. ¿Qué podía haber en estas páginas de confesiones desgarradas, de odio hacia una prostituta victoriana, de vacío existencial, que fuera tan amenazante para un hombre como su padre?

¿Una verdad sobre un ancestro? ¿Una revelación que desmontara la fachada de respetabilidad de la familia?

O quizás, algo más tangible: ¿una prueba de algo?

Con Dorian acurrucado a sus pies, recibiendo los primeros rayos de un sol tímido, Vera abrió Eximere por donde lo había dejado.

La voz del narrador, fría y obsesiva tras el descubrimiento de la profesión de "ella", aguardaba.

y Vera, armada con la nueva urgencia que le daba la codicia paterna, se preparó para descifrarla.

Esta vez no leería solo por compasión o curiosidad literaria.

Leería como una detective, buscando en cada línea la grieta, la pista, la razón por la que este libro debía ser escondido, o poseído, a toda costa.

Vera, con los dedos fríos a pesar del té que tenía al lado, pasó la página.

Y de repente, el velo de ambigüedad se rasgó.

No fue una declaración explícita, sino la acumulación de detalles íntimos, domésticos, inconfundiblemente femeninos en su contexto victoriano: la descripción de la” presión del corsé al tocar el piano durante horas” , la mención a la " obligación de bordar el blasón familiar para la feria del condado ", la forma en que se refería a su propio cabello como " una carga que exige una doncella y una hora cada mañana".

El narrador era, sin lugar a dudas, una mujer.

Y no cualquier mujer. Una mujer de " ilustre cuna ", como ella misma escribía con una mezcla de ufanía y amargura.

La revelación hizo que Vera pusiera su alma en la lectura.

La voz descarnada, el vacío existencial, la posterior ráfaga de odio...

todo surgía de una mente femenina atrapada en los confines asfixiantes de su época y su clase.

La locura, entonces, tomó una nueva y devastadora dimensión.

La obsesión no era solo con "ella", la prostituta.

El núcleo del tormento era él: el hombre que había sido su salvación, su prometido, su "alma gemela" que le había devuelto los colores a la vida.

La misma persona que ahora, según descubría la narradora espiando sus movimientos, visitaba en los barrios bajos a esa mujer "desarrapada".

"¿Cómo es posible? - garabateaba la escritura, convulsa, los renglones torciéndose -.

¿Cómo puede él, que recita a Byron y distingue un Burdeos de un Borgoña, rebajarse a...

a eso? Una criatura que huele a ginebra barata y sudor viejo, a la que le faltan dientes cuando forcejea por sonreír.

Yo, que domino a Bach y a Chopin, que hablo francés, que llevo su blasón bordado en mi pecho...

soy sustituida en sus ratos libres por una analfabeta que apenas sabe ni pronunciar su propio nombre. "

El dolor ya no era solo traición; era una humillación de clase, una herida en el alma catastrófica.

Ella no competía con otra dama, sino con el antitético absoluto de todo lo que representaba y valía.

Su virtud, su educación, su refinamiento, eran pisoteados por los impulsos más bajos de un hombre que, se suponía, debía ser su igual.

La narrativa se volvió un torbellino de improperios y fantasías vengativas que ahora se dirigían a ambos, en un crescendo peligroso.

Insultaba a la mujer con una saña deshumanizante " gusano vestido de harapos ", " parásito de las alcantarillas ", pero su ira contra el hombre se teñía de un veneno más íntimo y desesperado:

"Él, que me juró amor sobre la Biblia, prefiere el olor a miseria al perfume de mis rosas.

¿Es que mi virtud le resulta insípida? ¿Mi decoro, frío?

¿Necesita la podredumbre para sentirse vivo?

Entonces que se ahogue en ella. Que contraiga la enfermedad que esa piltrafa lleva bajo la piel.

Que su fétida persona se pudra desde dentro, como se está pudriendo su alma. "

Vera tuvo que dejar el libro sobre sus rodillas.

El aire en la habitación parecía haberse espesado.

No era solo la oscuridad lo que la perturbaba, era el reconocimiento de una psicología devastada por las rígidas estructuras sociales.

La locura de la narradora no surgía de la nada; era el producto monstruoso del orgullo herido, del amor convertido en desprecio, y de la terrorífica realización de que, para el hombre al que había entregado su futuro, el valor de una mujer podía medirse en términos tan brutales y físicos que toda su educación resultaba inútil.

Miró por la ventana hacia el jardín tranquilo, un espacio que Lucian le había regalado para la paz.

El contraste con el infierno emocional que bullía en las páginas de Eximere era absoluto.

Ahora entendía aún mejor la urgencia de su padre.

Este no era un simple diario de tristeza.

Era el testimonio de un escándalo victoriano en ciernes, una historia de deshonra, locura y posible violencia que involucraba a dos familias de alcurnia. Los Lockhart, sin duda.

Cerró los ojos, sintiendo el peso del secreto. La narradora tenía un nombre. Y ella estaba cada vez más cerca de descubrirlo.

Vera cerró Eximere con decisión. La oscuridad de sus páginas no tenía cabida en un día como este, dedicado a nuevos comienzos. Dejó el libro a un lado, relegando el caos del pasado al silencio.

Este espacio, estas llaves, representaban algo distinto: un refugio conjunto, no un campo de batalla.

Recorrió las estancias vacías con Dorian a sus talones, imaginando ya las cortinas de terciopelo y el sonido de un vinilo compartido.

Esa noche, con Lucian, sería el primer capítulo de algo construido a pulso, con respeto y calma.

El peso del pasado podía esperar. Ahora, solo importaba la luz del atardecer filtrándose por los cristales nuevos y la promesa tranquila de la cena que aguardaba.

Esa semana, mientras organizaba la documentación de su nueva residencia y el eco de Eximere gravitaba en su pensamiento, Vera recibió un mensaje de Mr. Clifford.

El contenido era de una brevedad inquietante, encabezado por una referencia que le heló el pulso: “ Nuevos hallazgos - Caso Montagu. Urgente ” .

No había explicaciones adicionales, solo una invitación imperativa para acudir a su despacho a primera hora del día siguiente.

Vera leyó las palabras dos veces, asimilando que la investigación acababa de abandonar el terreno de la genealogía para adentrarse en el de la criminalística.

La intriga, esta vez, estaba libre de la pesadez emocional del libro; era puramente intelectual, un rompecabezas histórico.

Vera acudió al despacho atestado de papeles, donde el olor a tabaco de pipa y papel viejo era intenso.

Mr. Clifford, con sus gafas en la punta de la nariz, tenía varios dosieres abiertos sobre el escritorio.

-Miss Montclair -comenzó, sin perder tiempo en saludos-. He profundizado en esos ingresos por “ataques nerviosos” . Uno en particular me llamó la atención: el de Enora Lockhart, hermana menor de su tío bisabuelo Charles.

Señaló una copia descolorida de un registro médico, con una caligrafía enrevesada.

-Fue ingresada en el sanatorio privado de Blackwood en 1915.

El diagnóstico, como era habitual: melancolía profunda, histeria.

Pero el tratamiento fue más allá de los baños fríos y el reposo.

Aquí -apuntó con un dedo- se anota el uso de terapia de electroshock, entonces en su más cruda experimentación.

Y es en un estado de delirio post-tratamiento, según las notas de un enfermero algo más detallista, donde la paciente dice algo… inquietante.

Mr. Clifford alzó la vista, buscando la reacción de Vera.

-En su confusión, Enora habría repetido: 'Él no debió tomarla a ella. El té… el té ….. Lo sabía.' Y más adelante, de manera más clara: 'Yo lo hice. Fue mi culpa. Soy la culpable…'

Vera no se inmutó, pero su mente comenzó a trabajar a toda velocidad.

-¿A quién se refería? -preguntó, su voz serena.

-Esa fue mi pregunta -asintió Mr. Clifford, pasando a otro dosier-.

Crucé datos, fechas, círculos sociales. Reginald no era solo un rival de Charles.

Según cartas y diarios de la época que he podido consultar, fue primero pretendiente de Enora Lockhart.

La cortejó con cierta intensidad, para luego, abruptamente, perder todo interés y volcar su atención en Elisabeth Douglas, la prometida -y luego esposa- del propio Charles Lockhart.

Dejó que la información se asentara. La historia comenzaba a dibujarse con trazos más siniestros y personales.

-Enora quedó humillada y descartada dos veces: por Reginald, que la dejó por otra, y por esa “otra”, que además se convertiría en la cuñada que viviría bajo el mismo techo -continuó Mr. Clifford-.

Nos queda saber si Charles era consciente de que su propia hermana tenía motivos mucho más profundos y oscuros para querer a Reginald muerto.

-Y todo esto… fue encubierto…. -concluyó Vera, no como una pregunta, sino como una certeza.

-Elegantemente -confirmó Mr. Clifford, pasando una copia del informe forense de la época hacia Vera-.

La autopsia, rudimentaria, sugirió un envenenamiento con extracto de digitalina.

Recuerde -hizo un breve pero importante inciso, descendiendo su voz a un susurro de papel viejo- que ya le comenté con anterioridad que la dedalera crecía en el patío de los Lockhart.

Reginald murió en su propia cama dos días después de asistir a la cena que ofrecieron Charles y su esposa Elisabeth para sus vecinos.

Un evento público, caótico, donde cualquiera pudo tener acceso a su comida o su bebida, pese a la confesión, tiempo después, de Enora y debido a su estado mental se desestimaron sus palabras.

Vera asintió lentamente. La historia ganaba una lógica macabra y humana.

El crimen perfecto no había sido tal por su ingenio, sino por la facilidad con la que el veneno y la oportunidad podían repartirse las culpas, y por el muro de silencio y "nervios" tras el que se escondió a la verdadera autora.

Vera observó los papeles esparcidos. Enora Lockhart ya no era solo un nombre en un registro médico.

Era una mujer herida, humillada, posiblemente enajenada por los celos y la traición, y luego silenciada con electroshocks y el diagnóstico conveniente de "histeria".

Su historia era un grito ahogado en los archivos, no tan diferente del dolor contenido en Eximere .

Una conexión, tenue pero posible, comenzó a formarse en su mente. ¿Y si el dolor de Enora había encontrado su voz, de otra manera, en otro momento?