CAPITULO 14
El regreso a Edimburgo tras el fin de semana con Lucian dejó a Vera con una sensación de dualidad.
Por un lado, la claridad austera de su loft, su territorio sagrado. Por otro, el eco de la confesión de Lucian, que ahora habitaba en ella con un peso familiar, como un objeto valioso y frágil que no sabía dónde colocar.
Se sumergió en el trabajo, en los correos de su editora, en las páginas de su novela, intentando recuperar el ritmo de su soledad elegida.
Fue entonces cuando llegó el mensaje de su padre. Breve, formal, sin adornos:
"Vera, Es necesario que vengas a comer el jueves. Hay un asunto pendiente sobre los libros que retiraste de la biblioteca de tu tío Mortimer.
Saludos, Padre."
La intriga fue inmediata, pero Vera la domeñó con la disciplina de toda una vida.
Lo más probable, razonó, era que su hermano Alexander hubiera puesto el grito en el cielo al enterarse de que algunos volúmenes valiosos habían ido a parar a sus estantes.
Él siempre había visto la biblioteca familiar no como un legado, sino como decoración.
Sin embargo, una punzada de intuición más profunda le susurró que no se trataba de Alexander.
Su padre no se molestaba en citarla para discutir los caprichos de su hermano.
Al día siguiente, se presentó en la casa familiar: una mansión de piedra gris y formas severas en el corazón de la New Town.
Al cruzar el umbral, la envolvió esa atmósfera inconfundible que siempre parecía cerrarse tras ella con una densidad punitiva; un aire cargado de pesada historia, madera centenaria y una quietud diseñada para sofocar cualquier asomo de vida.
Las paredes estaban atestadas de retratos de mirada gélida y paisajes sombríos de los Highlands.
Como escritora, Vera siempre había sentido que en aquella casa la realidad estaba prohibida; solo se permitía una versión muerta del mundo, enmarcada en óleo y barniz.
Por todas partes, las vitrinas exhibían porcelanas, marfiles y relojes cuyo tic-tac recordaba que el tiempo, allí, era una propiedad privada . Un museo, no un hogar.
Vera recorrió con la mirada la disposición de los muebles, tan rígida y carente de la armonía orgánica que ella buscaba en sus propias estanterías.
Recordó entonces el código de su infancia: los gritos amortiguados por las alfombras, la prohibición de tocar y aquellos pasillos que no invitaban a correr, sino a deslizarse como un fantasma por una historia que otros habían escrito para ella.
Para su sorpresa, la vasta mesa del comedor, capaz de albergar a doce personas, estaba puesta solo para dos.
La luz filtrada por los pesados cortinajes de terciopelo dibujaba patrones polvorientos sobre la vajilla de plata.
-Tu madre está en el club -anunció su padre, ya sentado a la cabecera, sin levantarse para recibirla-. Tienen ese evento benéfico del que es presidenta. Y Alexander… está ocupado. Como siempre.
La vieja asistenta, Mrs. Campbell, una mujer de rostro inexpresivo y manos eficientes que llevaba con la familia desde de que Vera era tan solo una niña, sirvió la sopa en silencio.
El ritual era inalterable: el tintineo de la cuchara de plata contra la porcelana, el crujido del pan, la distancia medida entre sus sillas.
No hubo preguntas sobre su viaje, su trabajo, su vida.
El padre de Vera, un hombre de rasgos afilados y pelo plateado peinado con rigor, la observó desde su lugar con la misma atención con que examinaría un balance contable.
Cuando Mrs.Campbell se retiró momentáneamente a la cocina, él depositó la cuchara, limpiándose los labios con la servilleta con un gesto preciso.
-Entre los libros que te llevaste de la biblioteca de tu tío Mortimer- dijo, sin preámbulo alguno, su voz era un filo de hielo-, ¿encontraste alguno que pudiera considerarse… fuera de lo normal?
La pregunta flotó en el aire denso del comedor.
No era una pregunta curiosa. Era una investigación.
Vera mantuvo su rostro impasible, pero por dentro, todas sus alarmas se encendieron a la vez.
¿Fuera de lo normal?
Su mente voló directamente a Eximere , escondido en el estante alto de su loft. El libro que no era un libro, sino un grito ahogado en papel viejo.
-¿A qué te refieres exactamente con fuera de lo normal , padre? -preguntó, tomando un sorbo de agua para ganar tiempo.
Sus ojos, del mismo gris frío que los de ella pero sin su profundidad, se clavaron en los suyos.
-Sabes perfectamente de qué estoy hablando -sentenció su padre, apoyando las manos sobre la mesa de caoba-.
Tu tío conservaba registros que son propiedad privada de este apellido.
Información que, en las manos equivocadas, podría ser perjudicial para los nuestros.
¿Qué es exactamente lo que te llevaste de su estudio?
La tensión en la habitación era ahora tan palpable como el frío de la porcelana bajo sus dedos. Esta no era una pregunta sobre el valor monetario de los libros. Era una pregunta sobre secretos.
Vera mantuvo su semblante inescrutable, un muro de elegancia entrenada. Dejó que la pregunta de su padre se perdiera en el aire cargado del comedor, como si no hubiera entendido su trascendencia.
-Mortimer tenía tantos libros… -murmuró, llevándose un bocado a la boca con lentitud deliberada-. Sería difícil recordar uno en concreto sin más detalles. Si fueses más preciso….tal vez…
Alistair la observó con esa mirada que siempre le había hecho sentirse como un espécimen bajo un microscopio.
No era calidez lo que había en sus ojos, sino una evaluación fría.
-No es un libro cualquiera,Vera-insistió, con una impaciencia que empezaba a agrietar su compostura-.
Y no lo escribió Mortimer. Era parte del legado familiar que, como primogénito, le correspondía custodiar.
Una especie de… reliquia doméstica. Ya te lo he dicho: no tiene valor en el mercado, pero su significado es estrictamente personal.
Mortimer me prometió que, si alguna vez decidía deshacerse de la colección, ese volumen volvería a mis manos. Era un pacto entre hermanos.
Hizo una pausa, sus dedos jugueteando con el canto de la copa de agua.
-Cuando decidiste llevarte esos lotes de la biblioteca, ese volumen debió pasar inadvertido entre ediciones más valiosas. No te culpo por no haberlo notado. Pero ahora necesito recuperarlo. Es una cuestión de… cumplir una palabra dada.
Vera escuchaba, procesando cada palabra.
La historia sonaba plausible, incluso conmovedora, si uno no conociera a los hombres involucrados.
Su padre no era dado a los gestos sentimentales, y Mortimer, aunque excéntrico, nunca había demostrado un apego especial por su hermano menor. ¿Una promesa sobre un libro sin valor?
Todo sonaba a una verdad a medias, un relato cuidadosamente construido para ocultar algo más sustancial.
-Entiendo -dijo Vera, con voz medida-. Pero si es una reliquia personal y sin valor, ¿por qué la urgencia?
La pregunta cayó en la mesa como un guante. Su padre no parpadeó.
-No es urgencia es reclamo y no te incumbe. Solo te pido que, si encuentras un libro que coincida con la descripción -encuadernación sencilla, de piel oscura, sin título-, me lo devuelvas. No es una petición disparatada.
Era una orden disfrazada de cortesía. La misma dinámica de siempre.
-Echaré un vistazo, padre. Si esa promesa entre hermanos ha terminado en mi biblioteca, te lo haré saber. Aunque me sorprende que algo sin valor de mercado sea capaz de alterar tanto….. tu habitual serenidad.
Una sombra de irritación cruzó el rostro de su padre, pero la asistenta, Mrs.Campbell, entró en ese momento para retirar los platos, interrumpiendo cualquier respuesta.
La conversación se desvió hacia temas superficiales: el tiempo, la próxima exposición en la National Gallery, la salud de un primo lejano.
Pero para Vera, la comida ya tenía un sabor distinto.
No era solo la pesadez de la casa, ni la frialdad de su padre.
Era la certeza de que Eximere -si es que ese era el libro en cuestión- no era solo la confesión de un alma atormentada.
Era un eslabón en una cadena familiar, una promesa que ocultaba algo, y su padre estaba decidido a recuperarlo a toda costa.
Y ella, ahora más que nunca, estaba decidida a descubrir por qué.
Tras la tensa y reveladora comida con su padre, Vera regresó a su loft con una sensación de urgencia renovada.
La fría determinación de su padre por recuperar ese libro “sin valor” había transformado Eximere de un misterio literario en una clave personal.
Esa noche, con el viento azotando los ventanales y Dorian ronroneando en un ovillo de pelaje negro a su lado en el sofá, volvió a abrir el manuscrito.
La luz cálida de una única lámpara de pie creaba un círculo íntimo en la penumbra, aislando el mundo exterior y sumergiéndola de lleno en el pasado escrito.La voz del narrador, que había descendido a los infiernos del odio, tomó un giro aún más inquietante: se volvió metódica, observacional, fría.
La rabia ciega se había solidificado en una determinación gélida.
El narrador comenzó a describir días de vigilancia, de seguir a esa mujer -siempre “ella”- por las calles empedradas y brumosas de un Londres victoriano.
Los trazos de la escritura se habían vuelto más controlados, pero no por ello menos perturbadores; ahora detallaban horarios, rutinas, descripciones de ropa desgastada y miradas furtivas.
Vera leía con una fascinación clínica, sintiendo el escalofrío de quien no presencia una obsesión, sino que la disecciona .
“La sigo. Es más fácil de lo que pensé. No va a los jardines, ni a las galerías. Se desliza hacia el este, donde el Támesis apesta a brea y desesperación. Su elegancia es una fachada que se desmorona con cada callejón que atraviesa. Lleva el mismo manto durante tres días. Lo conozco. Es de un azul desvaído que grita pobreza.”
Luego, la revelación llegó, no con un golpe dramático, sino con una observación seca, casi analítica:
“Anoche la vi parlar con un hombre a la luz de un farol junto al puente de Blackfriars. No era una conversación. Era una transacción. Sus gestos, mecánicos; su sonrisa, un espasmo aprendido. Él le dio monedas. Ella le dio… lo que queda de ella. Comprendí entonces la fuente de su falsedad: no es una dama que juega a ser cruel. Es una meretriz que sobrevive. Y algo en esa verdad hace que la odie aún más.”
Vera dedicaba todos sus sentidos a la lectura del texto.
La “ella” del odio del narrador no era una rival social, ni una antigua amante de la persona amada.
Era una prostituta. El descubrimiento añadía capas de complejidad al tormento: ¿Era el odio producto del desprecio de clase?
¿De la decepción al descubrir que su objeto de obsesión no era quien parecía?
¿O era la rabia de sentirse que era engañado por alguien a quien consideraba por debajo de sí?
El narrador continuaba, describiendo cómo la vigilancia se intensificaba. Ya no era solo odio; era un estudio enfermizo. Anotaba el número de clientes, las horas, los lugares. Había una fascinación malsana mezclada con el desprecio.
Dorian se movió en sueños, emitiendo un suave maullido. Vera acarició su lomo de forma automática, sin apartar los ojos del texto. El contraste era salvaje: la calidez serena de su refugio actual contra el frío y la miseria moral que emanaban de las páginas.
Ahora entendía por qué su padre podía querer este libro.
No era un simple diario sentimental. Era un testimonio de algo oscuro, posiblemente vergonzante, que involucraba a un miembro de la familia Lockhart .
Un secreto que quería enterrar en los muros de la casa familiar, donde los secretos de los Lockhart habían reposado durante generaciones.
Vera cerró suavemente el libro, no por repulsión, sino por necesidad de asimilar lo leído.
Con la mirada abstraída en las llamas de la chimenea, supo que ya no podía ser solo una lectora.
Ahora era una cómplice del secreto, y la partida por su posesión -y por la verdad que ocultaba- acababa de comenzar.