CAPITULO 12
Vera extendió las cartas sobre la mesa de roble, junto a la taza de té humeante. La luz del amanecer escocés entraba tenue y plateada, iluminando los arcanos con sus símbolos antiguos y colores desvaídos.
No buscaba el destino escrito en el cartón, sino las verdades que el inconsciente proyecta a través de las imágenes.
Aquella mañana, los símbolos hablaban con una claridad inquietante: La Torre, con su colapso repentino; El Ermitaño, dictando la necesidad de retiro; y, en el centro del presente, El Diablo, sugiriendo ataduras y verdades ocultas que clamaban por salir a la luz.
La combinación no era una profecía, sino un diagnóstico: una crisis inminente cuya única salida no era la lucha, sino el repliegue hacia la sabiduría interna.
No era un mensaje tranquilizador.
Una sonrisa leve, casi irónica, se dibujó en sus labios.
Un hombre recién introducido en su vida podía ocultar un oscuro pasado.
Lucian. Por supuesto que lo ocultaba. Todo el mundo tenía un pasado, y los hombres como él -inteligentes, reservados, con recursos- solían tener pasados más interesantes que la mayoría.
La pregunta no era si lo ocultaba, sino si ese pasado era algo de lo que debía preocuparse… o algo que lo hacía aún más fascinante.
Dejó las cartas sobre la mesa y tomó un sorbo de té.
Dorian saltó a su regazo, buscando calor. Vera acarició su lomo negro, pensativa.
Lucian no encajaba en el molde de sus anteriores…
encuentros. Aquellos hombres habían sido intercambios bajo contrato: placer físico, conversación inteligente y una despedida impecable.
Nunca había sentido la pulsión de mostrarles nada más allá de la superficie; eran transacciones limpias, sin residuos emocionales.
Pero Lucian no exigía nada, simplemente ofrecía. Su presencia era una pregunta constante, una invitación silenciosa a desmantelar la guardia. Y ella, contra toda su programación y sus años de blindaje, estaba considerando aceptar.
¿Es una distorsión de la frecuencia ?, se cuestionó, observando cómo la bruma matinal se enredaba en los pinos con una persistencia táctica.
La inquietud no nacía de la posibilidad de que Lucian custodiara un pasado oscuro, sino de su propia inclinación a descifrarlo.
Para Vera, la comprensión era la antesala de la cesión de soberanía; y ella nunca había permitido que nadie inspeccionara los cimientos tras sus muros .
Recogió los arcanos con movimientos fluidos, casi mecánicos, y los reintegró en su caja de madera tallada.
Aquel ritual no era un acto de fe, sino una reordenación de la lógica.
No buscaba vaticinar el futuro; sabía que las estructuras se construyen en el presente, a través de una sucesión de aperturas y cierres que ella, y solo ella, debía seguir administrando.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Vera no estaba segura de querer cerrar la puerta.
Quizás, pensó mientras encendía la chimenea y preparaba su escritorio para trabajar, el verdadero peligro no era el pasado oscuro de Lucian.
Era la posibilidad de que, al acercarse a él, ella misma tuviera que enfrentar sus propias sombras -las que había guardado en silencio, igual que alguien más había guardado las suyas en las páginas de Eximere.
El día se había deslizado con una calma inusual, como si el mundo exterior hubiera firmado un armisticio temporal con su soledad. Vera depositó la pluma sobre el cuaderno de notas, sintiendo el leve entumecimiento en los dedos tras horas de volcar su pensamiento sobre el papel.
La luz del atardecer empezaba a retirarse de las páginas, dejando paso a las sombras que ya colonizaban el loft.
Tras encender la lámpara de bronce, observó el bloque de hojas junto a la máquina de escribir; su propia novela exigía una pausa.
Sintió entonces el impulso de retomar el Eximere .
El libro aguardaba en el estante con la gravedad de una presencia física; una puerta hacia un siglo ajeno que, tras la introspección de la madrugada, reclamaba su atención con la insistencia de una verdad que no puede seguir siendo ignorada.
Lo tomó con cuidado, deslizó el marcador de seda y abrió por donde lo había dejado.
La voz del narrador, clara y desgarrada, volvió a fluir.
Hablaba de esa sensación permanente de extrañeza, de no encajar, de llevar un vacío interno que nada lograba llenar. Vera leía con una atención casi clínica, observando cómo el dolor se expresaba con una elocuencia que lo hacía aún más desolador.
Pero luego, algo cambió. Entre página y página, una grieta de luz apareció. El narrador conoció a alguien.
No se describían encuentros grandilocuentes, sino pequeños momentos: una conversación bajo la lluvia, una mano que se tendía sin pedir nada a cambio, una mirada que parecía entender sin juzgar.
De repente, las palabras se tornaron más livianas.
Había esperanza, incluso alegría. Se hablaba de planes, de un futuro compartido, de una boda próxima.
La vida, antes en blanco y negro, ahora tenía matices, calor, color.
Vera sintió un alivio extraño, como si estuviera presenciando la curación de una herida ajena.
Siguió leyendo, casi con avidez. El narrador hablaba de haber encontrado, por fin, su lugar en el mundo.
La persona amada era descrita como un refugio, un faro.
Las páginas respiraban una paz que antes parecía imposible.
Vera incluso esbozó una leve sonrisa, atrapada en la belleza de esa redención íntima.
Hasta que todo se quebró.
No hubo transición. De un párrafo a otro, la caligrafía se volvió un caos: trazos profundos, enérgicos, que a veces perforaban el papel. La tinta parecía manchada, como si hubiera sido escrita con prisa o rabia. Y el contenido dio un giro brutal.
La dulzura se convirtió en veneno. No contra la persona amada, si no contra alguien a quien siempre se refería como "ella", la transformó en el blanco de un odio feroz y meticuloso.
La agresión verbal escalaba, volviéndose cada vez más gráfica y violenta.
El narrador no solo la insultaba; fantaseaba con hacerle daño, detallando con una precisión perturbadora el sufrimiento que le infligiría si la tuviera cerca.
Eran imágenes verbales de dominación, humillación y destrucción.
Vera dejó de leer.
Un nudo frío se le formó en el estómago.
El contraste era tan abrupto, tan desquiciante, que le costaba respirar.
Alejó el libro de sí, como si pudiera contagiarle la oscuridad que destilaba.
No era miedo lo que sentía, sino una profunda conmoción.
Había sido testigo de la caída más vertiginosa: desde la promesa de salvación hasta el abismo de un rencor autodestructivo.
Necesitaba alejarse.
Cerró Eximere con un gesto lento pero firme, como sellando una herida. No podía continuar. No ahora. La oscuridad de esas páginas era demasiado densa, demasiado visceral, incluso para ella, que siempre había creído poder navegar cualquier tormenta literaria sin perder el rumbo.
El libro reposó sobre la mesa, silencioso de nuevo, pero su eco resonaba en el aire cargado del loft. Vera se levantó y fue hacia la ventana, buscando en el paisaje nocturno algo que le recordara que existía un mundo fuera de esas páginas envenenadas.