Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 10
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CAPITULO 10

Los meses habían tejido una nueva rutina alrededor de Vera, una con un ritmo más cálido y menos solitario.

Lucian ya no era solo un socio en un proyecto, sino una presencia constante y discreta: un mensaje recibido a deshoras sobre un detalle arquitectónico, una llamada breve desde Londres al final de la jornada, el recuerdo persistente de su piel contra la suya bajo la chimenea del castillo.

Ella no había abierto su corazón -eso habría sido demasiado sencillo, demasiado ordinario-, pero sí la puerta de su fortaleza mental, permitiendo que la admiración mutua se instalase con una naturalidad que la desarmaba.

Entre eso, las revelaciones lentas y meticulosas de Mr. Clifford -cada documento sobre los Lockhart era una pieza más de un puzle inquietante- y el progreso de su propia novela, el tiempo había fluido sin que se percatara de su paso.

Hasta que, una tarde de lluvia fina en Edimburgo, la llegada de un nuevo mensaje la devolvió bruscamente al presente.

El encabezado era escueto: “Eximere – Listo”.

Mr. Morrison escribía con su prosa parca:

“Señorita Montclair:

El libro está completo. Las páginas respiran de nuevo, la encuadernación es estable y el contenido… intacto. Ningún otro ojo lo ha visto en su totalidad. Aguardo sus instrucciones.

Atentamente, Morrison.”

Vera dejó la taza de té a medio beber. Cinco meses.

El misterio había estado latiendo, paciente, en el taller de Mr. Morrison, mientras su vida cambiaba a su alrededor.

Ahora, reposaba completo, sellado, esperándola.

El primer escalofrío no fue de miedo, sino de ese placer profundo y oscuro que solo la verdad -aun la más peligrosa- puede provocar.

Finalmente, iba a mirar a los ojos al pasado.

Vera regresó al loft con el libro envuelto en papel de seda bajo el brazo, como si llevara no un objeto, sino un fragmento de tiempo detenido.

El aire frío de Escocia se le había pegado a la piel, y lo primero que hizo al traspasar la puerta de su loft fue encender la chimenea.

Dorian apareció en silencio, rozándose contra sus botas de cuero, como si supiera que algo importante había llegado.

Dejó el paquete sobre la mesa de roble, junto a la máquina de escribir, y procedió con la ceremonia del regreso.

Primero, el teléfono: un gesto seco, sin dudar, lo desconectó.

El mundo exterior podía esperar. Luego, el baño: agua caliente, sales de lavanda y rosa negra, el vapor empañó los cristales de la ventana que daba al bosque.

Se sumergió hasta que los dedos se le arrugaron y la mente se le vació de todo lo que no fuera el peso del silencio.

Después, envuelta en una bata de seda negra, preparó el té.

Hojas sueltas de manzanilla y menta en la tetera de porcelana, agua a punto de hervir, tres minutos de infusión exactos.

Mientras esperaba, encendió las velas: una junto al sofá, otra en la repisa de la chimenea, otra sobre la mesa.

La luz eléctrica quedó desterrada; solo el titilar cálido de las llamas y el fuego de leña iluminaban la estancia.

Puso música: "Gymnopédie No.1" de Satie, en versión de piano solo. Las notas flotaron en el aire, limpias y melancólicas, como gotas de lluvia sobre cristal. Dorian saltó al sofá y se enroscó en un cojín, observándola con esos ojos verdes que todo lo ven y nada juzgan.

Solo entonces, Vera se sentó. Desdobló el papel de seda con movimientos lentos, ceremoniosos.

El libro apareció: una encuadernación en piel oscura, desgastada en los bordes, con letras doradas casi borradas por el tiempo.

Eximere . El título en latín, del libro inédito de la familia Lockhart del que nadie conocía su existencia.

Mr. Morrison y su equipo fueron debidamente recompensados con una nada desdeñable “ propina ” cada uno.

Ella acarició la cubierta, sintiendo las texturas bajo la yema de los dedos. Respiró hondo. El olor a papel viejo, a historia, a secretos guardados, se mezcló con el aroma del té, la lavanda y la cera derretida.

Abrió el libro.

Vera apoyó la yema enguantada del dedo sobre el borde de la primera página, como si aquel gesto fuese un pacto silencioso. El papel, quebradizo y amarillento, parecía exhalar un suspiro al ser abierto, un lamento antiguo atrapado durante más de un siglo.

Las primeras palabras no llevaban fecha, ni título, ni nombre. Solo brotaban de la página como sangre de una herida abierta:

“-No sé si esto me salvará o me hundirá más. Solo sé que debo sacarlo de mí. Las palabras son las únicas venas que no se han secado.”

Vera leyó con los dedos ligeros sobre el papel rugoso, como si pudiera sentir el pulso de quien escribió, latiendo aún entre líneas.

La letra era firme, pero desigual -a veces angulosa y apretada, otras veces fluida y deshecha- como si hubiera sido escrita en diferentes estados de ánimo, en diferentes noches de desvelo.

“-Hoy el vacío tiene sabor a ceniza. No es metáfora. Lo noto en la boca, en la garganta, en el pecho. Como si hubiera inhalado el humo de algo que ardía dentro de mí y ahora solo queda esto: residuo frío, ligero, mortal”.

No era un diario. No había eventos, ni lugares, ni personajes. Solo sensaciones. Dolor sin origen aparente, pero tan específico que resultaba universal. Una tristeza que no nombraba su causa, pero describía su anatomía con precisión de cirujano.

“-A veces pienso que nací con un agujero en el alma. No uno que se hace, sino uno que siempre estuvo ahí. Y todo lo bueno, lo bello, lo amado… se filtra por él y se pierde en la nada. Aunque mi exterior no lo refleje. Por dentro, soy un tamiz.”

Vera dejó escapar una exhalación lenta. Su mirada se perdió un momento en las llamas de la chimenea. Dorian ronroneaba suavemente en el sofá, ajeno a la oscuridad que ahora habitaba la habitación. Ella seguía leyendo.

“-Hay días en que la luz me duele. No los ojos, el alma. La luz del sol, la risa de un niño, el abrazo sincero… todo me golpea como un recordatorio de que yo no pertenezco a eso. Soy una sombra que mira desde lejos, con curiosidad y con envidia.”

La voz -porque era una voz, clara y desgarrada- parecía flotar entre géneros.

La sensibilidad era íntima, vulnerable, a veces descarnadamente femenina en su forma de nombrar el dolor interior.

Pero también había una fuerza cruda, una rabia contenida que no se permitía el llanto, que prefería el frío análisis de su propia miseria.

Vera intuía que era una mujer, pero no podía asegurarlo.

Lo que sí sabía, con una certeza que le heló la sangre, era que quien escribió esto no buscaba consuelo, sino testimonio.

Quería dejar constancia de que había existido alguien capaz de sentir un vacío tan absoluto.

“-Anoche soñé que me ahogaba en tinta negra. No era pesada, era ligera. Y al hundirme, pensé: "Al fin, algo que coincide con lo que hay dentro".

Vera cerró los ojos un instante.

El silencio del loft era ahora distinto.

Ya no era paz; era la antesala de una confesión. El libro Eximere -que en latín significaba sacar, extraer, expulsar- cumplía su nombre con una brutalidad poética.

Al abrirlos de nuevo, su mirada cayó en una frase, casi al final de la primera entrada:

“-Si alguien leyera esto… no escribo para ser comprendida…escribo para que mi oscuridad no muera conmigo.”

Vera pasó la página. La siguiente estaba en blanco. Luego, otra entrada, igual de desnuda, igual de penetrante. Pero ahora, en el margen superior, había una mancha pequeña oscura, circular. ¿Lágrima? ¿Café? ¿Sangre?

Y justo debajo, la primera pista concreta:

“-Hoy pasé por el puente. El mismo. El río corría gris y frío. Y por un momento, solo un momento, pensé en cómo se sentiría el agua helada devorándome el aliento.”

Vera dejó el libro abierto sobre sus rodillas. El té se estaba enfriando.

La música de Satie había terminado, y solo quedaba el crepitar de la leña.

Algo se movió dentro de ella. No era compasión, ni morbo.

Era reconocimiento. No del dolor específico, sino de la necesidad de escribirlo. De sacarlo. De eximirlo.

Tomó su taza, bebió un sorbo ya frío, y sus ojos volvieron al libro.

Ahora comprendía que no estaba leyendo un simple manuscrito raro, sino el gemido de un alma a través del tiempo .

Y, por alguna razón, sentía como si esa alma le estuviera hablando directamente a la suya, estableciendo una conexión que superaba la lógica y los siglos.

Vera cerró Eximere con suavidad, como si temiera despertar algo que dormía entre sus páginas.

El dolor allí contenido no era para ser devorado en una sola noche; era como un vino denso que debía paladearse con tiempo, con respeto, casi con reverencia.

Lo envolvió de nuevo en el papel de seda y lo guardó en el estante más alto de su biblioteca, lejos de la luz directa, cerca de otros volúmenes que también pedían silencio.

Al día siguiente, el cielo sobre Escocia estaba encapotado, con esa luz grisácea que todo lo iguala. Vera se vistió con sencillez: pantalón negro, jersey de cachemira, botas. Una elegancia que no llamaba la atención, pero que imponía distancia.

Mr. Clifford la esperaba de nuevo en su casa de Edimburgo.

-Miss Montclair -la saludó con una sonrisa apagada-. Me temo que no tengo noticias revolucionarias. No he podido descubrir mucho más sobre su árbol genealógico.

Vera tomó asiento frente a él, cruzando las piernas con calma.

-Cuénteme igualmente, Mr. Clifford.

-La familia Lockhart… bien, son como la mayoría de las familias aristocráticas del siglo XIX: llenas de escándalos menores, deudas discretas y episodios de melancolía.

Lo del incidente de Montagu ya lo sabe: su tío bisabuelo fue acusado de posible envenenamiento, pero quedó absuelto por falta de pruebas.

Más allá de eso… -El hombre hojeó un dossier abierto-.

Hay registros de ingresos en centros de reposo para algunas de las mujeres.

“Ataques de nervios”, lo llamaban. Nada fuera de lo común para la época; la histeria era un diagnóstico cómodo para cualquier muestra de emotividad femenina que excediera lo decoroso.

Vera asintió lentamente. No era nada nuevo, nada que conectara con la profundidad del dolor que había leído en Eximere .