Eternamente Capítulo Siete
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Capítulo Siete

—¡Jack! —Maura se puso en pie de un salto. No comprendía del todo qué estaba pasando, solo que necesitaba encontrar a Jack. Su vestido andrajoso estaba manchado de sangre, el tejido vaporoso desgarrado y el raso cubierto de cercos de agua. Antes no estaba así.

Maura caminó cojeando hacia la puerta principal, decidida a encontrarlo. ¿Y si estaba al borde de la carretera esperando a que ella regresara? Tiró del picaporte, pero no se abría. Desesperada, tiró de él con fuerza, dando patadas y gritando para que la dejaran salir de aquella casa sucia.

—¡Jack! ¡Jack!

Al recordar la ventana del piso de arriba, se abrió paso intentando encontrar la habitación sin puerta.

Sus pies descalzos subieron las escaleras con estruendo.

Solo había una puerta. La abrió de un tirón y entró corriendo.

La estancia era un desastre, como si alguien la hubiera destrozado mientras ella no estaba.

El espejo yacía en el suelo hecho añicos.

Habían volcado la cama, dejando a la vista una puertecita abierta en la pared.

Al ver la palabra «Eternamente» tallada en ella, tal como estaba grabada en su anillo de compromiso, supo que, de algún modo, Jack le estaba indicando el camino.

Del interior procedía una luz y se abrió paso a empujones por la estrecha abertura.

Maura gateó por el túnel, sin importarle dónde terminaba con tal de que Jack estuviera al otro lado.

Salió de golpe por el lateral de un montículo nevado y se encontró en el bosque. —¡Jack!

Maura dio vueltas sobre sí misma. ¿Por dónde debía empezar a buscar?

—Tú... —susurró Jack a sus espaldas—. Estás... diferente.

—Jack, esos hombres... —Corrió hacia él y le pasó las manos por la cara hasta encontrar la cicatriz de la sien—.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo has escapado? ¿Cómo te has curado tan rápido?

—Lo examinó para convencerse de que estaba ileso.

Al reparar en la túnica y los pantalones de cuero, no pudo evitar una risita—.

¿De dónde has sacado esa ropa? ¿Te ha encontrado alguien en alguna feria renacentista? No entiendo nada.

—Me recuerdas. —Él parecía demasiado asustado para moverse.

—Claro que te recuerdo, Jack. Vamos a casarnos. Me lo has pedido esta misma noche. Yo... —Maura frunció el ceño y se aferró a su túnica—. ¿Q-qué está pasando? ¿Por qué me miras así? No habrás cambiado de opinión, ¿verdad? No ha pasado ni un día. Yo... ¿Jack?

—Has dicho mi nombre.

—Sí. Eres Jack Michael Taylor. En nuestra primera cita me dijiste que tu segundo nombre era Susanna solo para que me dieras pena. Funcionó porque me hiciste reír y dejé que hicieras algo más que besarme esa noche después de que me acompañaras a casa.

—Eres tú, Maura, eres tú. —Jack la estrechó con fuerza y todo su cuerpo tembló como si estuviera reprimiendo las lágrimas. Le acarició la espalda con la mano—. Has encontrado el camino de vuelta a mí.

Maura dejó que la abrazara. —¿Cómo escapaste de aquellos hombres?

Él dejó de acariciarla, pero no la soltó.

—Tuve suerte. Peleamos. A uno se le cayó una pistola.

Les apunté con ella, se subieron a su camioneta y se largaron.

El coche no arrancaba porque habían embestido la parte delantera.

Hacía quince grados bajo cero aquella noche.

Cogí tu abrigo y fui tras de ti. —Unas gotas de humedad cayeron sobre el hombro de Maura y supo que él estaba llorando—.

Tenía una costilla rota y no podía moverme lo bastante rápido.

Lo siento, Maura, llegué demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde? Jack, estoy aquí mismo. Todo va a salir bien.

—Maura, te lo digo de verdad: moriste. Llevas muerta casi treinta años.

Has estado atrapada en un bucle, reviviendo aquella noche una y otra vez.

Te encontré en la nieve, azulada y congelada.

Yo también quería morir. Y entonces apareció el hombre del traje negro.

Me dijo que no podía cambiar el hecho de que estuvieras condenada por tus circunstancias a vagar por los campos de Kansas, pero que él podía construir una casa donde habías caído, una casa llena de tus recuerdos que te atraería y te guiaría hasta mí.

Desde aquella noche has recorrido los campos, pero siempre acabas encontrando el camino hasta aquí, hasta mí.

—No entiendo nada.

—Eres una aparición residual.

—Muy gracioso, Jack. ¿Te parezco un fantasma? —Empezó a reír, pero se detuvo al instante—. ¿Cómo de fuerte ha sido el golpe que te has dado en la cabeza?

—Escúchame, Maura. Ese hombre extraño se apiadó de mí por nuestro dolor.

Me dijo que tenía que sacrificar mi vida para darle la energía suficiente para hacerlo posible.

Y lo hice, porque significaba tener la oportunidad de estar contigo otra vez.

Pero no me contó la trampa. Yo no podía entrar en tu casa ni en tus recuerdos, y tú no recordabas lo que había pasado.

La mayor parte del tiempo ni siquiera me recordabas, y si lo hacías, era solo un instante.

He vivido para esos segundos en los que me encontrabas.

Si intento decirte que te quiero, o cualquier otra cosa importante, vuelves a tu estado residual y echas a correr de nuevo.

—Hablas en serio. —Maura se apartó de él—. No creo en los fantasmas.

—Pese a todo... —Él asintió con gravedad.

Maura se sentía extraña, pero ¿un fantasma? ¿Cómo era posible algo así?

—Al principio volvías más a menudo —continuó él—.

A veces no encontrabas el camino de inmediato y tomabas el sendero equivocado, pero simplemente volvías a empezar el bucle y al final cruzabas la puerta.

A veces tardabas días, o semanas. Una vez tardaste menos de un día y no estábamos listos para recibirte.

—¿No estábamos?

—Las mariposas. Por lo que he podido averiguar, son como hadas. Las oigo hablar, pero no les veo la cara.

—Mariposas que hablan, fantasmas y la Parca vestida con un traje negro.

Él ignoró su escepticismo. —Con los años he podido atar cabos: tú estabas en una habitación con una puerta pequeña, y así fue como me encontraste.

Al principio me reconocías más. Tu casa estaba limpia y las pistas eran visibles, así que te llevaban hasta mí fácilmente; había fotos en la pared, recortes de periódico y pistas sobre quiénes éramos.

Pero con el paso de los años, las pistas quedaron ocultas por el polvo, el poder de la casa flaqueó y los indicios de mi nombre y mi rostro empezaron a desvanecerse.

Cada vez te resultaba más difícil encontrar el camino de vuelta y yo pasaba meses esperando a verte.

Las mariposas me advirtieron de que, una vez que la magia se agotara, dejarías de ver la casa y entrarías en el bucle para siempre si no descubrías la verdad.

—No miente —dijo una vocecita. Maura ahogó un grito al volverse hacia un insecto de color amarillo brillante que revoloteaba a su lado—. Mírate los pies. Estás sobre la nieve y ni siquiera tienes frío.

Maura empezó a tiritar al recordar el frío que hacía.

—Tu mente se está interponiendo —dijo Jack.

Maura obligó a su cuerpo a dejar de reaccionar y la sensación de frío desapareció de nuevo.

—¿De verdad estoy muerta? Soy un fantasma.

¿Así que en cualquier segundo voy a volver al bucle y revivir aquella noche de nuevo?

—La crueldad de semejante existencia no se le pasó por alto.

Tenía ganas de llorar, pero al mismo tiempo quería abrazar a Jack y aprovechar cada segundo que pudiera con él—. Bésame.

Jack la estrechó entre sus brazos y la apretó contra sí. Sus labios se encontraron. Ella gimió contra él, sintiendo su amor. Si tuviera que elegir un momento en el que quedarse para siempre, sería este.

—Siento mucho que estés aquí atrapado a solas —dijo ella—. Saber lo que está pasando tiene que ser peor que lo que yo estoy viviendo. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de marcharme de nuevo?

—Creo que has roto el ciclo. Nunca antes habías recordado los ataques. No creo que vayas a irte a ninguna parte nunca más.

—¿Y ahora qué? ¿Caminamos hacia una luz brillante y desaparecemos? —Maura se aferró a él con más fuerza. No quería soltarlo.

—Sinceramente, no sé qué somos ahora. No sé qué es este lugar —el cielo, el reino de las hadas, una burbuja mágica, el purgatorio—, pero es nuestro. Podemos tener la vida que nos robaron durante toda la eternidad. Jack la cubrió de besos por toda la cara.

—No puedo creer que hayas estado soportando esto durante treinta años. ¿Cómo no te has vuelto loco? Renunciar a tu vida por —hizo un gesto hacia los árboles— por esto.

—Esperaría mil años por un solo momento más a tu lado, Maura. Además, eres una mujer inteligente. Sabía que acabarías descubriendo la verdad.

—¿Cómo se encuentra algo que no sabes que estás buscando? —Ella le pasó la yema del dedo por la cicatriz.

—No rindiéndose jamás. —La tomó en vilo en sus brazos y empezó a llevarla a través de los árboles nevados—. Creo que lo peor era cuando volvías y yo no podía decirte todo lo que sentía. ¿Cómo se le dice a la mujer que amas «te quiero» sin poder pronunciar las palabras?

—Eternamente tuya —susurró ella contra su cuello.

—Sí. Eternamente —respondió él con la misma ternura—. No sé qué pasará ahora, mi amor, pero estamos juntos y eso es lo único que importa.

El final