23. GINEBRA #2
Viktoria se quitó el abrigo y lo dejó doblado sobre el respaldo, y se quedó de pie en mitad de la sala, en la postura de siempre, con el pelo blanco y el aro en la garganta y la luz del lago detrás, y por un momento tuvo otra vez treinta y cuatro años y él tuvo otra vez veintitrés, y los dos lo supieron y ninguno lo dijo.
—El collar —dijo Esteban.
Y era una pregunta, aunque no llevara signo, porque lo justo era quitárselo.
Soltarla del todo. Devolverla a lo que era antes de él, como había extinguido once deudas en Nápoles sin descuento y sin condiciones.
Quitarle el aro era el último acto limpio, la última puerta cruzada en el sentido de salida.
Viktoria Petrova se llevó los dedos a la garganta, tocó el metal, y negó una sola vez con la cabeza.
—No —dijo—. Este me lo quedo.
—Es lo justo devolverlo.
—Lo justo es lo que decido yo con mi propio cuello, señor, que para algo me pasé veinte años aprendiendo a mandar antes de enseñarle a usted.
—Bajó la mano—. Me lo puso usted por deseo y me lo quedo por deseo, y el día que me lo hubiera quitado usted habría sido el día que dejé de estar en posesión, y yo no pienso dejar de estar en posesión.
Pienso irme estándolo. —Lo miró por última vez con aquella cara serena que no le había fallado en ocho años—.
Es la diferencia entre una mujer que un hombre soltó y una mujer que se fue con el collar puesto.
La primera la eligió él. La segunda me elegí yo.
Esteban Armand la miró un rato largo, de pie en una sala sobre un lago, con la luz gris entrando plana, y entendió que no había nada que añadir, porque todo lo que él sabía decir se lo había enseñado ella, y no se le iba a devolver a su dueña como una lección aprendida a medias.
—Váyase ya —dijo Viktoria, en voz baja, casi con dulzura, que fue lo más cerca de la ternura que estuvo en ocho años—. No se despida. Usted no sabe despedirse y yo no lo aguanto. Salga andando de frente y cierre la puerta, y no vuelva a subir por esa escalera nunca.
Esteban salió andando de frente.
Cerró la puerta.
Y lo que empezó del otro lado de aquella puerta, en un piso sobre un lago, en sus términos y con el collar puesto, fue cosa de Viktoria Petrova y de nadie más: la primera vida en cuarenta y dos años que no le debía obediencia a nadie salvo a las órdenes que se diera ella misma.
La eligió como había elegido todo lo demás, sin pedir permiso, sin dar explicaciones, y sin salir nunca de una habitación andando hacia atrás.
El sobre le llegó a Madrid nueve días después, con matasellos de Ginebra y la letra apretada de ella, sin una sola palabra de más.
Dentro había dos cosas. Un documento que abría a nombre de Rosaria Esposito una cuenta en un banco de Ginebra, con lo suficiente para que la napolitana tuviera, dijera lo que dijera cualquiera, un sitio en el mundo que fuera suyo y al que pudiera irse un martes por la mañana sin pedirle permiso a nadie —el último arreglo de una mujer que, aun yéndose, seguía asegurándose de que en aquella casa las puertas se cruzaran en los dos sentidos—.
Y el cuaderno pequeño, el de las cuentas, cerrado, cuadrado, con la última página escrita con la letra apretada de siempre.
En la última página no había cuentas. Había una sola línea, sin firma, porque no le hacía falta:
La casa queda en orden. Enséñele a la italiana a leer las habitaciones. Todavía lo hace mal.
Esteban Armand leyó aquella línea de pie, junto a la ventana del Piso 31, a ciento diecisiete metros sobre una ciudad que no lo miraba, y no se le movió un solo músculo de la cara, porque eso también se lo había enseñado ella.
Después bajó cuatro plantas, hasta la casa, y le enseñó a Rosaria Esposito a leer una habitación antes de entrar en ella, que era lo último y lo más difícil, y le llevó tres años, y nunca le dijo de quién era el método.
Lo demás fue rápido, porque el tiempo, cuando a un hombre se le va lo único que no calculaba perder, se vuelve una cosa administrativa.
La torre terminó de llenarse. Los bancos y las aseguradoras entraban por delante y Umbrella crecía por detrás, y en cinco años los treinta y cuatro socios de la calle del Prado eran ciento veinte, y la calle del Prado se cerró y todo subió a la torre, a las plantas que no figuraban, y la casa de comidas discretas pasó a ser otra cosa que todavía no tenía del todo la forma que iba a tener en los Libros que vendrían después, pero que ya se le parecía.
Rosaria aprendió a leer las habitaciones.
Le llevó tres años, como a Viktoria le había llevado veinte, con la diferencia de que Rosaria tuvo maestro y Viktoria no había tenido ninguno.
Llevó el cuaderno pequeño el resto de su vida.
Mantuvo la casa en orden. Y bajó a la Cúpula cuando Esteban la llamó, sola, durante mucho tiempo la única, con el collar de metal blanco que se había ganado una noche de octubre y del que no se olvidó ni un minuto, tal como se lo habían advertido.
Y Esteban Armand no volvió a poner nunca a nadie de pie a la izquierda de una habitación para que mirara.
Aquella figura —la mujer vestida, quieta, mirando desde el borde mientras otra servía— desapareció de la casa el día que la única que sabía hacerla se fue a Ginebra a hacer por última vez la cosa que mejor hacía, que era irse de frente.
Del resto de las cosas que fue construyendo en aquellos años —la mesa a la que un día iba a sentar a hombres, la forma que la casa tendría en aquellos años, el sitio que ocuparía cada uno— no se dio cuenta hasta que hicieron falta, y para eso todavía faltaba.
Pero todo lo que hizo el resto de su vida, sin una sola excepción, en la torre o en la Cúpula o en una mesa con socios, fue algo que le había enseñado una mujer de cabello blanco que no le mintió nunca, y que se fue el día exacto en que dejó de saber si se quedaba por deseo o por costumbre, y que se llevó puesto el collar para que a él no se le olvidara jamás cuál de las dos cosas era la que valía.