Este amor no es viral Capítulo 42
91%

Capítulo 42

Después de varios días intensos, en el que todo ha sido una guerra, y que al final todo se ha puesto en su lugar con El encantador de perros , entro en el despacho de Clara sin tocar, no por rebeldía sino porque, si llamo, todavía podría arrepentirme, y a estas alturas lo único que no quiero es darme margen para dudar de algo que ya he decidido.

Clara levanta la vista con la paciencia justa de quien espera una discusión más sobre tonos editoriales, no una declaración definitiva.

—Necesitamos hablar —digo antes de que ella empiece.

—Siempre necesitamos hablar —responde, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. ¿Qué pasa ahora?

Respiro hondo.

—Voy a dejar la columna.

El silencio que sigue no es inmediato, es progresivo, como si la frase tardara unos segundos en encontrar su peso real dentro del despacho.

—No —dice Clara, con una calma peligrosa.

—Sí —respondo tajante.

—No es el momento.

—Precisamente por eso es el momento.

Clara se levanta despacio y camina hacia la ventana, como si necesitara una distancia física para no responder desde el impulso.

—Acabamos de ganar la primera batalla legal —dice—. La sección funciona. Genera conversación. Tiene identidad. ¿Y decides irte ahora?

—No decido irme ahora —respondo—. Lo decidí cuando entendí que ya no escribo desde el mismo lugar.

« Venga, Clara, dile que está cometiendo el error de su vida. Que se quede por orgullo » .

Clara se gira hacia mí con una mezcla de enfado y decepción que duele más que cualquier reproche frontal.

—Estás cansada —dice—. Eso no es motivo para abandonar algo que has construido.

—No es cansancio —respondo con firmeza—. Es cierre.

La palabra flota entre nosotras. Clara no está acostumbrada a perder. Y menos a perder talento voluntariamente.

En ese momento, la puerta se abre ligeramente y Álvaro asoma la cabeza con esa expresión de quien ha escuchado lo suficiente como para saber que la conversación ha escalado.

—¿Interrumpo o documento el momento histórico? —pregunta con ironía leve.

—No es un momento histórico —dice Clara con frialdad—. Es una equivocación.

Álvaro me mira.

—¿Es verdad?

Asiento.

—Uno más —añado—. Escribiré uno más. Y será el último.

Clara suelta una risa seca que no tiene humor.

—¿Y qué pretendes? ¿Un comunicado dramático? ¿Una despedida épica?

—Un comunicado honesto —respondo.

« Honesto. Qué palabra tan peligrosa cuando nadie la ha pedido » .

Álvaro entra del todo y cierra la puerta.

—¿Estás segura? —pregunta, pero su tono no es acusador, es protector.

—Sí.

Me observa unos segundos más de lo necesario y finalmente asiente, aunque no le guste.

—No me parece la mejor decisión profesional —dice—. Pero es tu decisión y ante todo debemos respetarla.

Clara lo mira como si acabara de traicionarla.

—¿En serio? ¿Eso es todo?

—No —responde Álvaro—. Lo que quiero decir es que prefiero que se vaya porque lo ha decidido y no porque la hemos empujado a quedarse.

El despacho se llena de un silencio espeso. Finalmente, Clara suspira.

—Publicaremos un comunicado —dice con frialdad estratégica—. Pero no me gusta.

—No necesito que te guste —respondo—. Solo que lo respetes.

Mi conciencia sonríe con una mezcla de vértigo y orgullo.

« Bravo. Has quemado el puente con educación » .

El comunicado sale esa misma tarde, breve, claro, sin dramatismos: la autora de la columna cerrará esta etapa con una última publicación en las próximas semanas.

La reacción no tarda en producirse como si fuera un volcán en erupción.

Los comentarios se multiplican con una intensidad distinta a la de la polémica; esta vez no hay debate ideológico ni reproches, sino sorpresa, incredulidad, incluso decepción.

“¿Cómo que la última?”

“No puedes irte ahora”,

“Después de todo lo que has dicho”.

“Necesitamos más”.

La palabra necesitamos aparece más veces de las que esperaba.

Clara entra en la redacción con el móvil en la mano.

—¿Lo ves? —dice—. La gente quiere más.

—Les daré una más.

No suena a concesión. Suena a promesa. Esa noche, cuando vuelvo a casa, siento algo extraño: no alivio, no tristeza, no euforia sino responsabilidad.

Porque ahora sí. Ahora el último artículo no puede ser correcto.

No puede ser tibio. No puede ser estratégico.

Tiene que ser verdadero. Mi conciencia, fiel a su estilo, susurra:

« Más te vale que el cierre esté a la altura del incendio que empezaste » .

Y por primera vez en mucho tiempo, no me asusta esa exigencia.

***

Estoy sentada frente al portátil desde hace más tiempo del que quiero admitir, con el documento en blanco abierto y el cursor parpadeando con esa insistencia casi ofensiva que parece decirme que no tiene prisa, que puede esperar todo lo que yo necesite para decidir qué versión de mí va a escribir este último artículo.

“ El mentiroso compulsivo .”

El título está ahí, escrito desde hace rato, como una provocación contenida, como una promesa que todavía no sé si quiero cumplir en los términos en los que solía hacerlo.

Apoyo los codos en la mesa y me paso las manos por la cara, intentando ordenar algo que no es exactamente una idea, sino una intención.

No quiero hacer daño. No quiero molestar. No quiero volver a encender ese mecanismo automático que convierte cada frase en un posible campo de batalla.

Pero tampoco quiero escribir algo limpio, correcto, inofensivo… y completamente olvidable.

« Vaya dilema. O incomodas o aburres. Bienvenida otra vez » .

—No es eso —murmuro, aunque nadie me ha preguntado.

Escribo una primera frase. La leo. La borro. Demasiado neutra. Demasiado prudente. Demasiado… fácil.

« Eso no es un artículo. Es una disculpa preventiva » .

Vuelvo a intentarlo, esta vez dejando que la ironía asome ligeramente, apenas lo justo para no incomodar demasiado.

La releo. Funciona pero no respira. No soy yo.

Me echo hacia atrás en la silla y observo la pantalla como si fuera ajena, como si ese texto lo hubiera escrito otra persona que intenta imitarme sin terminar de entender qué hacía que aquello funcionara.

—No quiero volver a lo de antes —digo en voz baja.

« Claro que no. Lo de antes implicaba asumir consecuencias » .

—No es por eso.

« Siempre es por eso. Solo que ahora lo llamas “evolución” » .

Cierro los ojos un segundo. No quiero escribir desde la rabia pero tampoco quiero escribir desde el miedo. Y, de repente, entiendo que el problema no es el tono, es la intención. No necesito atacar, no necesito señalar con el dedo. Pero sí necesito decir la verdad. Mi verdad.

Abro los ojos y vuelvo a mirar el documento.

“ El mentiroso compulsivo .”

No es un villano espectacular. No es alguien que grita. No es alguien que rompe cosas. Es alguien que construye versiones de sí mismo tan pulidas, tan convincentes, que la mentira deja de parecer una estrategia y empieza a parecer identidad.

« Ahí estás. Empieza por ahí. Sin adjetivos grandilocuentes. Sin dramatismo barato » .

Empiezo a escribir otra vez. Más despacio. Más consciente. Sin buscar la frase brillante. Sin buscar el golpe. Solo describiendo. La primera línea se sostiene. La segunda no se disculpa. La tercera no suaviza. Me detengo. No duele, pero tampoco es amable. Es… honesto.

—Vale —murmuro.

Sigo escribiendo. No hay urgencia. No hay ansiedad. Solo una concentración distinta, más limpia, menos reactiva. No estoy pensando en Clara. No estoy pensando en la demanda. No estoy pensando en los comentarios. Estoy pensando en cerrar bien.

« Qué curioso. Resulta que cuando dejas de escribir para defenderte, vuelves a escribir para decir algo » .

Sonrío levemente, porque tiene razón. Por primera vez en días no estoy midiendo el impacto potencial de cada frase, sino su coherencia con lo que quiero decir.

No hay necesidad de exagerar. No hay necesidad de suavizar. Solo de ser precisa y en esa precisión encuentro algo que creía que había perdido.

No la rabia. No la ironía sino la voz. No es exactamente la misma. No es tan afilada pero tampoco está apagada. Es distinta. Más contenida. Más consciente. Más mía.

« Vaya. Al final no estabas rota. Solo estabas cansada » .

Sigo escribiendo sin mirar el reloj, dejando que el texto avance sin forzarlo, y cuando me detengo para releer lo que llevo, noto algo que no sentía desde hace tiempo.

No estoy intentando gustar. No estoy intentando evitar problemas. Estoy diciendo algo. Y eso, para cerrar, es suficiente. Apoyo las manos sobre el teclado y dejo escapar el aire lentamente.

—Este sí —digo en voz baja.

Mi conciencia no responde. Y ese silencio, por una vez, no es incómodo. Es aprobación.