Capítulo 37
Han pasado varios días desde que Vida en modo paralelo vio la luz y, lejos de apagarse, el artículo sigue generando reacciones con una constancia casi sospechosa, como si el público necesitara reafirmarse una y otra vez en su indignación colectiva.
Los comentarios continúan llegando en oleadas, algunos bien argumentados, otros viscerales, y siempre aparece ese correo larguísimo que empieza con “Yo nunca suelo escribir, pero…”, lo que invariablemente significa que alguien llevaba años esperando la oportunidad de hacerlo.
Clara está satisfecha. No lo expresa con entusiasmo desmedido porque Clara jamás celebra nada como una persona normal, pero la manera en que revisa las métricas cada mañana y la leve inclinación de cabeza cuando los números superan las previsiones del mes dicen más que cualquier aplauso.
—Esto es lo que quiero —me dijo ayer, apoyándose en su mesa con esa mezcla de frialdad y precisión que la caracteriza—. Opinión con impacto.
Impacto.
Es una palabra que en redacción suena a logro y, fuera de ella, a incendio.
Sin embargo, no está tan convencida con el siguiente texto.
“El encantador de perros” le gusta, pero no termina de sentirse cómoda con algunos pasajes; le parece “demasiado reconocible”, “quizá demasiado frontal”, y me ha pedido que ajuste ciertos matices, que suavice alguna parte del segundo tramo para evitar lo que ella denomina “una polémica innecesaria”.
—No quiero otro frente abierto —añade con naturalidad.
Asiento, porque sé que tiene parte de razón, pero salgo de su despacho con esa sensación incómoda de estar caminando sobre una cuerda editorial en la que el equilibrio depende de cuánto filo conserve cada frase.
Mi conciencia aparece puntual, con esa ironía que nunca descansa.
« Traducción: escribe, pero sin molestar demasiado » .
—No es eso —murmuro, aunque incluso a mí me suena débil.
« Es exactamente eso » .
Por suerte, hay algo que estos días ha sido sorprendentemente sencillo: Lucas.
Nuestra relación se ha ido fraguando con una lentitud que no resulta tibia sino consciente, sin declaraciones grandilocuentes ni gestos teatrales; nos vemos casi a diario, cenamos en mi casa o compartimos el cierre del bar cuando el ruido se apaga, discutimos sobre libros y películas con la misma intensidad con la que antes discutíamos sobre artículos, y, por primera vez, no analizamos cada silencio como si escondiera una amenaza.
Es estable. Es tranquilo.
Y esa tranquilidad, aunque me gusta, también me inquieta un poco, porque siempre he sabido moverme mejor en el conflicto que en la calma.
Esa tarde bajo al bar con la cabeza todavía ocupada por los comentarios de Clara y por las correcciones pendientes del nuevo artículo. Necesito café, rutina y esa sensación de territorio conocido que siempre me ha dado mi rincón junto a la ventana.
Entro y, antes incluso de saludar, busco mi mesa con la mirada.
Está ocupada.
No es que no exista; es que alguien más la está usando. En mi sitio hay una chica joven, de sonrisa fácil y pelo impecablemente brillante, que ríe con soltura mientras Lucas le sirve algo detrás de la barra.
Me detengo un segundo más de lo necesario.
Mi conciencia se inclina hacia mí con deleite.
« Oh, qué interesante. Han ocupado tu trono » .
—No seas ridícula —me digo en voz baja mientras avanzo hacia la barra.
Lucas levanta la vista y sonríe con esa naturalidad que, en circunstancias normales, me desarma.
—Hola —dice.
—Hola.
No menciono la mesa, pero mi mirada sí lo hace. Él, en cambio, parece no advertir nada fuera de lo habitual.
—Está lleno hoy —comenta mientras termina de cobrar a un cliente.
—Ya veo —respondo, quizá con un matiz que no pretendía incluir.
—¿Un café?
—Sí.
Mientras prepara la taza, la chica vuelve a reír con un sonido que, objetivamente, no tiene nada de ofensivo, pero que en mi cabeza empieza a adquirir un volumen innecesario.
« ¿Te has fijado en que está exactamente en tu sitio? » susurra mi conciencia.
—No es mi sitio —replico mentalmente.
« Claro. Solo llevas más de un año sentándote ahí » .
Lucas me sirve el café y añade, distraído:
—Hoy no he podido reservarte nada.
Reservarte.
La palabra me irrita más de lo que debería, quizá porque deja al descubierto que sí considero ese espacio como algo propio.
—No hace falta —contesto con un tono que suena más seco de lo que pretendía.
Lucas se gira hacia mí con atención renovada.
—¿Todo bien?
Y ahí está la pregunta inocente que amenaza con convertirse en detonante.
—Perfecto —respondo, con esa precisión falsa que siempre me delata.
Mi conciencia aplaude despacio.
« Mentira elegante » .
La chica de la mesa levanta la mano para pagar y Lucas se acerca a ella; se inclina ligeramente para escuchar mejor lo que dice y, aunque el gesto es puramente profesional, mi cerebro decide observarlo con un microscopio innecesario.
« Qué cómodo todo », añade la voz interna. « Tú revisando artículos y ella ocupando tu territorio » .
Bebo el café demasiado rápido, como si el líquido pudiera neutralizar la sensación.
Lucas vuelve a la barra y me mira con más detenimiento.
—Estás rara —dice sin rodeos.
—No.
—Sí.
Su insistencia, lejos de molestarme, me obliga a elegir entre seguir fingiendo o admitir lo absurdo.
—No sabía que mi sitio era rotatorio —suelto al fin, intentando que suene ligero.
Tarda un segundo en entender, pero cuando lo hace, mira hacia la mesa y luego vuelve a mirarme con una sonrisa que no es burla, sino comprensión.
—Vera —dice con calma—, es una mesa.
—Lo sé.
—Y es un bar.
—También lo sé.
Mi conciencia interviene con sarcasmo suave.
« ¿Quieres que también te recuerde que no lleva tu nombre grabado? »
—He tenido un día largo —añado, porque no quiero que esto se convierta en algo mayor de lo que es.
Lucas baja ligeramente la voz.
—No necesito que compitas con nadie.
La frase me descoloca más que la presencia de la chica.
—No estoy compitiendo —replico, aunque incluso a mí me suena defensivo.
—Bien —responde él con serenidad.
En ese momento la chica se levanta, paga y se va, dejando la mesa libre como si la escena hubiera estado ensayada para resolver el conflicto con mínima logística.
Lucas señala el rincón con un gesto leve.
—Su majestad ya tiene su sitio disponible —comenta con un poco de su particular ironía.
No puedo evitar sonreír, pese a todo. Mi conciencia suspira con alivio.
« Menos mal que no has declarado la guerra por una silla » .
Me siento en mi lugar de siempre y apoyo la taza sobre la mesa con una sensación que ya no es enfado, sino reconocimiento.
No era la chica.
No era la mesa.
Era esa pequeña punzada que aparece cuando algo empieza a importarte lo suficiente como para temer perderlo, aunque solo sea en una versión mínima y ridícula.
Y si soy honesta conmigo misma, esa sensación me inquieta mucho más que cualquier comentario anónimo en internet.
Porque el verdadero riesgo nunca ha sido escribir sobre el amor.
El verdadero riesgo es vivirlo.
***
Vuelvo a casa con un estremecimiento incómodo que no llega a ser enfado, pero tampoco es tranquilidad, una especie de sonido interno que recorre tu cabeza, que sé que no se justifica racionalmente por una mesa ocupada y, sin embargo, insiste en acompañarme como si hubiera algo más profundo detrás de ese detalle aparentemente insignificante.
Dejo el bolso sobre la silla, me quito los zapatos y camino descalza hasta la cocina mientras intento convencerme de que todo ha sido una reacción exagerada a un día largo, a la conversación con Clara, a la presión acumulada de las últimas semanas y no a la presencia perfectamente peinada de una desconocida riéndose en lo que yo, sin haberlo declarado oficialmente, considero mi sitio y también mi chico.
Mi conciencia aparece sin pedir permiso, como siempre hace cuando detecta una fisura.
« Claro, todo es el contexto, nada tiene que ver con que la chica fuera espectacularmente guapa » .
—No era espectacular —murmuro mientras enciendo el portátil nuevo y observo cómo la pantalla se ilumina con una normalidad que contrasta demasiado con mi cabeza.
« Ah, entonces solo era suficientemente guapa como para incomodarte » .
Respiro hondo antes de contestarme, porque sé que esa voz no busca respuestas sino reacciones.
Me sirvo un vaso de agua y me siento frente al ordenador, dispuesta a retomar “ El encantador de perros ” con la disciplina de quien decide que lo profesional siempre es un refugio más fiable que lo emocional.
Abro el documento y releo el primer párrafo con detenimiento, intentando mirarlo con la distancia que Clara me pidió; no me convence del todo, así que lo vuelvo a leer, cambio un adjetivo, desplazo una frase y elimino una ironía que, aunque me parecía brillante, probablemente era innecesariamente punzante.
La palabra “suavizar” resuena en mi cabeza con un eco irritante, porque suavizar nunca ha sido mi especialidad, pero esta vez no siento que esté traicionando mi estilo, sino afinándolo.
Qué aplicada cuando te sientes insegura, susurra la conciencia con una calma peligrosa.
—No estoy insegura —respondo mentalmente, aunque la seguridad, si soy honesta, se ha vuelto un poco más frágil desde que he visto mi mesa ocupada.
Acabas de competir mentalmente con una desconocida por una silla, insiste la voz con precisión quirúrgica.
No era la silla, intento convencerme mientras sigo escribiendo, sino esa sensación sutil de que algo que considero mío puede no serlo tanto como pensaba, esa incomodidad mínima que aparece cuando te das cuenta de que lo estable no es necesariamente permanente.
Trabajo durante casi una hora, ajustando el texto con paciencia, puliendo frases, limpiando excesos, y poco a poco noto que el artículo empieza a respirar mejor, como si también él necesitara desprenderse de algo innecesario.
No es la versión definitiva, pero ya no tiene el temblor de la duda, y eso me da una tranquilidad breve pero suficiente.
Entonces el móvil vibra sobre la mesa es Lucas.
Lo miro durante unos segundos antes de abrir el mensaje, consciente de que mi estado de ánimo puede alterar cualquier interpretación.
Hoy no me encuentro demasiado bien. Creo que no iré a tu casa.
La frase es simple, casi neutra, pero su brevedad deja espacio para demasiadas posibilidades, y mi conciencia no tarda en aprovecharlo.
« Ah » .
—No empieces —murmuro en voz baja.
No estoy empezando, solo observando el timing perfecto.
Podría ser literal, me digo con racionalidad forzada; podría tener dolor de cabeza, podría estar agotado, podría simplemente necesitar una noche solo. Podría. Y, sin embargo, la inseguridad encuentra una rendija por la que colarse y empieza a instalarse con una eficiencia que me incomoda.
Quizá prefiera descansar… o quizá prefiera no verte hoy.
—Es ridículo —me respondo, intentando mantener la compostura incluso en mi diálogo interno.
« O quizá esté pensando » .
La palabra vuelve con una precisión casi cruel, porque pensar fue también el motivo que dio aquella mañana antes de irse, y no puedo evitar que la memoria conecte puntos que tal vez no estén conectados.
Vuelvo a leer el mensaje, buscando en él algo que no está escrito, una explicación adicional, una frase que cierre la interpretación. No dice “mañana hablamos”, no añade un “lo siento”, no incluye ningún detalle que amortigüe la incertidumbre; solo comunica que no vendrá.
Escribo con una calma estudiada.
Cuídate. Hablamos mañana.
Pulso enviar y observo cómo el mensaje se marca como leído casi al instante, como si él estuviera con el teléfono en la mano, esperando. No responde.
Y ese silencio, que en otro momento habría sido neutro, ahora adquiere peso.
« ¿Ves? Ahora el silencio ya no es inocente », comenta mi conciencia con una serenidad que me irrita más que cualquier sarcasmo.
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa, como si ese gesto pudiera reducir su importancia, y me obligo a no escribir nada más, a no pedir aclaraciones que quizá no necesito, a no convertir una indisposición en un relato dramático que solo existe en mi imaginación.
Apago el portátil, recojo los papeles y me muevo por la casa con una sensación de vacío leve pero persistente. No es que Lucas no venga esta noche, lo que realmente me inquieta; es la rapidez con la que mi cabeza ha construido una hipótesis alrededor de esa ausencia.
Cuando me meto en la cama, la oscuridad amplifica todo alrededor, y aunque intento convencerme de que mañana todo parecerá exagerado, la duda ya ha encontrado su lugar, pequeño pero firme, como una línea casi invisible que atraviesa la calma reciente.
No estoy enfadada, estoy insegura. Y si soy honesta conmigo misma, lo que más me descoloca no es la posibilidad de que algo esté mal, sino el hecho de que me importe tanto que lo esté.
Mi conciencia, antes de que el sueño termine por alcanzarme, susurra con una suavidad que ya no suena cruel sino realista:
Bienvenida al territorio donde el amor deja de ser teoría.
Cierro los ojos sin tener una respuesta clara, consciente de que la inquietud no siempre nace de lo que el otro hace, sino de lo que uno teme perder.