Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 138
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Capítulo 138

S upongo que una sensata parte de mí reconoce el poder y la influencia que el cuerpo de Adrien supone para mí, y sabía que, si no lo soltaba ya, sería demasiado tarde.

Pero en cuanto se aleja de mi espalda, me arrepiento de no haber esperado unos minutos más.

La mugre de la cocina me da la bienvenida cada vez que abro un cajón en busca de utensilios. No es por ser una pija redomada, pero la de la esquina es la cucaracha que colma el vaso. No la mires, Clara. Tú no la mires.

—¿Qué has dicho?

—Me has oído —imito su irritante coletilla.

Es algo que ha ocupado mi cabeza buena parte de las calurosas, claustrofóbicas y agobiantes horas de viaje por carretera hasta aquí, así que no puedo callármelo.

—Sí, pero voy a fingir que no.

—No está bien aquí, Adrien. Los vulgares moteles de mala muerte no son un buen lugar para un niño. Es conceptualmente confuso.

—¿Y el cementerio sí?

—¡Eh! — tienen la televisión puesta a un volumen alto, pero aun así, no ha sido apropiado.

—No, dime, en serio —sonríe—. ¿Te hace especial ilusión verlo muerto antes de morir tú también?

—Nos ocultaremos.

—Ah, entonces vale.

—¿En serio?

—Sí, Clara, por supuesto. Si una civil y un niño deciden esconderse es evidente que una pandilla de exmilitares, un grupo de asesinos a sueldo y todo el FBI nunca podrán encontrarlos. Estaréis a salvo.

—No tienes que ser tan borde, puedes decir que no.

—Pues no.

—¡Está bien! ¡Decídelo todo por nosotros!

—Eso pienso hacer.

—¿Te parece bien esta espátula? ¿Estoy tostando bien el pan? ¿Quieres elegir también qué ropa interior me pongo mañana?

—Esa es una pregunta hecha con muy mala fe. Sabes que no me gusta que lleves ninguna.

—Empieza a tomarme en serio o te juro que… —lo amenazo con la espátula y él me coge por los hombros.

—Tienes miedo.

—Sí.

—De nosotros.

—No, de los asesinos que no dejan de acecharnos. Mi hijo no está a salvo, el riesgo que vivimos es elevadísimo y no ha estado en una estancia pulcra desde…

—Deja de usar a tu hijo de excusa.

—No es eso, pero Kenerick…

—¿Ya estamos otra vez con él?

—Tomaba todas las decisiones por mí.

—Sí, para matarte —me alza la barbilla y roza su boca con la mía—. Lo que yo quiero es justo lo contrario.

Muevo la cabeza para que no me bese, pero las piernas me flojean.

—Aun así, no es suficiente —digo en tono más bajo—. Necesito tener el control por una vez en mi vida.

—¿Y yo te lo quito? —Su sonrisa es perversa y aterradora.

Es un jodido dios griego.

—Sí —musito .

— Pues mala suerte, porque eres mía y no voy a dejarte escapar.

Lo empujo para apartarlo cuando estoy a punto de volver a perder el control por el hechizo de su anatomía.

—¿Sabes que esa es una actitud muy machista por tu parte? Quieres controlar todo lo que hago, a dónde voy, con quién estoy, dónde duermo… ¿Y qué mierda quieres decir con que soy tuya? Yo no soy tuya, ¡soy mía!

—Ahí te equivocas, Clara, eres mía. Pero yo soy todo tuyo. Estamos en igualdad de condiciones.

—¡Que no! ¡Yo soy mía!

—Mira, entiéndelo como quieras. Yo solo digo que si alguien te pone un dedo encima con buenas o malas intenciones, serás lo último que toque en su vida y su familia empezará a vestir solo de negro.

—¡No puedes ir matando por ahí a la gente!

—Sí que puedo. Te lo he dicho, lo he hecho en anteriores ocasiones. —Frunce el ceño—. Me ofende que no lo recuerdes. Yo memorizo todo de ti.

POR DIOS.

—¿Tú te oyes cuando hablas?

—Me parece que el quid de la cuestión es si tú me oyes cuando hablo.

—Se supone que la policía se encarga de proteger a la gente inocente.

—Claaaro. Por eso tú, una inocente, tienes que huir como una delincuente, porque el FBI quiere protegerte, ¿verdad?

No sé cuándo se ha vuelto a acercar tanto a mí, pero sus brazos me enjaulan contra la encimera y necesito besarle más que nada en este mundo. Necesito arrancarle la arrogancia a besos, mordiscos y sudor. Dejarlo seco, ¡y sin tanta labia!

—Eres odioso.

—Puede. ¿Pero sabes que no pararían contigo? —baja el tono—. ¿Que matarían también a Liam y en los periódicos escribirían que fuiste tú? Eso es lo que hacen los míos ahora.

Me aparece un nudo en la garganta, pero eso no hace que mi sexo deje de palpitar.

—No voy a renunciar a mi libertad. Lucharé contra ti lo que haga falta.

Me coge de las caderas y presiona su erección contra mí. Me come la boca mientras me deshago en gemidos, esclava de todo lo que revoluciona en mis adentros. Le hundo los dedos en el pelo y separo bien los labios para darle todo el acceso que quiera.

Su piercing. El maldito piercing, dios. Adrien profundiza el beso tanto que empieza a devorar mi alma. Tiene un corazón perturbado, musculoso y blandito del que me estoy enamorando y temo al monstruo en el que eso pueda convertirme.

De repente, el humo negro que inunda la cocina se cuela en mis pulmones y solo entonces nos damos cuenta de lo que se está quemando en la sartén.

Me recorre un escalofrío al recordar el incendio. Oigo la voz de Kenerick canturreando mi nombre mientras viene a por mí. El olor me empuja a la mansión Ashcroft con fuerza.

Durante un instante el miedo y la fuerza luchan en mi interior. Pero gana la fuerza empujada por la rabia.

Antes muerta que darle la satisfacción a Britney de verme caer.