Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Epílogo
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Epílogo

Thalia

LA RENOVACIÓN DE votos fue una gran idea, pensé, mientras observaba a mi marido quitarse el esmoquin.

Había sido sugerencia de Ivy. Desde entonces nos habíamos hecho muy buenas amigas.

Era fácil hablar con ella, atenta y una compañía estupenda.

Incluso Damien no estaba tan mal ahora que había dejado de enfrentarse a la familia Hawthorne.

Como la única otra «forastera», sentía cierta camaradería con él.

—¿En qué piensas? —Carey se acercó para unirse a mí en la cama.

Solo llevaba los calzoncillos, y había un brillo travieso en sus ojos que sugería que los había dejado puestos para que yo se los quitara.

Mi mano se posó instintivamente en mi estómago, y mi mente voló a la fiesta que Darcy había organizado para mí.

—Te mereces una verdadera despedida de soltera con tus amigas de verdad —había dicho.

Y tenía razón. No me imaginaba cuánto iba a divertirme con un par de amigas en un castillo escocés.

Darcy había planeado un fin de semana maravilloso lleno de actividades divertidas y juegos encantadores.

Uno de esos juegos consistía en hacernos tests de embarazo, echarlos en una cesta y sacar uno al azar.

Todos dieron negativo excepto uno. Nos miramos con aprensión y repetimos las pruebas.

Las demás seguían siendo negativas, excepto la mía.

Ivy gritó de alegría y exclamó:

—¡Se va a poner contentísimo! ¡A Carey le encantan los niños!

Todas vitorearon, y yo puse mi mejor sonrisa falsa. Puede que a Carey le encantaran los niños en teoría, pero no podía olvidar lo que me había dicho.

—Solo estaba pensando. —No sabía cómo sacar el tema.

Carey levantó las sábanas y se deslizó a mi lado. Me rodeó la cintura con la mano y me atrajo hacia él.

—¿En qué estabas pensando? —susurró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo entre palabra y palabra. Suspiré e intenté recuperar mis pensamientos antes de que se esfumaran bajo sus seductoras caricias.

—E-en niños.

—¿Niños? —Su lengua recorrió mi cuello, donde continuó su dulce asalto.

—¿Los querrías? Quiero decir, ya que dijiste que querías esperar antes de... —Al menos eso era lo que les había dicho a Mae y Arther.

Carey se echó hacia atrás, apoyándose en las almohadas, con la mirada fija en mí.

—Acabo de darme cuenta de que nunca me has dicho si querías tener hijos o no. ¿Quieres niños? Está bien si no quieres. También está bien si quieres... —Estaba divagando un poco.

El caso es que siempre había dado por hecho que era algo que la gente acababa haciendo: formar una familia. Pero nunca había pensado en los detalles. Luego el padre de Carey había enturbiado la perspectiva con sus vulgares exigencias, agriándome la idea. Hasta ahora.

—Quiero tener hijos.

Soltó un suspiro de alivio.

—Genial —sonrió—. Entonces deberíamos empezar ya, ¿no crees?

Deslizó un dedo por mi brazo. Deliciosas descargas eléctricas me recorrieron allí donde me tocaba, haciéndome jadear.

—¿Y si...? —Dios, ¿por qué me costaba tanto decirlo en voz alta?—. ¿Y si ya hubiéramos tenido éxito en ese departamento?

Carey arqueó las cejas, luego frunció el ceño, y después su rostro se iluminó al comprender.

—¿Estás diciendo que...?

—¿Que estoy embarazada? —Asentí.

Su mirada bajó a mi vientre, y yo instintivamente me lo toqué. Puso su mano sobre la mía.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Me enteré durante la despedida de soltera. Les pedí a todas las chicas que guardaran el secreto hasta que te lo contara.

—Ah. Eso explica las miradas crípticas de Darcy y la sonrisa de Ivy cada vez que me hablaba.

—Volvió a mirar mi vientre—. Voy a ser padre.

—Lo dijo casi en un susurro, como si estuviera hablándole al niño que crecía dentro de mí, a nuestro hijo.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, me di cuenta de que no tenía nada de qué preocuparme.

Me amaba, e iba a amar a este niño de la misma manera que me amaba a mí.

—Gracias —dijo antes de darme el beso más dulce que me había dado jamás—. No puedo creer que sea real. Que mi vida sea real. Y todo es gracias a ti.

—¿Entonces no quieres esperar? ¿No te importa tener un hijo justo después de habernos casado?

—¿Olvidas que llevamos cinco años casados? Para algunas personas eso es tiempo de sobra.

—Sí, pero ese no era un matrimonio de verdad.

—Fue un matrimonio cínico, sí, pero ¿sabes de qué me di cuenta?

Aunque pensaba que te odiaba a ti y a nuestra situación, disfruté cada minuto.

Me encantaba llegar a casa y encontrarte allí, en lugar de una casa vacía.

Me encantaba saber que estabas en la otra habitación.

Y todas esas veces que tuvimos que dormir en la misma cama, no podía pegar ojo sabiendo que estabas a mi lado porque el corazón no dejaba de latirme con fuerza.

Me reí.

—Ahora sí que estás mintiendo.

Su rostro se puso serio.

—No lo estoy.

Lo miré fijamente a los ojos. Estaba diciendo la verdad. Le sostuve la cabeza entre las manos y lo besé.

—Te quiero, Carey Hawthorne.

Cuando intenté soltarlo, me atrajo de nuevo hacia él y profundizó el beso. Su deseo era evidente e inflamó el mío. Mis manos se posaron en su pecho, y él gimió cuando mis dedos se deslizaron sobre sus pectorales.

Antes de darme cuenta, tenía la cabeza en la almohada y Carey me atraía hacia abajo mientras cubría mi cuerpo con el suyo. Separó sus labios de los míos y me miró con esa mirada intensa que antes me ponía nerviosa pero que ahora era una señal de lo que sentía por mí.

—Yo también te quiero, Thalia Hawthorne.

Se inclinó de nuevo y me besó el cuello. Sus labios bajaron hacia mi clavícula y siguieron descendiendo, besando cada uno de mis pechos hasta llegar a la camisola que llevaba puesta. Con suavidad, me la bajó por el cuerpo y la tiró a un lado. Gimió y me miró.

—¿Desnuda?

Se me encendieron las mejillas. No me había puesto ropa interior pensando en lo que pasaría esta noche, pero tampoco quería parecer demasiado atrevida yendo a la cama desnuda, así que esto había sido el término medio.

—Eres preciosa —dijo.

—Ya me lo has dicho antes.

—Y te lo seguiré diciendo. No me puedo creer la suerte que tengo.

Estaba a punto de responder, de decirle que la afortunada era yo, cuando me mordió el pezón y gemí.

Lo lamió y chupó hasta que se me arqueó la espalda y mis manos se aferraron a su cabello.

Luego le dedicó la misma atención al otro —mordiendo, lamiendo, chupando— hasta que estuve segura de que llegaría al orgasmo solo con aquel placentero asalto.

Satisfecho de haberme dejado hecha un manojo de gemidos, continuó su recorrido de besos hasta alcanzar mi sexo, y allí volvió a dedicarle la misma atención devoradora que había dado a mis pechos.

Gemí, grité y le rogué que parara y que no parara al mismo tiempo, hasta que acabé llorando cuando el orgasmo me sacudió el cuerpo entero hasta la médula.

Cuando por fin abrí los ojos, un Carey satisfecho me miraba como si hubiera sido él quien había llegado al clímax.

—Te corres de una forma preciosa —dijo él.

Llevé las manos a su trasero para quitarle los calzoncillos, pero solo encontré piel.

Debía de habérselos quitado en algún momento entre el sexo oral y mi orgasmo.

Deslicé la mano hacia su entrepierna. La tenía dura y lista.

La acaricié un par de veces, con una sonrisa pícara cuando él dio una sacudida.

No era el único capaz de hacer que el otro perdiera el control.

—Thalia —sonaba tenso mientras yo seguía jugando con su polla y sus testículos—. Méteme dentro de ti, cariño.

Lo guié hasta mi centro húmedo, y ambos observamos cómo su polla desaparecía dentro de mí. —Oh, Dios —dijo mientras empezaba a moverse. Los tendones del cuello se le marcaban por la contención. Apreté las paredes internas. Él gimió—. Estás tan apretada.

—Es que eres muy grande.

Se rio entre dientes y me besó en los labios. —Encajamos a la perfección.

Sus embestidas eran lentas, deliciosamente tortuosas. —Más rápido, por favor.

—Tus deseos son órdenes.

Aumentó el ritmo hasta que nos embestíamos el uno contra el otro, golpeando el cabecero.

Nos besábamos y nos agarrábamos mientras gemíamos el nombre del otro.

Su mano bajó hasta donde nos uníamos y me acarició el clítoris, una vez, dos veces, y me corrí por segunda vez.

Las paredes de mi coño se contrajeron alrededor de su polla, haciéndolo correrse con la misma intensidad devastadora.

Se dejó caer sobre mí, y lo sostuve con fuerza mientras ambos experimentábamos los últimos coletazos del orgasmo.

—¿No te estoy haciendo daño?

El peso de su cuerpo sobre el mío era reconfortante. —No. Quiero quedarme así un minuto más. No quiero soltarte nunca.

Se rio entre dientes. —Tus deseos son órdenes.

7 meses después.

MI CUERPO ESTABA agotado tras el parto, pero no podía ser más feliz. Era tan hermosa. Se había quedado dormida en mis brazos después de anunciar su llegada al mundo a pleno pulmón. No podía dejar de mirarla. Veía tanto de Carey en sus rasgos: sus ojos, sus mejillas, la forma de su boca.

—Es igualita a ti.

Carey, sentado a mi lado en la cama del hospital y mirándola también con asombro, negó con la cabeza. —Tiene tu nariz y tus ojos.

—No. Esos son ojos Hawthorne.

—Si tú lo dices. —Suspiró—. Gracias. —Y me besó en la mejilla.

—No lo hice sola. Tú pusiste de tu parte —dije.

Carey había sido el futuro padre más entusiasta.

Había investigado todo lo que había que saber sobre el parto y la crianza, tanto que su estudio ahora estaba lleno de libros sobre paternidad.

Reacondicionó no solo una habitación, sino toda la casa para hacerla segura para niños.

Y luego estaban los cuidados. Se aseguró de que tuviera todo lo que necesitaba.

Asistió a cada cita conmigo e hizo todo lo que el médico indicó.

No podía pedir un marido más atento. Y cuando llegó el momento de dar a luz, estuvo conmigo durante todo el trance: me sostuvo la mano, me animó y me llenó de elogios.

—Estuviste increíble.

Resopló. —Yo solo miré. Tú hiciste todo el trabajo duro. ¿Has pensado en algún nombre?

Asentí. —Pero no te va a gustar.

—Oh, no. Por favor, dime que es broma. —Su rostro se llenó de preocupación. Me entraron ganas de reírme.

—Venga. Si no fuera por ella, no estaríamos aquí.

—No estoy tan seguro de eso.

Me encogí de hombros. —Fue de gran ayuda durante el embarazo.

—Recomendándote a una «comadrona» charlatana.

—¡No sabía que era una estafadora! Solo quería ayudar.

Suspiró. —Estás empeñada en esto, ¿verdad?

—Dice que quiere ser el hada madrina de la niña.

Carey resopló. —Dudo que haya pisado una iglesia en su vida. Si le echaran agua bendita, ardería en llamas.

—Creo que por eso dijo específicamente hada madrina.

Carey negó con la cabeza y miró a nuestra hija. —Darcy no es tan mal nombre, supongo.

—¿Ves? Ya te estás acostumbrando.

Carey cogió a la bebé en brazos y se puso de pie. Le hizo arrumacos mientras paseaba tranquilamente por la habitación. —Eres la única Darcy que me caerá bien en la vida, Darcy Hawthorne.

Me reí entre dientes. Lo quiero. Los quiero a los dos. Soy la mujer más afortunada del mundo.

Fin