Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 36
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Capítulo 36

Thalia

Tenía los ojos rojos y vidriosos cuando abrió la puerta. Al principio parecían un poco desorientados, pero enseguida se abrieron de par en par.

—Thalia.

Su voz sonaba ronca. ¿De sueño? No sabría decirlo, pero le llegaba un inconfundible olor a whisky.

—¿Quieres que hablemos aquí o…?

Abrió más la puerta.

—¡No! ¡Por supuesto que no!

Se despabiló y me hizo sitio para entrar.

Crucé el umbral del apartamento que tan bien conocía.

Era el mismo. Nada había cambiado y, sin embargo, todo parecía haberse desplazado.

Algunas cosas no estaban en su sitio. Uno de los cuadros de la pared estaba torcido.

Faltaba un jarrón. Los cojines del sofá estaban en el suelo.

Había una caja de pizza vieja sobre la mesa de centro.

Una botella vacía de whisky yacía en el suelo.

Me volví para mirarlo y se apartó el pelo de la cara, avergonzado.

—No pensé que vendrías.

Pasó junto a mí a toda prisa y se puso a recoger el desorden.

—¿Vienes a llevarte tus cosas? Vi que dejaste casi toda tu ropa aquí. Tu armario está prácticamente lleno.

Palidecí, preguntándome si había cometido un error al venir. Quizá por fin había decidido dejarme marchar.

—¿Ya no quieres darle una oportunidad a nuestra relación?

—No. Espera.

Se detuvo.

—¿Has venido por eso?

—Pensé que quizá sería buena idea empezar de cero antes de dar por terminado el experimento. Si todavía quieres, claro.

—¡Sí quiero!

Corrió a la cocina a deshacerse de lo que tenía en las manos y volvió con un aspecto algo más presentable que cuando abrió la puerta. Lanzó los cojines a los sofás y se sentó. Yo fui a sentarme en el sofá de enfrente.

—Entonces, ¿nada de divorcio?

—Todavía no, al menos. Sé que no me amas.

Empezó a hablar, pero levanté una mano para detenerlo.

—Sé que no me amas, y estoy dispuesta a vivir con eso si al menos me demuestras que te importo. Creo que puedo vivir con un hombre al que le importo. Eso es todo lo que pido. Y a cambio, te demostraré que puedes confiar en mí. Sé que te mentí, pero te prometo que no volverá a pasar.

Asintió.

—Me parece bien. ¿Vas a volver?

—Mis maletas están abajo. No quería dar nada por sentado.

Sonrió por primera vez.

—Genial.

Se levantó.

—Voy a llamar al conserje para que las suba.

Unos minutos más tarde, era casi como si nunca me hubiera ido, pero esta vez, en lugar de poner mis cosas en la habitación de invitados, las puso en su dormitorio.

Quise protestar, pero me contuve. Si íbamos a hacer las cosas de otra manera, vivir como una pareja divorciada cuando queríamos salvar nuestro matrimonio no tenía sentido.

Los primeros días de nuestra nueva relación fueron incómodos.

Ninguno de los dos sabía muy bien cómo actuar.

Para empezar, Carey era demasiado generoso con los regalos.

Todos los días volvía del trabajo con una caja de algo.

Una botella de mi vino favorito. Una caja de chocolates belgas.

Un collar caro. Un reloj exclusivo. Fue después de que me diera el reloj una noche cuando le pedí que parara. Se quedó desanimado.

—¿No te gustan?

Estábamos sentados uno frente al otro en la mesa del comedor. La madera de caoba no bastaba para evitar que fuera dolorosamente consciente de su presencia. Aunque estábamos a unos metros de distancia, la situación resultaba íntima, como si estuviéramos sentados el uno junto al otro.

—No creo que el afecto se pueda comprar, y eso es lo que me parece que intentas hacer.

—Consecuencias de que me criaran un tirano y una madrastra malvada —suspiró.

—¡No están mal!

Sentí que había matado cualquier esperanza que tuviera para nuestro futuro.

—El collar es bonito.

Era un zafiro con incrustaciones de diamantes en una banda de oro blanco. Elegante y con aspecto de ser caro, pero discreto a la vez. El tipo de joya que combina con todo.

—Pero no te gusta.

No podía mentirle y decir que sí. Siempre estaría preocupada por perderlo cada vez que me lo pusiera. Mi silencio bastó para revelarle lo que pensaba de verdad.

—¿Y el reloj? ¿Tampoco te gusta?

—Es bonito.

Como el collar, tenía una correa de oro blanco y una esfera de oro rosa con diamantes incrustados alrededor. Bonito, pero no me lo pondría todos los días. Me daría demasiado miedo perderlo.

—Tampoco te gusta.

Alargó la mano hacia el estuche abierto del reloj. Se lo arrebaté.

—No estoy diciendo que no me lo vaya a poner.

El reloj era bonito. Me lo abroché en la muñeca, cogí el tenedor y me devané los sesos buscando un tema nuevo, así que le pregunté por su trabajo.

Veinte minutos después, inmersos en el caso en el que Carey estaba trabajando, el reloj quedó olvidado.

Era bueno que lo estuviera intentando. Me daban ganas de intentarlo yo también.

Después de cenar, nos fuimos a la cama. Desde que volví, había una tregua tácita entre nosotros.

Los dos nos manteníamos a distancia, esperando a que el otro diera el primer paso.

Y aunque dormíamos juntos, él nunca se acercaba a mi lado de la cama, ni yo al suyo.

Pero esa noche fue diferente. Esa noche debí de acercarme a él, porque cuando desperté tenía el brazo alrededor de su cuerpo, abrazándolo.

Sorprendida, intenté retirar la mano, pero él la sujetó contra su pecho.

—Cinco minutos más —murmuró.

Me quedé inmóvil y dejé pasar el tiempo con la mirada clavada en su espalda.

No llevaba camiseta, así que pude admirar los hermosos contornos de su espalda, esculpidos a base de horas de gimnasio.

Mi otra mano recorrió el borde de su omóplato, admirándolo.

Mi marido es guapo incluso donde menos importa .

Un gemido brotó de su pecho antes de darse la vuelta para mirarme.

Me cogió ambas manos y las aprisionó entre nuestros pechos mientras pasaba su pierna sobre la mía.

—Estás jugando con fuego.

Sentía su erección caliente presionando contra mi centro. Me quedé quieta, aunque quería frotarme contra ella. Me moví para apartarme de él, pero solo conseguí hacer lo que no quería: me froté contra él. Los dos gemimos.

—Joder, Thalia.

Me tumbó de espaldas y se colocó encima de mí antes de apoderarse de mis labios.

Su beso fue pausado, pero cargado de un fuego apenas contenido.

Era frustrante y exquisito a la vez. Sus manos soltaron las mías: una me agarró el pecho y la otra el trasero, acercando mi sexo al suyo mientras se restregaba contra mí como un adolescente hambriento de sexo.

El camisón de seda que llevaba era una barrera patética contra su asalto desenfrenado.

Quería más. Y justo cuando pensé que iba a quitarme el camisón y follarme como un poseso, se detuvo y salió de la cama.

Había recordado la tregua tácita en el último momento, y una parte de mí deseaba que no lo hubiera hecho.

Darcy y yo estábamos haciendo inventario cuando una de las dependientas me dijo que tenía visita. —Tu marido —añadió. Darcy levantó la vista del portátil y me miró fijamente.

—¿Qué? —Yo me encargaba de meter los números del inventario de calzado de vestir mientras Darcy se ocupaba del calzado informal. Era una tarea larga e ingrata, pero estábamos a punto de terminar.

—¿Cómo van las cosas?

—Bien. Últimamente está muy atento. Demasiado atento, dirían algunos.

Hizo una pausa y agarró la pantalla del portátil. —¿Bombardeo amoroso?

—No lo llamaría así. Tiene... problemas con el afecto. Todo es o cero o cien. Ahora mismo está en cien. —Levanté la mano para enseñarle el reloj—. Ahí tienes la prueba.

El grito ahogado de Darcy fue confirmación suficiente de que el reloj era tan caro como pensaba, si no más. —Se está pasando. —Suspiré mientras me levantaba. Darcy puso los ojos en blanco—. Venga ya. No me digas que no te encanta toda esa atención.

—Un poco, para ser sincera. Pero sigo esperando que pase algo malo. Que todo esto sea algún tipo de venganza retorcida por lo que le hice.

Darcy sonrió con suficiencia. —Créeme, no lo es.

Llegué a la parte delantera de la tienda y lo encontré mirando los zapatos de salón. —¿Has encontrado algo que te guste? —Sonrió. Una sonrisa genuina que me derritió el corazón. Jack pasó por allí con los brazos cargados de cajas, y los ojos de Carey se ensombrecieron.

Carey volvió a centrar su atención en mí.

—Sí. —Me rodeó la cintura con la mano y me atrajo hacia él antes de darme un beso apasionado que me dejó la cabeza dando vueltas cuando por fin me soltó los labios.

Aun así, me mantuvo entre sus brazos. Su mirada se clavó en mí y sentí que me derretía por dentro—. ¿Estás ocupada?

—Sí, mucho. —No habíamos terminado el inventario, y si había venido a llevarme a comer, quién sabe cuánto tardaríamos. No quería dejarle todo el trabajo a Darcy.

Gruñó y apoyó la frente contra la mía. —Tengo una sorpresa de cumpleaños que no puede esperar.

—Mi cumpleaños es el sábado. —Era jueves.

—¿Quién ha dicho que las celebraciones no pueden empezar antes?

Intenté apartarme, pero me sujetaba con firmeza, y parte de mí quería quedarme entre sus brazos, por poco profesional que fuera.

—¡Darcy! —Carey sonrió con complicidad.

Me giré y vi a Darcy salir de la trastienda.

—¿Puedes dejar que mi mujer se tome el día libre? Quiero llevarla a un sitio.

Darcy sonrió de oreja a oreja. —Puede tomarse el resto del día, o incluso tres.

—Sabes que Darcy no es mi jefa. Es mi socia.

—Y tu socia no tiene ningún problema con que te tomes un tiempo libre —dijo Darcy.

Carey me miró como diciendo: ¿ves? Eché un vistazo a mi alrededor. No estábamos ocupadas en ese momento. La tienda ni siquiera tenía clientes. Era dos contra una, y Darcy se había convertido en la defensora de Carey en los últimos días. A la mierda. Solo era una tarde libre.

Asentí. A Carey se le iluminó la cara. —No te vas a arrepentir. Y no te preocupes por la ropa. Ya he preparado las maletas.

—Eh, Carey, ¿adónde vamos?

Me dio otro beso fugaz en los labios. —Es una sorpresa.