Capítulo 33
Carey
Le parpadearon los ojos durante unos segundos antes de abrirlos de par en par.
Luego empezó a toser. La incorporé para que pudiera expulsar toda el agua que le había llenado los pulmones.
Solté un profundo suspiro y sentí el sudor recorrerme el cuerpo.
Estuvo sin responder durante un minuto, pero a mí me parecieron horas.
Cuando saqué del agua su cuerpo inerte, no estaba seguro de que fuera a lograrlo.
El accidente ocurrió muy rápido. En un momento estaba caminando por el barco; al siguiente, una ola nos golpeó y ella había desaparecido.
Observé, como en cámara lenta, cómo caía por la borda.
No creo que perdiera ni un segundo en lanzarme al agua, al recordar que una vez me dijo que no sabía nadar.
Pero nos golpeó otra ola y la corriente se la llevó.
El tiempo se detuvo mientras escudriñaba la zona sin ver nada, hasta que Arther señaló unos metros más allá del barco, donde flotaba su zapatilla.
La ola la había arrastrado aún más lejos.
Nadé tan rápido como pude para alcanzarla antes de que se ahogara.
Cuando la subí al barco, estaba inmóvil. El corazón me latía desbocado mientras intentaba hacerle la respiración boca a boca, esperando y rezando para que estuviera bien. Mi vida, durante ese breve momento, me pareció sin esperanza. «No puedo perderla», seguía pensando.
Pero está viva. Intenté esbozar una sonrisa temblorosa.
—Hola.
Intentó estabilizarse, pero resbaló, y tuve que rodearle la cintura con el brazo para que no cayera. La cubierta estaba resbaladiza por el agua.
—Lo siento —dijo.
—No tienes por qué.
La abracé para que supiera que estaba a salvo y protegida. Durante un breve momento había fallado en protegerla, y casi la pierdo.
—Me resbalé —añadió.
—¡Pensamos que te habíamos perdido! —dijo Mae. La pareja estaba de pie junto a nosotros, cogidos de la mano. Arther tenía los ojos desorbitados y parecía el más conmocionado de los dos. Mi rostro probablemente reflejaba el mismo miedo.
La ayudé a levantarse y la alcé en brazos.
—Vamos a llevarte a la cabina.
Hizo una débil protesta que un ataque de tos interrumpió.
—Tranquila, cariño —dije mientras la llevaba adentro, cogía una toalla, le quitaba la camiseta que llevaba puesta y la secaba.
Había perdido el pareo cuando la arrastró la ola.
El bikini también estaba empapado, pero se secaba rápido.
Una vez que dejó de gotear, la recosté en la cama.
La cabina era pequeña, pero como rara vez se usaba, solo tenía una cama individual, una nevera y una caja de herramientas.
—He arruinado la expedición de pesca de Arther.
Negué con la cabeza mientras me dejaba caer en la cama junto a ella y me quitaba la camiseta mojada.
—Deja de disculparte por algo que escapa a tu control. Es culpa mía por adentrarme tanto en el océano. Las aguas son más bravas por aquí. Tenemos que volver.
—¿Y Arther?
—De todos modos, no estaba pescando nada. Con lo mucho que presume, es un pescador pésimo.
Se rio, y se me alegró el corazón. Por fin me sentí mucho más relajado, pero aún quería asegurarme de que estuviera bien.
Casi la pierdo. Le puse la mano en la frente.
Estaba fresca. Le revisé el cuerpo en busca de cardenales y cortes para ver si se había golpeado con el barco al caer.
No tenía ninguno. Solté otro suspiro de alivio.
—Me asustaste —dije finalmente—. Pensé que te había perdido.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Debería aprender a nadar.
—Deberías. Pero yo debería haberme asegurado de que estuviéramos en aguas más seguras.
Después de asegurarme de que estaba bien, volví arriba y puse rumbo a casa.
Thalia se unió a nosotros justo cuando llegábamos a la orilla.
Todavía parecía sentirse culpable, aunque no había hecho nada malo.
Quería decirle que no era culpa suya. Mientras bajábamos del barco, Mae no paraba de señalar la notable coincidencia de que los cuatro acabáramos envueltos en algún tipo de accidente marítimo cada vez que nos veíamos.
Arther no parecía decepcionado por no haber pescado nada y se le veía mucho más animado que antes, como si por fin se hubiera sacudido la conmoción del accidente.
Entramos en la casa, donde nos esperaba la cena.
Observé cómo Thalia se dirigía a nuestro dormitorio mientras los Bardwell me asediaban a preguntas sobre lo que comeríamos esa noche.
Les había encantado lo que el chef preparó la noche anterior e hicieron tantas preguntas que empecé a sospechar que querían robármelo.
Los Bardwell se fueron a cambiarse para la cena, y por fin pude ir a buscar a Thalia, pero cuando llegué al dormitorio, ya no estaba.
La encontré en la cocina, ayudando al chef.
Me uní a ella y pusimos los platos en la mesa en silencio.
La cena transcurrió sin incidentes, pero eso no quiere decir que no sintiera su presencia en todo momento.
Se sentó a mi lado y su fragancia embriagadora me volvía loco de deseo.
Después de cenar fuimos a la terraza y disfrutamos de una botella de vino que habían traído los Bardwell, charlando con ellos de todo y de nada.
Mae fue la primera en anunciar que se retiraba a dormir, seguida de Arther, y nos dejaron solos.
El silencio se volvió más denso ahora que estábamos solos.
Thalia estaba sentada en una silla a pocos centímetros de la mía.
Su belleza era radiante incluso con aquella luz tenue.
Resultaba intimidante. Ella resultaba intimidante a veces.
Me preguntaba si lo sabía. Desde luego, se comportaba como si no fuera consciente del efecto que causaba en los hombres.
—¿Tengo algo en la mejilla?
Se frotó la piel.
Negué con la cabeza.
—Tenemos que hablar.
—¿No hemos hablado ya?
—¿De verdad quieres el divorcio?
—¿No es lo que tú quieres? O sea, por fin serás libre de estar con quien quieras. Tu padre ha muerto y ya no me ata a ti. Solo te lo estoy poniendo fácil al no pelear.
«¿Y si no quiero a nadie más?»
—No es que yo esté con alguien, a diferencia de ti.
Puso los ojos en blanco.
—¿Qué? ¿Crees que no sé lo tuyo con tu empleado?
—A diferencia de ti, no tengo ninguna relación con Jack.
—¿A diferencia de mí?
—Venga ya. ¿Crees que no conozco el secreto a voces de Nueva York? Lo sé todo de ti y de tu novia de toda la vida. No sé ni por qué te resistes. ¡Esto es lo que querías! Ahora eres libre de llevarla al apartamento y dejar de ocultar tu aventura... —desvió la mirada— aquí.
La acusación me pilló desprevenido. La única persona con la que he estado es ella.
Ninguna otra mujer, por mucho que me cueste admitirlo, me hace sentir lo que ella me hace sentir.
Ni siquiera saber lo que es en realidad basta para que deje de desearla.
Llevamos un año sin acostarnos, y aun así nunca he sentido ganas de acostarme con nadie más.
—Nunca te he sido infiel.
Se rio tanto que casi se atragantó con el vino. —¿Y Gemma qué es? ¿Una amiga? Como si no vinieras aquí cada fin de semana solo para estar con ella.
—Nunca he traído a nadie aquí. Suelo venir solo. Y no, Gemma no es mi novia.
Resopló. —Claro.
—¿Qué necesitarías oír para creerme?
—¿No lo ves, Carey? Da igual si te creo o no. Tú y yo siempre estaremos enfrentados. No confías en mí. Crees que soy una cazafortunas y una mentirosa. Nuestra relación está muerta.
—¿Lo está?
Le puse la mano en el muslo, y ella contuvo el aliento mientras la deslizaba hasta el borde de sus pantalones cortos.
—Podemos avivarla si quieres.
Miró mi mano. No la retiré. Luego me miró a mí. Había fuego en sus ojos. Una pasión que solo yo podía satisfacer, no un niñato cualquiera de los que encontraba en el trabajo. Me incliné hacia ella, convencido de que iba a besarme, pero entonces me apartó la mano de un manotazo.
—El sexo no lo es todo en una relación.
No parecía creerse sus propias palabras.
Me eché hacia atrás en la silla y cogí mi copa de vino. En cierto modo, tenía razón. Si quería una relación con ella, reavivarla de la misma forma en que empezó, con sexo, no sería lo ideal.
—Te deseo —dije a la oscuridad—. Eso tiene que contar para algo. Y no tengo nada con Gemma. La única persona que quiero eres tú.
Se quedó callada tanto tiempo que pensé que no iba a decir nada. Me quedé mirando el océano hasta que habló:
—Pero no me amas.
Cuando me volví hacia ella, tenía la vista clavada en el océano, el cuerpo rígido.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Que te ame?
Negó con la cabeza. Una sonrisa asomó a sus labios, pero enseguida titubeó y se desvaneció.
—Me llevó años aprender que nunca podrás amarme. Y además…
No necesitaba terminar la frase. Sabía lo que quería decir. «Y además, nunca me perdonarás por haber aceptado dinero de tu padre y haberte mentido». Cierto. Pero últimamente me daba igual.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté.
Soltó un bufido de desdén.
—No me creerías si te lo dijera. La respuesta la tenías delante de las narices y no quisiste verla. Creo que es mejor que sigas pensando que soy una cazafortunas trepadora.