Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 31
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Capítulo 31

Thalia

TODAVÍA ESTABA desconcertada por el gesto de Carey de comprarme un libro, costara lo que costara, cuando nos topamos con Mae y Arther nada más salir de la librería. Mae llevaba un sombrero de sol de ala ancha, y Arther cargaba una bolsa llena de aparejos de pesca.

—He oído que tienes un barco —nos dijo Arther, aunque en realidad le hablaba más a Carey que a mí.

—Le encanta pescar aunque se le da fatal —dijo Mae.

Carey asintió.

—Es un velero, pero seguro que podemos acercarnos a alguna zona de pesca.

Arther parecía un niño al que le acababa de tocar la lotería.

—¿Ves? —le dijo a Mae—. Te dije que tenía un barco.

—Puedes pescar mañana. Va a hacer mejor tiempo que hoy.

Arther se rio.

—Pues entonces será una cita doble de pesca.

Carey me tomó la mano, pillándome por sorpresa, casi como si fuera un gesto instintivo mientras hablaba con Mae y Arther.

Les estaba preguntando si habían encontrado lo que buscaban, pero yo estaba demasiado distraída para seguir la conversación.

El corazón me latía con fuerza por el leve contacto de su piel con la mía y las pequeñas caricias de su pulgar sobre mi mano.

Después de que Arther le entregara a Carey su caña y sus aparejos, él y Mae se despidieron con la mano. Me volví hacia Carey.

—¿Adónde van?

—¿No estabas escuchando? Se han encontrado con unos amigos que les han pedido que pasen por su casa.

—Ah.

Todo eso me había pasado desapercibido.

—¿Querías algo más por aquí? —preguntó después de que se fueran. Negué con la cabeza. Bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas y apartó la suya como si se hubiera quemado, como si no me hubiera estado acariciando apenas unos segundos antes.

—Vámonos —dijo, echando a andar por delante de mí.

Caminamos en silencio casi todo el camino de vuelta.

La carretera estaba vacía y el sol ya estaba en lo alto.

El sonido de las olas rompiendo a lo lejos, más allá de las casas que nos rodeaban, y el susurro de los árboles a lo largo del camino componían una melodía que no quería interrumpir.

Además, estaba demasiado ilusionada con la idea de leer mi libro como para preocuparme por su frialdad conmigo.

Era lo habitual en él. Era su calidez lo que debía preocuparme.

Esos gestos inesperados de comprar un libro a cuatro veces su precio solo porque yo lo quería.

Bueno, en realidad cinco veces el precio, porque al final también pagó el precio completo del libro.

—Gracias —dije.

Se volvió a mirarme, enarcando las cejas. Alcé la bolsita de papel con el libro. Se encogió de hombros.

—Una esposa feliz es una esposa dócil. Quiero que este acuerdo con los Bardwell salga adelante.

Puse los ojos en blanco.

—Tampoco es que fuera a sabotearlo solo porque no pudiera conseguir un libro.

Se detuvo. Estaba a unos metros de mí en el camino sinuoso.

—No. Pero como te estás divorciando de mí, tienes pocos incentivos para portarte bien.

Un millón de dólares era incentivo suficiente para la mayoría de la gente.

—Me haces parecer una niña.

Volvió sobre sus pasos, y pensé que venía hacia mí hasta que se giró y se apoyó en un árbol a unos metros de distancia. Cruzó los brazos.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—El divorcio.

—Si te molesta que yo lo pidiera primero, puedes decirle a la gente que fuiste tú quien me dejó, si eso te hace sentir mejor.

Llevó la mano a la corteza del árbol detrás de él y empezó a arrancarla.

—Me sorprendiste, eso desde luego.

—¿No es lo que querías? ¿No quieres casarte con tu verdadero amor?

No podía decirlo en voz alta, pero estaba implícito.

—Estoy hablando de ti.

El sol era abrasador, y la sombra bajo la que él estaba resultaba muy tentadora.

Me acerqué a refugiarme bajo ella, a unos metros de él.

¿Qué podía decirle que fuera a creerme? ¿Importaba acaso?

La persona por la que me había metido en este matrimonio, mi madre, murió un año después de que nos casáramos, y la persona que me obligaba a seguir en él, su padre, había muerto hacía un par de años.

—No hay razón para que sigamos juntos.

Los ojos de Carey se oscurecieron. Se impulsó hacia delante, me agarró la mano y tiró de mí hacia él. Solté un jadeo cuando el libro se me cayó de la mano, y él me rodeó la cintura con las manos mientras las mías quedaban aplastadas contra su pecho.

—Carey.

Mi boca estaba demasiado cerca de la suya; mi aliento le rozaba los labios mientras hablaba.

—¿Estás segura de eso?

¿Podía oír cómo me martilleaba el corazón? Esperaba que no. El suyo sonaba firme comparado con el mío. Asentí.

—Llevamos años en un matrimonio muerto. Tú no me amas. Yo no te amo. Está claro que ya no quieres presentarte a ningún cargo. ¿Qué sentido tiene seguir?

Me apretó la cintura con las manos, atrayéndome un centímetro más hacia él.

—¿Quién ha dicho que eso sea cierto?

—¿Todavía quieres presentarte?

Ese siempre había sido el sueño de su padre, y durante un tiempo pensé que también era el suyo, pero cuanto más lo conozco, más convencida estoy de que tiene otras aspiraciones, y que un cargo político, por mucho que le conviniera, le destruiría el alma.

Inclinó la cabeza hacia un lado, y sentí su aliento cálido en mi mejilla.

—Todavía hay algo que podemos salvar.

Bajó la cabeza y me mordisqueó el cuello.

—Carey.

Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Deslizó los labios por mi cuello, luego hacia arriba de nuevo hasta alcanzar los míos.

—¿Por qué accedimos a ello?

Me bebí cada una de sus palabras como si fueran un elixir. Volvió a deslizar los labios hacia el otro lado de mi cuello. Sus manos acariciaban perezosamente mi cintura, levantando el borde de mi camiseta y frotando los dedos contra mi piel, pero sin ir nunca más arriba ni más abajo.

—N-no sé de qué estás hablando.

—Lo de no acostarnos nunca. Me he atormentado durante años por culpa de esa regla.

—Carey.

Soltó un gemido ronco y capturó mi boca con la suya.

Me quedé inmóvil mientras le dejaba tomar lo que secretamente había querido que tomara durante tanto tiempo.

Empezó despacio, pero el calor nos consumió de inmediato cuando su beso se volvió hambriento y exigente.

Me aferré a su pecho, temiendo desplomarme, pero él me sostuvo con firmeza contra su cuerpo mientras sus labios me torturaban con su dulzura.

Su atractivo era demasiado fuerte para resistirme.

Le devolví el beso con el mismo fervor que él me daba.

No tenía nada que ver con nuestros besos falsos de cara a la galería.

Esto era primitivo, lleno de anhelo y necesidad.

Mis manos se deslizaron hasta su cuello y su cabeza para atraerlo más hacia mí.

Gimió y apretó su entrepierna contra la mía.

Me hizo girar, y me encontré apoyada contra un árbol mientras él cubría todo mi cuerpo con el suyo.

Nunca me habían besado así. Era como si estuviera desesperado por algo que solo yo podía darle.

Un coche pasó a toda velocidad y pitó. Sobresaltada, volví en mí, y con eso recuperé las fuerzas para apartarlo.

¿Qué estábamos haciendo? ¿Qué estaba haciendo yo?

Estábamos en medio de la carretera, besándonos como adolescentes.

Miré a mi alrededor, sonrojada y avergonzada, mientras me colocaba la ropa.

No tenía nada mal puesto, pero aun así me sentía como si me hubieran pillado desnuda.

Carey me devolvió la mirada como si nada, como si no hubiéramos estado comiéndonos a besos hacía unos segundos. Ni siquiera tenía el pelo revuelto, aunque yo le había metido las manos en él.

—Deberías pensártelo.

Vi mi libro en el suelo y fui a recogerlo.

—¿Tú y yo besándonos? No, gracias. Tengo cosas mejores en las que pensar.

Mentirosa. Mentirosa.

—Que tengamos sexo. Una última aventura antes de decirnos adiós para siempre.

—Estás loco.

Alzó la barbilla con aire de suficiencia.

—¿Qué tiene de malo? Acabo de demostrar que me deseas tanto como yo a ti.

Mucho. Mi corazón, para empezar. Me había costado años recomponerlo, y si volvía a ceder ante él, lo destrozaría.

—Lo único que has demostrado es que eres capaz de manosear a una mujer en medio de la carretera.

Se rio.

—No finjas que no estabas encima de mí.

Recogí mi libro, le sacudí el polvo a la bolsa y eché a andar por la carretera.

Cuanto más lejos estuviera de él, mejor podría pensar.

Solo intentaba provocarme, eso era todo.

Si no, ¿por qué actuar como si me deseara cuando llevaba años demostrando que le resultaba repulsiva?

Se apartaba cuando lo tocaba y mostraba más interés en otras mujeres que en mí.

Carey no intentó alcanzarme. Se mantuvo a unos metros detrás de mí hasta que llegamos a la casa.

Subí las escaleras corriendo y me metí en la ducha para borrar cualquier rastro de él de mis labios y mi cuerpo.

No vino al dormitorio, para mi alivio, y cuando salí de la ducha, ya no estaba en la casa. Se había ido.