Capítulo 46
CUARENTA Y SEIS
RAVEN
Una niebla matutina se aferraba a los muelles, enroscándose alrededor de los tobillos de los hombres que cargaban las cajas, el suave roce del agua contra los cascos subrayando la tensión en el aire.
Mi madre permanecía inmóvil a mi lado, con la mirada vacía y el abrigo ondeando con el frío viento de Glasgow. Era como una sombra de lo que había sido, completamente vacía y rota.
Pero respiraba. Estaba viva.
La mano de Aiden presionó suavemente la parte baja de mi espalda, estabilizándome.
—Sanará —aseguró con voz baja—. He organizado la mejor atención. El doctor Tristan Bennetti debería estar esperándonos cuando volvamos al yate.
Frente a nosotros, mi tía a quien recién conocí, apretó mis manos, con los ojos llenos de lágrimas, pero a la misma vez intensos.
—Nos volveremos a ver —susurró antes de besarme la mejilla. Su marido se mantenía firme como un muro protector.
Habían cortado lazos con Duncan años atrás, pero no con la organización. Aiden había insistido en que mantener alianzas con las personas adecuadas era importante.
Confiaba en esa gente. Y yo confiaba en él.
Estrechó la mano con el marido de mi tía, luego con ella, asintiendo.
—Mantengan las cosas contenidas aquí. Encárguense de las consecuencias.
—Lo haremos —le afirmó ella—. Hasta que el nuevo heredero esté listo.
Se me revolvió el estómago al oír esa palabra. Heredero.
Miré a mi madre, pero o no lo escuchó o decidió no prestar atención. Desde que recuperó la conciencia en esa fría mazmorra, no había reaccionado a nada.
No cuando la bañé y la cambié con ropa limpia. No cuando lloré al ver en qué estado estaba. Los moretones morados y negros cubrían su cuerpo, manchando su piel color marfil. Excepto en su estómago. Esa parte de piel permaneció intacta.
Duncan quería asegurarse de tener a su heredero. Y yo… Quería verlo morir una y otra vez.
—Tenemos que irnos —indicó Aiden, sacándome de mis pensamientos oscuros.
Se movió, ayudándome a subir al elegante barco negro, luego se acercó a mi madre, tratándola con reverencia y cuidado. Ella bajó en silencio al camarote como un fantasma que se acercaba a su tumba.
Dentro, el calor invadió. Las paredes brillaban con madera lacada y latón pulido, mientras que los asientos estaban forrados de terciopelo. Después de los acontecimientos de las últimas horas, el lujo me tranquilizó.
Me senté y abracé a mi madre fuerte, y luego Aiden nos abrazó a las dos.
El bajo rugido de los motores arrancó antes de llevarnos a través del agua.
Apenas habíamos puesto un pie en el superyate de Aiden, una voz indignada atravesó el aire como una daga, y mi madre se estremeció en mis brazos. Su primera reacción desde que la encontramos.
—¿Alguien me quiere explicar por qué me sacaron a rastras de una gala de recaudación? —ladró una voz retumbante mientras se abalanzaba hacia nosotros, con su abrigo ondeando tras él—. ¡No soy un médico de guardia, Aiden!
—Encantado de verte también —gruñó Kyran, ignorando al hombre y dirigiéndose al camarote. Debieron haber tenido encuentros similares en el pasado.
—Bienvenido a bordo, Doc —saludó Tyran, siguiendo a su hermano.
Los zapatos de piel italiana del doctor rechinaban sobre el suelo de madera, y Aiden le lanzó una mirada fulminante.
—Ya sabes la regla: no se admiten zapatos en el barco, Tristan.
Ah, este tenía que ser el doctor Bennetti.
Parecía tener unos cuarenta y tantos años, a juzgar por sus canas en la sien.
—Vete a la mierda, hombre. Me arrastraste a esta monstruosidad, así que aguantarás mis zapatos. Además, tú tienes tus botas de combate puestas.
Aiden me condujo hasta el camarote, donde había una bolsa médica negra sobre la mesa, mientras el doctor Bennetti seguía su parloteo.
—Estaba a mitad de cautivar a la esposa del embajador holandés, y tus secuaces interrumpieron mi…
Senté a mamá en el sofá y luego me agaché a su lado.
—Puedes retomar el coqueteo mañana —dijo Aiden con tono plano, asintiendo en dirección a mi madre—. Ella te necesita más.
Tristan puso los ojos en blanco, abrió la boca para protestar, pero entonces su mirada se posó en mi madre. Su expresión se fracturó, el humor desapareció de su rostro.
La banca carmesí en la que estaba apoyada solo hacía que los moretones de su piel resaltaran de forma muy marcada. O quizás era el hecho de que estaba pálida y con un aspecto enfermizo debajo de ellos.
Justo entonces, jadeó, su abdomen temblando, y un líquido empapó su ropa y el acolchonado asiento de terciopelo.
—¿Eso es…? —Me quedé mirando la marca húmeda que se extendía por sus piernas—. ¿Se le acaba de romper la fuente?
—Dios —susurró Tristan, arrodillándose al instante—. ¿Cuándo entró en labor de parto? —Me miró como si supiera las respuestas mientras yo lo observaba en estado de shock. Chasqueó los dedos como para despertarme—. ¿Cuánto tiempo lleva teniendo contracciones?
—Cuidado, Tristan —siseó Aiden—. Es mi esposa a la que le hablas.
El doctor no parecía afectado. En cambio, preguntó:
—¿Y bien?
—Yo… Ella… No ha dicho ni una palabra —susurré—, no me di cuenta de que tenía dolor.
Dios, qué hija tan horrible era.
Tristan se puso los guantes, con una expresión clínica que se torció en su rostro.
—¿Quién le hizo esto?
—Su marido —respondió Aiden—. Ya está muerto.
El doctor Bennetti asintió como si estuviera complacido.
—Está en shock, pero definitivamente está en trabajo de parto. Esto podría escalar rápidamente. Necesito luces, toallas calientes y una superficie plana. Ahora.
—¡Voy a despejar la mesa! —gritó Tyran.
Aiden la tomó en brazos y la recostó sobre ella mientras el doctor abría la cremallera de su bolsa, revelando herramientas que brillaban bajo las luces del camarote.
Los gemelos desaparecieron justo cuando Tristan empezó un examen pélvico. La mano de mi madre se sacudió de repente, un gemido bajo escapó de su garganta. Sus dedos arañaban débilmente su vientre.
—Tiene una hemorragia —informó Tristan—. Y el bebé no ha descendido. No tenemos tiempo para que esto continúe de forma natural.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, tomando la mano de mamá entre las mías.
—Tendrá que hacerse una cesárea —explicó Aiden.
—Pero no estamos en el hospital —siseé, el pánico creciendo poco a poco dentro de mí.
—No hay tiempo —replicó Tristan—. Esta no sería la opción que elegiría, pero si esperamos a llegar a un hospital, ambos morirán.
—¿Qué?
Aiden agarró mi mano, alejándome.
—Hazlo.
Los ojos de mi madre se abrieron brevemente, sus labios se movieron. Me incliné, pero no salió ninguna palabra.
Fijé mi mirada en Tristan y asentí, apenas logrando encontrar mi voz.
—Sálvala. A los dos. Por favor.
Empezó con medicamento para el dolor, luego esterilizó tanto su espacio de trabajo como la piel de mi madre.
Los motores del yate rugían suavemente bajo nosotros, un contraste inquietante con el caos en el camarote. Arrastraron lámparas de calor. Las luces de arriba se encendieron. El aire se volvió denso, el olor a antiséptico llenando cada rincón.
—Bisturí —ordenó Tristan.
Aiden lo miró y luego al doctor.
—¿De verdad quieres que lo toque sin guantes?
Tristan soltó un suspiro frustrado, agarrándolo él mismo.
—Es un hábito. No importa, lo tengo.
El doctor trabajaba con eficiencia, sus movimientos precisos y su atención inquebrantable mientras Aiden y yo observábamos aguantando la respiración. Tristan hizo la primera incisión.
Un gemido bajo rompió el silencio.
—No… Monstruo bebé… Mata…
Tristan se quedó paralizado a mitad de su movimiento cuando los suaves y entrecortados sollozos de mamá llenaron la habitación. Sus sollozos se convirtieron en jadeos y luego en gritos mientras el dolor la atravesaba a pesar de los anestésicos.
Me mordí el labio hasta saborear la sangre.
—Mamá… Está bien. Ya casi se acaba.
—M-monstruo…
Tristan apretó los labios en una línea mientras trabajaba en ella, con el sudor perlándose en su frente.
—Tu bebé es inocente —susurré mientras mamá movía la cabeza de izquierda a derecha—. Igual que yo lo fui. Él será como tú y como yo.
La habitación parecía suspendida en el tiempo. Afuera, las olas golpeaban suavemente el casco, una canción de cuna en conflicto con el brutal milagro que se desarrollaba en su interior.
Y entonces un llanto rompió el aire.
Tristan levantó al bebé cubierto de sangre y retorciéndose, con el cordón umbilical aún intacto.
—Un niño sano —anunció, con tono cauteloso mientras hablaba con mamá—. ¿Quiere sostenerlo?
—No. —Ella apartó la mirada, volviendo a la tristeza anterior mientras miraba al techo.
—Mamá… —supliqué.
—Aléjalo… de mí —se quejó.
Las lágrimas brotaron cuando Aiden apareció a mi lado, con la voz tensa.
—Ha pasado por mucho. No sabe lo que dice.
Tristan se acercó a cortar el cordón umbilical, luego limpió rápidamente al recién nacido, envolviéndolo en una toalla blanca y suave y revisando sus signos vitales.
—Es fuerte —murmuró.
Mamá gimió de nuevo, con sus párpados cada vez más pesados.
—Monstruo… Quítamelo de encima…
Me quedé paralizada, dividida entre el cuerpo roto de mi madre y la nueva vida que ahora lloraba en los brazos de Tristan.
—Es mi hermano —atiné a decir con voz entrecortada, pero ella ya estaba dormida.
Aiden se inclinó, con voz baja pero resuelta.
—Nos encargaremos de él. —Con suavidad, aceptó al niño de los brazos de Tristan y lo sostuvo, sus ojos encontrándose con los míos—. ¿Te parece bien?
Le di un beso en la frente a mamá y luego me uní a mi esposo, rodeándolos a ambos con mis brazos.
—Sí, lo amaremos y lo mantendremos a salvo.
—Lo criaremos como si fuera nuestro —concluyó Aiden, y supe que no habría un hombre al que pudiera amar más—. Juntos.