Capítulo 44
CUARENTA Y CUATRO
RAVEN
El viaje había sido bastante tranquilo, salvo por los gemelos Callahan contando chistes de mal gusto y Aiden rondándome como un guardaespaldas con sobredosis de cafeína, revisando mi funda y el cuchillo al menos una docena de veces.
Su protección se pasó, pero lo agradecía. Eso demostraba que le importaba.
Sin embargo, todo cambió en cuanto bajamos del barco y pisamos tierra firme, donde nos esperaban tres hombres.
Hombres que parecían acabados de salir de una zona de guerra, y la mirada en sus ojos confirmaba que habían visto batallas y más.
Eran hombres que habían visto demasiado y llevaban esas historias tras la mirada que nadie se atrevía a preguntar.
Sin embargo, eso no quitaba nada a lo impactantes que eran, guapos de una manera peligrosa y ruda, con un aire de misterio que hacía imposible apartar la mirada.
—Hola, River —lo saludó Aiden, extendiendo la mano para estrechársela. Luego volteó hacia los otros dos hombres—. Astor, Darius. Esta es Raven, mi esposa.
—Callahan. Señora Callahan —reconocieron los tres, el título haciéndome sentir vieja y… bueno, casada. Luego miraron a los gemelos.
—Espero que ustedes dos no vayan a jugar a ser vaqueros —indicó Darius, pareciendo como si los hubiera visto hacer alguna tontería en el pasado.
Kyran sonrió.
—No jugamos, Darius. Ya deberías saberlo.
—Después de todo, la última vez arrasamos con el enemigo —comentó Tyran.
River puso los ojos en blanco y Astor refunfuñó.
—Y con una aldea.
—Enfoquémonos en esta misión —interrumpió Aiden, y luego repasó el plan una vez más. El objetivo era entrar y salir sin ser detectados, pero estábamos preparados para lo peor—. ¿Alguna pregunta? —Todos negaron con la cabeza—. Bien, pues vamos.
El ambiente se volvió serio. Los gemelos guardaron silencio, con expresiones más agudas mientras revisaban sus armas. Aiden se puso delante de mí sin decir palabra, uniéndose a sus hermanos para formar una barrera protectora mientras River, Astor y Darius se quedaban detrás de mí.
Frente a los hermanos Callahan, nuestro guía renuente, el prisionero, avanzó con paso firme en la oscuridad.
La cueva olía a mar y a decadencia. Cada paso resonaba en las paredes, tragados por las estalactitas que apenas podía distinguir. El agua goteaba constantemente en algún lugar a lo lejos, creando un ritmo que igualaba el retumbar de mi corazón.
Caminamos durante lo que parecieron horas, cada vez más profundo, el tenue resplandor de nuestras luces proyectando largas y retorcidas sombras sobre la piedra dentada.
El camino se estrechaba, las paredes de roca caían tanto en algunos puntos que tuvimos que agacharnos.
Aiden se mantuvo cerca, protegiéndome con sus hombros anchos.
De vez en cuando, los pasos del prisionero se ralentizaban y uno de los gemelos le daba un empujón no tan suave para que siguiera avanzando.
Luego, sin previo aviso, se detuvo por completo.
—Sigue avanzando —gruñó uno de los gemelos.
Pero el hombre no cedió. Simplemente se giró, lento y deliberado, y entonces una sonrisa se extendió por su rostro.
—¿Qué…? —susurré, pero mis palabras se interrumpieron cuando sonó un estruendo.
Aiden se pegó a mí de inmediato, empujándome hacia atrás.
Estabilizó su arma y disparó una ronda de tiros.
Sus hermanos hicieron lo mismo. Disparos, gritos y el estallido del acero contra la piedra impactaron a mi alrededor mientras entrecerraba los ojos, incapaz de descifrar quién era quién en medio del alboroto.
Mi corazón retumbaba dolorosamente, el miedo apretándome el pecho, tanto por lo desconocido como por la vida que crecía dentro de mí.
Mi cabeza giraba de un lado a otro cuando recordé el arma.
Me preguntaba si ya era el momento adecuado para sacarla y empezar a disparar.
Pero Aiden y los gemelos estaban cerca, y me aterraba poder herirlos accidentalmente, o algo peor.
Pero entonces la escuché.
—Cariño, no hagas nada.
Era el gemido de mi madre, rebotando contra las paredes de la cueva.
Sentí el golpe en la parte trasera del cráneo y mi mundo se tambaleó, dándome cuenta de que habíamos caído directamente en una trampa.
Me desperté con el hedor a podredumbre húmeda, sangre y moho. Me habría atragantado si no fuera por el agarre invisible en mi garganta, como si unos dedos de acero estuvieran aferrados allí, sujetándolo todo.
El dolor latía por toda mi cabeza y me bajaba por el cuello, llenando mi cuerpo de un terror frío.
Abrí los ojos y me encontré con la oscuridad absoluta. Tenía la cara mojada y pegajosa. Levanté una mano temblorosa, las yemas de mis dedos rozando la nuca, y encontré la fuente: una zona sensible e hinchada. En cuanto la toqué, un dolor ardiente estalló y siseé entre dientes.
—Ah, por fin nos conocemos, Raven Lyons.
Me incorporé de golpe, el colchón gritando debajo de mí, sus resortes gimiendo. El escozor del aire frío golpeaba cada centímetro resbaladizo de piel.
Al encontrar la fuente de donde provenía la voz, un hombre sentado en la silla, me estiré hacia la funda y la encontré vacía.
El pánico me subió por la garganta.
—¿Q-qué quieres? —tartamudeé—. ¿Quién eres?
Un clic sonó en algún lugar arriba, y luego una luz blanca atravesó mis párpados. Los apreté hasta que el brillo se suavizó, cada parpadeo era un pequeño ataque.
—Yo, querida… —Fumó su puro, el aroma revolviéndome el estómago—. Soy tu padre. Duncan Lyons.
El nombre fue como un puñetazo en el estómago.
Giró la cabeza y su mirada pasó por encima de mí. La seguí y encontré a una mujer al otro lado de la habitación, acurrucada sobre sí misma, con su barriga redonda sobresaliendo de sus caderas.
Mi pecho se comprimía como si alguien me hubiera clavado una barra de hierro en las costillas.
—Mamá —grité.
No respondió, sus labios temblorosos pálidos.
Me lancé de la cama y me desplomé sobre ella, con mis rodillas golpeando el suelo. Su cuerpo estaba cálido y frágil, y su piel olía a tabaco.
—Mamá, soy yo. —Carraspeé, con lágrimas corriendo por mi rostro.
Le acaricié la mejilla, obligándola a verme, no obstante, su mirada era plana y vacía, como un espejo sin reflejo.
—¿Qué le hiciste, bastardo? —solté con brusquedad, mirándolo con furia por encima del hombro.
Duncan se rio, pero no había ligereza en ello.
—Me dijo que estabas muerta. Te robó de mí. —Se encogió de hombros y se humedeció los labios—. Así que me debía un hijo nuevo.
Continuaba fumando su puro, el humo se desplegaba y se extendía por la habitación fría.
—Primero, tuvo que dejar de beber como una alcohólica —añadió.
Mis lágrimas dejaban surcos calientes por mi cara, cada una con sabor a sal y a algo amargo y metálico. Era mi dolor, y con él venía la lenta y nauseabunda realización de todo lo que ella había soportado estos últimos cinco años.
Mi pecho se quedó vacío, cada inhalación entrecortada era más fuerte que la anterior.
—Lastimaste a mi madre —siseé, las palabras raspando fuera de mi garganta irritada.
Se rio.
—No seas estúpida, Raven. Me la follé.
Ella pasó todos estos años soportando su crueldad, y yo no la salvé. Maldita sea, la culpa me carcomía el pecho, amenazando con colapsar hacia dentro.
Sin embargo, no le fallaría en este momento. La salvaría y me encargaría de los demás, y acabaría con este animal por haberle puesto una mano encima.
Mis ojos se posaron en el cabrón retorcido que se atrevía a llamarse mi padre.
Duncan se recostó en la silla, fumando su puro. Una pistola estaba en su regazo, y no había nada que deseara más que quitársela y meterle una bala en la boca.
Pero primero lo haría pagar por haberle hecho daño a mamá. La necesidad de verlo sufrir me subía por la garganta como bilis. Incluso con la autorepulsión que me invadía, el impulso se sentía correcto, y sabía lo que tenía que hacer.
El pensamiento sediento de sangre me dio como un golpe físico, pero no me parecía mal. De hecho, parecía inevitable.
—Sabes, le daré su libertad si te quedas —sugirió con tono arrastrado, completamente ajeno a mis pensamientos.
Mis labios se curvaron con desagrado, pero no respondí. Mi silencio parecía agitarlo, su cabello plateado se despeinaba mientras pasaba una mano impaciente por él. Finalmente gritó:
—¡Tu madre te mantuvo alejada de mí!
—No, mi madre me salvó de ti. —No me importaba si era lo último que hacía en esta tierra, lo mataría—. ¿Dónde está mi esposo?
—¡Eres mi hija! —rugió. La ira brotaba de él a raudales—. Ella es mi esposa. Se supone que ustedes deben obedecerme.
Me sobresalté ante su arrebato, pero me negué a acobardarme.
—¿Dónde están mi esposo y mis cuñados? —Se rio de forma demente, negándose a responder—. Morirás si les haces daño —reviré, el odio ardiendo como ácido en el fondo de mi estómago.
Él moriría de todos modos, pero no necesitaba saberlo todavía.
—Al menos heredaste mi fuerza —elogió como si estuviera orgulloso. Delirante. El hombre debería estar en una unidad psiquiátrica—. Detestaría verte ser una cobarde como tu madre.
Tomó el teléfono y llamó a alguien.
—Tráelo aquí —ordenó, su voz con un tono escocés.
La sospecha me recorrió la espalda. Sabía exactamente a quién se refería con “él”. Un momento después, la puerta se abrió y Aiden fue conducido dentro, con las manos atadas a la espalda, con tres hombres siguiéndolo de cerca con armas apuntándole.
Parecía desaliñado, pero entró con confianza. Como si no fuera el prisionero aquí. Sus ojos se posaron en el cuerpo de mi madre y, por un instante fugaz, la tristeza apareció en ellos, pero rápidamente la ocultó.
—Mo cuishle, ¿estás bien? —me saludó, con la mandíbula apretada. Sus ojos me recorrieron como para asegurarse de que estaba bien antes de que nuestras miradas se cruzaran.
—Sí —respondí con voz áspera—. ¿Y tú?
Él asintió.
—Ah, mi yerno. —La sonrisa de Duncan era helada—. Resulta que estuve en tu contra durante los últimos cinco años para nada. Mis disculpas.
—Qué curioso que te arrepientas mientras me mantienes atado —replicó Aiden con sequedad—. Me temo que tu disculpa no es aceptada.
—En ese caso… —Duncan levantó su arma.
—¡No! —grité y salí corriendo, encontrándome entre el hombre que odiaba y el hombre que amaba.
—Ah, tonta como tu madre después de todo —refunfuñó Duncan—. No importa, mataré a tu marido y te casarás con uno de mis socios hasta que tu hermano sea lo suficientemente mayor para reemplazarte como mi heredero.
Se me revolvió el estómago. Este hombre estaba enfermo. ¡Repugnante! No había otra palabra para ello. Un imbécil malvado y traicionero. Pero entonces noté lo que dijo.
—Un hermano —musité con voz rasposa.
Duncan se rio.
—Lo único que tu madre hizo bien. Por fin me va a dar un niño. Tuvimos que interrumpir los últimos cinco embarazos. Todas eran niñas inútiles.
Observé sus ojos, llenos de malevolencia y crueldad.
—Estás demente —susurré horrorizada.
No podía dejar que este lunático destruyera a otra persona a la que amaba. Mientras Duncan viviera, mi madre, Aiden y mi bebé no nacido estarían en peligro.
La amargura y la rabia crecieron dentro de mí y erosionaron mi alma, exigiendo que lo hiciera pagar. Mis ojos recorrieron a Duncan y su silla, notando que su pistola estaba de nuevo en su regazo.
—Maten a ese irlandés —les ordenó a sus hombres.
Actuando por instinto, extendí la mano y le robé la pistola de las piernas, luego la apunté a la cabeza de Duncan.
—Ni se les ocurra moverse, carajo —siseé, apuntándole con el arma—. O le vuelo la cabeza.
Levantó la mano, una orden silenciosa dirigida a sus hombres.
—¿Alguna vez has matado a alguien, Raven? —pronunció con tono arrogante, pero no pudo ocultar el miedo en sus ojos.
Disparé, golpeando el muslo de Duncan por puro accidente, y envié una oración silenciosa de agradecimiento.
—Maldita zorra —gruñó.
Sonreí con frialdad.
—Ups, perdón, no le di a tu polla.
Incliné mi barbilla hacia Aiden, con el corazón acelerado.
—Diles a tus hombres que desaten a mi esposo, o la próxima bala le dará a tu entrepierna. Y la siguiente, en tu cráneo.
—No sabes lo que haces, hija.
—No es tan difícil, Duncan. Solo tengo que apuntar y disparar, ¿y adivina qué? Estás en la línea de fuego.
Duncan echó la cabeza hacia atrás y se soltó a reír.
—De verdad que eres mi hija.
Apreté el gatillo con más fuerza.
—Desata a mi esposo y te dejaré vivir —demandé entre dientes, mintiendo descaradamente—. Última advertencia.