Capítulo 42
CUARENTA Y DOS
RAVEN
Me desmoronaba, poco a poco, con cada día que pasaba. Cada hora se sentía como un hilo que se soltaba, y sentía cómo me deshilachaba por los bordes.
Aiden y sus hermanos estaban planeando cómo infiltrarse en la propiedad de Duncan y sacar a mi madre de la pesadilla en la que estaba atrapada. Pero no compartieron los detalles, y eso me carcomía.
No es que no confiara en ellos, lo hacía. Pero un temor, profundo en mis huesos, no me dejaba en paz.
Hacía preguntas y me respondían, no obstante, sus miradas privadas y cómplices solo aumentaban mi inquietud y miedo.
Tenía miedo de lo que podría salir mal, de que alguien saliera herido, pero también de lo que pudiéramos descubrir. Mi madre había estado bajo el control de Duncan durante cinco años. ¡Cinco malditos años!
Si bien no había hablado mucho de él durante los primeros diecinueve años de mi vida, lo poco que había compartido era suficiente para atormentarme.
¿Y si Duncan la hubiera roto por completo? ¿Y si Aiden y sus hermanos salían heridos por mi culpa?
Aiden y yo nos habíamos acercado. Hablábamos a menudo, pasábamos aún más tiempo enredados en las sábanas, pero había lugares a los que no íbamos. Conversaciones que evitábamos. Como nuestros sentimientos o lo que podríamos enfrentar una vez que llegáramos a Glasgow.
Los días se volvían más fríos y cortos. Aiden y sus hermanos se habían ido después de comer, y el apartamento se sentía más vacío que nunca.
Después de compartir apartamento con mis mejores amigas durante tanto tiempo, estaba acostumbrada al alboroto constante.
Ahora, el aislamiento se sentía aún más solitario.
El crepúsculo se había instalado sobre la ciudad, proyectando largas sombras sobre las paredes de los dormitorios. Me senté acurrucada en el alféizar de la ventana, con el último libro de Athena abierto en mi Kindle.
Leer nunca me había resultado fácil, aunque siempre me esforcé por leer los libros de Athena.
¿Cómo no iba a hacerlo? Las amigas nos apoyábamos entre nosotras.
Pero en ese momento no podía concentrarme y seguía atascada en la página dos, incluso después de una hora.
Finalmente, me rendí y dejé que mi mirada se desviara hacia las calles de abajo.
Debajo de mí, París latía con adrenalina y la gente corría a casa, a un bar o a lo que fuera que estuvieran haciendo. Las chicas y yo solíamos ser esas personas, pero en los últimos meses, una a una habíamos sido arrastradas a vidas completamente diferentes.
Pensé en llamar a Athena o a Isla para preguntar si había noticias sobre Phoenix y Reina, pero me detuve. Me harían demasiadas preguntas y yo no estaba lista para responderlas. No quería arriesgarme a que desviaran su atención hacia mí.
Dondequiera que estuvieran Phoenix y Reina, recé para que estuvieran a salvo. Eran feroces y podían soportar una tormenta. Como si fuera una señal, aquella fatídica noche con Angelo Leone vino a mi mente.
Las llaves tintineaban, afiladas contra el silencio del pasillo. Nuestras respiraciones empañaban el aire mientras Isla luchaba con la cerradura. La celebración de Año Nuevo había salido bastante bien, pero las risas seguían sonando vacías, porque no era lo mismo sin Reina.
Nos reímos cuando Isla por fin consiguió abrir la puerta y nos dirigimos a la cocina, solo para detenernos bruscamente en la escena frente a nosotros.
La cocina parecía un campo de batalla. Reina estaba sentada en el piso manchado de sangre, su rostro un lienzo de moretones mientras frente a ella estaba un cuerpo tendido en el charco de sangre.
El silencio, ominoso y amenazante, se extendió hasta que Isla lo rompió.
—¿Qué… demonios…?
La expresión de Reina, pálida como la muerte, se alzó y susurró.
—Yo lo maté. —Entonces sus ojos encontraron los de su hermana—. No lo siento.
—¿Quién carajos es ese? —Carraspeé, con los ojos pegados al bulto en el suelo mientras imágenes de otro cadáver se reproducían en mi mente. No vi el cadáver de mi madre. ¿Se veía tan aterrador y horrible como este?
—¿Él te…? —Phoenix tragó saliva audiblemente mientras sus manos temblaban mientras señaba—. ¿Te tocó?
Reina negó con la cabeza.
—¿Cómo entró? —Athena dijo con dificultad, pareciendo un ciervo atrapado por las luces de un auto.
—Abrí la puerta. Antes de que pudiera cerrarla, él se metió —informó Reina. Parecía extrañamente tranquila, o quizás estaba en estado de shock.
Isla miró el cuerpo con expresión horrorizada antes de girarse para mirarme.
—¿Quién es? —inquirió Isla, repitiendo mi pregunta anterior.
—Angelo Leone —respondió Phoenix—. El padre de Dante y Amon.
El nombre quedó en el aire, el apartamento parecía cada vez más pequeño. El padre de Dante y Amon representaba a la Familia Leone en la Omertà. Mi madre me había dicho que me escondiera a plena vista, pero esto… Dios mío, esto no constituiría esconderse.
Negué con la cabeza mientras un temblor recorría mi columna.
No había tiempo para el pánico. Mis compañeras de apartamento estuvieron ahí para mí cuando las necesitaba, y ahora me necesitaban. Reina nos necesitaba. Si actuábamos con inteligencia, nos alejaríamos de esta situación y yo seguiría siendo invisible para el bajo mundo.
Me desconecté de su intercambio mientras intentaba idear un plan para mantenernos a todas a salvo.
—Primero lo primero. —Empecé con un tono calmado y sereno mientras un torbellino rugía dentro de mí. Señalé con el dedo a Reina—. Necesitas ducharte. Luego tenemos que pensar en ideas sobre qué hacer con este cuerpo.
—¿Por qué no te estás alterando? —murmuró Athena.
—¿Has matado antes? —musitó Isla, medio en broma y mitad en serio.
Negué con la cabeza.
—¿Recuerdan que les dije que vi a un mafioso matar y deshacerse de un cuerpo antes? —Todas me miraron fijamente, y yo moví la mano, ya sin saber si se los dije o si pensé en decírselos—. Es una larga historia, y no tenemos tiempo para eso en este momento. Todas vamos a cambiarnos a ropa negra.
—¿Por qué negra? —susurró Isla.
—Es más fácil pasar desapercibida en la noche —respondí—. Creo, en cualquier caso.
—Ahora me estás asustando —gruñó Athena.
—¿No deberíamos tener miedo del cadáver en medio de la cocina? —Phoenix interrumpió sus tonterías.
—Antes de que la policía llegue a nuestra puerta —añadí.
—Estoy realmente asustada —intervino Isla—. ¿Y por qué Reina solo se le queda mirando?
Reina murmuró que deberíamos despedazarlo, y la parte oscura de mí, quizá la pequeña onza que pertenecía a mi padre, disfrutaba la idea de hacer pagar a este criminal, incluso en la muerte. Angelo Leone, al igual que mi propio padre, merecía ser diezmado.
—Bien, ya tenemos la primera parte resuelta —dije con naturalidad—. Lo cortaremos.
Me movía, lenta y metódicamente, y todas me siguieron igual.
Movimos el cuerpo, lo levantamos, lo arrastramos, nuestro pequeño apartamento se llenó de gruñidos bajos y la fina banda sonora de arcadas y órdenes susurradas.
Mantuve las manos firmes. Me puse los guantes como una armadura.
Mi mente compartimentada. Y mis labios cantaban cosas que había que hacer: cortar, picar, ducharse, enterrar las partes del cuerpo en las catacumbas.
Aquella noche, la justicia olía a cloro. Esa noche, éramos juez, jurado y verdugo. Mi madre no se lo merecía, pero este hombre desde luego que sí, y no pude evitar desear el mismo destino para mi propio padre y Jack Callahan.
Pero, aun así, no podía desearle el mismo destino a mi esposo.
La voz de Aiden cortó los recuerdos de aquella noche.
—Mo cuishle, ¿qué haces todavía despierta?
Alcé la vista y vi su enorme figura llenando el marco de la puerta del dormitorio. Sus anchos hombros estaban tensos bajo el traje negro de tres piezas que aún no se había cambiado.
—¿Todo bien? —pregunté suavemente, notando su aspecto y mandíbula tensa.
—Solo un día largo —murmuró—. No respondiste a mi pregunta.
—No podía dormir sin ti —admití.
—¿En qué estabas pensando hace un momento?
—Estaba pensando en las hermanas Romero y…
—Me quedé en silencio, aún conteniendo ciertas partes de mí.
El video que me mostró Aiden no captaba el asesinato en sí, solo las consecuencias: las cinco, destazando el cuerpo de Angelo Leone como si fuera sacado de una película de terror. «¿Qué pensará de mí?»
Sin decir palabra, cruzó la habitación, me levantó sin esfuerzo del alféizar y se hundió él mismo conmigo en su regazo. El calor de su cuerpo se fundió con el mío.
Estar en sus brazos… Se sentía como en casa.
—Me deshice de él.
—¿Qué? —Me giré para mirarlo, la confusión nublando mis pensamientos— ¿Te deshiciste de qué?
—Del video contigo y las chicas cortando y picando —expresó con ironía.
—Pero… ¿Por qué?
Se encogió de hombros, con una expresión inescrutable.
—Quiero que te quedes conmigo voluntariamente. Además, no voy a arriesgarme a que ese video se filtre y ponga en peligro a la madre de mi hijo y a nuestro bebé por nacer.
Mi mano se extendió instintivamente, acariciando su mejilla. La aspereza de su barba raspó mi palma y se formó un nudo en mi garganta.
—Gracias —susurré, inclinándome para besar el costado de su cuello mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos—. Muchas gracias. No traicionaré tu confianza.
Era mi voto sagrado para él.
Presionando un beso justo debajo de su pulso, mis manos se deslizaron bajo su chaqueta, rozando el frío metal de su pistola. Aún no se la había quitado.
—Carajo, me haces ser codicioso —murmuró, moviendo su mano para acunarme la nuca. Él inclinó mi rostro y luego estrelló sus labios contra los míos, su hambre igualando la mía.
Entreabrí los labios, dejándolo entrar, su lengua bailando con la mía y el dolor entre mis muslos intensificándose.
—Tú y yo… Nos habríamos encontrado en cada vida —pronunció contra mi boca.
Mi corazón dio un vuelco con sus palabras mientras sus labios tomaban los míos para otro beso: suave, dulce y desgarrador.