Capítulo 34
TREINTA Y CUATRO
RAVEN
Estaban sucediendo tantas cosas demasiado rápido.
La prueba de embarazo sin revisar que seguía en mi apartamento.
Mis amigas estaban desaparecidas, o tal vez era solo yo, no podía decidir.
Mis pensamientos iban a mil por hora y me costaba seguir el ritmo.
Necesitaba un momento de tranquilidad para respirar y averiguar dónde demonios estaba parada en todo esto.
El peso de nuestro pasado compartido pendía mucho, y por más que intentara quitármelo de encima, no podía olvidar la promesa que le hice a mamá. Pero luego estaba lo de la noche anterior. Una cantidad significativa de resistencia había sido eliminada, o debería decir sacada de mí con sexo.
No sabía qué hacer a partir de aquí.
Sentí que me habían dejado en una realidad alterna donde las reglas no valían y los sentimientos tenían peso.
—¿Y ahora qué? —susurré.
Podía notar que había más cosas en su cabeza.
—Tenemos nuestro desayuno de bodas y la luna de miel.
Parpadeé.
—¿No crees que ese barco ya ha zarpado?
Se encogió de hombros como si acabara de compartir la noticia de que el cielo era azul.
—Nunca es demasiado tarde, y yo estoy al mando. Tómalo como un gesto de buena voluntad. Un nuevo comienzo.
«¿Nunca es demasiado tarde? ¿Un nuevo comienzo?» Debía de estar loco.
—Aiden, me chantajeaste y me obligaste a venir. Otra vez. No hay nada nuevo en esto.
—Es lo que nosotros queramos que sea —insistió—. Podríamos seguir mirando al pasado y perdernos en él. O podemos elegir mirar hacia adelante.
—Hay demasiadas cosas que nos pesan a los dos como para olvidar el pasado —objeté en voz baja.
Negó con la cabeza.
—No lo creo. Ambos nos mantuvimos fieles. Tú, pensando que nunca me volverías a ver, y yo, creyendo que estabas muerta. Nuestro comienzo fue duro, quizás incluso forzado, pero sacamos lo mejor de él. ¿No es así?
—Quizá —respondí vagamente, incapaz de superar la muerte de mi madre y la explosión que la mató.
Empezó y terminó con los Callahan, que llevaron a mi cruel padre hasta nosotras.
No pensé que esto pudiera ser una de esas cosas que había que perdonar y olvidar, pero mi tonto corazón quería perdonarlo. Tenerlo.
Mi mente luchaba por ponerse al corriente, pero cuanto más lo pensaba, más sentía que me ahogaba en contradicciones.
¿Cómo iba a aceptar esto si la última vez que terminaron las cosas entre nosotros, me quitaron a mi madre?
Y luego estaba el hecho de que nos tenía amenazadas a mis amigas y a mí.
Sí, esto no parecía un nuevo comienzo, sino una repetición del anterior.
Me acomodé en su regazo para poder mirarlo.
—Aiden… —Me quedé en silencio, sin saber qué decir que no me arriesgara a más caos. No quería acusarlo de empujarme en la dirección que él quería que tomara.
—Ya hemos estado aquí antes. Hemos hecho este baile y no funcionó. ¿No crees que deberíamos…?
Me quedé paralizada cuando su cuerpo se tensó debajo de mí, el cambio en su energía tan repentino que parecía una corriente mortal entre nosotros.
—No te atrevas a decir “acabar con esto”, Raven —renegó, su voz baja y peligrosa, la intensidad de su mirada convirtiendo mi sangre en hielo. No había duda de la advertencia en sus ojos—. Te juro por Dios que no me haré responsable de lo que pase después.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pero no fue solo su voz lo que me inquietó. Era la crudeza en su tono, el filo de algo oscuro lo que hacía que mi corazón diera un vuelco y mi cuerpo ardiera.
Y maldita sea, volví a lo único que sabía que aseguraría que olvidara lo que acababa de decir.
Golpeé mi boca contra la suya, preparándome para el rechazo, pero fue lo que siguió lo que me hizo desmoronarme.
Aiden me besó como si estuviera muriendo y yo fuera lo único que podía mantenerlo con vida. Le rodeé el cuello con los brazos, pero él rápidamente tomó el control.
Profundizó el beso, animándome a deslizar lentamente mi lengua contra la suya, y mi cuerpo se derritió contra él.
Su brazo alrededor de mi cintura se apretó, acurrucándome contra él, y sentí lo duro que estaba. El recuerdo de lo bien que se sentía su polla me volvía codiciosa. O quizá demente. Porque… Quería que me follara.
Monté su muslo y él gimió en respuesta, mordisqueando mi labio inferior, la larga línea de mi cuerpo encajando contra el suyo, ancho y musculoso.
Aiden estaba duro por todas partes y, aunque sus manos fuertes y anchas podían dar mucho placer, también sabía que podían matar. ¿Llegaría alguna vez al punto de querer matarme? No quería descubrirlo.
Era un hombre violento, criado en un entorno igual de violento, y yo estaba a su merced.
Aiden debió de notar mi ansiedad porque me agarró la barbilla entre el pulgar y el índice y me ladeó la cabeza, inclinándome para que nuestro beso se volviera sensual, romántico y quizá incluso emocional.
Con cuidado, me moví, mis piernas rodeándolo mientras me montaba sobre él, quedando completamente abierta y empujando contra su erección.
Parecía que intentaba una seducción lenta, llevando esto al siguiente nivel, lo cual era una idea absurda ya que yo era su esposa. Sin embargo, el esfuerzo me estaba afectando, atravesando mis muros, y una alarma sonó en el fondo de mi mente.
Le agarré los brazos y clavé mis uñas en sus bíceps. Quizás para castigarlo, posiblemente para marcar.
Los labios de Aiden bajaron por mi cuello mientras me arrancaba la camisa.
—Oye —protesté débilmente.
—Es mía —gruñó, inclinando más la cabeza y llegando a mis pechos—. Tengo muchas más.
Dondequiera que su boca tocaba, mi piel ardía. Moví las manos hacia arriba, pasando mis dedos por su espeso cabello, mientras sus labios rozaban la curva de mi pecho.
—Quiero que me folles —demandé. ¿Fue inteligente? Probablemente no. ¿Solucionaría alguno de nuestros problemas? De nuevo, no. Pero en ese momento, no me importaba.
Me estremecía con una necesidad que solo él podía apagar, y hoy decidí darle la vuelta a la situación.
—Quiero la polla de mi marido dentro de mí —gemí.
Tuve que haber dicho lo correcto, porque Aiden sonrió.
—Estoy más que encantado de complacer a mi esposa.
Me levantó y luego me bajó las bragas por las piernas, dejándolas amontonarse alrededor de mis pies descalzos. Salí de ellas, pateándolas lejos. Pero entonces Aiden me sorprendió. Me sentó en la silla mientras se arrodillaba.
Colgó una pierna sobre su hombro y frotó su nariz en mis pliegues, inhalando profundamente.
—Estás empapada por mí.
—Todo por ti —murmuré.
Jadeé cuando su lengua cálida rozó mi clítoris ya sensible, y luego deslizó dos dedos dentro de mí mientras lamía de nuevo mi clítoris.
—Ay, Dios mío… Aiden —gemí, mi voz bajando a un quejido. Me encantaba su rudeza y la forma en que me estiraba con los dedos, empujando dentro de mí.
Él movió sus dedos dentro y fuera mientras su lengua dibujaba patrones en mi clítoris que me hacían ver estrellas. La tensión crecía en mi columna y mis piernas temblaban, el placer amenazando con estallar en cualquier momento.
Mi visión se nubló cuando él enroscó sus dedos, buscando el ángulo justo para hacerme gritar. Le agarré el cabello mientras sentía que me acercaba al clímax.
Pero justo cuando estaba a punto de llegar, apartó los dedos y su boca de mí.
—No —me quejé—. Estaba tan cerca.
Sonrió con oscuridad.
—Vas a correrte con mi polla dentro de ti.
Se desabrochó los pantalones y se me hizo agua la boca al ver su grueso y duro miembro. Me agarró, colocándome para que volviera a montarlo.
Me penetró con una embestida fuerte.
—Ahora, esposa, grita mi nombre.
Y que Dios me ayudara, lo hice.