Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 31
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Capítulo 31

TREINTA Y UNO

AIDEN

Raven era lista y sabía que no había otra opción que venir conmigo. ¿Debería sentirme culpable por haberla forzado? Quizás, pero no lo estaba. Ni siquiera un poco.

—Somos tú y yo, mo cuishle —añadí con arrogancia—. Probaste tu libertad, pero ahora nos vamos a casa.

Sus hombros se hundieron y vi cómo la delicada piel de su garganta se movía mientras tragaba.

—¿Dónde es casa?

—New York, pero primero… Tendremos nuestra luna de miel.

Apretó la mandíbula y entrecerró los ojos.

—No quiero una maldita luna de miel.

—No obstante, la tendremos. Como dijiste, soy viejo y ya es hora de que me des un heredero.

Una inquietud cruzó su rostro antes de que la controlara en una máscara neutra.

—Jesucristo, ¿cómo puede alguien ser tan atractivo y a la vez tan demente? —murmuró.

Sonreí, extrañamente satisfecho. Al menos ella me encontraba atractivo. Era un buen comienzo. Quizá si la follaba hasta el olvido, la convencería de que tenía todas mis facultades.

—Vamos a salir de este apartamento —ordené, extendiendo la mano—. Vendrás voluntariamente y con más que ganas, y te prometo que nadie verá ese video jamás. Pero si me jodes…

Por la forma en que apartó mi mano, supo exactamente a qué me refería.

—¿Puedo al menos pasar al baño antes de irnos? —soltó enojada.

Entrecerré los ojos, estudiándola con desconfianza. Acababa de salir del baño.

—No —respondí finalmente, sin querer arriesgarme a que se me escapara de las manos—. Como acabas de salir del baño, seguro que puede esperar hasta que lleguemos a mi casa.

Me fulminó con la mirada y siseó.

—Te vas a arrepentir, Aiden.

Luego pasó junto a mí con la cabeza en alto. Sonreí, siguiéndola mientras salía del dormitorio. Mi mirada se detuvo en la hermosa curva de su trasero, a pesar del vestido feo que llevaba. Era imposible no admirar cómo su ropa ceñía sus curvas, especialmente su cintura y sus caderas.

Hizo que mi polla temblara y no podía esperar a follarla. Lo haría sin parar y la cansaría con mi lengua y mi polla, luego escucharía sus gemidos hasta que estuviera tan obsesionada conmigo como yo con ella.

Se me ocurrían muchos métodos, todos demasiado sucios, para conquistarla.

Por suerte, no nos encontramos con nadie, y cuando llegamos a mi SUV estacionada al frente del edificio, mis hermanos bajaron del vehículo.

—Por fin —gruñó Tyran—. ¿Qué hicieron ahí arriba ustedes dos? Probablemente reflexionar sobre sus elecciones y malas decisiones.

—Probablemente se echaron un rapidín. —Fue la brillante réplica de Kyran mientras abría la puerta para Raven y le ofrecía su mano como un caballero.

—Ja, ja… qué gracioso —refunfuñó Raven, lanzándole una mirada fulminante.

—Ponte al volante —ordené, dándole un golpe en la mano y cerrando la puerta antes de que Raven pudiera entrar.

Luego abrí la puerta del asiento trasero y le hice un gesto a Raven para que entrara.

—¿En serio? —Me lanzó una mirada exasperada y luego se colocó en el asiento. La seguí, observando cómo se alejaba lo más posible de mí. Fue como un déjà vu, y juré que sería la última distancia que tendría de mí.

Cuando nos dejaron en mi casa, envié a mis hermanos de vuelta al apartamento de Raven para que recogieran todas sus cosas, indicándoles que también pararan en la galería donde trabajaba y recogieran su equipo de pintura.

No iba a interponerme en su pasión, pero no había manera de que la dejara volver allí.

Desde la noche que pasamos juntos hacía seis semanas, había montado un estudio para ella aquí. Todavía tenía el de mi penthouse de New York. Estaba terminado tras la explosión, mas no podía soportar convertirlo en otra cosa. Y ahora me alegraba de no haberlo hecho.

En cuanto se fueron, tomé a mi esposa en brazos.

—¿Qué haces? —chilló, con su mano en mi pecho.

—Dormitorio —gruñí.

Saciaría esa intensidad ardiente que había entre nosotros. Quería oír mi nombre coreado en sus labios una y otra vez mientras se desmoronaba debajo de mí. O encima de mí, me daba igual, carajo.

Lo único que sabía era que estaba cayendo en espiral rápidamente y que la quería en este torbellino conmigo. Maldita sea, quería su amor porque ni de broma iba a estar solo en esto, carajo. Me enterraría tan profundamente dentro de ella que nunca más pensaría en dejarme.

La acosté suavemente en la cama, con emociones violentas retorciéndose en mi pecho, mientras sus ojos se fijaban en mí. Me picaban las manos por tocarla por todas partes.

Incapaz de resistirme, recorrí su cuello delgado con las yemas de mis dedos y bajé la cabeza para darle un beso allí, justo donde latía su pulso.

Inhalé profundamente, absorbiendo su aroma femenino en mis pulmones, mientras un escalofrío sacudía su cuerpo. Pero ella yacía inmóvil.

Rocé mi boca contra su oído, mis dientes raspando el costado de su garganta.

—Te voy a follar —solté con voz áspera y oscura—. Y voy a hacer que te corras una y otra vez. No pararé hasta que me lo supliques.

Se estremeció, su gemido bajo ensordecedor en el silencio. Dios, los ruidos que hacía serían mi perdición.

—Nunca suplicaré.

Me reí.

—Ya veremos.

De un solo movimiento, le arranqué el horrible vestido, dejándola solo en bragas. Mi mano bajó por su cuerpo, acariciando su pecho desnudo, y ella se arqueó encima de la cama. La visión de su figura era digna de admirar.

Seguí bajando por su vientre suave, quitándole las bragas. Yacía desnuda en la cama, como una Madonna lista para ser pintada. Lástima que mataría a cualquier maldito artista que se atreviera a pintarla desnuda.

—Este coño es mío —murmuré en su cuello, deslizando mis dedos entre sus pliegues mojados—. Tu cuerpo es mío.

Enrosqué mis dedos dentro de su coño caliente y su cabeza se agitó contra la almohada.

—Quiero verte desmoronarte por mí. —Ronroneé, frotando su clítoris hinchado mientras movía los dedos dentro y fuera de ella.

—Solo recuerda —gimió, lamiéndose los labios—, solo estoy aquí porque tú estás… estás chantajeándome.

Ignoré sus palabras, fijándome en su boca. Quería sus labios carnosos rodeando mi polla, pero no pude resistirme a que sus preciosos pechos lo hicieran primero. Además, tenía toda la intención de hacerla gritar y suplicar para acabar.

Bajando mi boca por su cuerpo, metí un pezón tenso en mi boca y lo chupé, provocando la punta endurecida con mis dientes. Sus gemidos resonaban por toda la habitación.

—Solo tendrás un orgasmo por mí —ordené—. Tu cuerpo es mío para hacer con él lo que yo quiera.

Su dulce coño se apretó alrededor de mis dedos, palpitando con codicia, y su piel se sonrojó de carmesí. Observé fascinado cómo se extendía por su piel pálida.

—Aiden. —Jadeó, aferrándose a las sábanas—. Yo… Tú…

Su voz tenía un matiz de deseo y el bastardo que llevaba dentro de mí lo disfrutaba. Añadí un tercer dedo, estirando sus paredes apretadas para acomodar mi polla. Pero antes, quería que se desmoronara por mí.

—¿Me esperaste? —La pregunta surgió de la nada y sus ojos entrecerrados y lujuriosos se cruzaron con los míos—. ¿Por eso seguías siendo virgen?

Joder, tenía tantas ganas de que dijera que sí, y peor aún, esperaba que dijera que había soñado conmigo durante los últimos cinco años.

Sin embargo, no lo hizo.

En cambio, su abdomen inferior se arqueó mientras abría las piernas, dejándome ver sus muslos cubiertos de excitación.

—Mi esposa —gruñí, moviendo mis dedos dentro y fuera. Sus jadeos se hacían cada vez más fuertes, sus movimientos bruscos al seguir el ritmo de mis dedos, embestida por embestida—. Vas a romperte por mí, y luego te voy a follar hasta que me supliques que pare.

Eso fue todo. Sus labios formaron una O, su centro se tensó y gritó.

Echó el cuello hacia atrás mientras su orgasmo la recorría y sollozos entrecortados salían de su deliciosa boca, mi nombre no era más que un susurro en sus labios.

Deslicé mis dedos y mantuve su mirada a la par que los lamía para limpiarlos.

Un pequeño temblor escapó de sus labios en tanto el deseo brillaba en sus ojos.

Me levanté y empecé a quitarme la ropa cuando ella respiró.

—Más despacio. —Alcé las cejas en señal de pregunta—. Si vas a desnudarte, hazlo de una forma que la disfrute.

Mis labios se curvaron en una sonrisa satisfecha y arrogante.

Adiós a: “estar aquí solamente porque la había chantajeado”.

Sin embargo, sería un tonto si lo señalara en este instante.

En cambio, accedí y me tomé mi tiempo para quitarme la camiseta, luego los jeans, e incluso me quité cada calcetín de una manera molesta y lenta.

Pero no había manera de que parara mientras ella me miraba con esa expresión hambrienta, mordiéndose el labio, carajo.

Una vez desnudo, me subí por su cuerpo.

—Abre las piernas para mí —decreté mientras acariciaba mi polla adolorida y goteando. Obedeció sin dudar—. Ahora usa tus dedos para abrir ese bonito coño rosado y muéstrame lo mojada que está mi mujer.

Un suave gemido escapó de sus labios, un rubor se extendió por su cuello hasta el pecho. Sus dedos temblaban mientras seguía mis instrucciones, y no había algo que me excitara más que ver a mi esposa tan abierta conmigo, tan lista.

—Qué buena esposa —la elogié, con la mirada en su coño hinchado y brillante. Mis manos se posaron en sus caderas mientras la atraía hacia mí. Como si no pudiera resistirse, levantó las caderas—. Mi mujer codiciosa —tarareé.

Cerré un puño alrededor de mi polla, guiándola hacia su coño resbaladizo, y empujé solo la punta contra su entrada caliente. Su calor me hizo sisear entre dientes. Apenas había deslizado una fracción, y estaba a punto de abandonar todo control.

—Por favor, Aiden —sollozó, con las palabras entrecortadas—. Te necesito ya.

—Tengo que follarte duro —gruñí, mi control vacilando mientras embestía su vagina apretada, llenándola hasta el fondo. Luego me retiré, dejando la punta presionando su entrada que se apretaba a mi alrededor.

—Oh, Dios mío. —Jadeó, su cabeza golpeando las almohadas mientras levantaba las caderas de la cama—. Dámelo. Duro.