Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 26
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Capítulo 26

VEINTISÉIS

RAVEN

Necesitaba un libro de “Encuentros de una noche para Dummies” que aclarara si estaba experimentando una caminata de la vergüenza en ese momento. Si le preguntara a Aiden, sin duda diría que fue una traición. De cualquier forma, no iba a quedarme para averiguarlo.

—Mierda, es tan confuso —murmuré entre dientes mientras el aire fresco de la mañana me mordía la piel.

Las aceras pavimentadas de la Ciudad de la Luz daban la bienvenida al golpeteo de mis Jimmy Choos superaltos. Miré alrededor y crucé los brazos sobre mi pecho, intentando decidir cuánto debía avergonzarme por mi aspecto desaliñado.

Ajusté mi vestido, asegurándome de que no se me resbalara por el desgarre que había causado mi esposo.

—Cinco años —susurré, las palabras con un sabor amargo en mi lengua mientras se me erizaba la piel—. Cinco años tirados por la borda.

Los pasé luchando para salir de la desesperación y la pérdida, obligándome a seguir adelante a pesar de perder tanto a mi madre como al hombre del que me había enamorado. Y todo desapareció en el momento en que volví a ver a Aiden.

Con una maldita mirada, todo se vino abajo.

Me llevó años borrar su recuerdo de mis sueños. Y, sin embargo, con un encuentro, lo desenterró todo.

Y, en este instante, mi traicionero corazón volvió a latir. Con anhelo, con dolor, con una culpa tan aguda que me robaba el aliento.

Odiaba que una parte de mí aún anhelara algo real con ese hombre. Pero el amor no era lógico. Persistió, incluso cuando mi mundo se vino abajo a mi alrededor.

Él y su familia llevaron a mi despiadado padre directamente hasta nosotras, directamente hasta mi madre. Mejor hubieran firmado su certificado de defunción. Y por mucho que le diera vueltas a los acontecimientos de hacía cinco años, no podía olvidarlo, de ahí la culpa.

Aiden solo se casó conmigo por el acceso y el poder que le daba mi apellido. Yo era un medio para un fin para su Familia.

Y, aun así, no podía quitarme de encima la sensación de que había algo real desarrollándose entre nosotros antes de la traición.

Quizás eso fue lo que más dolió mientras ponía cada vez más distancia entre nosotros. La idea de lo que podría haber sido y nunca sería.

Aceleré, literalmente huyendo del pasado, antes de que mi mirada se fijara en una figura familiar a lo lejos.

Sonreí y reduje el paso, el alivio era tan palpable que lo saboreé en mi lengua.

Por lo que parecía, Athena también había tenido una noche salvaje.

Me acerqué a ella, saludando como una tonta y esperando a que me viera.

Cuando no lo hizo, salí corriendo, ignorando la protesta de mis muslos y pies, y le rodeé la cintura por detrás con las manos.

—¡Demonios! —siseó, girándose y llevándose una mano al corazón. Suspiró al darse cuenta de que era yo—. Me asustaste, Raven.

Le lancé una expresión juguetona.

—Quizá deberías tener miedo. Te he estado acechando los últimos cinco minutos y no lo notaste.

—Ahora vas a dedicarte a acechar, ¿eh? —dijo, entrecerrando los ojos mientras me estudiaba—. Por cierto, ¿de dónde vienes?

Me encogí de hombros.

—Me encontré con… Alguien y decidí satisfacer una necesidad.

Alzó una ceja, esperando que le explicara, y vi el momento en que se dio cuenta, sus rasgos desmoronándose.

—No con Aiden Callahan —susurró, pero la mirada en mis ojos fue su respuesta.

No les había contado a mis amigas sobre el matrimonio corto y caótico ni sobre las decisiones imprudentes que le siguieron.

Sin embargo, siempre habían sabido que había partes de lo que ocurrió en New York que guardé para mí.

Lo que sí compartí con mis mejores amigas fue mi necesidad de desaparecer.

Tras la muerte de mi madre, no tuve fuerzas para valerme por mí misma.

Se convirtieron en mi salvavidas, las únicas personas en las que confiaba lo suficiente para ayudarme a salir adelante cuando apenas podía mantenerme fuerte.

Cuando el dolor golpeaba con fuerza, eran ellas quienes se quedaban. Se sentaban conmigo durante las noches en las que no podía respirar, cuando el silencio pesaba más que mi propia piel. No intentaron arreglarme; simplemente me dieron espacio para romper y reconstruir.

Durante los últimos cinco años, me habían cubierto cuando era necesario. Con el tiempo y entre desamores, confesiones nocturnas y risas a medias, dejé escapar fragmentos de la verdad de mi tiempo con Aiden. Lo justo para que supieran que era demasiado peligroso para mí volver a tener algo con él.

Y, aun así, nunca habían dudado en su amistad. Estuvieron a mi lado, incluso cuando estaba hecha un desastre y era una tormenta con una carga que no necesitaban.

Quizá no debería haberles contado el lado más experimental de ese capítulo, pero ¿qué clase de amiga habría sido si me hubiera guardado algo tan escandaloso para mí? Además, se habían ganado mi honestidad. Se habían ganado cada parte desordenada y complicada de mí.

—Jesucristo, anoche debió de haber luna llena —añadió por lo bajo.

Entrelacé mi mano con la suya y reanudamos la caminata.

—¿Por qué? ¿Tú también te acostaste con un mafioso?

Su mirada irónica fue mi respuesta.

—¡Oh, Dios mío! ¡Sí que lo hiciste!

—¿Por qué suenas tan orgullosa? —suspiró.

Mis labios se curvaron en una sonrisa.

—No lo sé. Quizá me haga sentir mejor conmigo misma.

—Vaya, gracias.

—¿Y qué tal fue? ¿Quién era? —insistí, desviando la atención hacia mi mejor amiga y alejándola de mí misma. Así era más fácil escapar de mi realidad. Pero Athena tardaba demasiado en responder, así que solté—: Carajo, me duelen los pies y mi coño está destrozado.

Intercambiamos una mirada y luego estallamos en carcajadas.

—Supongo que sé cómo fue tu noche —comentó, sonriendo—. Y antes de que pidas más detalles, la mía fue más o menos igual que la tuya. Malditos mafiosos. Juro que deben alimentar a esos hombres de algo que los vuelve irresistibles.

Le di un golpecito en el hombro.

—Bueno, quizá sea la inspiración que has estado buscando.

Un suspiro melancólico escapó de sus pulmones.

—No tienes ni idea.

Me reí.

—No puedo esperar a leerlo todo.

—Por cierto, ¿recibiste un mensaje de Reina?

Se me encogió el estómago. Por supuesto, lo ignoré por mi inesperado encuentro con mi marido, que me creía muerta. Además, amenazó a mis mejores amigas, así que pensé que era mejor no responder al mensaje de Reina.

Sin embargo, no pensé que admitir que mi marido amenazó a todas mis amigas fuera a ser bien recibido, así que simplemente murmuré.

—Sí, pero luego Aiden me besó y me olvidé de ella. Diablos, ese hombre sabe lo que hace.

No era exactamente una mentira. Sus besos y caricias eran de otro mundo. Y sí, mentirles estaba mal, lo odiaba, pero ¿de qué serviría preocuparlas? Podía manejar a Aiden. Sus amenazas iban dirigidas a mí, y ya sabía que haría lo que me pidiera si eso significaba mantenerlas a salvo.

—Es tan bueno, ¿eh? —preguntó, sonriendo.

—Tan bueno que podría llegar al orgasmo solo con su lengua, y joder, él también la usa de muchas maneras.

Soltó un suspiro exasperado.

—Bueno, no te imaginas el ridículo que hice. —Le lancé una mirada curiosa mientras continuaba—: Me entusiasmé mucho y le dije a mi hombre que quería montarlo como en un rodeo.

Parpadeé, el significado de sus palabras calando poco a poco antes de estallar en una carcajada, con lágrimas en mis ojos.

—No te preocupes, yo también me reiría —murmuró—. Deberías haber visto cómo me miraba boquiabierto.

Me sequé las lágrimas y dije:

—Lo siento, me lo estoy imaginando y…

Más risitas burbujeaban en mi pecho y estallaban de mis labios. Siempre podía contar con mis amigas para animarme en cualquier situación.

—Supongo que no era americano —señalé con una sonrisa, aún recuperando el aliento.

Puso los ojos en blanco.

—No, italiano. Ahora me doy cuenta de que probablemente los rodeos no existan allí.

—Aparentemente no.

Athena ladeó la cabeza, estudiándome con su mirada aguda y probablemente viendo más de lo que yo quería. Me agarró el brazo y lo apretó suavemente.

—¿Crees que es inteligente involucrarte con el jefe de la Mafia Callahan? —preguntó con seriedad—. Los problemas siguen a los mafiosos adondequiera que van. Y todas sabemos cómo terminaron las cosas la última vez.

No sabía exactamente cómo terminó todo, solo que yo estaba destrozada.

Aiden fue mi primer amor, aunque no estaba del todo segura de poder llamarlo amor.

¿Quizás un gran cariño? No lo sabía, mas tenía la certeza de que no había ninguna posibilidad de que pudiera admitir todo eso, maldición.

Y desde luego no podía decirle que me obligó a salir del bar con él.

No es que me hubiera resistido mucho, y mierda, no tenía fuerzas para arrepentirme de mi noche de sexo con él.

Le picoteé un costado y sonreí, deseando cambiar de tema.

—Se supone que tú eres la romántica.

—Sí, pero tienes que preguntarte si Aiden Callahan es un hombre con quien puedas tener sexo sin compromiso.

Dios, ya era demasiado tarde para eso, maldición.

—No volveré a enamorarme de él —musité, y luego moví las cejas—. No puedo evitar que esté obsesionado con mi coño de oro.

Athena sonrió.

—Sí, ¿qué pasa con estos mafiosos obsesionados con nosotras?

Me mordí el labio, incapaz de resistirme a bromear con ella.

—Probablemente sea por todo tu discurso de montar un burro.

Ella resopló.

—No dije burro.

Agité la mano, desestimando sus palabras.

—Un detalle sin importancia.

Soltó una risa entrecortada.

—Por lo último que supe, no había burros en el rodeo.

—Pero hay muchos asnos que lo frecuentan.

Sonrió.

—No me digas que tienes algo en contra de los vaqueros.

Me encogí de hombros, negando con la cabeza, y ella me lanzó una mirada arrogante.

—Prefieres a los mafiosos.

—Por lo visto, tú también —opiné con intención—. Por como te ves, te dieron duro, apuesto a que volverías a tener otra ronda con tu mafioso italiano.

Nos reímos, aunque tenía la sensación de que esos mafiosos serían los que reirían al final.