Capítulo 14
CATORCE
RAVEN
Habían pasado dos semanas enteras desde que me encontré con los Callahan torturando al alcalde y me vi obligada a casarme con Aiden, y mi madre seguía sin darse cuenta.
Ayer acordamos visitarla con toda la intención de contarle lo que había pasado y que ya era una mujer casada.
Sin embargo, las cosas no habían salido según lo planeado. La encontramos borracha en el sofá de su sala, incluso más de lo habitual, y cuando intentamos ayudarla a sentarse y beber agua, empezó a murmurar incoherencias. Y luego vomitó encima de sí misma.
—Vamos, mamá —suspiré, con mi pecho retorciéndose y la vergüenza creciendo—. Vamos a limpiarte.
Iba a tomar su brazo con cuidado, pero Aiden fue más rápido, la agarró y la llevó al baño.
—¿Ducha o bañera? —preguntó.
Miré la ducha, sabiendo que sería una opción más sensata. Pero no había forma de que pudiera sostenerla y bañarla yo sola. Y no había manera de que le pidiera ayuda a Aiden, demonios. No debería ser sometido a algo así.
—Bañera, por favor.
La bajó con sorprendente suavidad, luego asintió una vez y salió del baño.
Cuando llegó al umbral, miró por encima del hombro y dijo:
—Solo grita si necesitas ayuda.
—Mamá, de verdad desearía que pararas con esto. —Carraspeé cuando solo estábamos las dos, quitándole la camisa manchada de vómito y luego los pantalones—. Te estás matando.
—Ya estoy muerta —murmuró, inclinando el cuerpo hacia adelante—. El amor mata, cariño.
Tragué saliva y me puse a limpiarla. No tenía sentido discutir con ella ni intentar hacerle ver que solo se estaba haciendo daño a sí misma. No era la primera vez que me encontraba en esta situación, y no sería la última.
Después del baño, la sequé y luego la vestí con pijamas limpias, aunque solo eran las dos de la tarde. Teniendo en cuenta cuánto había bebido, probablemente dormiría toda la noche y hasta mañana.
La sostuve erguida al salir del baño, deteniéndome de golpe al ver lo que teníamos enfrente.
Mis ojos recorrieron cada superficie de la habitación reluciente y, a través de la puerta abierta, pude ver que la sala estaba igual de impecable.
No había rastro de vómito, el desinfectante limpio dominaba el hedor a alcohol.
Parpadeé, con mis ojos ardiendo por las emociones.
Aiden estaba sentado en el sofá, tecleando en su teléfono, probablemente ocupándose de algún asunto de mafiosos que no discutiría conmigo, cuando levantó la cabeza y me encontró de pie en medio del dormitorio de mamá.
Nuestras miradas se cruzaron mientras yo parpadeaba profusamente, intentando evitar que las lágrimas aparecieran.
Me dedicó una sonrisa cálida, me guiñó un ojo y volvió al trabajo.
Después de darle de comer caldo y pan tostado seco, la fui acostando con cuidado. No pasaron ni dos minutos después de que su cabeza tocara la almohada cuando ya roncaba.
De camino a casa, ninguno de los dos habló.
Ahora, mientras esperaba a que él despertara, miraba su rostro pacífico, acariciándole el cabello y preguntándome cómo había tenido tanta suerte en medio del caos de los acontecimientos recientes.
Culpé a Athena de mi nueva obsesión. Desde que empezó a recomendarme novelas de romance (bueno, eróticas), desarrollé una fascinación por los gestos románticos. Y las acciones de Aiden ayer fueron de las más amables que alguien me había hecho en mi vida.
También puede ser que este hombre no haya hecho más que ser amable desde que me arrastró a su elegante penthouse. Y su boca experta y sus caricias que hacían que mi piel ardiera de la mejor manera posible, desde luego, no estaba de más.
Aunque seguía siendo virgen, no dudaba de que él se encargaría de que eso dejara de ser así. Esperaba que pronto.
El brazo de mi esposo rodeaba mi cintura, mi cara estaba enterrada en su pecho, e inhalé su aroma único. Era fuerte, profundo y cálido, con un toque de cuero. En el plazo de dos semanas, se convirtió en mi fragancia favorita.
Pasé mis dedos por su pecho duro como una roca y me detuve mientras los diamantes del anillo de bodas brillaban bajo el sol de la mañana. Por centésima vez, luché por aceptar que estaba casada.
No sabía cómo seguir adelante.
Si bien me había dado su tarjeta de crédito, no sabía qué hacer con ella. Mis planes se habían descarrilado, y una parte de mí resentía al destino. Mis amigas estaban al otro lado del mundo, ya más cerca de Francia, y yo estaba aquí. Mi corazón de diecinueve años quería ir a París, y…
—Mmmm. —La voz somnolienta y ronca de Aiden me hizo levantar la cara y encontrarme con sus ojos azules—. Esta es mi forma favorita de despertarme, esposa. —Sonrió.
Tuve que resistir la tentación de mirar detrás de mí cuando dijo esposa. Seguro que no podía ser yo, pero desde luego lo era.
—B-buenos días —tartamudeé, aún sin poder referirme a él como esposo—. ¿Dormiste bien?
Se detuvo, buscando en mi rostro.
—¿Tú no?
Negué con la cabeza.
—No. —Frunció el ceño y me corregí rápidamente—. Quiero decir, sí. Dormí bien.
—¿Estás molesta por tu madre? —Me miró fijamente—. Vi que te mandó un mensaje.
De alguna manera, no me sorprendió. Poco parecía pasar desapercibido para él.
No podía decirle que ella me había escrito preguntando si podía ir sola a su casa mañana.
Su mensaje fue breve, aunque los demás no eran nunca extensos, mas me puso nerviosa.
Dijo que necesitaba hablar conmigo con urgencia, y me preocupaba si era sobre mudarme de ciudad o por otra cosa completamente distinta.
No quería que mamá se mudara, y en secreto deseaba que la protección de Aiden pudiera extenderse también a ella.
Quizás podría echar raíces, desplegar sus alas y encontrar un sentido de propósito e incluso algunos amigos.
Sin embargo, no sabía cómo mencionarlo, ni cuánto decir.
Después de todo, no había entendido del todo por qué se había estado mudando tan implacablemente durante los diecinueve años de mi vida.
—No estoy precisamente contenta por lo que pasó —admití—. Es un poco vergonzoso.
—Sácalo de tu cabeza —declaró, con voz firme, mientras me acariciaba la mejilla—. Lo que nuestra familia haga o deje de hacer no es culpa nuestra.
Me mordí el labio inferior, sabiendo que tenía razón, pero también dándome cuenta de que no era tan sencillo.
Ahora estábamos casados y, aunque todos decían que eso venía con confianza, no podía ignorar el peso que eso había puesto sobre mí.
No podía admitirle que nuestro “matrimonio” se sentía como un muro entre mis sueños y yo.
Y, fuera justo o no, le echaba la culpa.
No pasaba un día sin que me maldijera por presentarme temprano en mi turno en Velvet Desire.
Y lo peor era que cada vez que me arrepentía de las decisiones que me habían llevado por ese pasillo oscuro, recordaba que no habría conocido a Aiden si hubiera sido diferente.
Nunca habría sentido la intensidad de su mirada ni la ternura de sus caricias.
No podía entenderlo.
Me mordí el labio inferior.
—¿Podríamos intentar visitarla otra vez? ¿O quizá pueda ir a verla sola, prepararla un poco para la noticia?
Se detuvo, acariciándome la mejilla.
—¿Sola?
—Podrías esperar afuera —solté—. Solo creo que sería mejor si la introdujera poco a poco en esto… nosotros… El matrimonio.
Pasaron dos latidos antes de que respondiera.
—Bien. Si crees que eso ayudará.
—¿De verdad? —Me costó ocultar mi sorpresa.
—Sí, de verdad. —Inclinó la cabeza—. Esto es cosa de dos, y para que funcione, es importante que compartas tus pensamientos y sentimientos. Iba a sugerir que encontráramos un lugar para tu madre más cerca del penthouse, pero solo si quieres.
Abrí la boca para decirle que ella no podía costearlo cuando él me ganó.
—Yo me encargaré de todos los gastos.
—¡Dios mío! —Le agarré la mano y la apreté. Si hablaba con ella a solas, podría hacer que viera que Aiden podría ayudarla—. Gracias, gracias, gracias.
Aiden se incorporó, mirándome con tristeza.
—No hace falta que me des las gracias. Eres mi esposa, es mi trabajo asegurarme de que seas feliz.
Sus palabras me apretaron el corazón y no pude evitar la sonrisa que se extendió por mi rostro.
—Vaya, debes de ser popular entre las chicas, ¿eh?
De hecho, con tanta generosidad, probablemente tenía a las mujeres haciendo fila en la calle. No pude evitar sentir un poco de celos.
—No estoy seguro, aunque ya no es de interés —pronunció despacio—. Ahora eres la única que importa.
¿Cómo iba una chica a resistirse? Aunque él era mucho mayor que yo. Lo que le comenté el otro día fue en serio; la edad era solo un número.
Me incliné hacia adelante y lo besé, sintiendo gratitud y algo más que no me atrevía a nombrar.
—Raven. —Su voz era suave pero cargada de advertencia—. Ahí vas otra vez, jugando con fuego.
Puse los ojos en blanco.
—Pensé que estaba jugando con mi esposo.
Hizo una mueca, negando con la cabeza.
—Eso suena mal en muchos niveles.
—Tienes razón. ¿Estaría mal si dijera que muero por pintarte desnudo?
—Jesucristo —refunfuñó—. Esto es demasiado.
—¿Por qué eres tan tímido? —pregunté—. Puede que sea virgen, pero desde luego no soy inocente. Te lo dije, ya he visto porno antes. Más de una vez. Así que he visto mi cuota de hombres desnudos.
—Podría encontrar a esos hombres y matarlos —gruñó.
Mis labios se entreabrieron en protesta, pero antes de que pudiera decir una palabra, su boca estaba sobre la mía. Nuestros labios se fusionaron y él deslizó su lengua adentro.
Un gemido burbujeó en mi garganta y él lo tragó, sus caderas presionando contra mi centro caliente, cada movimiento de sus caderas contra mi hendidura enviando una descarga de placer a través de mí.
Mis ojos se pusieron en blanco por el placer que me recorrió. Las estrellas explotaron tras mis párpados, y rodeé su cuello con mis manos, agarrando su camisa, acercándolo más. Necesitando más de él.