33. La última batalla #2
Entonces, un brillo decidido asoma a sus ojos y tengo la certeza de que puede hacerlo. Lo veo avanzar con determinación y colocarse dentro del círculo protector, con la mirada fija en el libro, frente al triángulo donde ha de aparecer el ser invocado. El altar queda entre ambos puntos.
Me vuelvo para afrontar de nuevo a Kamil, mientras a mi espalda oigo la voz clara y firme de Louis pronunciando las oraciones pertinentes en una lengua extraña y compleja, en tono ceremonial.
Ruego que la invocación sea automática, cuando ante mí aparecen varios seres que comienzan a materializarse rápidamente.
Son numerosos. Todos son soldados, aunque totalmente diferentes en cuanto a su apariencia y color de halo.
Unos son duendecillos alargados de rostro maléfico y aura verdosa, otros gigantes corpulentos con halo azul, como el de Yinn, algunos llameantes y fieros como yo y los menos se asemejan a hechiceros con barba y aura de un blanco cegador.
Al frente, la negrura luminiscente de Kamil, con su cabello negro flotando a su alrededor. La palidez nacarada de su rostro, como una máscara fúnebre, resalta como la luna llena en una noche cerrada.
El insondable pozo de sus brunos ojos, recipientes de un mal añejo y ponzoñoso, destella de complacencia cuando se posan sobre mí.
—Eres el vástago de Hefesto el Traidor —susurra—, el efret que nos ocultó el anillo de Sulayman. El que murió por mi mano y hoy tú, mujer, seguirás su destino.
Su voz suena como el irritante silbido de un ofidio. Percibo su emanación como la gélida, húmeda y áspera lengua de un reptil.
Me estremezco, presa de una cólera primigenia, de una ira palpitante y poderosa que acentúa mi halo, iluminando las paredes repletas de mosaicos e inscripciones ancestrales.
Extiendo los brazos.
Tras de mí flota una peligrosa invocación, a través de la voz del único acólito con los conocimientos necesarios para llevarla a cabo. Si Louis muere, estaremos perdidos. Él es ahora mi máxima prioridad.
El cántico, melódico y perfectamente modulado del joven, reverbera en los muros de piedra, atrayendo la atención del fiero ejército de genios que lidera Kamil.
Deslizo la mirada hacia el rincón donde yace Yinn, ni un tenue reflejo de luz emana ya de él. Siento una opresión dolorosa en el pecho, aprieto los dientes y dejo que todas mis emociones se amalgamen en un núcleo de ira contenida.
Percibo un movimiento de soslayo, apenas un destello de luz azul. Y entonces se desata el infierno.
Mi primer impulso es lanzar todo mi poder acumulado contra las filas de criaturas mágicas que tengo enfrente. Siento como si mi interior se deshilara lentamente, como si mi alma se estirara y se constriñera, escapándose de mi cuerpo en forma de hebra que alguien se empeñara en recoger.
Jadeo trémula, mientras el abrupto torrente de fuego emerge como una entidad propia, devorando cuanto toca.
Me sacudo incontrolable, zarandeada por mi propio poder.
Grito de rabia y de dolor, mis entrañas crepitan, mi pecho retumba como si fuera golpeado por unas ingobernables y enérgicas baquetas.
La energía que emano me desgasta, me sepulta en una maraña de sensaciones desconocidas que no sé manejar.
Siento que me deshago, que me derrito, que me consumo. Apenas soy consciente de la barahúnda de impactos luminosos que estalla a mi alrededor, ni de que alguien me ayuda a contener el ataque del primer frente de genios.
Un vibrante rayo blanquecino zigzaguea en mi dirección, abre en canal mi flujo flamígero y me alcanza justo en el pecho.
La descarga me fulmina, me atraviesa como una flecha cortando el viento. Me convulsiono atrozmente, trastabillo, retrocedo y caigo de rodillas. No puedo respirar, mis pulmones se contraen, mis fosas nasales se dilatan. Me llevo las manos a la garganta y me araño, desesperada por encontrar oxígeno.
Boqueo como un pez fuera del agua y gimo agónica. Pierdo la visión periférica y la central se me enturbia. Me retuerzo y caigo hacia atrás. La desesperación hace mella en mí. «Voy a morir», pienso, y entonces lo veo...
Yinn, sangrante y renqueando, rompe la cadena que me aprisiona, lanzando el torbellino circular de vientos huracanados contra el ser que me ataca.
Jadeo en busca de aire. Por fin mis pulmones se llenan y el alivio me arranca abruptos sollozos. Me incorporo, apoyo las palmas de las manos en el suelo y tomo profundas bocanadas antes de alzar la vista.
Lo que veo me paraliza.
Junto a Yinn hay una oscura figura femenina que combate a su lado. Su cabello es tan blanco y cegador como la nieve iluminada por el sol. No obstante, percibo la maleficencia de su ser con claridad.
Me vuelvo hacia el lugar de la invocación. Louis permanece dentro del círculo de tiza, pasando precipitadamente las páginas del grimorio, en busca del rito de Convocación que extinguirá por completo la raza de Yinn. Suda copiosamente y se muerde el labio inferior con exasperación.
Me pongo en pie y sigo luchando. El enfrentamiento es encarnizado, hasta que un ser nuevo aparece en el centro de la estancia, envuelto en una esfera de energía luminosa.
Resulta temible. Su cabello oscuro ondea como mecido por una brisa estival, en sus ojos rasgados burbujea una maldad tan antigua como los tiempos, su rictus es rígido. Fulmina a Yaced con una mirada furiosa y su voz truena colérica. No entiendo lo que dice, pero la batalla cesa momentáneamente.
Yinn echa un rápido vistazo en mi dirección y comprueba aliviado que estoy bien. Yo no puedo decir lo mismo de él. Su lamentable estado me rompe el alma. Desplaza su mirada hacia Louis y hace un sutil gesto que interpreto a la perfección. Tengo que proteger al joven.
Después, sus labios se mueven pronunciando una frase silenciosa, una despedida que se clava en mi pecho y que humedece mis ojos.
—Te amo, pelirroja.