26. La logia #2
—Naturalmente, conservar y preservar —concede el Ipsissimus—.
Pero si liberamos a la mujer de su condición de llave, no hay garantías de que ella lo soporte.
El rito desencadenará fuerzas muy poderosas que sacudirán su alma y su cuerpo, rompiendo el yugo que la ata a la llave. Puede que no sobreviva.
—Sobrevivirá —rezonga Wahêd con seguridad—. Ella no es como vosotros.
Nota la mirada de Cata fija en su espalda, siente su pánico y su incertidumbre.
—¿Y cómo es ella? —inquiere Sam con receloso interés.
—Eso no os incumbe. Para vosotros, es únicamente vuestra salvación.
—También lo eres tú —afirma el hombre, levantándose de la mesa.
Es alto y aun así tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Yo no importo.
—A mí me importas.
La suave y trémula voz de Cata inflama su corazón. Cierra un momento los ojos, se niega a mirarla y aleja toda emoción desestabilizadora.
—¿Por qué? —pregunta el hombre, dirigiéndose a él.
—Tal vez quede algo de atlante en mí —responde.
La mirada confusa del Ipsissimus se torna admirativa.
—Lograr la divinidad suprema, elevar nuestra humanidad a la máxima expresión es lo que buscamos; convertirnos en atlantes es nuestra meta, creando así una sociedad como la de entonces.
—Encomiable —replica Wahêd—, pero Iblis os tienta cada día y sucumbís miserablemente, sin oponer la más mínima resistencia.
Mira este sitio, observa tu alrededor: todo modernidad, todo tecnología.
¿Dónde está el mentalismo? Buscáis ver y al mismo tiempo os cegáis en vuestra búsqueda.
La divinidad mora en vuestro interior, leéis el Kybalión y creéis entender, pero no seguís sus preceptos.
El día que lo logréis, nada temeréis de otros mundos.
—Todo camino se empieza dando un paso —replica Sam—. Puede que en ocasiones los pasos sean hacia atrás, pero lo importante es el movimiento y el tesón. Evolucionamos, genio, nacen nuevas generaciones, niños cristal y niños índigo, y ellos son nuestro futuro.
Wahêd sonríe comprensivo y afable, se yergue y se dirige hacia Cata, que permanece quieta y asustada.
—Sin duda —admite—, ellos son los elegidos. Cuidadlos, se cierne sobre vosotros una gran oscuridad, ellos serán vuestra única luz.
—¿Es un presagio?
Posa su brazo sobre los hombros de Cata en actitud protectora y clava de nuevo su mirada en el Ipsissimus.
—Es un consejo. Y ahora no perdamos más tiempo, necesito el anillo y el grimorio.
El hombre se presiona el puente de la nariz entre el índice y el pulgar, cierra los ojos y frunce el rostro, presa de una inquietud que con toda probabilidad le haya producido jaqueca.
—Puesto que no hay alternativa, accederé a tus peticiones, pero con dos condiciones.
Wahêd asiente con semblante grave y acerca a Cata a su costado. Ella tiembla y le rodea la cintura, provocándole un escalofrío.
El hombre los contempla pensativo durante un instante. Una luz asoma a su mirada, su boca se estira en una débil pero cálida sonrisa.
—Yo —dice con firmeza—, junto a dos hermanos de mi orden, oficiaremos ambos ritos, el de Vinculación y el de Convocación. No llevaré a cabo el uno sin el otro.
Wahêd asiente de nuevo, plenamente consciente de permitir su muerte para salvar a la humanidad y acabar con el mal.
—Y os acompañaremos al enclave donde se cree que está escondido el grimorio. Cuando tengamos ambos elementos, iniciaremos in situ el rito.
—Me parece bien —acepta Wahêd, meditabundo.
—A mí no —interviene Cata con un deje de furia y rebeldía en la voz. Se aparta de él y se encara con el sumo sacerdote—. Combatís el mal y, sin embargo, consentís que el único ser capaz de sacrificarse por nosotros muera sin ofrecerle una vía de... escape... Algo... Maldita sea.
—No hay modo de salvarlo.
Entonces se vuelve hacia él como una iracunda gorgona, con su pelo rojo comenzando a refulgir.
Wahêd absorbe la belleza de su imagen como quien saborea su última comida antes de subir al cadalso.
—Si el rito de Vinculación funciona y la llave vuelve a desaparecer perdida en el espacio o donde diantres vaya, ya no hay peligro —dice Catalina—. Malik no tendrá entrada a nuestro mundo y seguirá encerrado en el suyo. ¿Por qué destruirlo?
—Porque está acabando con el mío —responde Wahêd—, y porque no cejará hasta dar con la llave de nuevo. Además, no soy el único que se ha sacrificado por la llave.
Cata pone los brazos en jarras, arruga el cejo y lo fulmina con la mirada.
—Me importa una mierda quién se haya sacrificado antes, tú no lo harás y punto. —Se vuelve de nuevo hacia Sam y lo apunta amenazante con el dedo índice—. O hay garantías respecto a la vida de mi genio o no pienso prestarme a ese jodido rito.
—Cata... —murmura él, paciente.
—¡Tú te callas, condenado gigante! ¡Soy tu ama te guste o no, lo aceptes o no, y yo mando! O nos salvamos los dos o ninguno.
—Hay mucho más en juego que vuestras vidas —señala Sam—. La vida de la tierra se extinguirá si no acabamos de una vez con esa amenaza.
Catalina resopla, tiene las mejillas encendidas, sus ojos son teas ardientes que titilan con lágrimas contenidas.
—Si no es Malik, puede que sea un asteroide, una pandemia, otra guerra... —insiste, ya sin mucho convencimiento.
—No obstante, tenemos al alcance eliminar una de esas posibilidades, la más difícil de alcanzar, por cierto.
Cata baja la cabeza y hunde los hombros.
Wahêd ya no aguanta más. La toma entre sus brazos y la consuela contra su pecho.
Ella se debate, aún rabiosa, y lo golpea con los puños mientras llora de frustración.
—¡No pienso dejarte morir! Encontraré la manera. No sé cómo, pero te juro que te salvaré. Será mi último deseo, uno que yo misma me concederé.
Algo serpentea por el pecho de Wahêd, algo que lo estrangula, que eriza sus emociones y que sacude su alma.
La toma de la barbilla y la obliga a mirarlo.
—Creía que tu último deseo sería otro —bromea, en un intento de aligerar la tensión.
Ella sonríe entre lágrimas y se abraza con fuerza a él.
La serpiente se enrosca y hace presa en su interior. Wahêd traga saliva y cierra los ojos contrito.
—Cumpliré ambos —afirma ella con decisión.