Esclavo de tus deseos 24. Vanut
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24. Vanut

Vanut

Wahêd aguarda pensativo junto a Catalina la llegada de los dene, en el mismo lugar que el día anterior.

Le cuesta mirarla y ella percibe con claridad su incomodidad, por lo que permanece silenciosa y absorta, contemplando la refulgente y briosa superficie del río Nahanni.

Mirarla supone la entrada a un nuevo e ignoto mundo de sensaciones que no sabe manejar.

Ha roto su juramento más elemental, la obediencia, asumiendo una actitud activa impropia de su condición. Pero no le importa, pues es consciente de que la vida que hasta ahora conocía se está derrumbando. Una cosa es segura, será repudiado en su reino y desterrado, acabe con Malik o no.

Sea como sea, reconoce que lo que más lo inquieta no es eso, sino lo que se ha despertado en su interior.

Nunca en toda su existencia había experimentado sensaciones tan confusas y desconocidas. Emociones que lo desazonan y que inundan su ser de sentimientos desconcertantes, entre ellos una aguda ansiedad por la inminente separación.

Puede asegurar con total convencimiento que en los incontables vasallajes que ha prestado, la impaciencia por regresar a Uughetsean había dominado cada uno de sus pensamientos, excepto ahora.

Y la culpable está a su lado, sentada indolente sobre una piedra, inmersa en sus propias cavilaciones.

Despertarse junto a ella, oler su cabello, sentir la sedosidad de su piel, la profundidad de su mirada tras haber pasado la mejor noche de su vida, es demasiado para asimilarlo en tan poco tiempo.

Hay tantas cosas nuevas que Catalina despierta en él, que prefiere no ahondar en ellas, no detenerse demasiado en las causas.

Ha gozado como nunca antes, ninguna mujer ha provocado tal paroxismo en sus sentidos, tal sacudida en su pecho, tal desesperación animal, tan fervoroso descontrol en sus emociones.

Pero ella no es como las demás. Mientras la tomaba como una bestia despiadada, la piel de la mujer emitía aquel destello dorado cobrizo que se acentuaba en cada uno de sus múltiples orgasmos.

Y de alguna manera supo que era de vital importancia averiguar su verdadero origen. Ella es la clave de todo.

Siente la presencia de los nativos antes de verlos.

Se envara y se pone en pie. Cata lo imita.

—¿Vienen?

Asiente, entrecierra los ojos y cubre su rostro con una máscara fría e inmutable.

—¿Te arrepientes? —pregunta ella.

No es capaz de mirarla, finge estar concentrado en el horizonte. Ella continúa.

—Ahora me odias tú a mí, ¿no es cierto? Te forcé a romper...

—No me has forzado a nada —la interrumpe—. Fui débil, eso es todo.

—Yo... te debilité.

Entonces sí la mira. Su semblante compungido le encoge el corazón y masculla entre dientes.

—Y yo a ti, esto es cosa de dos.

—Tampoco yo estoy muy orgullosa de mí misma.

Wahêd siente una punzada de furia. La coge por los brazos y la pega a él con brusquedad.

—Entonces, eres tú la que te arrepientes —acusa ofendido.

La mujer aparta sus ojos de él, ve dolor en ellos.

—¡Maldita sea, Cata, sé consecuente y sensata! Es inútil lamentar nada. Yo no me arrepiento, ¿lo oyes? Jamás se me ocurriría borrar lo de anoche por restablecer el juramento. Voy a confesarte una cosa.

Ella lo mira contenida, todavía acongojada. Wahêd no soporta saber que lo considera tan sólo un error.

—Ya había tomado una determinación antes de que te abalanzaras sobre mí.

Los ojos de Catalina se abren con creciente intriga.

—¿Cuál?

—Tomarte, te decidieras o no, lo desearas o no. No pensaba regresar a mi mundo sin llevarte en mi recuerdo y quería un recuerdo completo.

Ella se aparta con ofuscación.

—No pensabas irte sin llevarte tu premio, ¿no es así? —increpa enojada—. Un nuevo galardón para tu hombría. Tu jodido orgullo no soportaba un fracaso. El gran Yinn, el sublime amante, el perfecto galán, no estaba dispuesto a renunciar a su fama de seductor irresistible.

Retrocede unos pasos apartándose de él, temblando de furia, sus ojos despiden chispas furibundas, su rictus se contrae.

—Enhorabuena. Acaba tu puñetera misión y lárgate de una jodida vez.

Wahêd duda si aclararle sus palabras. Ella las ha malinterpretado y quizá sea mejor así. Es más sencillo olvidar a quien odias que a quien amas.

En ese momento, cuatro siluetas avanzan hacia ellos desde el valle.

El más anciano se acerca con la cabeza inclinada y los demás lo imitan.

—¡Oh, gran espíritu del aire, Vanut os espera tras la cascada! ¡Sólo habéis de invocarlo y os llevará a su presencia!

Susurra esas palabras en la lengua antigua, con un deje de respeto temeroso.

—Pero la mujer deberá permanecer con nosotros hasta que vengáis a por ella —añade el anciano sin mirarlo a los ojos—. La protegeremos con nuestra vida.

Wahêd niega con la cabeza, su semblante se endurece.

—Viene conmigo. Es de vital importancia que Vanut la vea. Ella es la llave que abre los mundos.

El anciano la contempla consternado.

—En tal caso, Vanut la recibirá.

Wahêd se acerca a Cata, que sigue recelosa y dolida, y que los mira evidenciando su ignorancia respecto al acuerdo.

—Vienes conmigo —ordena con sequedad.

Abre los brazos y ella vacila, y ese pequeño gesto lo frustra. Si no está preparado para el amor que siente, menos para su rencor.

La fulmina con la mirada, mientras avanza desganada hacia él. Cuando por fin se pone a su alcance, Wahêd cierra los brazos en torno a ella e invoca a Vanut.

Es probable que ni siquiera una milésima fracción de tiempo se haya movido en el transcurso de la vertiginosa transportación.

Cuando reaparecen, lo primero que sienten es el húmedo rugido de la cascada y una energía pura y deslumbrante iluminando una cueva escondida tras la espesa cortina de agua.

Catalina tiembla ligeramente entre sus brazos, agitada y sofocada por el salto temporal. Él siente el impulso de besarla y calmarla con arrumacos, pero se obliga a abrir los brazos y soltarla.

La mira para ver que se encuentra bien y se vuelve hacia la poderosa fuerza que percibe a su espalda.

Frente a él, un anciano decrépito y encogido los observa con semblante impasible.

Ése no es el gran marid que él recordaba, ahora es apenas una sombra ajada y marchita, un cuerpo arrugado, maltratado por los años, encorvado y retorcido.

—No, no soy como recordabas —admite en la antigua lengua, leyendo con claridad su expresión—. El destierro consume mi cuerpo, pero no mi alma.

Y así es. La luz que mana de él todavía relumbra con fuerza.

—Siento tu poder, gran Vanut —dice Wahêd, hincando la rodilla en el suelo. Hace una reverencia de sumisión y respeto y de nuevo alza la mirada hacia su maestro—. Y por eso busco tu ayuda.

—Mas yo sólo puedo ofrecerte consejo, mi cuerpo no soportaría una batalla. Tu enemigo es poderoso, Wahêd, me temo que únicamente albergo la esperanza de entretenerlo, dándote la oportunidad de escapar. No tienes mucho tiempo.

—¿Vienen ya a por mí?

El anciano asiente con expresión circunspecta.

—Saben dónde estás, tienen un informante.

Wahêd arruga el cejo, cuadra la mandíbula apretando los dientes y mira a Catalina con preocupación. Ella los mira confusa, sin entender una palabra.

—¿Quién es ella? —le pregunta a Vanut, tomándola de la mano y acercándola al anciano.

A pesar de la evidente renuencia de la mujer, se deja llevar ante el maestro.

Por un momento, Wahêd cree ver en las pupilas de Vanut una chispa de asombro e interés.

—Es una híbrida. Su padre es un efret y su madre una humana.

Como temía, no es del todo humana. Su cabello, su cobrizo fulgor, su magnetismo, su mirada, todo emana reminiscencias de un fuego velado, el de su origen.

Ahora ya sabe lo que la madre de Catalina buscaba en sus invocaciones: al padre de su hija.

Un genio de fuego la engendró, dejando en ella la pasión, la fuerza, la entereza, la tenacidad, pero también un carácter tempestuoso, la belicosidad y la impulsividad.

La mira desde un nuevo prisma. Es la primera híbrida con que se topa, una belleza roja que ha nublado sus sentidos, doblegándolos. Ni humana ni genio, una mezcla soberbia de especies, y, de repente, algo se filtra en sus pensamientos, paralizándolo. La profecía.

«Llegará un descendiente de linaje fogoso, de virtudes extraordinarias, hijo de Adán, ungido por el bautismo divino, capaz de abrir los mundos, de alterar las dimensiones, de alzarse en el trono del caído.»

—No puede ser —susurra anonadado.

—Pero lo es —asegura Vanut, leyendo su mente esta vez—.

La profecía habla de la llave y la llave no es tan sólo un instrumento que abre los mundos.

La llave alberga en su interior dos fuerzas contrapuestas, el bien y el mal.

El fuego, Iblis, o el agua, dios. Depende de qué fuerza pese más, la llave girará a un lado o a otro.

Y eso es demasiado arriesgado. No sólo para nosotros, los genios, sino también para los humanos.

Ninguno podemos esperar a ver hacia adónde se inclina la balanza.

Lo más seguro sería ejecutarla, aquí y ahora.

—¡No! —exclama Wahêd, alterado.

—Habla tu corazón, no tu juicio.

—No —repite angustiado—. Si la dejamos vivir su vida, si acabo con Malik...

—Si acabas con Malik, vendrá otro. Ahora que saben que existe, su presencia no pasará inadvertida, no dejarán de buscarla.

Él niega tenaz con la cabeza y se acerca a Catalina protector.

—Has dicho que depende... ¿de qué exactamente?

—De lo que se desate en el interior de la mujer, de sus sentimientos. Los humanos son tan imprevisibles y variables como el humo, hasta el aire los hace cambiar de opinión.

—Yo soy aire, yo soplaré a nuestro favor.

Vanut entrecierra sus agudos ojos y lo evalúa con cierto recelo.

—Y dime, Wahêd, ¿soplarás para que la mujer se incline por Iblis, abandonando su origen humano? ¿Serás capaz de destruir a la humanidad? O, por el contrario, ¿dejarás que ella destruya tu mundo y a los tuyos? ¿Acaso puedes elegir cualquiera de esas posibilidades?

Resopla apático, su mirada se llena de pesadumbre, empañándose de frustración.

—No, no puedo, pero puedo no soplar y evitar que nadie más lo haga.

—¿Esconderla en el último confín de la tierra?

Asiente, mientras pasea por la cueva, inquieto y acorralado.

—Quizá haya otro modo —murmura el anciano marid.

Wahêd se detiene en seco y clava su mirada felina en él.

—Hay un grupo secreto de humanos que conocen la profecía.

Una fraternidad de ocultismo y magia ceremonial llamada la Orden Hermética de la Aurora Dorada.

Esta orden es depositaria del saber cabalístico, alquímico y teúrgico, además de la magia de los rosacruces.

En realidad, es una orden externa a los rosacruces, que se fundó para transmitir el saber y velar por la identidad de los grandes maestres.

»Hay sucursales en todo el mundo. Aquí, en Canadá, hay una en Vancouver. Esa congregación custodia el poderoso anillo de Salomón, conscientes del poder que encierra. También conocen los ritos necesarios para vincular el anillo a la llave y anular el efecto de ambos.

—¿Es posible? —inquiere Wahêd, esperanzado.

—Todo es posible. La profecía lleva siglos pesando sobre ambos mundos. En el nuestro sólo barajamos la posibilidad de aniquilar al elegido, los humanos de anularlo. Generación tras generación, las logias se transmiten conocimientos y protocolos, para salvaguardar el equilibrio.

El marid inspecciona a Catalina con la mirada, arruga el cejo, niega con la cabeza y chasquea la lengua.

—Hay mucho fuego en ella —observa con preocupación—. Su corazón está lleno de rabia insana, de viejos rencores, de antiguas heridas que aún supuran, y ahora se agita con un amor despechado. Es peligrosa, Wahêd, acabará contigo.

—Sabré manejarla.

—Confío en eso, pero para que tengas éxito en semejante empresa, habrás de endurecer tu corazón y pensar con la cabeza. Sé frío, controla tus impulsos, domina tu... lujuria. No subestimes el rencor humano, no bajes la guardia nunca.

—Partiremos de inmediato.

—Busca a Sam Line, es el Ipsissimus, el sumo sacerdote de la orden. Sólo has de pronunciar una palabra.

—¿Cuál?

—Iblis. Ésa es la consigna que anuncia el peligro del equilibrio de ambas dimensiones. Y ahora marchaos rápido, ya llegan.

—Por eso se enfrentó a ti Malik, ¿no es así?, porque sabía que conocías el paradero del anillo.

—Por eso me sometí, por eso callé, por eso preferí el destierro. Vivo, aún puedo ser un guía para el elegido. Tú eres el elegido, tú eres el único capaz de derrotar a Malik.

Sin apartar su brillante mirada, inclina la cabeza reverente.

—¡Marchaos! —repite.

Justo cuando Wahêd avanza hacia Catalina, que, aburrida, se ha sentado en el suelo, abrazada a sus rodillas, un ser se materializa delante de él.

Es un efret.

En su mente oye un grito de aviso y salta a un lado justo cuando un rayo de fuego pasa cerca de él.

Se vuelve a tiempo de ver cómo el decrépito marid se ilumina por entero, con todo el poder que posee.

Un deslumbrante aura azul ilumina la penumbrosa cueva, creciendo en intensidad hasta que Vanut alarga los brazos y la libera, enfocándola en un torrente crepitante sobre el efret, que es impulsado con violencia fuera de la cascada.

—¡Corred! —grita el anciano genio.

Wahêd se abalanza sobre Catalina, que, inmóvil, permanece temblorosa de pie frente a él y, tomándola en brazos bruscamente, cierra los ojos, aventurándose a una acelerada transportación. Lo primero que puede visualizar es la habitación de hotel donde han amanecido. Y allí aparecen.

—¡Rápido, enséñame algo de Vancouver, lo que sea, necesito verlo!

Catalina, desorientada y asustada pero alerta, se apresura hacia la mesa del recibidor, coge un folleto de información turística y pasa páginas hasta dar con lo que busca. Acto seguido, le enseña el interior de un acuario.

—El acuario de Vancouver.

Wahêd observa la fotografía, la coge en brazos de nuevo, cierra los ojos y atraviesan un profundo vórtice de luz giratoria, como una exhalación...