22. Lascivia
Lascivia
La parpadeante luz del cartel del hotel cambia de color al tiempo que de ritmo. La gasa de la cortina matiza la singular iluminación que se proyecta sobre una gran parte de la habitación.
Una habitación doble. Lamentablemente, sólo hay disponible una, con una cama de matrimonio. Wahêd no está dispuesto a perderla de vista, ni lo desea, además.
Se tumba en la cama con el brazo flexionado bajo la cabeza y finge estar absorto, mientras la mujer se pone el camisón que se ha comprado por la tarde, junto con algunos artículos, según ella imprescindibles.
Incluso estando ella dentro del cuarto de baño, Wahêd puede oír cómo la seda del camisón se desliza por su piel, cómo el cepillo pasa por sus cabellos, su lengua humedece sus labios y suspira.
Y son esos suspiros los que están acabando con él.
Intenta concentrarse para echar un vistazo a su mundo, pero le resulta por completo imposible pensar en algo que no sea ella. Y esos pensamientos endurecen cierta parte de su anatomía humana y exaltan su imaginación causándole una ansiedad desesperante.
Tener que marcharse sin haberla probado no sólo es una ignominia para su masculinidad, un oprobio para su dignidad y un varapalo para su ego. No, es mucho más. Es desolación, agonía, frustración, es dolor, anhelo y fracaso, es una condena mayor que la esclavitud que lo ata a su condición.
Sin embargo, debe asumir esa derrota y preguntarse cada maldito instante de su inmortalidad cómo habría sido acariciar su pelo, su piel, como sería yacer con ella, tomándola como suya. Y sabe que esas preguntas serán látigos en su carne y puede que en otros lugares.
Cuando la puerta del aseo se abre y Catalina aparece, duda si mirarla, pero mientras esa cuestión todavía pende en su mente, sus ojos ignoran la juiciosa advertencia y se clavan en ella.
Lleva un camisón blanco de tirantes, corto, de seda fina, que ondea sobre sus curvas resaltándolas.
El ojo de Horus se cobija afortunado entre sus tentadores senos.
Su soberbia melena roja resplandece como un halo sagrado sobre ella, cubriendo sus hombros y buena parte de su espalda.
Sus bellísimos ojos aguamarina lo paralizan, encogiéndole el pecho, pero lo peor es su mirada, tan hambrienta como la de él.
Respira hondo, se pone boca abajo, para ocultar, o quizá aplacar la tremenda erección que le provoca y, abrazando la almohada, se atreve a mirarla de nuevo.
—Cata, hazme un favor, métete en la cama y tápate hasta el cuello.
—¿Tan feo es el camisón?
—Eres una arpía —masculla y resopla impaciente.
—Jajajajaja, haríamos buena pareja.
—No lo sabes bien —conviene.
Catalina se mete en la cama, boca arriba, pero es tan imprudente que deja la sábana arrugada en su cintura. La seda se pega a sus turgentes senos, que, para colmo de males, le muestran sus orgullosos gallardetes, rígidos y tentadores.
—No tengo sueño —musita ella.
—No duermas.
—Qué pragmático —se burla.
—Creo que os complicáis demasiado la vida, con lo fácil y gratificante que es hacer lo que se desea.
La mujer bufa sonoramente.
—Podrías hablarme, así quizá me entre el sueño.
—Nostradamus, ¿no?
—Ajá.
—Pensar que te tengo a mi merced en una cama y sólo puedo hablarte... ¿Acaso hay destino más aciago que el mío?
—Jajajajajaja... Seguro que lo hay.
—Francamente, lo dudo. Espero que evocar a Michel aleje pensamientos más tortuosos.
Cata se pone de lado, flexiona el brazo y apoya la cabeza en él, prestándole toda su atención.
Su espesa melena roja se inclina a un lado, el tirante se descuelga sobre su brazo, dejando ver la exquisita curva de su hombro, su clavícula y el lateral del cuello.
La seda se pega a su estrecha cintura, para elevarse en la redondez de sus marcadas caderas.
Wahêd inspira lentamente una gran bocanada de aire y la suelta en una especie de soplido liberador, al tiempo que cierra los ojos a la tentación.
Echa mano de sus recuerdos para apagar el fuego que prende sus entrañas.
—Cuando conocí a Michel de Notre-Dame, ya había perdido a su mujer y a sus dos hijos a causa de la peste bubónica. Además, por un comentario hecho respecto a una estatua de la Virgen María, fue requerido por los altos cargos eclesiásticos para que se presentase ante la Inquisición de Toulouse.
»A causa de tantos infortunios se había convertido en un hombre apático, sombrío, desprovisto de toda chispa de vida. El dolor le había borrado el alma.
»Él no era mi amo, era el amo de Asum, un genio de mi raza y amigo por demás.
Ambos habíamos coincidido en la misma época y ciudad.
Aquella noche, libre de mi vasallaje por ese día, Asum me reclamó.
La peste asolaba Europa, la epidemia estaba despoblando el continente.
Michel era un médico devoto, pero había perdido la pasión y lo único que deseaba era morir y reunirse con su familia.
»Asum y yo decidimos despertar en él deseo de curar, ofreciéndole el único remedio capaz de erradicar esa nefasta podredumbre. Aquel hombre era demasiado valioso para que mi amigo accediera a sus deseos sin intentar cambiarlos.
»Solicitó mi consejo y ambos decidimos manipularlo, de manera que Asum no rompiera el voto de obediencia. Una noche, disertando con su amo, insinuó que él conocía el motivo del contagio y sugirió cómo tratar la enfermedad sin que mediara la magia, sino la sensatez.
»Michel escuchó sus palabras con atención y, a medida que Asum profundizaba en su discurso, fui testigo de cómo los ojos del médico recobraban su brillo y cómo la determinación regresaba con renovado vigor.
Supo entonces que la peste la propagaban las pulgas.
La falta de higiene y de ventilación eran el caldo de cultivo ideal para el contagio.
Justo lo que no tenían en cuenta los matasanos de la época, además de practicar las inútiles sangrías. Esa información salvó muchas vidas.
»Acababa de darle un motivo para vivir y era salvar la vida de sus conciudadanos.
Hace una pausa para deleitarse en la subyugada expresión de la mujer, que lo observa completamente inmóvil y casi sin parpadear. Desea inclinarse y besarle la punta de la nariz. En cambio resopla y continúa:
—El último deseo del bueno de Michel fue poder predecir las sucesivas desgracias de la humanidad para atajarlas de raíz. Ya sabes de dónde vienen sus visiones.
—¿Por qué? —pregunta ella.
Wahêd la mira con extrañeza.
—¿Por qué... qué?
—¿Por qué quisisteis ayudar en aquel momento a la humanidad? Se supone que buscáis venganza.
—¿Porque nos quedaríamos sin amos? —contesta burlón.
—En serio —insiste ella, seria.
—Ya te dije que no comulgamos con las decisiones de Malik, somos el lado revulsivo de este asunto. No soy el único simpatizante de los humanos que hay en mi reino, te lo aseguro.
—Eso puede acarrearte problemas —murmura pensativa.
—Ya lo ha hecho, han dado la orden de cazarme.
Catalina abre los ojos como platos, palidece y se envara sobre el colchón.
—¿Estás en busca y captura?
—Ajá. Me enfrenté a Kamil por ti.
—Pero dijiste que tu principal cometido era defender mi vida. Actuaste según lo establecido —replica anonadada.
—No es del todo así —explica—. Si una jerarquía por encima de la mía decide acabar contigo, pierdo la potestad y debo dejar que tome el control de la situación.
Y Kamil es la hija de Malik, la ghoula más despiadada que existe.
Son la realeza de mi mundo, le negué mi sometimiento y ahora contravengo su misión.
—Me salvaste porque soy la llave, ¿no es así? Y porque puedes utilizarme para destronar a Malik.
Eso no es del todo cierto, pero prefiere asentir. No es momento de analizar los verdaderos motivos y quizá nunca lo sea. Mejor dejarlos enterrados, y cuanto más hondo, mejor.
—Ahora ya saben que soy un rebelde e intentarán acabar conmigo... y contigo.
Catalina traga saliva, su mirada se nubla de preocupación.
—¡Ey, pelirroja! ¿No confías en mí?
—No es eso —contesta con un hilo de voz—. Es que... temo por ti.
Eso le cae como un cubo de agua fría. Si además del deseo, ella le abre su corazón, Wahêd está perdido.
Endurece su semblante y niega con la cabeza.
—No olvides que soy un ser de otro mundo, una criatura mágica, un ente inmortal. Mi alma es tan vieja como los tiempos... y mi corazón...
La mujer lo traspasa con sus insondables ojos de hechicera.
—Tu corazón... —susurra ella, al tiempo que alarga el brazo y apoya la palma de la mano en el pecho de él, donde retumba con fuerza ese órgano.
—Mi corazón, Cata, es indómito, jamás se ha doblegado ante nadie, ni lo hará.
El contacto le quema la piel, desea con todas sus fuerzas que la mujer aparte la mano de su pecho y se tensa, apretando los dientes.
—Suena a reto —murmura melosa.
—Suena a lo que es, una advertencia. Podrás tener mi cuerpo, mi pasión, mi protección, y reconozco que mi admiración, pero nada más. No soy de este mundo.
Ella suspira y se retira el cabello con parsimonia, hace aletear las pestañas y se humedece los labios, consciente de cuánto lo aflige ese gesto. La maldice mentalmente.
—No, no eres de este mundo, Yinn —susurra con voz sugerente—. Y maldigo al destino por eso, y lo aplaudo al mismo tiempo.
—Cata...
Ella pasea sus delicados dedos por la piel de su brazo, suspira y se muerde el labio inferior. Está tan excitada que sus mejillas se encienden y sus ojos centellean.
Se pone boca arriba, tumbada a su lado, y gira la cabeza hacia él, mientras sus manos comienzan a prodigarse caricias a sí misma.
Verla contonearse bajo sus dedos, gemir quedamente y mirarlo con desbordante lascivia es más de lo que puede soportar. Sin embargo, es incapaz de apartar los ojos de aquella infernal torturadora.
Ella amasa sus pechos con delicadeza, frota sus enhiestas cumbres y lo mira invitadora.
—Yinn... no puedo más.
Wahêd logra cerrar los ojos, como si le hubieran clavado un puñal. Su rostro se contorsiona atormentado.
—No me hagas esto, Cata —suplica con voz rota.