Esclavo de tus deseos 12. Precauciones #2
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12. Precauciones #2

—Estoy algo mareada y prefiero no moverme. Si me das un analgésico y un beso es cuanto necesito para dormir.

Sonríe y asiente conforme.

—Como prefieras, cielo, pero si mañana sigues con molestias, yo mismo te llevaré al médico, ¿prometido?

—Prometido —contesto.

Me da un suave beso y me dice que me quiere, le dedica a Yinn un gesto impreciso y sale de la sala.

Permanecemos en silencio unos minutos, ambos sumidos en nuestros pensamientos.

Si soy la llave, ¿cómo piensan utilizarme las fuerzas oscuras para abrirles el Plano Material? ¿De qué manera pretenden que les dé acceso a mi mundo? Y todas las respuestas que surgen en mi cabeza son aterradoras.

De alguna manera sé que esta noche supone un punto de inflexión en mi vida. Toda mi existencia en solitario, todo el camino recorrido, todo el empeño mostrado en borrar la magia durante tantos años se convierte en humo, pero en un humo negro e irrespirable.

He huido de los recuerdos, de los objetos latentes de poder, de la curiosidad y de la frustración para descubrir que yo soy una parte importante de ese mundo. Que, de alguna manera, tal vez en uno de los muchos sortilegios elaborados por mi madre, fui atrapada en una maldición.

Y me siento una víctima inocente en un juego de locos, un daño colateral, fruto de la inexplicable afición de mi madre por las invocaciones.

Ella pagó con su vida y tal vez yo con la mía, con mi alma o con mi cordura.

Cualquiera de esas tres posibilidades estrujan mi ánimo y aposentan en mi interior un frío pesado y opresivo.

Se me ocurre que tal vez, si le pido al genio el deseo de borrar esta parte de mi vida, de retroceder en el tiempo, de resucitar a mi madre y hacerle olvidar su fijación por los hechizos, podría concedérmelo.

Sonrío luego con escepticismo y desilusión, una sonrisa más cercana al llanto de lo que pretendía.

—No te lamentes, ahora de nada te sirve —murmura Yinn, con la vista fija en mi rostro.

—¿De veras soy tan expresiva?

—Un libro abierto —responde.

—¡Vaya! —gimo.

—Un libro lleno de contradicciones, de negación constante, de fortaleza, de voluntad y de lucha interna, y de un poder que me sorprende.

—¿Poder? —mascullo desdeñosa—. Ahora mismo me siento el ser más absolutamente indefenso del mundo.

—Me tienes —recuerda— y tienes algo mejor aún, a ti misma.

—Bueno, pero ante lo que me persigue, no es mucho.

Y perdona que te desmerezca, pero sólo me quedan dos días de tu protección, y si te soy sincera, me produces bastante desconfianza.

A pesar de tu ayuda, no sé qué pensar de ti.

Respecto a mí, sólo puedo decirte ahora mismo que sé perfectamente cómo se siente un ratón ante un águila.

Yinn se levanta del sillón y camina indolentemente sensual hacia mí. Mi cuerpo se tensa, en especial una parte de él. Me muerdo el labio inferior contrariada y furiosa.

—¡No te acerques! —ordeno.

—¿Es un deseo?

—Un favor —respondo.

Asiente con una sonrisa torcida y regresa al sillón.

—Sólo pretendía darte ánimos —explica.

—Ya me animas demasiado —confieso.

El genio ríe con un sonido vibrante y cadencioso que se expande por la sala, atrapando mi voluntad como el canto de una sirena.

—Me inclino ante tu voluntad —admite—, aunque preferiría mil veces inclinarme ante tu lujuria.

Tal es la profundidad de su mirada que me sonrojo. De mi mente surgen imágenes excitantes de nosotros dos, tan vívidas que tengo que sacudir la cabeza bruscamente para disiparlas.

Yinn vuelve a reír, esta vez mostrando jactancia en su tono.

—Voy a tener que comprarme una jodida máscara —me lamento airada.

—No, lo que vas a tener que hacer es dejar de resistirte —me aconseja.

—Ni muerta —replico altanera—. ¿Dejarme seducir por un ser mágico que se evaporará en dos días? Eres cruel, ¿lo sabías?

Yinn esboza esa media sonrisa inclinada que podría fundir hasta los empastes de una mujer.

Se pasa las manos por el cabello alborotado, que le roza los hombros.

Y en ese instante, en que las yemas de mis dedos hormiguean de deseo por enredarse en cada mechón, me arrepiento de no haberle afeitado la cabeza.

—Pelirroja, dos días son suficientes para apagar tu deseo una larga temporada, sólo tienes que dejarme demostrártelo.

—Ofreces droga a alguien susceptible de convertirse en adicta, para luego privarla de por vida de más dosis. Si eso no es cruel...

—Curioso símil, aunque alentador.

—Sé bueno, anda —suplico— y limítate a tu papel de protector y concede-deseos personal.

—Soy bueno, nena, muy bueno.

Lo miro y no puedo estar más de acuerdo. Lo es y lo está, dos verbos que nunca han dado tanta veracidad a ese adjetivo.

—Háblame de tu reino —le pido, mientras me repantigo entre los cojines, buscando una postura cómoda para dormir.

— Quid pro quo? —inquiere divertido.

— Do ut des —respondo, devolviéndole la sonrisa.

Chasquea la lengua, se acomoda en el sillón y asiente.

—Nunca he tenido tantos deseos de dar —murmura seductor—. Me pides que te hable de mi reino y yo pido que me hables del tuyo, de tu reino interior, de tus miedos, desconfianzas, anhelos, de tu vida hasta este momento. Quiero que me muestres tu alma, ¿aceptas?

Trago saliva ante su gravedad y vehemencia. Asiento, cierro los ojos y aguardo.