11. Distracciones
Distracciones
Cuando Allan llama a la puerta, corro escaleras abajo para adelantarme a Yinn, pero no logro llegar a tiempo.
La cara de Allan ante el hermoso gigante es todo un poema. Lo contempla boquiabierto, totalmente apabullado por el magnífico ejemplar masculino que lo mira ceñudo desde su imponente altura.
—Su novio, ¿no es así?
Allan se limita a asentir desorientado.
—Su primo, imagino.
—Eso parece.
Yinn emite un bufido desdeñoso y se aparta de la puerta.
Me abalanzo sobre Allan y lo beso con alivio.
—Hola, cariño, me moría por verte.
Él mira a Yinn con recelo y en un tono algo molesto, comenta:
—Pues veo que has estado bien acompañada.
—No te creas, es poco hablador.
Le sonrío haciendo un gesto casi mortificado.
—No pienso compadecerte —susurra él—, aunque no hable mucho, salta a la vista que entretiene, por muy primo que sea, que, por cierto, no tenéis ningún parecido.
—Suerte que no heredé ese horrible pelo rojo —masculla Yinn cruzado de brazos, evidentemente molesto.
—Ni yo tu tamaño —replico, haciendo un mohín.
Yinn dibuja una sonrisa sarcástica, mostrando su perfecta y blanca dentadura. ¿Cómo es posible que no tenga ni siquiera un pequeño defecto? «La perfección existe —pienso—, aunque no sea humana.»
—Haya paz. Parece que no habéis empezado con buen pie —apunta Allan con diversión y una pizca de complacencia.
—¿Nos vamos? —pregunto, ciñendo automáticamente mi coletero.
—¿Te ha visto tu novio alguna vez con el pelo suelto? —inquiere Yinn con sorna.
Me vuelvo hacia él en actitud desafiante.
—Sí, entre otras muchas cosas.
—Oh, entonces es un privilegiado —bromea—, entre otras muchas cosas.
Me pongo en jarras y frunzo el cejo.
—¿Por ejemplo?
—Paciente, permisivo, tolerante. Estoy seguro de que cumple los requisitos para que puedan santificarlo.
Gruño, apretando los puños. Yinn arquea una ceja sonriendo de medio lado, asiente y se dirige a la puerta.
—Creo que nos esperan —murmura en el porche.
Lo fulmino con la mirada.
—Vamos, cielo —me susurra Allan, tranquilizador—. Todos tenemos un familiar recalcitrante. Mañana lo metes en un tren y te olvidas de él.
—Ahora mismo lo que deseo es que le pase un tren por encima.
Allan suelta una carcajada y me coge por la cintura.
—Yo ahora lo que deseo es una ofrenda en condiciones a este santo.
—Jajajajajajaja, ¿flores o velas?
—Una flor en particular.
—Sea —concedo, besando sus labios—. Te adelanto que es una flor muy ávida, tendrás que regarla convenientemente.
—Soy buen jardinero.
Salimos al porche melosos, entre risas y arrumacos que hacen que Yinn tuerza el gesto y mire al cielo.
Llegamos a casa de Mark y, cómo no, las invitadas femeninas se quedan encandiladas con Yinn, disputándose todas su atención, para disgusto de los chicos.
En la cocina, cogemos cervezas y conversamos amigablemente, apoyados en la barra. Allan, su inseparable amigo de la infancia Mark, Tom, compañero de Allan, y yo.
—Oye, guapa, podías haberte dejado el primo en casa —dice Mark, celoso, viendo cómo Tessa, Joan y Marta caen rendidas ante el genio.
—No te gusta la competencia, ¿eh? Pero tranquilo, Yinn no ha venido a ligar.
—¿Seguro?
Sigo su mirada y me encuentro a Yinn sentado en el sofá, con un quinto de cerveza en la mano, conversando muy acaramelado con Tessa a un lado, que lo manosea a discreción, y Joan al otro, que lo mira arrobada.
Él sonríe más que complacido con tanta atención, esbozando sonrisas seductoras y entrando en el juego de Tessa.
Frunzo los labios, me disgusta ver cómo ella se roza con él sin ningún pudor.
Me acerco.
—¿Eres español? —musita Tessa—. España acaba de convertirse en mi país favorito del mundo mundial.
Yinn se ríe y coquetea con ella descaradamente. Carraspeo de pie frente a ellos.
—Si me dices que además tienes dinero —continúa Tessa ignorándome—, seguro que estoy soñando, ya dudo de que seas real.
Yinn le coge la mano y la apoya en su formidable pecho. Lleva esa camisa blanca de seda liviana que yo misma he tocado en el probador, y unos tejanos negros ceñidos.
—Joder, si eres real, tanto que te perdono que seas pobre.
Yinn suelta una carcajada que sacude su pecho. Todas las mujeres de la sala casi suspiran ante la masculina musicalidad de ese sonido que vibra en sus cuerdas vocales como si fuera la melodía de un arpa.
—Eres graciosa, me gustas.
Tessa se inclina más sobre él, acercando los labios a su oreja.
—Tú sí que me gustas, encanto.
La situación se caldea a un ritmo acelerado. Carraspeo más sonoramente. Esta vez sí me miran.
—Otra birra, amiga —pide Tessa sonriente, ofreciéndome su botellín vacío.
—¿Podemos hablar un momento, por favor, Tessa?
Ella abre sorprendida los ojos, con evidente disgusto.
—¿Tiene que ser precisamente ahora, que he pillado la mejor butaca del cine?
Gira los ojos hacia Yinn con insistencia, sus señales resultan de todo menos discretas.
—Sí, tiene que ser precisamente ahora.
Yinn me contempla jocoso.
—Así es mi prima, inoportuna y mandona.
Lo taladro con una mirada admonitoria, me inclino hacia mi amiga, la cojo de la muñeca y tiro con todas mis fuerzas, arrancándola literalmente del sofá. La arrastro hasta la sala contigua y me planto delante de ella, mirándola con severidad.
—No, ¿me oyes? Él está prohibido.
Tessa alza las cejas, para fruncir el cejo a continuación.
—¿Por?
—Porque es mi primo.
—Ésta sí que es buena. —Pone los brazos en jarras y me mira retadora—.
Mira, cariño, te quiero mucho, ¿vale? Pero esto que me estás pidiendo es imposible.
¿Tú te crees que soy capaz de rechazar un maromo semejante?
De todos, y resalto el «todos», los tíos que me he llevado a la cama, ninguno, óyeme bien, me ha puesto tan caliente como él.
»Ni en mis más obscenos sueños habría imaginado tener entre mis piernas un tipo como éste, y no pienso desaprovechar la oportunidad por nada del mundo. Así que si te enfadas, ya se te pasará.
La firme decisión que brilla en sus ojos me hace ver que no la convenceré pidiéndole ese favor.
Pienso a marchas forzadas cómo impedir que ellos.
.. Y de repente, un pensamiento me confunde.
¿Por qué me molesta que se acueste con él?
¿Qué más me da lo que haga el genio, mientras cumpla su encargo de protegerme? ¡Mierda!, pues me importa.
—Yinn juega contigo y no quiero que te haga daño —improviso.
—Chata, no soy imbécil, no aspiro a enamorarlo, con un polvo me conformo. Y menudo trofeo voy a enarbolar.
—Es gay —invento nerviosa.
—Y una mierda —replica ella—. Ese tío rezuma masculinidad por todos sus poros.
—¡Maldita sea, Tessa!
—No malgastes saliva y reza porque mañana se me haya pasado el enfado contigo y te cuente los detalles.
Y así, sin más dilación, resopla y se aleja hacia la sala de estar.
Joder, sólo me queda una opción.
Respiro hondo y sigo los pasos de Tessa. En la sala, la música de Imagine Dragons, Demons , resuena con fuerza. Para mi sorpresa, Yinn cuenta anécdotas graciosas sobre sus viajes a otros países con total naturalidad y sin despertar sospechas sobre su origen.
Consigue atrapar la atención de los chicos, que ríen con su chispeante ingenio y sus socarronas ocurrencias.
Me siento en el brazo del sillón donde Allan se encuentra escuchándolo.
Las contadas ocasiones en las que el genio deposita sobre mí esa mirada de gato relamido, hasta puedo sentir cómo me sube la temperatura.
Mi cuerpo reacciona ante él de una manera tan incontrolable que pienso que la mejor manera de volver a coger las riendas es con una buena ración de sexo.
Esta noche es de vital importancia que Allan y yo sucumbamos a la pasión, para liberar parte de la gran tensión que ya acumulo.
—Cuando visité la exposición sobre Modigliani en la galería Berthe Weill, en París, lo primero que pensé fue que la mejor profesión del mundo es la de pintor, y a eso me dedico, aunque no creo que la policía me clausure, como a él, que nunca olvidará ese día.
Todos ríen menos yo.
Evidentemente, se refiere a la primera exposición individual de Modigliani, sobre desnudos, que tuvo que cerrar por incidentes la propia policía. Pero ¡eso fue en el año 1917! Miro a los presentes, rezando para que ninguno se percate de ese detalle.
Clavo mis grandes ojos en Yinn con aguda intensidad.
El muy rufián, que me observa relajado, parece mofarse de mi alarma guiñándome un ojo.
—No me digas que pintas desnudos —dice Tessa, absolutamente cautivada por el genio.
—Pinto lo que me dejan pintar.
Y centra su vista en mí con evidente intencionalidad.
—Yo te dejaría pintar sobre mi cuerpo —ofrece ella entusiasmada. «Eso es una ofensiva y no la de los Panzers alemanes al mando de Rommel», pienso malhumorada.
—La piel es el mejor lienzo para casi todo.
Y sigue mirándome con intensidad. Temo que Allan capte sus indirectas y me agito nerviosa.
—Seguro que tienes un montón de lienzos a tu disposición —dice Mark con envidia.
Yinn niega con la cabeza, se pasa las manos por el pelo y de nuevo clava sus agudos ojos en mí.
—Puede, pero suele pasar que el que más te interesa no lo está, aunque paradójicamente se muere porque lo pinten.
Desvío la mirada, incómoda, y me apoyo en el hombro de Allan, que de inmediato rodea mi cintura y me atrae hacia él.
—Otros, en cambio —añade Yinn—, tienen el lienzo pero no las pinturas adecuadas, ni la capacidad para usarlas.
Puedo sentir cómo mis mejillas enrojecen.
—Catalina es una apasionada del arte. Ahora mismo prepara una exposición sobre el Cinquecento para la Galería Möller —explica Allan, dirigiéndome una sonrisa orgullosa.
—¿Ah, sí, prima? ¿Y cuáles son tus pintores favoritos?
—Tintoretto, Botticelli, Rafael... —responde Allan en mi lugar.
—A algunos los... —Yinn hace una pausa intencionada para inquietarme, me envaro y contengo el aliento—, los estudié. Está claro que eres una apasionada del color. Quizá te interesen los míos. Algunos definen mi obra como muy colorista.
—Tienes que invitarnos a tu próxima exposición —propone Joan, dando palmaditas.
—A mí con que me invite a su cama —rezonga Tessa, con absoluta naturalidad.
Los chicos ríen, como siempre, ante su abrupta franqueza.
—Tessa, está claro que faltaste a clase el día que impartieron «sutileza y seducción» —mascullo molesta.
—Es probable —responde—, pero no me perdí la de «saca tajada y disfruta, mientras otras miran».
Las carcajadas inundan la sala de estar. Sonrío y me inclino ante ella, simulando una reverencia.
—No, en ésa seguro que sacaste matrícula de honor.
Tessa sonríe abiertamente y pasa su brazo por los hombros de Yinn, aunque es físicamente incapaz de abarcarlos.
—No lo dudes y si te portas bien, puede que hasta te deje mirar.
Chasquea la lengua, victoriosa, y se muestra orgullosa, apretándose contra Yinn.
—No, gracias, pienso estar muy ocupada.
Me inclino y beso a Allan en la boca.
—Jajajajajajaja... noche caliente —masculla Mark. Mira a Joan y seguidamente a Tom—. Amigo, hoy te quedas en el banquillo.
Joan niega con la cabeza, con el rubor cubriendo sus mejillas.
—Me parece, Mark, que tu «pequeño amigo» tampoco será titular esta noche —dice Tessa entre risas.
Las conversaciones continúan entre cervezas, aperitivos y buena música.
A Tessa sólo le falta subirse la falda y sentarse a horcajadas sobre Yinn. Mi humor comienza a agriarse peligrosamente.
Me escondo en la cocina, con un botellín de cerveza en la mano, y me apoyo sobre la barra, mirando por la ventana.
Tengo que dejar de ver a Yinn como un hombre, debería empezar a pensar que es un ser mágico, una criatura sobrenatural, siniestra, extraña e imprevisible, que además desaparecerá de mi vida dentro de unos días.
Unos días que intuyo que se me harán eternos.
Oigo un rumor detrás de mí, pero no me muevo.
—Esa postura no es la más adecuada para enfriar mis ánimos ahora mismo —murmura Yinn.
Me envaro en el acto, provocando su risa.
—Ya tienes con quien apagarlos.
—Sí —confirma—, ¿me dejas?
Lo miro aturdida. Una cosa es pedir deseos y otra dar permiso.
—¿Necesitas que te deje?
Se inclina sobre mí y, como siempre, se detiene a un milímetro de mi boca.
—No, no lo necesito —responde—. Pero me gustaría que te opusieras.
—Y luego dicen que las mujeres somos complicadas —murmuro, disfrazando mi agitación con indiferencia.
—Lo sois. ¿Me dejas? —repite.
—Por mí....
—No me engañas, sé lo que sientes y piensas.
Entrecierro los ojos y lo fulmino con una mirada airada.
—Creí haberte pedido que no me leyeras la mente. ¿Me has desobedecido?
—No, un genio no puede desobedecer a su amo, el castigo sería atroz —replica ofendido—. Te he obedecido, no te leo la mente, pero no me hace falta —confiesa, esbozando una sonrisa satisfecha—. Es tan fácil leer en tu rostro. ¡Y por todas la divinidades paganas, cómo me gusta lo que leo!
—Yinn, por favor... —suplico, bajando la mirada.
Me coge la barbilla y me la alza buscando mis ojos.
—Pelirroja —susurra en tono ronco—, no te resistas más. Me deseas tanto como yo a ti.
De manera inconsciente, cierro los ojos y entreabro ligeramente los labios.
¡Dios, el deseo me turba, me marea, me fulmina! No sé si espero un beso o un milagro que me aparte de él. Pero no puedo seguir mirando sus hermosos ojos pardos, no puedo contemplar esos labios invitadores y no puedo respirar.
—Me torturas, Cata —gime agónico—. No puedo besarte aunque me muera por hacerlo, si tú no me lo pides.
Entonces abro los ojos y la realidad me golpea. Frente a mí tengo al hombre más impresionante del mundo, más deseable, más encantador y más increíble de cuantos he conocido, con una única salvedad, que no es un hombre, no, no lo es.
Ese convencimiento coge fuerza y logro darle la espalda.
—Estás aquí por un motivo expreso —musito—, y a eso te ceñirás. Deseo que regreses a la sala... —recuerdo la escena de la ducha y me apresuro a ser más concisa— ...andando, que sigas conversando con mis amigos hasta que decida que nos marchamos, y que dejes de coquetear con Tessa, y lo deseo ahora.
—Como desees, ama.
En su voz se nota la desilusión. Escucho sus pasos alejarse y por fin suspiro aliviada.