82. Sofía
Sofía
H ayden se queda clavado delante de las puertas correderas que se abren y se cierran sin parar, mirando absorto la pantalla de su móvil.
—Solo hay tres taxis, procuremos que no nos los birlen —le digo, esperando que reaccione.
Pero no me oye, de modo que me acerco y le doy un golpecito en el brazo. Salta hacia atrás, como si acabase de sufrir una descarga eléctrica.
—¿Va todo bien, Hayden? —le pregunto perpleja.
Él me mira como si no estuviera allí, y se guarda el teléfono en el bolsillo a toda prisa.
—Sí, perdona. Todo bien.
—Pues no lo parece.
—Es como si todo el mundo hubiera decidido en el último momento que me necesita. A causa de la investigación, estoy descuidando todo lo demás, y los patrocinadores empiezan a quejarse.
—Tienes razón, y ellos también: te he secuestrado.
En realidad, yo también debería dejarme ver por la redacción, porque creo que me he pasado con los días de teletrabajo, y además ya tengo problemas con Oliver.
Los artículos de cotilleos que escribo apenas bastan para atraer a los lectores, y el estado de gracia que me había procurado la primicia del incendio empieza a agotarse.
—No es culpa tuya —me tranquiliza él, besándome en la frente.
—Escucha, Hayden, ya está todo preparado para el encuentro en El Cielo Club. Yo me encargo de organizar lo que haga falta para la reunión con los pacientes. Te dejaré trabajar en paz hasta mañana. Y descansar también, que buena falta te hace.
Él se frota los ojos.
—Nada que un café no pueda arreglar.
—Duerme. Tenemos toda la vida por delante para trasnochar.
Él asiente, pero lo noto rígido, y, cuando más tarde el taxi me deja frente a la redacción de Hollywood y Alrededores , el beso apresurado que me da y su escueto «Okey» en respuesta a mi «Te llamo más tarde», me dejan inquieta.
—Ah, me olvidaba: ¿tienes caja fuerte en casa? —le susurro, como si el taxista pudiera estar interesado en nuestros asuntos.
—Sí, tengo.
—Genial, guarda tú la documentación de la doctora —le digo mientras saco el expediente del bolso y se lo entrego—. Mejor que no lo vaya paseando por ahí. Contigo estará más seguro.
Hayden lo coge y esboza una sonrisa, le da su dirección al taxista y parte, dedicándome un tibio «Hasta luego».
No me atrevo a preguntarle si es que ya está arrepentido, porque temo que la respuesta sea «sí».
Por la tarde mi madre me escribe que «su Patrick» quiere hablar conmigo, así que aprovecho para ir a cenar y llevarles, a la abuela y a ella, los regalos de Hayden.
—Grancito —solloza mi abuela acariciando el óvalo de porcelana—, estás aquí.
—Hayden guardó tres fragmentos de los platos y los hizo montar en tres joyas; una para cada una de nosotras —le explico a mi madre, que está atareada limpiando sus útiles de peluquería tras atender a la enésima clienta del día—. Esto es para ti —le digo mientras le abrocho su pulsera en la muñeca.
Para que resulte menos evidente, he colgado mi anillo de una cadenita junto con la alianza de hojalata.
Mi madre podría hacer demasiadas preguntas, y yo no soy muy buena soltando vaguedades, pero la verdad es que me muero de ganas de decirles que Hayden y yo no solo somos Hayden y yo, sino «Hayden y yo».
—Creo que quería devolveros el favor por ayudarlo con Ashley, salvando su fiesta de disfraces en el último minuto.
—Lo hicimos encantadas. Y él parece ser un papá muy cariñoso, aunque más bien despistado. Pero no puedo culparlo por ello; los padres siempre damos un paso adelante y dos atrás —comenta mi madre—. ¿Sabes si por casualidad Hayden quiere tener más hijos?
Su pregunta me deja paralizada.
—¿Por qué, mamá?
Ella se encoge de hombros.
—Por nada.
—Tiene muy buena genética —cacarea la abuela.
—Y ya se la ha transmitido con éxito a sus descendientes —señalo, tratando de cerrar el tema.
—Cuantos más, mejor —añade ella.
—Es posible, pero no puede hacerlo él solo.
Mi abuela me aprieta las manos y me mira con los ojos brillantes:
—Cada rosa tiene su espina. Él es tu espina.
¡Otra vez con la misma historia!
—Ya, mi espina.
Me siento en la mesa de la cocina, al lado de mi madre, y decido que ya es hora de sacarle los colores a ella.
—¿Qué querrá decirme «tu Patrick»? ¿Vais en serio o me equivoco?
—Ahórrate el tono sarcástico: que ya no tenga treinta años no significa que no tenga derecho a una vida sentimental que me haga soñar como la tuya.
—¡De sarcasmo, nada, mamá! Estoy contenta, me gusta Patrick —la tranquilizo—. Pero, como ha pedido hablar conmigo de una manera tan formal, me preguntaba si tú sabrías de qué se trata.
—No tengo ni idea.
—¿Querrá obtener mi aprobación, como hacían los hombres galantes de antaño?
—Eso tendría que pedírmelo a mí —sentencia mi abuela, ocupada en saltear el pollo picante.
—Si ese fuera el caso, no tendría nada en contra, pero no tengo ninguna prisa en comprometerme. Prefiero ser como esas parejas jóvenes, que aún no tienen deberes, obligaciones ni fechas límite.
—Oh, Roxy, si eso es lo que entiendes por tener una relación, mejor que sigas sola —la reprende la abuela—. Cuando das con la persona adecuada, ya no existen obligaciones ni fechas límite.
En ese momento suena el timbre, anunciando la llegada de Patrick, que aparece con una cubeta de helado.
—Es para ponérselo a las tortillas calientes.
No necesita mi aprobación, ya la tiene. Yo salgo barata.
—Sofía, tengo información referente al incendio que podría resultarte de utilidad.
—¿Sobre el incendio? —inquiero, descolocada—. Ah, vale, el incendio del Livingston Inn. —Estoy tan absorbida por el Nomyra que el hecho de que todo partiera del incendio ha pasado a un segundo plano—. ¿Qué clase de información?
—Mi empresa de vigilancia se encarga de monitorizar distintas propiedades en la zona de El Monte que se encuentran alrededor del centro comercial y del hotel.
Entre las preguntas que planteaste había una relativa a una persona ajena al organigrama de la cadena del Livingston, que habría sustituido al recepcionista oficial, así que me he tomado la libertad de hacer algunas comprobaciones con las cámaras de seguridad.
—Pero el Livingston Inn está anticuado, no tiene cámaras de vigilancia.
Además de suponer una limitación para las pesquisas, ese fue el principal motivo de que Casey lo escogiera como lugar de encuentro.
—El Livingston, no, pero otras muchas tiendas de cuya vigilancia me ocupo sí que tienen, y algunas apuntan a la entrada del hotel.
En la grabación de la cámara de la tienda de móviles que está enfrente del hotel, se ve a un chico entrando a pie poco antes de la hora en que el «presunto Jimmy» comenzaba su turno como recepcionista.
—¿Se le distingue el rostro? —pregunto.
—No, la imagen no es clara —responde Patrick—.
Sin embargo, con la ayuda de los chicos del equipo, he probado a reconstruir el recorrido a través de las cámaras de los otros comercios que vigilamos, como si fuera un rompecabezas: resulta que recorrió a pie varias manzanas, porque había aparcado su coche dos calles más atrás de la del hotel.
—Vale. —Asiento con la cabeza—. ¿Y eso qué tiene de relevante?
—Desde la cámara de la tienda de compraventa de oro donde aparcó puede leerse la matrícula. Y, a partir de esta, he obtenido sus datos de contacto.
Salto del sofá como si tuviera un resorte.
—¿Puedo llamarlo?
—Ya lo he hecho yo. Está dispuesto a reunirse mañana por la mañana.
—¿Y cómo lo has convencido?
—Le he dicho que tenía dos opciones: o hablaba con nosotros, o bien con la policía, después de que yo les entregara los vídeos. ¿No adivinas cuál ha escogido?
—«Con nosotros»: ¿eso quiere decir que tú también vendrás?
—Creo que será lo mejor, teniendo en cuenta que se trata de una persona que presuntamente es la responsable de un incendio provocado. Mis chicos también estarán por allí vigilando discretamente, por si fuera necesario intervenir.
—Perfecto, avisaré a Hayden —anuncio, rompiendo de pronto mi promesa de dejarlo trabajar al menos hoy.
—Por su voz, he deducido que se trata de un joven. Será mejor que procuremos no hacer que se sienta acosado.
Tomo las manos de Patrick entre las mías, me arrodillo ante él y se las beso, como si acabara de ser la destinataria de un milagro.
—¡Gracias, Patrick! Gracias, gracias, gracias. Mamá, bendita sea la noche que decidiste salir a practicar dumpster diving en su centro comercial.
—¡Oh, sigo practicándolo! —comenta ella—. Pero ahora es él quien me hace de vigía.