80. Sofía
Sofía
—S uena bien, «Sofía West» —pienso en voz alta, tendida en una cama con forma de corazón.
La habitación del hotel donde nos encontramos es toda de color rosa confeti, y cuenta ademas con decoraciones de querubines de falso barroco en el techo, que disparan flechas de amor hacia la cama.
Las crepes y las tortillas que han traído para desayunar también tienen forma de corazón.
—Puedes conservar tu apellido de soltera si lo prefieres —me comenta Hayden.
—No sé cuál de los dos está más loco.
—No me interesa averiguarlo. —Toma mi mano izquierda y gira mi alianza alrededor del dedo—. Pero sin duda tenemos que buscar algo mejor que estos dos pedazos de hojalata.
—Puedo mirar en el suelo de mi abuela, a ver si aún queda algún fragmento de sus platos.
—Sería todo un honor.
—Ya, pero si entrásemos en una joyería de Los Ángeles y encargáramos dos alianzas, al cabo de veinte minutos toda la ciudad sabría que Hayden West se ha casado.
—Quien a chismorreo hiere, a chismorreo muere. Estoy dispuesto a aceptarlo.
—Tampoco hace falta que lo sepa todo el mundo —le indico, rodando por encima de él, con nuestros cuerpos enredados en la sábana de satén rosa—. Lo sabemos tú y yo. Me gusta que sea un secreto solo nuestro. Se lo diremos a mi familia, a la tuya y a Ashley cuando nos parezca más oportuno.
A mí, la propuesta me parece bien. A decir verdad, lo que más me afecta es su familia.
—O, si no, podríamos comprar dos anillos en Europa. —Hayden me besa en los labios con delicadeza—. Convirtamos mi gira en nuestro viaje de recién casados.
—Basta, basta, basta —exclamo apartándolo de mí—. Tendríamos que empezar a discutir por cualquier cosa, porque ahora mismo todo es demasiado perfecto.
—¿Quieres que te dé un motivo para discutir? Ahí va una idea: cuando te vengas a vivir conmigo, nada de pósters de Ruth Bader Ginsburg ni de Katharine Graham en las paredes. Acepto los imanes en la nevera, pero no quiero que sus ojos me estén mirando las veinticuatro horas del día.
—En primer lugar, no pienso consentir que me obligues a escoger entre mis pósters y tú. Y, en segundo lugar, ¿quién ha decidido que seré yo quien se mude a tu casa?
Él alza el puño al aire, entusiasmado.
—Ya sabía yo que mataría dos pájaros de un tiro. Aún sigo en plena forma. Voy a darme una ducha. ¿Cuándo sale el próximo vuelo a Los Ángeles?
—Dentro de dos horas. ¡Eh! —le grito mientras entra en el cuarto de baño de baldosines rosas—. ¡Esta conversación aún no ha terminado!