22 El hombre del uniforme
La casa de Frederick estaba sumida en una calma densa aquella tarde.
Sus padres no andaban por la sala y los dos amigos habían decidido guarecerse allí para conversar sin interrupciones.
Cada uno sostenía una botella de cerveza en la mano, aunque ninguno parecía demasiado interesado en dar el primer sorbo.
Llevaban varios minutos sentados en los sillones sin cruzar una sola palabra; el peso del video seguía flotando en la habitación, repitiéndose en bucle dentro de sus cabezas.
La voz cínica de aquel hombre, la frialdad de sus reclamos, la manera en que desgranaba su pasado con Vivianne y la absoluta tranquilidad con la que justificaba acciones que, vistas desde afuera, resultaban completamente monstruosas.
Frederick fue quien, al fin, rompió el silencio de la estancia.—Ese tipo es un enfermo, Julian. De verdad.
Julian levantó la mirada, con los ojos ensombrecidos.—Sí, lo es.
Frederick tomó un trago corto de cerveza y apoyó la botella sobre la mesa ratona con un golpe seco.—No consigo sacarme esas malditas frases de la cabeza. No puedo.
Julian permaneció callado, permitiéndole descargar la tensión.
—Era una adolescente, Julian —continuó Fred, negando lentamente con la cabeza—.
Tenía apenas diecisiete años. Y él ya tenía veinticinco, era un oficial de policía.
Ya era un adulto con responsabilidades, portaba un arma, tenía una posición y una autoridad institucional que ella jamás habría podido contrarrestar.
Julian apretó los dedos alrededor del vidrio de su botella, sintiendo una punzada de impotencia.—Y pensar que durante años nosotros creímos, como idiotas, que simplemente había sido una relación de pueblo que había salido mal.
Frederick soltó una risa amarga, carente de cualquier atisbo de humor.—Eso fue exactamente lo que ese miserable se encargó de hacernos creer a todos. Nos vendió el papel de mártir.
El silencio regresó a la sala por unos instantes. Julian desvió la vista hacia el ventanal que daba a la calle.—Lo que más me revuelve el estómago es que, después de todo lo que le hizo pasar, siguió caminando por estas aceras con la frente en alto, como si fuera un ciudadano ejemplar.
—Y nosotros también seguimos con nuestras vidas como si nada —remató Fred.
Julian volvió la mirada hacia él, frunciendo el ceño. Frederick se apresuró a matizar la frase, levantando una mano.—No estoy diciendo que fuéramos sus cómplices ni que supiéramos la verdad de su encierro. Está claro que no la sabíamos.
—Pero escuchábamos los chismes en los almacenes —reconoció Julian—. Sabíamos que algo olía mal.
—Sí. —Frederick bajó la vista hacia el suelo—. Escuchábamos las porquerías que se hablaban…
Julian depositó su cerveza sobre la madera.—Ella tampoco tenía a quién acudir en ese entonces, amigo. Estaba completamente desamparada.
—Eso es justamente lo que más me descompone.
—Frederick se pasó una mano cansada por el rostro, frotándose los ojos—.
La acosó minuciosamente. La fue aislando quirúrgicamente de todo su entorno, de sus amigas, de cualquiera que pudiera abrirle los ojos.
La convenció de que no valía nada sin su aprobación y, cuando ella por fin reunió las agallas para escapar de esa prisión, él decidió castigarla sembrando un rumor asqueroso.
Julian permaneció completamente inmóvil, asimilando la crudeza del panorama.—Y el pueblo entero devoró la mentira.
—Claro que se la tragaron sin pestañear —espetó Fred con ironía—. ¿Y sabes por qué? Porque el tipo vestía un uniforme. Frente a los vecinos, la palabra de un oficial de policía siempre iba a pesar más que la de una adolescente de hogar roto. Así funciona la hipocresía de este lugar.
Fred tomó otro sorbo de su botella, con la mirada endurecida.—¿Quieres que te diga qué es lo que verdaderamente me asusta de todo esto, Ju?
—Dime.
—Que se supone que ese hombre forma parte de la fuerza que debe protegernos de los peligros de la calle.
Imagínate por un segundo tener una emergencia real bajo tu techo, que alguien intente forzar tu puerta o que te asalten en una esquina.
Imagina tener que marcar el número de la policía con el corazón en la boca...
y que la persona que aparezca para salvarte sea un psicópata como Alfred Mars.
Julian sintió un escalofrío nítido recorrerle la espina dorsal.—Nunca me había detenido a pensarlo desde esa perspectiva. Es aterrador.
—Pues yo no he podido dejar de darle vueltas desde que apagué la cámara del celular. —Se recostó contra el respaldo del sofá, soltando un suspiro frustrado—. ¿Cómo puede alguien en su sano juicio confiar en su criterio o en su autoridad después de ver lo que le hizo a Vivianne?
Julian bajó la mirada, sopesando la realidad del pueblo.—Confían en él simplemente porque nadie más sabe lo que hay en ese archivo de video. El pueblo sigue ciego.
—Bueno... Ahora nosotros dos sí lo sabemos con certeza.
—Y Vivianne también sabe lo que registraste —añadió Julian.
Fred asintió con solemnidad.—Y eso cambia las reglas del juego por completo.
Julian guardó silencio durante unos segundos, midiendo sus palabras antes de formular la pregunta clave.—¿Qué tienes pensado hacer exactamente con la grabación?
—La tengo blindada en una carpeta segura, nadie más la va a ver.
—¿No vas a mostrársela a nadie del vecindario?
Fred negó con la cabeza de inmediato, con una firmeza que alivió a su amigo.
—Bajo ningún concepto, Julian. No voy a dar un solo paso sin hablar antes con Vivianne y tener su consentimiento explícito.
No quiero que sienta, ni por asomo, que estamos usando su dolor o su intimidad para armar un escándalo por nuestra cuenta, sin consultarle.
Ya tuvo suficiente de personas tomando decisiones sobre su vida.
Julian esbozó una sonrisa mansa, sintiendo un profundo respeto por la madurez de su compañero.—Me alegra mucho escuchar eso.
Fred lo miró de reojo, extrañado por el cumplido.—¿Qué? ¿De verdad pensabas que iba a salir a ventilarlo como un chismoso más?
—No, claro que no. Pero es bueno comprobarlo.
—Por favor, Ju... Después de las atrocidades que presenciamos en esa calle, lo mínimo que podemos hacer es comportarnos como hombres y hacer las cosas bien por ella.
Julian volvió a sumirse en sus pensamientos, perdiendo la vista en algún punto indefinido de la alfombra.—¿Sabes qué es lo que realmente me preocupa ahora mismo?
—¿Qué?
—Que Vivianne siga convencida de que tiene que cargar con este peso sola, que tenga la guardia alta pensando que debe defenderse de todo el mundo sin ayuda.
Fred lo observó detenidamente durante unos instantes antes de suavizar la expresión de su rostro.—Creo que esa armadura ya se está empezando a agrietar. No te preocupes tanto.
—¿Por qué lo dices con tanta seguridad?
—Porque esta vez no regresó sola. Tiene a Julie y a Susanne custodiándole la espalda, y esas chicas no se andan con rodeos. —Frederick esbozó una sonrisa de lado—. Y ahora, además, nos tiene a nosotros de su lado.
Julian alzó una ceja, adoptando su habitual tono irónico para descomprimir la densidad del ambiente.—No sé si tenernos a nosotros dos como aliados califique precisamente como una buena noticia para ella.
Fred soltó una carcajada involuntaria que resonó en el salón vacío.—Visto así, probablemente tengas toda la razón del mundo. Somos un desastre.
Los dos rieron brevemente, permitiendo que el humor limpiara los restos de la tensión acumulada. Sin embargo, la ligereza duró poco y Frederick volvió a concentrar la atención en el cristal de su botella.—De todos modos, hay una certeza que tengo grabada a fuego de ahora en adelante, Julian.
—¿Cuál?
—No voy a tolerar que vuelva a salir de la boca de nadie en este maldito pueblo un solo comentario despectivo sobre Vivianne. Ni uno solo.
Julian asintió con una fijeza implacable en los ojos.—Yo tampoco lo voy a permitir. Cuenta con eso.
—Porque ahora sabemos con pruebas irrefutables quién era el verdadero problema en esa historia —sentenció Fred.
Julian respiró hondo, llenando los pulmones con una determinación renovada.—Y te aseguro que nunca fue ella.
Fred levantó su botella al centro del espacio, formalizando el juramento silencioso.—Por eso mismo. Brindemos por ella.
Julian chocó su envase contra el de su amigo con un tintineo limpio.—Por Vivianne.
Bebieron en silencio. Permanecieron allí sentados durante el resto de la tarde, procesando el peso de la verdad que ahora cargaban sobre los hombros.
Todavía no tenían la menor idea de qué rumbos tomarían los acontecimientos en los próximos días, pero compartían una certeza inquebrantable que ninguno de los dos habría podido vislumbrar una semana atrás: el hombre al que el pueblo había reverenciado durante años como una autoridad respetable y protectora, había demostrado ser un cobarde de la peor calaña.
Y ahora que la venda se les había caído de los ojos, ya no había forma de volver a fingir demencia.