ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

La quiero libre. Eso es lo único que importa ahora.

No me lo he creído del todo. En la terraza, con el mar de fondo y sus manos en mi pecho, Valeria me dijo que se quedaba.

Me lo dijo mirándome a los ojos, con esa voz suya que no tiembla.

Y aun así, desde entonces, hay una sombra que no me deja en paz: la duda de si se quedó porque me eligió a mí o porque lleva una vida entera sin saber que puede irse.

Porque yo la compré. La saqué de una deuda, la metí en mi casa, la rodeé de hombres armados y de lujo.

Le di de comer, le di un techo, le di una jaula con vistas al mar.

Y durante un año la observé sin tocarla, convencido de que el tiempo la pondría de rodillas.

Nunca se me ocurrió que lo que necesitaba para elegirme era, precisamente, lo que yo no estaba dispuesto a darle: la certeza de que podía irse.

Así que voy a dársela.

Suena simple dicho así. No lo es. Nada en mi vida me ha costado más que esta decisión, y todavía no la he llevado a cabo.

Porque soltar es lo contrario de todo lo que me enseñaron.

A los doce años, mi padre me puso un cuchillo en la mano y me dijo que lo que es tuyo se defiende, no se deja ir.

A los dieciséis, me hizo ver cómo se castigaba a un hombre que había intentado irse: no se le mató.

Se le trajo de vuelta y se le hizo desear haber muerto.

Crecí creyendo que la lealtad se compra con miedo, y que el miedo se compra con sangre.

Y ahora, veintinueve años después, voy a hacer exactamente lo contrario con la única persona que quiero.

Voy a abrirle la puerta. Voy a ponerle el mundo en las manos.

Y voy a esperar, como un idiota, a ver si vuelve.

Si mi padre me viera, me escupiría a la cara.

Y quizá por eso sé que estoy haciendo lo correcto.

Lo decido una mañana, en el despacho, mientras ella pinta en el jardín. La miro por la ventana, con el pelo recogido y una mancha de azul en la mejilla, y sé que no puedo tenerla a medias. No a esta mujer. No después de todo lo que hemos pasado.

Llamo a Matteo.

—Quiero papeles para ella —digo—. Pasaporte, dinero, un coche, un billete de avión abierto. Todo legal. Todo suyo.

Matteo me mira como si me hubiera vuelto loco.

—¿Papeles para la señora?

—Sí. —No parpadeo—. Y quiero que nadie la siga. Ni un hombre. Ni una cámara. Que se vaya a donde le dé la gana y no vuelva si no quiere.

—¿Señor…?

—Hazlo.

Matteo asiente, aunque sé que no lo entiende.

No le culpo. Yo tampoco lo entiendo del todo, y soy yo quien lo ha ordenado.

Toda mi vida he hecho lo contrario: atar, retener, no soltar nunca lo que era mío.

Mi padre me enseñó que lo que se tiene se defiende, y que soltarlo es perderlo.

Y ahora, frente a la única mujer que he querido de verdad, descubro que la única forma de no perderla es soltarla.

Es una paradoja que me va a costar el sueño. Pero es la única salida.

Esa noche, se lo entrego.

La espero en la terraza, como siempre, mirando el mar. Ella sube, descalza, con el vestido ligero que se puso para cenar, y se sienta a mi lado sin preguntar. Esa cercanía, ese gesto pequeño de no pedir explicaciones, me parte más que cualquier despedida.

Quiero decírselo todo de golpe. Quiero agarrarla y pedirle que se quede, que no abra la carpeta, que finja que no se la he dado.

Pero no lo hago. Me muerdo la lengua y se la tiendo, porque si algo he aprendido de esta mujer es que no se puede querer a alguien apretándolo.

Se quiere soltándolo. Y soltarla es lo único que no sé hacer, y por eso es lo único que tengo que hacer.

Aunque me arranque algo por dentro. Aunque me cueste el aire.

Aunque, si se va, me quede sin motivo para respirar.

—Tengo algo para ti —digo.

Le tiendo la carpeta. Ella la mira, sin cogerla.

—¿Qué es?

—Tu libertad. —Las palabras me cuestan más de lo que pensaba—. Pasaporte, dinero, un billete abierto. Puedes irte mañana. A cualquier parte. Nadie te seguirá, nadie te buscará. Nadie, ni siquiera yo.

Ella se queda muy quieta. Luego, despacio, abre la carpeta y mira los papeles. Su cara no cambia. No sé si está aliviada, herida o furiosa. Y esa incertidumbre me mata.

—¿Por qué? —pregunta, al fin.

—Porque no quiero que te quedes por miedo. —La miro—. Quiero que te quedes porque quieres. Y la única forma de saberlo es dándote la puerta.

—¿Y si me voy?

—Entonces te habré perdido. —Me giro hacia el mar, para que no me vea—. Pero al menos no me habré engañado.

Hay un silencio. Luego la oigo moverse, y pienso que se va, que no va a decir nada más.

Pero en vez de eso, siento su mano, breve, en mi espalda.

Un toque que dura un segundo y me quema más que cualquier herida.

No dice nada. No hace falta. Y yo, que he matado a hombres sin pestañear, me quedo paralizado, con los ojos cerrados, contando los segundos que tarda en retirar la mano.

Cuando me giro, ya no está. Solo queda su calor en mi espalda, y la certeza de que, pase lo que pase mañana, esta mujer me ha tocado como nadie.

El silencio se estira. Oigo su respiración, lenta. Oigo las olas, abajo, golpeando las rocas. Y espero. Espero con la certeza de que esta es la apuesta más cara de mi vida, y de que no había otra forma de jugarla.

—Enzo.

Me giro. Ella está de pie, con la carpeta en las manos, mirándome con algo que no sé nombrar.

—Mañana te daré mi respuesta —dice.

Y se va, con la carpeta apretada contra el pecho, y me deja solo, en la terraza, con el mar y con un miedo que no he sentido desde que era un niño.

Me quedo allí mucho rato, con las manos en la barandilla, mirando el punto por donde ha desaparecido.

El mar no me consuela, como otras noches.

Las olas suenan igual que siempre, pero yo no las oigo: oigo su voz, «mañana te daré mi respuesta», repitiéndose en mi cabeza como una condena.

Mañana. Una palabra de seis letras que separa mi vida de dos futuros posibles, y en ninguno de los dos estoy a salvo.

Porque si se va, pierdo lo único que me importa.

Y si se queda, tendré que aprender a vivir con la certeza de que pudo irse y no lo hizo, y eso es una responsabilidad que me pesará toda la vida: la de ser digno de que se haya quedado.

No duermo. Paso la noche en el despacho, con un vaso de whisky que no toco, mirando el reloj y odiándome por haber hecho lo correcto.

Porque lo correcto, por primera vez en mi vida, no me da poder.

Me lo quita. Me deja desnudo, esperando la sentencia de una mujer que ahora puede irse y no volver, y no tengo a nadie a quien culpar salvo a mí mismo.

Por primera vez, no tengo el control de nada.

Y lo he elegido yo. Yo, que he pasado la vida tomando, he decidido soltar. Y no sé si me va a salvar o me va a destruir. Solo sé que no había otra forma. Solo sé que ella se lo merecía. Y que no me arrepiento de habérselo dado.