Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 43.
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43.

A última hora de la tarde, nuestros hombres se topan con Vittorio y unos soldados traidores que intentan huir de la ciudad en barco con dinero en efectivo, objetos de valor y las joyas de su esposa en un maletín de cuero.

Es un imbécil. No le importaba nada, salvo salvar su propio pellejo por haber sido descubierto.

A Vittorio y a los soldados los llevan al búnker, que se construyó debajo del aparcamiento de uno de nuestros restaurantes italianos menos concurridos. Giovanni, Romeo, Matteo y yo llegamos al mismo tiempo que papá y el consejero.

Intercambio una mirada con el Don y se nota claramente su furia por haber sido traicionado por alguien de nuestra familia.

Bajamos las escaleras subterráneas y, en cuestión de segundos, el aire a nuestro alrededor se vuelve denso. Recorremos un pasillo pequeño y poco iluminado y entramos en la amplia sala que utilizamos para acabar con nuestros enemigos y traidores.

Los cuatro soldados que intentaban huir con Vittorio ya están muertos, con los cadáveres apilados a un lado de la sala, mientras que nuestro caporegime yace sobre una mesa de acero inoxidable, atado de pies a cabeza y con la boca cosida.

Así es como tratamos a nuestros traidores, sin darles la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras.

El Don es el primero en acercarse lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Creía que eras mi amigo, Vittorio, pero no eres más que una rata de mierda —murmura y le escupe en la cara—. Usaste tu inteligencia para traicionarnos y ahora vas a morir por ello —continúa y aprieta una de sus ataduras, haciendo que el traidor gima de dolor.

El papá se inclina un poco y acerca el rostro al de Vittorio, fijando la mirada en sus ojos desorbitados y llorosos.

—Que ardas en el infierno por haber traicionado a nuestra familia —gruñe, volviendo a enderezarse y retrocediendo, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón de vestir.

Sin prisas, me acerco a Vittorio, que se retuerce sobre la mesa, intentando liberarse. Como si fuera a poder escapar si lo lograra. De una forma u otra, hoy será su fin por haber cometido traición.

—Intentaste matar a mi mujer —digo, con voz impasible. Le dedico una sonrisa cínica y siseo—. ¿No has estado en esta sala el tiempo suficiente para saber cómo tratamos a nuestros traidores?

Él gime, en un intento inútil por hablar.

— Shhhi —murmuro con desdén—. Ya sabes que no damos oportunidad a los traidores a hablar. —Tras decirlo, le asesto un puñetazo en la frente a Vittorio. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… y se desmaya.

Doy un paso atrás y estiro la mano con la que le he golpeado. Uno de nuestros soldados se acerca a él con un cubo de agua helada y se lo echa todo por la cara, lo que hace que el traidor recupere el conocimiento.

Vuelvo a acercarme, sintiendo cómo se me tensan los músculos de la cara y una tensión de cojones en los hombros.

—Si pudiera hablar, suplicaría que lo mataran ya. —Niego con la cabeza, escéptico—. Pero va a sufrir. Va a sufrir como se merece un traidor.

Dos soldados salen de la sala y vuelven al cabo de unos minutos. Uno de ellos lleva una jaula metálica sin fondo y el otro, una rata.

Con un tirón, le rasgo la camisa a Vittorio, haciendo que los botones salgan volando. El soldado coloca el ratón sobre el vientre de nuestro traidor, que se retuerce desesperado, y luego, la jaula.

En un rincón más alejado de la sala hay un cubo de hierro con brasas ardientes y una pequeña pala al lado. Romeo la coge y la introduce en el cubo, sacando una buena cantidad de brasas, y me las entrega.

Miro fijamente a Vittorio mientras cubro la parte superior de la jaula con las brasas. Sus ojos desorbitados se clavan en mí e intenta liberarse de las ataduras, un intento inútil de escapar de su cruel destino.

Vittorio tendrá lo que se merece.

Suplicará que lo maten de una vez, pero eso no sucederá. Sufrirá mientras la rata le desgarra las entrañas para sobrevivir.

Tras infligirle a Vittorio una muerte inhumana y digna de un traidor, salimos del búnker y dejamos que los soldados lo limpien todo.

En el aparcamiento privado y cubierto del restaurante, papá se detiene a mi lado, apoyando su mano firme en mi cuello.

— ¿Y la carga? —quiere saber

—Ya ha llegado a Detroit —le informo, y él asiente con la cabeza.

Recuperar la valiosa carga, atrapar y matar al traidor y, por supuesto, seguir ganando dinero y tener el control de todo, es prácticamente nuestro final feliz.

Puede que Vittorio fuera amigo del Don, pero los negocios siempre serán lo más importante por encima de cualquier otra cosa. Para papá, la organización siempre ha estado por encima de nosotros, los hijos, y de mamá, su esposa.

Y bueno, no es que esté equivocado: cuando nos iniciamos y hacemos nuestro juramento de sangre, eso es lo que prometemos.

La organización por encima de todo y que daremos nuestras vidas por nuestros hermanos si es necesario. Y si algún día rompemos el juramento, arderemos en el fuego del infierno.

—¿Está bien Martina? —pregunta, como si realmente le importara el bienestar de mi mujer.

— Sí.

—Genial. ¿Sabe Giuseppe lo que Vittorio le ha hecho a Martina?

Niego con la cabeza.

Martina no ha querido contarle a su padre ni a sus hermanas lo que pasó anoche. Y, sinceramente, prefiero que sea así. No quiero que Giuseppe se atreva a decir que no sé cuidar de mi mujer o que soy incapaz de protegerla. Perdería los estribos y se convertiría fácilmente en mi enemigo.

—No dejes que Giuseppe se entere de lo que le ha pasado. No me apetece lidiar con eso —dice, y yo asiento con la cabeza, de acuerdo.

Papá me da una palmadita en la nuca, y hace lo mismo con mis hermanos y con Matteo antes de subir al coche en el que ha venido con el consejero y marcharse.

Mi móvil vibra dentro del bolsillo del traje y, al cogerlo, veo el nombre del soldado al que encargué que buscara a Gina parpadeando en la pantalla a color.

Contesto la llamada y escucho lo que tiene que decirme. Miro a Matteo, Romeo y Giovanni, que se detienen a unos pasos de mí, en silencio.

—Vale —digo al colgar y guardar el móvil en el bolsillo—. Gina se ha ido del país —les comento.

—¿Y Ornella? —quiere saber Giovanni.

—No se ha escapado. Ella no sabía nada de las artimañas de su sobrina, y solo es una señora. No voy a matarla —murmuro.

—¿Vas a despedirla? —pregunta Romeo, cruzándose los brazos a la altura del pecho y con el ceño fruncido, como es habitual en él.

—Aunque sea inocente, no volverá a poner un pie en mi casa. Tenía mucho aprecio por Ornella, pero no puedo confiar en ella.

Los tres asienten.

—¿Y Sarah? ¿Confías en ella después de todo? —pregunta Romeo. Hoy está demasiado hablador para mi gusto.

Siento cómo se me tensa la mandíbula.

—No exactamente, pero Martina quiere protegerla. Y…

—No dejes que papá se entere de que la quieres, Danilo —me interrumpe Giovanni para aconsejarme—. No dejes que nadie lo sepa. O utilizarán a Martina para hacerte daño.

Mi hermano tiene razón, pero eso no significa que me guste oír lo que dice. Si utilizan a Martina para llegar hasta mí, convertiré Chicago en un infierno y no me importará cuánta sangre tenga que derramar para protegerla.

Destruiré a cualquiera que se atreva a tocarla para hacerme daño.

Es mi nuevo juramento.