27.
Me despierto antes de que suene el despertador y con una erección de cojones.
En algún momento de la noche, Martina se acurrucó contra mi cuerpo y puso un muslo suave sobre mi entrepierna. La rodilla de la chica roza ligeramente mi polla, pero aun así es suficiente para ponerme aún más duro y dolorido.
Sin hacer movimientos bruscos, me levanto de la cama y, antes de ir al baño, la contemplo con atención.
Su cabello oscuro está esparcido por las almohadas y la camisa de vestir que lleva puesta se le ha subido hasta la altura del coxis; y, a pesar de que lleva unas braguitas de tejido suave, parte de ellas se le ha metido entre el culo en forma de corazón.
Es una tentación de las buenas.
Si fuera un cretino como mi padre, me la tomaría a la fuerza. Sin embargo, nunca me tiraré a una mujer sin que ella quiera que lo haga.
Y Martina es mi mujer. Además de no ser una mujer cualquiera, se merece mi respeto. No según Don Salvatore, pero nunca la maltrataré como el papá hace con la mamá.
Un ejemplo que no voy a seguir.
Arrasto los pies hasta el baño y me bajo los pantalones de chándal y los calzoncillos antes de meterme en la ducha para masturbarme. Estoy demasiado cachondo como para esperar a que la excitación se me pase por su propia voluntad.
Me pierdo en pensamientos impuros. Todos centrados en Martina. Me veo lamiendo su suave piel, su precioso culo con forma de corazón, apretando, mordiendo y marcando cada parte de ella como si fuera de mi propiedad.
Mi polla palpita con fuerza a medida que la fricción que hago con la mano se va acelerando, y las imágenes en mi cabeza, se vuelven más feroces.
Cierro los ojos y, en el instante en que lo hago, veo a Martina de rodillas en la ducha, tragándose mi polla entera con ganas, chupándola hasta la raíz, haciéndome vibrar contra sus labios carnosos y atrevidos.
Hace movimientos precisos para tragarse toda mi polla y sacar la lengua para lamer el glande...
Me corro como un adolescente en plena pubertad.
Me quedo más tiempo del necesario bajo la ducha y cambio la temperatura a fría, en un intento por calmar mi cuerpo, que aún parece tenso por la excitación que me provoca esta chica.
Me dirijo al vestidor, no sin antes echar un vistazo a Martina en la cama. Sigue igual, ese culo delicioso parece una invitación para mí. Con una fuerza de voluntad que me sorprende, me cambio de ropa y me pongo los zapatos.
Me estoy poniendo el Rolex en la muñeca cuando vuelvo a situarme frente a la cama. Admiro el precioso culo de mi mujer por un instante antes de taparla con el edredón.
—Danilo... —murmura con voz somnolienta.
Es jodidamente sexy.
— Duerme, me voy.
A pesar de estar somnolienta, se sienta en la cama y estira los brazos para estirarse, dejando escapar gemidos desde lo más profundo de la garganta, lo que empieza a excitarme de nuevo.
—Es temprano —dice mientras bosteza y mira la hora en el reloj digital que hay junto a la cama.
Tiene razón. No son más de las siete, pero los negocios son los negocios a cualquier hora del día.
—Tengo una reunión —digo y me siento raro. Últimamente le estoy dando tantas explicaciones a Martina como nunca antes lo había hecho.
Ni siquiera a mi madre.
— Disfruta del día y haz lo que quieras —me oigo decir, pero ni siquiera sé si me ha escuchado de verdad, porque vuelve a hundirse en el colchón y no tarda en empezar a respirar con dificultad.
Salgo de la habitación después de volver a taparla con el edredón y me dirijo hacia el ascensor privado. Antes de que se abran las puertas metálicas, marco el número de Luigi.
Cuando Martina estaba en Detroit, no tuve que enviar a Luigi allí, porque no me cabía duda de que los hombres de Giuseppe cuidarían bien de la hija del Don. Envié a unos hombres para que estuvieran atentos a cualquier posible problema.
Ayer le pedí a Luigi que cuidara de Martina, pero no es precisamente lo que suele hacer. Es un excelente soldado y un gran amigo. Lo conozco des s años y, aparte de mis hermanos, Matteo e incluso Giancarlo, es el único hombre en el que confío de verdad.
Y como Martina necesita un guardaespaldas, le confiaré a mi mujer cuando yo no esté cerca.
Aunque mi amigo tenga polla, sé que la mantendrá bien lejos de ella. Además de serme fiel y respetarme, sabe que detesto a los traidores y que no suelo dar segundas oportunidades.
—Tengo un trabajo para ti —le digo sin rodeos.
—Claro —dice con la voz entrecortada.
—Espero que no estés follando ahora mismo —replico, haciendo que mi amigo se ría.
— Salida matutina.
Se abren las puertas del ascensor privado que lleva directamente al ático. No entro de inmediato, pero lo sujeto con la mano para mantenerlo abierto.
— Necesito que seas el guardaespaldas de Martina. No confío en nadie más para este trabajo.
Respira hondo y hace un ruido al tragar al otro lado de la línea, como si estuviera bebiendo agua.
—De acuerdo, lo que quieras —dice con firmeza.
—Genial. Ven lo antes posible —le ordeno a mi amigo y espero la confirmación para colgar y entrar en el ascensor.