24.
Después de besarle la mejilla, un gesto que ni siquiera yo misma esperaba hacer, le doy la espalda y me dirijo al baño. Mi cuerpo se estremece al verlo entrar tras de mí.
No hay término medio cuando se trata de Danilo Salvatore. O es ocho. O es ochenta.
O estamos en pie de guerra, mientras yo le apunto con un cuchillo. O el hombre está sangrando por mí para fingir que me ha quitado la virginidad. O está diciendo que me va a tirar a la cama y reclamar lo que es suyo.
—Me voy a dar una ducha —le digo, por si acaso está pensando que solo me voy a cepillar los dientes y no me voy a desnudar bajo la ducha.
—Lo sé.
Arqueo las cejas.
—¿Lo sabes?
—Quiero verte desnuda —ordena, y de repente, una sonrisa pícara se dibuja en sus labios arrogantes. Parpadeo lentamente, petrificada, mientras por dentro me siento arder.
No puede ser que me esté excitando al recibir una orden tan indecente como esa.
— ¿Y cómo va a ser? ¿Te vas a quedar ahí parado mientras me ducho?
Apoya parte del cuerpo contra el marco de la puerta y se mete una mano en el bolsillo del pantalón de vestir. Sus ojos azules y severos se clavan en los míos mientras asiente para responder a la pregunta.
—Exactamente. Me quedaré aquí de pie admirando el cuerpo tan apetecible de mi esposa.
Respiro hondo, sintiendo cómo se me eriza el vello de la nuca ante la idea de acatar su orden. Este hombre es imposible y acabará conmigo.
Danilo Salvatore debería venir con un manual de instrucciones. Es difícil lidiar con él sin sentir que el cerebro va a explotar dentro de la cabeza.
— No creo que sea una buena idea.
—Eres mi mujer —gruñe, como si esa pequeña frase fuera la solución a todos nuestros problemas.
Para él, quizá sí lo sea. Al fin y al cabo, es uno de los hombres con un cargo de prestigio dentro de la organización.
El sottocapo y, muy pronto, el jefe del Imperio Salvatore.
— ¿Prometes que solo vas a mirar?
¡Dios mío! ¿Qué demonios me está pasando? ¿Por qué voy a permitir algo así? ¿Dónde se me ha metido el sentido común? En algún lugar lejos de mi cabeza, esa es la única explicación.
Reúno fuerzas para decirle que se vaya y me deje un poco de intimidad. Por desgracia, las palabras se me atascan en la garganta y no me sale la voz.
Me quedo paralizada al verlo entrar por completo en el baño y posar las manos con fuerza en mi cintura. Danilo me gira de un tirón, haciendo que se me escape un gemido desde lo más profundo de la garganta. El movimiento es brusco y tremendamente sexy.
Sin pedir permiso, sus dedos firmes deslizan la cremallera del vestido hasta mi trasero, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. Con una delicadeza que no encaja con su personalidad, el hombre me arranca la tela por los brazos y da la vuelta para quedar frente a mí.
Me obligo a tragarme el nudo que tengo en la garganta.
Danilo contempla mi cuerpo con una posesividad absurda durante un instante antes de volver a bajarme el vestido hasta los pies. Me veo obligada a dar un paso hacia un lado y salir de entre el montón de tela que se ha formado en el suelo.
—¿Satisfecho?
Me muerdo con fuerza el interior de la mejilla.
—No —la respuesta hace que mi corazón dé un doble salto dentro del pecho—. Estoy lejos de estar satisfecho, piccolina.
Debería haberme callado.
Me vuelve a girar para desabrocharme el sujetador.
Por instinto, cruzo los brazos a la altura de los pechos para protegerlos del frío y de Danilo.
Siento sus dedos descarados a los lados de las braguitas de encaje.
Cierro los ojos con fuerza en el instante en que el hombre empieza a deslizar la tela por mis piernas.
Oigo su respiración profunda y pesada, que hace que cada pedacito de mi piel arda.
Danilo me gira de nuevo, colocándome de cara a él y haciéndome pestañear. Sus ojos azules destellan excitación y deseo mientras contempla mi cuerpo con una veneración que no comprendo.
Con un gesto ávido, pero también suave, me sujeta los brazos y me hace descubrir mis pechos. Me observa con tanta intensidad que llego a la conclusión de que va a tomarme a la fuerza.
Sin embargo, no lo hace.
Solo se inclina un poco para tirar del velcro de la funda que ha guardado mi cuchillo durante horas y dejarlo caer al suelo.
No puedo reprimir la sorpresa al verlo quitarme las horquillas con diamantes del pelo y colocarlas sobre el lavabo de mármol. Nuestra diferencia de altura nunca ha tenido tanto sentido como ahora.
—Esas horquillas valen una fortuna —empiezo a balbucear, rompiendo el silencio entre nosotros.
—Tú vales más.
Arrugo la nariz y aprieto los labios.
No sé si esa era la intención, pero me siento como si fuera un maldito producto que Danilo ha comprado.
En el fondo, no soy más que eso, ¿no?
— Ah, ¿sí? ¿Cuántos millones vale la mujer del subjefe? —le respondo con cierta burla—. ¿Un millón como mínimo?
Se ríe.
— Martina, ahora eres mi mujer. ¿Sabes cuánto darían mis enemigos por echarte el guante y hacerme daño? Más que millones. Darían vidas inocentes por ello. Tú vales mucho más que el dinero.
La respuesta me pilla desprevenida.
— Mmm —es el único sonido que sale de mi boca.
Después de quitarme todas las horquillas con diamantes de la cabeza, me envuelve los dedos en el pelo y me sorprende masajeándome el cuero cabelludo con cariño y, de una forma sensual, lo que acaba arrancándome un gemido pícaro.
Sé que le gusta lo que oye, porque me dedica una sonrisa cínica.
—Adelante —ordena, y no espero a que vuelva a hablar.
Me alejo de él y entro en la cabina de ducha. Se me pasa por la cabeza cerrarla, pero el cristal es transparente y sería como tapar el sol con un colador. De todas formas, sus ojos descarados me van a inspeccionar mientras me ducho.
Abro el grifo de la ducha e intento olvidar que hay un hombre enorme y musculoso observándome. Es una misión imposible. Sus ojos siguen cada uno de mis movimientos y acabo enjuagándome el pelo con champú dos veces.
Al final de la ducha más torpe de la historia, me ofrece una toalla y un albornoz blanco, que se empeña en ayudarme a ponerme.
— Gracias.
Sale del baño y me deja sola. Como si eso fuera a cambiar algo ahora, pero no me quejo. Me seco el pelo con el secador y, todavía con el albornoz puesto, vuelvo al dormitorio y, bajo la intensa mirada de Danilo, entro en el vestidor.
El camisón de la noche de bodas descansa sobre el pequeño y cómodo sillón, con un conjunto de lencería de encaje a su lado. Es muy sensual, pero sin resultar extravagante ni vulgar.
Tardo más de lo necesario dentro del armario y, cuando me armo de valor para salir, oigo que se enciende la ducha y veo que Danilo ha entrado en el baño y ha guardado el botiquín de primeros auxilios y mi cuchillo. Me acerco a la cama y observo la mancha de sangre en las sábanas blancas.
Todavía me cuesta creer lo que ha hecho por mí.
Sé que otro hombre me habría devuelto. O, como mínimo, se habría cabreado tanto porque otro me hubiera tocado, que me habría tomado a la fuerza como un animal irracional, sin preocuparse por mí.
Danilo es realmente una cebolla llena de capas.
Vuelve al dormitorio, en pantalones de chándal y sin camiseta. Intento ser fuerte y no quedarme mirando fijamente su pecho marcado y lleno de pequeños músculos. Y, claro, no lo consigo. Doy la misión por perdida y recorro con la mirada el abdomen de Danilo.
Tiene un águila tatuada en el pecho y un toro en el brazo derecho, y un león cerca de las profundas hendiduras que se esconden bajo la cintura elástica de la sudadera.
En el momento en que se detiene a mi lado y el olor a jabón cítrico invade mis fosas nasales, desvío la atención y me dirijo al sofá que hay junto al balcón para coger los cojines pequeños.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Danilo.
—Una barrera protectora.
Hago una pila de cojines en medio de la cama y, a continuación, me hundo en el colchón, cubriéndome con el edredón. No es solo para protegerme de él, es para no caer en la tentación y alargar la mano para tocarlo.
¿Es Danilo terrible? Sí, no puedo negarlo. Pero también es muy guapo y atractivo.
El hombre entrecierra los ojos para mirarme antes de acomodarse en la cama. Sin decir nada, destruye toda la barrera protectora que he construido lanzando los cojines contra el sofá.
—Vale, sin barreras —murmuro.
—Sin barreras —repite mientras se levanta para apagar todas las luces de la habitación y, a continuación, se acuesta de nuevo en la cama.
—Gracias —digo más para mí misma que para él, cerrando los ojos con fuerza y respirando hondo.
— Duerme, pequeña.
Nuestro mundo es injusto y hay tantas cosas que deberían cambiar y que nunca cambiarán, pero le estoy agradecida por haberme protegido hoy. No me imaginaba que nuestra noche de bodas sería así.
Al menos por ahora.
Estoy a salvo.
Y mi familia también.