Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 17.
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Martina no es virgen.

Sé leer bien a la gente y esa chica es una pésima mentirosa. A ella le brillan los ojos de forma vacilante cuando miente o, simplemente, cuando omite la verdad.

Por un momento, pensé que iba a ser sincera y a contármelo todo, pero soy un cabrón celoso, así que no me lo tomé muy bien y los músculos de mi cara parecieron cobrar vida propia al oír que no sangraría por mí.

No me gusta saber que otro la ha tocado antes. Se me hace un nudo en la garganta y me cabreo solo de imaginarla cerrando los ojos de placer con otro hombre. Pero la elegí para que fuera mi esposa y no voy a cambiar de opinión por ese detalle.

Papá no puede enterarse. No me cabe duda de que lo hará si pasa diez minutos a solas con Martina. Y si eso ocurre, mandará que una de las hermanas suba al altar en lugar de la mujer que yo he elegido.

¿Exagerado y escandaloso? Sí, sin duda. Pero mi padre siempre ha creído que una esposa debe ser pura e intacta hasta el matrimonio. Solo así será lo suficientemente digna para convertirse en una Salvatore.

El apellido Salvatore es lo contrario de lo que significa. No somos los salvadores de nadie, sino todo lo contrario. Nuestro apellido está manchado con la sangre de las vidas que hemos arrebatado sin remordimientos.

Menuda hipocresía de cojones.

Al ver a las chicas salir del ático, las acompaño hasta el vestíbulo privado y las observo en silencio, sorbiendo mi copa.

Martina lleva unos vaqueros negros muy ajustados, que le marcan a la perfección el culo en forma de corazón. La camiseta de manga larga tiene un escote recto y jodidamente sexy, que va de un hombro al otro, dejando al descubierto esa piel suave que estoy deseando saborear.

Me lanza una mirada furtiva y nos quedamos así durante un largo segundo, hasta que la chica traga saliva y desvía la atención para entrar en el ascensor. Mis ojos captan los dos cubitos de hielo antes de que las puertas se cierren por completo.

Vuelvo al interior del ático y me acomodo junto a Romeo en el sofá, dejando el vaso de whisky sobre la mesita central. Sentado en el diván, Matteo me observa con el ceño fruncido.

Impaciente, murmuro:

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—¿Qué ha pasado? —quiere saber mi primo—. Pareces dispuesto a matar a alguien.

Decido ignorar la pregunta y respondo:

— Volvamos al trabajo.

— ¿Te has peleado con tu prometida? —pregunta Giovanni con curiosidad al unirse a nosotros alrededor de la mesa de centro cubierta de papeles.

Poco a poco, levanto la vista hacia mi hermano y lo miro con ira. Me conoce bien, no hace falta que diga ni una sola palabra para que sepa que ahora mismo no quiero hablar.

Volvemos al trabajo y hago un gran esfuerzo por no pensar en Martina acostándose con otro tío, ni por preguntarme si Jason es el capullo que se ha metido con mi prometida.

Es él.

Sin duda, es ese imbécil.

Aquella noche, el chaval estaba muy empeñado en hablar con ella y, si no hubiera sido por la amenaza que recibió con una pistola apuntándole a la cabeza, no habría desistido.

Debería haberlo matado cuando lo encontré en Detroit hace unos días.

Si no se ha ido de la ciudad, lo mataré.

Quizá no sea el primero en tocarla, pero seré el único hombre vivo.