Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 38
92%

CAPÍTULO 38

El Palacio Real de Madrid se erguía contra el cielo de un azul impoluto, sus fachadas de piedra caliza y granito reflejando la luz dorada de aquella mañana de noviembre con la arrogancia de los imperios que han sobrevivido a siglos de convulsiones.

Los salones de la planta noble, habitualmente reservados para las recepciones diplomáticas y los bailes de la alta aristocracia, habían sido transformados en un escenario de solemne reconocimiento militar.

Los tapices flamencos que adornaban las paredes, las lámparas de cristal de roca que pendían de los techos abovedados y los suelos de mármol pulido creaban un ambiente de opulencia que contrastaba con la austeridad del hombre que sería el protagonista de aquella ceremonia.

Diego de Mendoza y Rojas avanzaba por el pasillo de los embajadores con la espalda recta y la mirada fija en un punto invisible más allá de las puertas dobles de caoba que marcaban la entrada al Salón de Tronos.

Vestía su uniforme de gala, un traje azul marino con bordados de oro que realzaba la amplitud de sus hombros y la firmeza de su porte.

Las medallas de campaña, ganadas en los barrizales de los Pirineos y en las arenas de las colonias, tintineaban suavemente sobre su pecho con cada paso medido.

Sin embargo, bajo la marcialidad del uniforme, su corazón latía con un ritmo desbocado que nada tenía que ver con la disciplina militar.

Aquella mañana no recibiría solo un ascenso; recibiría la confirmación oficial de que la Corona reconocía sus servicios, sí, pero también la validación de que su vida, antaño dedicada exclusivamente a la muerte y al deber, ahora tenía un propósito que trascendía las órdenes de los reyes.

A su lado, caminando con la elegancia felina que la caracterizaba, se hallaba Amanda de Saint-Clair, pues ese era ahora su nombre oficial, restituido por los tribunales de París y Madrid tras la ejecución de la usurpadora.

La joven vestía un traje de seda color marfil, cuyo corsé ajustado realzaba la curva de su busto y dejaba entrever, bajo los pliegues de la falda, la silueta de una daga oculta, un hábito que ni la paz recién conquistada había logrado erradicar.

Su cabello castaño, recogido en un elaborado peinado de trenzas entrelazadas con perlas, realzaba la delicadeza de sus facciones, mientras que sus ojos esmeraldas brillaban con una chispa de travesura que desmentía la seriedad del linaje que ahora ostentaba.

—Nervioso, capitán —o debería decir, futuro general —murmuró Amanda, su voz suave como el terciopelo, rompiendo el silencio denso del pasillo.

Diego giró el rostro hacia ella, y una sonrisa fugaz, casi imperceptible, curvó sus labios.

La cicatriz que le surcaba la mandíbula, antaño una marca de vergüenza y dolor, se había convertido en un testimonio de supervivencia, una línea de batalla que su amada acariciaba con reverencia cada noche antes de dormirse.

—Los campos de batalla me resultan más sencillos que los salones de palacio, mi amor —replicó él, con la voz ronca que vibraba en el pecho de la joven—.

En el combate, el enemigo está frente a vos, y sabéis dónde buscarlo.

En la corte, las dagas se esconden tras las sonrisas, y los venenos se sirven en copas de cristal.

Amanda rio, un sonido musical que resonó en las paredes del pasillo como un bálsamo para el alma atormentada del guerrero. Tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de él, la alianza de oro brillando con un destello cálido bajo la luz de las lámparas.

—Entonces será mejor que os acostumbréis, general —susurró ella, con una picardía que encendió un fuego en los ojos grises del militar—.

Porque después de esta ceremonia, tendréis que asistir a los bailes de la nobleza, a las recepciones diplomáticas y a las tertulias de las damas de la corte.

Y yo no estaré siempre a vuestro lado para desenvainar la daga cuando sea necesario.

—Con vos a mi lado, Amanda, no necesitaré desenvainar ninguna daga —respondió Diego, llevándose la mano de la joven a los labios para depositar un beso reverente—. Vos sois mi espada, mi escudo y mi mayor victoria.

Las puertas dobles del Salón de Trono se abrieron con un chirrido solemne, y el heraldo real anunció la entrada de los distinguidos.

Diego y Amanda cruzaron el umbral juntos, avanzando por la alfombra roja que conducía al estrado donde el Rey los esperaba.

La corte al completo se hallaba congregada en el salón: duques, condes, marqueses, embajadores extranjeros y altos mandos del ejército, todos observando con una mezcla de curiosidad y respeto a la pareja que había desmantelado la conspiración más grande de la década.

La ceremonia fue breve pero cargada de simbolismo.

El monarca, un hombre de edad avanzada con rostro afilado y ojos astutos, pronunció las palabras que transformaban al capitán Diego de Mendoza en General de Brigada del Ejército Real.

Le impuso la nueva insignia, una estrella de oro esmaltado que brilló sobre su pecho con la promesa de nuevos deberes y mayores responsabilidades.

Luego, con un gesto de la mano, instó a Amanda a avanzar.

—Doña Amanda de Saint-Clair —pronunció el Rey, su voz resonando en las bóvedas del salón con una autoridad que no admitía réplica—.

La Corona de Francia, en reconocimiento a vuestro linaje restituido y a los servicios prestados a ambas naciones, os confirma como la legítima heredera de la fortuna de los Saint-Clair de París.

Los bienes, propiedades y capitales que os fueron arrebatados hace veinte años, os son devueltos en su totalidad.

Amanda inclinó la cabeza en una reverencia perfecta, aceptando el decreto con una dignidad que habría envidiado cualquier reina.

Sin embargo, bajo la máscara de serenidad, su mente trabajaba a toda velocidad, trazando los planes que había madurado durante las noches de vigilia junto al lecho de Diego.

La fortuna era inmensa, una de las más grandes de Europa, construida sobre los cimientos de la banca parisina y extendida por las capitales del continente.

Pero para ella, aquel oro tenía el sabor de la sangre de sus padres, el olor de las lágrimas de los niños manipulados en las alcantarillas de Madrid.

Cuando la ceremonia concluyó y la corte comenzó a dispersarse hacia los salones adjuntos para el banquete de celebración, Amanda tomó del brazo a Diego y lo guió hacia una de las estancias privadas, lejos de las miradas inquisitivas y los murmullos de los cortesanos.

El despacho, decorado con sobriedad espartana, ofrecía un refugio de tranquilidad en medio del torbellino de la celebración.

—Necesito hablar con vos, Diego —murmuró ella, cerrando la puerta tras de sí y ajustando el cuello de su capa—. Sobre la fortuna.

El capitán la observó con una intensidad que la desarmó por completo. Se acercó a ella, tomando su rostro entre sus manos callosas y obligándola a sostener su mirada.

—Decidme, mi amor —respondió él, con la voz ronca vibrando con una emoción que amenazaba con desbordarlo—. Sea lo que sea, estaré a vuestro lado.

Amanda respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma a sándalo y a pólvora que emanaba del uniforme de Diego.

Sabía que lo que estaba a punto de decir podría sorprenderlo, incluso escandalizarlo.

Pero también sabía que el hombre que tenía delante no era un aristócrata codicioso, sino un guerrero que había dedicado su vida a proteger a los inocentes.

—He tomado una decisión —sentenció ella, con una firmeza que no admitía réplica—. No conservaré la fortuna. La donaré en su totalidad.

Diego parpadeó, sorprendido por la declaración. Sus ojos grises, habitualmente tan expresivos, se volvieron impenetrables, como dos láminas de acero pulido.

—¿La donaréis? —repitió él, con la voz apenas audible—. ¿A quién? ¿A la Corona? ¿A la Iglesia?

—A los que más la necesitan —respondió Amanda, con los ojos brillando con una determinación inquebrantable—.

Construiré hospitales para los huérfanos que Catalina manipuló en las alcantarillas.

Financiaré escuelas para las mujeres que, como yo, fueron obligadas a esconder su inteligencia tras los justillos y los aventadores.

Crearé orfanatos donde los niños que sobrevivieron a los horrores de la Llama Negra puedan sanar sus almas y aprender que el mundo no siempre es un lugar cruel.

El capitán la miró con una admiración tan profunda que parecía capaz de iluminar la penumbra de la estancia. Tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y la atrajo hacia su pecho.

—Sois la mujer más extraordinaria que ha caminado sobre la tierra, Amanda de Saint-Clair —murmuró él, besando la coronilla de la joven con una reverencia absoluta—.

Habéis descubierto que sois la heredera de una de las fortunas más grandes de Europa, y vuestra primera reacción es donarla para sanar las heridas que esa misma riqueza causó.

Sois mi perdición y mi salvación, mi luz en la oscuridad, mi razón para vivir.

Amanda apoyó la cabeza contra el pecho del guerrero, escuchando el ritmo constante de su corazón, ese tambor de guerra que latía únicamente para ella.

Cerró los ojos, permitiendo que la calidez de aquel abrazo la anclara a la realidad, alejándola del abismo de dudas y horrores que la revelación de su linaje había abierto en su alma.

—No necesito oro ni títulos, Diego —susurró ella, con la voz cargada de una sinceridad que le quemaba los labios—.

Solo os necesito a vos. Solo necesito vuestro amor, vuestra lealtad, vuestra presencia a mi lado.

Porque mientras estéis conmigo, mientras vuestro corazón lata al unísono con el mío, ninguna oscuridad podrá vencerme.