Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El traqueteo rítmico del carruaje sobre los adoquines de la capital actuaba como un metrónomo implacable, marcando el compás de la metamorfosis que se gestaba en el interior de Amanda de Alcántara.

El alba de Madrid se anunciaba con una bruma espesa y lechosa que envolvía los tejados de pizarra en un sudario grisáceo, ahogando los contornos de la ciudad bajo un manto de melancolía.

Sin embargo, la joven que viajaba en la penumbra del vehículo ya no era la misma mujer que había huido hacia el bosque de El Pardo con el alma desgarrada y el pecho inundado de lágrimas.

El llanto se había secado, cristalizándose en una capa de escarcha impenetrable que blindaba su corazón contra cualquier atisbo de compasión o flaqueza.

El recuerdo de las manos callosas de Diego, de sus juramentos ardientes y de la traición subsecuente, había sido empujado hacia el sótano más profundo de su memoria, sellado con llave y arrojado al abismo.

Ahora, solo quedaba espacio para la venganza.

Amanda ajustó el cuello de su capa de terciopelo oscuro, sintiendo el frío húmedo de la mañana calar hasta sus huesos.

Sus ojos verdes, antes brillantes por la curiosidad y la pasión, habían adquirido la tonalidad dura y opaca del jade pulido.

La imagen del capitán asesinando a su padre biológico en los callejones de París era una daga envenenada que giraba constantemente en su mente, pero en lugar de paralizarla, el dolor se había transmutado en un combustible gélido y letal.

Los Villeneuve habían destruido a su familia, habían usurpado su legado y habían convertido su existencia en una partida de ajedrez donde ella era la pieza sacrificable.

Diego, con su mentira imperdonable, se había convertido en el peón que había intentado protegerla solo para descubrir que el tablero entero estaba podrido.

No habría más lágrimas. No habría más súplicas.

Había llegado el momento de cobrar la deuda con la misma moneda.

Al llegar a la residencia de los Alcántara, la mansión señorial presentaba un aspecto vetusto y decadente, reflejo fiel de la ruina económica que acechaba a su linaje.

María, su leal doncella, la recibió en el vestíbulo con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, alarmada por la palidez cadavérica de su señora y por la ausencia de toda emoción en su rostro.

Amanda ignoró las preguntas preocupadas de la sirvienta y subió directamente a sus aposentos, ordenando que prepararan un baño caliente y que cerraran las cortinas.

Necesitaba lavar de su piel el olor a paja húmeda, a sangre seca y a la cabaña que había sido testigo de su perdición y de su éxtasis.

Bajo el agua hirviente, Amanda trazó su estrategia.

El baile de máscaras que el conde Henri Villeneuve ofrecía esa misma noche en su palacio de la calle de Alcalá no era una simple celebración de la alta sociedad; era una exhibición de poder, un nido de víboras donde la aristocracia madrileña y los expatriados franceses se codeaban en una danza de hipocresía y vicio.

Sería el escenario perfecto para golpear donde menos lo esperaran.

Cuando el sol comenzó a declinar, tiñendo el cielo de tonalidades violáceas y carmesí, Amanda emergió de su habitación transformada en un espectro de elegancia letal.

Vestía un traje de seda color sangre de buey, cuyo corsé, ajustado con una severidad militar, realzaba la curva de su busto y ocultaba una fina daga de empuñadura enjoyada.

Su rostro quedaba parcialmente velado por un antifaz de encaje negro, bordado con hilos de plata que formaban motivos de enredaderas espinosas.

El cabello castaño, recogido en un elaborado moño trenzado, dejaba expuesta la línea esbelta y desafiante de su cuello.

No era una dama acudiendo a un festejo; era una depredadora camuflada entre las presas.

El palacio de los Villeneuve resplandecía bajo la noche madrileña.

Cientos de hachones y antorchas iluminaban la fachada de piedra caliza, mientras una orquesta de cámara afinaba sus instrumentos en el vestíbulo principal.

Amanda descendió de su carruaje de alquiler con la gracia felina de una pantera que se adentra en territorio enemigo.

El aire nocturno estaba impregnado de una mezcla embriagadora de azahar, pólvora de los fuegos artificiales lejanos y el almizcle denso de los perfumes franceses.

Al cruzar el umbral, el estruendo de la fiesta la golpeó como una ola física.

El tintineo de las copas de cristal, el murmullo de las conversaciones en francés y castellano, y el crujir de las sedas y los encajes creaban una sinfonía de frivolidad que ocultaba la podredumbre moral de los asistentes.

Amanda se movió por el salón de baile con una fluidez calculada, aceptando la mano de un caballero enmascarado para ejecutar un vals, solo para abandonarlo minutos después tras una sonrisa enigmática.

Su objetivo no era la pista de baile, sino las estancias privadas del conde Henri, situadas en el ala oeste de la segunda planta.

Sin embargo, antes de poder escabullirse hacia las escaleras de servicio, una figura alta y arrogante bloqueó su camino.

—Qué deleite encontrar a una misteriosa desconocida que no se deja embaucar por los halagos vacíos de estos cortesanos — murmuró una voz aterciopelada, cargada de una arrogancia que resultaba inconfundible.

Amanda contuvo el aliento, clavando sus ojos en el marqués Edmond Villeneuve.

El joven noble lucía un frac de noche de color negro azabache, y su brazo derecho permanecía inmovilizado en un cabestrillo de seda blanca, un recordatorio tangible de la paliza que Diego le había propinado en el palacio de Liria.

A pesar de su lesión, la sonrisa de Edmond era la de un tiburón que ha acorralado a un pez herido.

Sus ojos oscuros la escrutaban con una mezcla de lujuria y sospecha.

—La misteriosa es solo una máscara, marqués —respondió Amanda, modulando su voz para que sonara más grave y afrancesada, adoptando la pose de una viuda excéntrica llegada de las colonias—. Y la vuestra, me temo, es la de un hombre que cree que el mundo entero es su coto de caza personal.

Edmond soltó una risa baja, acercándose un paso más, invadiendo su espacio vital. El olor a coñac y a tabaco caro emanaba de su persona.

—Tenéis una lengua afilada, señora. Me gusta. Pero cuidado, que las palabras imprudentes pueden cortar más profundo que un bisturí —susurró él, extendiendo su mano sana para rozar el encaje negro que cubría la mejilla de la joven.

Amanda no retrocedió. Mantuvo la mirada fija en él, permitiendo que una chispa de desafío brillara en sus pupilas. Sabía que si mostraba debilidad, el instinto depredador del marqués se activaría.

—El bisturí solo corta la carne, Edmond. La verdad, en cambio, desgarra el alma —replicó ella, dando un paso atrás y ejecutando una reverencia burlona antes de girarse y perderse entre la multitud de bailarines.

El corazón le latía con una violencia descompasada, pero su rostro permaneció impasible.

Había ganado unos minutos de distracción.

Aprovechando que la orquesta iniciaba una cuadrilla especialmente ruidosa y que la atención de los invitados se centraba en la entrada de un embajador extranjero, Amanda se deslizó por una puerta lateral, adentrándose en los pasillos mal iluminados que conducían a las dependencias privadas.

El silencio de la planta superior contrastaba brutalmente con el estruendo de la fiesta.

Sus botas de tacón bajo apenas rozaban las alfombras persas, amortiguando cualquier sonido.

Las paredes estaban revestidas de damasco carmesí y adornadas con retratos de antepasados de miradas severas y crueles.

Amanda avanzó con sigilo, su mente analizando cada detalle, cada sombra, cada posible escondite.

Llegó finalmente ante la puerta de roble macizo que marcaba el despacho del conde Henri.

Extrajo sus ganzúas de plata, un regalo de un viejo cerrajero de los barrios bajos a quien había salvado de la horca meses atrás. El mecanismo cedió con un chasquido apenas perceptible, y la joven se deslizó al interior, cerrando la hoja a su espalda.

El despacho olía a cuero viejo, a cera de abejas y a un rastro tenue de formol que hizo que el estómago de Amanda se contrajera.

La estancia estaba iluminada únicamente por la luz mortecina de la luna que se filtraba por los ventanales, proyectando sombras alargadas sobre la mesa de caoba.

Amanda encendió una pequeña linterna de bolsillo, dirigiendo el haz de luz hacia los estantes repletos de tomos encuadernados en piel.

Comenzó a registrar la habitación con una eficiencia quirúrgica.

Revisó los cajones del escritorio, pasando los dedos por los fondos falsos, examinando los mapas enrollados y los legajos de propiedades.

Nada. Los Villeneuve eran cautelosos; no guardarían sus secretos más oscuros a la vista.

Se acercó a la gran chimenea de mármol negro, observando las tallas de las gárgolas que adornaban la repisa.

Sus dedos acariciaron la piedra fría hasta que notaron una ligera irregularidad en el ojo de uno de los monstruos esculpidos.

Presionó la gema de ónice que formaba la pupila.

Un clic sordo resonó en la quietud de la estancia.

Un panel de la pared, oculto tras un tapiz flamenco, se entreabrió lentamente, revelando una caja fuerte de hierro forjado.

Amanda sonrió para sus adentros, un gesto carente de toda alegría.

Sacó su estetoscopio médico, presionando la campana contra el metal frío mientras giraba el dial con lentitud.

El tic-tac de los mecanismos internos era el único sonido en la habitación, una cuenta atrás hacia la verdad.

Tras tres minutos de concentración absoluta, el cerrojo cedió.

Amanda extrajo el contenido de la caja: un fajo de cartas selladas con el lacre de la embajada francesa, un libro de contabilidad con anotaciones cifradas y, lo más importante, un mapa detallado de las catacumbas y panteones de Madrid, con una ubicación marcada con tinta roja: el Panteón de los Villeneuve en el cementerio de San Isidro.

Junto al mapa, una nota manuscrita con la caligrafía afilada del conde Henri: La sangre del traidor debe ser purificada en la cripta.

El heredero legítimo debe ser localizado antes de la luna nueva.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Los crímenes rituales, las mutilaciones, la secta de la Llama Negra; todo era una cortina de humo.

El verdadero objetivo de los Villeneuve no era la adoración a demonios antiguos, sino la erradicación sistemática de cualquier descendiente que pudiera reclamar la inmensa fortuna parisina que habían robado.

Y ella, Amanda de Alcántara, era la última pieza del rompecabezas.

De repente, el sonido de la manilla de la puerta girando la paralizó.

Amanda apagó la linterna de un soplo, guardando los documentos en el interior de su corsé con movimientos frenéticos.

Se apresuró a esconderse tras las pesadas cortinas de terciopelo que cubrían el ventanal, conteniendo la respiración justo cuando la puerta se abría de par en par.

Dos figuras entraron en el despacho. La luz de los pasillos iluminó sus rostros.

Era el conde Henri, un hombre de rostro afilado y ojos de reptil, acompañado por una mujer envuelta en un manto de luto riguroso.

Amanda entrecerró los párpados, reconociendo la silueta de la mujer.

No era la condesa Catalina, sino la dama de compañía que la había traicionado en la botica de San Ildefonso.

—El capitán Mendoza ha escapado de la cabaña, mi señor —informó la mujer con voz sibilante, inclinando la cabeza en un gesto de sumisa crueldad—. Nuestros hombres encontraron el rastro de sangre. Pero la chica, la hija del traidor, ha desaparecido.

El conde Henri soltó una carcajada seca, carente de toda calidez. Se acercó a la mesa, sirviéndose una copa de coñac con manos que no temblaban.

—Mendoza es un perro rabioso, pero está herido y dividido por su culpa —sentenció el patriarca, dando un sorbo al licor ámbar—.

En cuanto a la chica, no importa. Si ha huido, significa que ya sabe la verdad.

Y si sabe la verdad, vendrá a por nosotros.

La arrogancia de los Alcántara es su mayor debilidad.

Preparad a los hombres. Mañana noche, en el panteón, realizaremos el ritual de sellado.

Si ella aparece, la arrojaremos a la fosa junto con los huesos de su padre.

Amanda sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Iban a utilizar el panteón familiar como trampa.

Si acudía sola, sería masacrada. Si alertaba a la guardia real, los Villeneuve destruirían las pruebas y escaparían.

Necesitaba un ejército, o al menos un aliado que conociera las tácticas de guerra de aquellos monstruos.

Los pasos de los conspiradores se alejaron por el pasillo, y la puerta se cerró con un chasquido definitivo.

Amanda permaneció inmóvil tras las cortinas durante varios minutos, asegurándose de que el despacho estaba vacío.

Cuando finalmente emergió de su escondite, su mente era un torbellino de estrategias y cálculos.

Caminó hacia la ventana, entreabriéndola para que el aire fresco de la noche acariciara su rostro ardiente.

Las luces de Madrid parpadeaban en la distancia, un mar de estrellas artificiales que ocultaban los abismos de la ciudad.

Diego. El nombre resonó en su mente, no con la dulzura de la pasión, sino con la urgencia de la supervivencia.

Él la había traicionado, sí. Él había matado a su padre.

Pero también era el único hombre en Madrid que poseía la ferocidad y el conocimiento militar para enfrentarse a los esbirros de los Villeneuve en una cripta subterránea.

Amanda ajustó su antifaz de encaje, asegurándose de que la daga estaba bien sujeta a su muslo.

La dulzura y la ternura habían muerto en la cabaña del bosque.

Ahora, solo quedaba la frialdad del acero y la determinación de una mujer que había decidido que, si iba a arder en el infierno, se llevaría a los Villeneuve con ella.

Saltó al alféizar de la ventana, dejando atrás el lujo hipócrita del palacio para sumergirse en las sombras de la noche madrileña.

La cacería había cambiado de dirección. El depredador y la presa habían intercambiado los papeles, y el baile de máscaras estaba a punto de convertirse en un campo de batalla.