GREG
PARANOIA
No puedo dormir.
Llevo una hora mirando el techo. Burbon ronca a mis pies, ajeno a todo, con las patas moviéndose en un sueño que probablemente incluye ardillas y piñas robadas. Qué vida tan sencilla e indecente.
Yo, en cambio, tengo los ojos abiertos como los de un búho con ansiedad y la cabeza funcionando a un ritmo que no me deja en paz.
La radiografía. Esas lesiones mal curadas. Carol restándole importancia y desviando el tema casi con desesperación.
¿Qué te pasó, Carol? ¿Por qué no quieres hablar de ello?
No hago nada aquí salvo martirizarme, así que me levanto y bajo a la cocina a por un vaso de agua. La casa está en silencio, ese espeso de las casas rurales cuando el viento se calma y lo único que se oye es el tic tac del reloj y el zumbido casi imperceptible de la nevera.
De repente, lo oigo. Fuera de casa. Un sonido leve, amortiguado. Pisadas sobre nieve.
Me quedo inmóvil con el vaso a medio camino de la encimera.
Otra pisada. Luego otra .
Me acerco a la ventana y aparto la cortina apenas un centímetro, asomando un solo ojo por la esquina como un crío que espía a los vecinos. Parpadeo al verla.
Ahí está Carol.
Camina en dirección al bosque con pasos cortos, rápidos, decididos. Lleva el gorro calado hasta las cejas. No mira hacia aquí. No mira hacia ningún lado. Avanza como si supiera exactamente adónde va.
No lleva linterna. ¿Cómo? Shelter Creek de noche no es Chicago. No hay farolas cada veinte metros, ni escaparates, ni taxis. Aquí, a partir de cierta hora, el mundo se reduce a nieve, árboles y la posibilidad estadísticamente razonable de que algo con dientes esté despierto.
Me limito a observarla sin mover un músculo, y hasta contengo la respiración. No la llamo. Solo veo cómo desaparece entre los árboles, tragada por la oscuridad del bosque como si la noche se la hubiera bebido.
Durante unos segundos no pasa nada. El jardín queda vacío. La nieve conserva las huellas.
¿Y si la sigo?
La pregunta cruza mi mente y la descarto en el mismo segundo.
No. Es una pésima idea. He leído suficientes novelas policiacas y visto demasiadas películas de espías para conocer la navaja de Ockham : la explicación más simple suele ser la correcta.
En este caso, lo más probable es que Carol no pueda dormir y haya salido a caminar.
Punto. Lo último que necesita es que su vecino —médico y amante reciente— aparezca detrás de ella en mitad del bosque con la excusa de que «estaba preocupado».
Le daría un infarto.
Y yo quedaría como un acosador de manual. El típico hombre que dice «solo quería asegurarme de que estabas bien» mientras emerge de entre los árboles con cara de culpable y botas llenas de nieve.
No, gracias.
Hay formas de arruinar una relación incipiente, y seguir a una mujer traumatizada de madrugada por un bosque está cómodamente instalada entre las cinco primeras.
Tiene insomnio y ya. Yo también lo tengo. Cada uno lo gestiona a su manera: ella sale a caminar entre pinos en la oscuridad; yo bajo a la cocina y considero seriamente beber antes del desayuno.
Adultos funcionales, los dos.
Guardo el vaso de agua en el fregadero y saco el whisky del armario. Lo miro un segundo. Una parte de mí dice: quizá no. Otra parte, mucho más convincente y con peor historial, dice: solo dos dedos.
Me sirvo dos dedos y me siento a la mesa.
A estas altas horas de la madrugada, la verdad pesa más. De día me protegen mis paseos con Burbon, los tira y afloja con Carol y la rutina de la consulta. Pero de noche, solo, con un vaso en la mano y una casa vacía, no hay dónde esconderse.
La mente pasa lista:
Las fracturas de Carol. Cara cubital del antebrazo. Lesiones defensivas mal curadas.
La puerta en su pasillo. La única cerrada de toda la casa.
Ese nombre, Richard, en el teléfono a medianoche.
La luz de su cocina encendida a las tres de la madrugada tantas veces que ya forma parte del paisaje.
Y ahora, las salidas nocturnas.
Cada dato aislado tiene una explicación inocente.
Una persona insomne sale a pasear. Una persona divorciada guarda recuerdos en una habitación que no quiere abrir.
Un ex llama a deshoras porque los ex huelen la sangre desde miles de millas de distancia.
¿Las fracturas antiguas? Pueden ser de caídas. La gente se cae. La nieve resbala.
Pero todo junto…
Todo junto forma un cuadro que no consigo diagnosticar. Es como tener todos los síntomas de una enfermedad que no aparece en ningún manual. Cada pieza tiene sentido por separado, pero el conjunto no encaja en nada que yo conozca.
Doy un trago. El bourbon baja caliente y no resuelve nada. Nunca lo hace.
Paranoico de mierda.
La voz de Ray me asalta al tercer trago, tan clara como si estuviera sentado frente a mí en la cocina, con su sonrisa resplandeciente, su cerveza a medio terminar y los dedos manchados de salsa barbacoa. Son paranoias, tío. Linda te quiere.
Pues resultó que no eran paranoias.
¿Tengo razón con Carol? ¿O esta vez sí son paranoias y estoy a punto de destruir lo único bueno que he construido aquí?
Más allá de la ventana, el bosque está negro.
Carol sigue ahí dentro, en algún lugar entre los pinos, haciendo lo que sea que hace cuando cree que nadie la ve.
Puedo preocuparme o puedo confiar. Puedo preguntar o puedo callar.
Puedo seguirla o puedo quedarme sentado en mi cocina, bebiendo y mirando la oscuridad como el cobarde que soy.
Me quedo sentado. Miro el vaso. Queda poco. Apuro el contenido y el bourbon deja una línea de calor en la garganta y una sensación de fracaso elegante en el estómago.
Enciendo el portátil. La pantalla se ilumina y me ciega un segundo. Parpadeo hasta acostumbrarme. En mitad de la cocina, el rectángulo luminoso parece una pequeña ventana a otro mundo.
Reviso el correo por inercia. Es lo que hago cuando no puedo dormir: leer emails que no importan para no pensar en cosas que sí importan.
Spam. Una oferta de equipamiento médico con un descuento agresivo en camillas plegables.
Publicidad del colegio médico de Illinois.
Una newsletter de una revista de traumatología a la que no recuerdo haberme suscrito.
Estoy a punto de cerrar la tapa cuando suena el ¡clinc! de un correo nuevo.
El sueño, que ya estaba lejos, desaparece por completo.